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3364998068_013574f4d8 El telegrama es breve y  preciso. Llegamos el 25, comunican los primos Poblete,  agradeceremos reservarnos habitaciones  hotel  Prat. Afectuosamente, José Poblete.

El afectuosamente es, qué duda cabe, lo más estrambótico del telegrama; si hay algo que el primo José Poblete difícilmente podría expresar es afecto, y no precisamente porque carezca de él, sino porque su extrema timidez  se lo hace absolutamente imposible. Richards recuerda muy bien al primo José. Alto, flaco hasta la exageración, pálido y ojeroso, eternamente vestido de gris.

¿Cuánto hace que no ve a los primos argentinos,  quince  años, veinte quizás? Richards desecha inmediatamente la posibilidad de aclarar las cuentas. No vale la pena. Mientras Richards estuvo en Quilmes pasó todos y cada uno de sus weekends en casa de los primos Poblete y guarda buen recuerdo de ellos, especialmente de Elcira, la menor. Elcira siempre procuró que su estadía en la casa bonaerense fuera grata. Invitaba algunos amigos,  le acompañaba al cine,  le prestaba sus libros. Emocionado, Richards piensa que debe comunicar inmediatamente la noticia a Rebeca y parte en su busca con el telegrama en la mano.

 

Obviamente, Lucho no se ha dado cuenta de que el sello del telegrama estaba repegado, piensa la señora Rebeca. ¡Qué complicación! ¿Por qué se le habrá ocurrido a estos primos argentinos venir a verles? Ni siquiera vinieron para su matrimonio, jamás se han visto. Qué manía la de venir a verle después de tanto tiempo. Lo único bueno del caso es que, al menos, no son gringos. La señora Rebeca tiene muy a flor de piel los desagradables recuerdos dejados por los encuentros sostenidos con los hermanos de su marido. La sola mención de sus nombres acarrea con toda clase de reminiscencias inconfortables. Las  narices ligeramente levantadas, como si percibieran un mal olor, la grosera manía de hablárselo todo en inglés, para que ella no lo entienda,  y las risitas entre dientes cada vez que ella pronuncia la palabra Lucho. Gracias a Dios, ya terminaron por pelearse del todo la última vez que desplumaron a su marido. En fin, habrá que poner la casa de punta en blanco para recibirles, no sea cosa que después salgan pelando.

 

El día que los primos Poblete efectúan su primera visita la casa entera está revolucionada. El gringo Richards se levanta temprano para preparar su ya renombrado cóctel de mangos, los niños son abrillantados a fuerza de jabón y cepillo y la doméstica se revuelve de mala gana en su uniforme blanquinegro recién comprado. Richards constata con desagrado que la mujer lleva la cofia a medio caer y toma nota mental para recordárselo a Bequita en el momento oportuno.  Aburridos, Colin y  Harold se las dan de centrodelanteros en medio de la sala y  echan abajo una figurita de yeso pintado; inmediatamente, la señora Rebeca pone el grito en el cielo y los confina en el sofá con las huellas cárdenas de la correa de su marido en  el trasero. Los chiquillos moquillean tristemente en su lugar de confinación. La pequeña Mary sonríe gatuna y estira su pollera de organdí amarillo sobre  el  brocato de los sillones. Al fin han tenido esos pesados lo que se merecen.

 

Cuando los primos Poblete hacen su espectacular entrada  ni un alma se queda sin ir a verlos. La cocinera espía oculta tras la mampara del comedor, la hermana de la señora Rebeca por los intersticios de la puerta que da al patio trasero y el gato desde su escondrijo bajo el sillón del amo. Los primos Poblete hacen su ingreso al salón como una bandada de cuervos a mal traer. Digan  lo que digan,  son todo lo que esperaban y más. Altos, exageradamente flacos, pálidos y sombríos,  vestidos de luto riguroso y de poco hablar. Al gringo Richards le cuesta un mundo sacarles una frase completa. Es un hecho que a los primos  Poblete los cuarenta años en Argentina no les han contagiado la locuacidad del entorno.

Con minuciosidad de cirujano, Richards va extrayendo lentamente la información necesaria. Los primos Poblete continúan viviendo en la casa familiar, que se les hace algo desmesurada ahora que los padres  se han marchado. Profunda pena, acota el primo José en su estilo telegráfico, por tal motivo, han prometido no sacarse el luto por cinco años. Richards tiene la leve idea de que los  tíos  Poblete fallecieron por lo menos hace quince o dieciséis años y comete la indiscreción de hacérselos notar. Diecisiete, precisa la prima Elcira, y luego, como al pasar, informa que en realidad se han acostumbrado tanto a la sobriedad del luto que se les hace difícil dejarlo. Profunda pena, reitera el primo José casi en ritmo de tango.

 

Durante una semana, los primos Poblete son diaria compañía en la mesa de los Richards. Los niños terminan por acostumbrarse a sus figuras enlutadas, les pierden el miedo  y se aburren indisimuladamente  sobre el sofá del rincón. Se revuelven inquietos, se patean los tobillos, se pellizcan el trasero y dan miradas lánguidas hacia el balcón desde donde suben los gritos de los amigos que  juegan  en la calle. La pequeña Mary  cuenta las flores bordadas en su vestido de  piqué y  amenaza con acusarles a la mamá si no dejan tranquila su muñeca  importada. El gringo Richards bate enérgicamente  la coctelera  mientras ofrece a sus invitados una vívida descripción de las bondades de su cóctel de erizos. La prima Elcira se niega a probarlo. No, ella jamás ha probado mariscos y sin duda no es ésta la ocasión de alterar sus costumbres.

Paulatinamente, Richards comienza a percatarse de otros  pequeños cambios sufridos por los primos  argentinos. A la prima Elcira, para empezar, una profunda red de arrugas se le ha impreso en las mejillas y  dos grandes surcos  proporcionan un toque de dureza a la boca antes  sonriente. De los muchachos, ni hablar, es un  hecho que a los dos les grisean los cabellos, pero sin duda mucho más a Francisco, que  es el que los conserva mejor. El primo José está definitivamente calvo.  Richards recuerda que los primos siempre fueron de contextura delgada, pero es evidente que el tiempo ha terminado por encogerlos. De alguna extraña manera se les han estrechado los hombros, se han plegado sobre sí mismos. Cada día parecen ocupar menos espacio.   

 

Para Richards, intentar descubrir a la alegre prima Elcira en la  mujer opaca y callada que se le sienta enfrente es una dura prueba. La señora Rebeca se esmera diariamente para complacer su paladar, pero no hay caso, la prima Elcira siempre tiene alguna objeción. El tomate le provoca urticaria, el pescado  le envenena la sangre, la guayaba huele muy fuerte, el mango la cubre de ronchas. Muy tiesa en su silla, la prima Elcira mordisquea algunas papas ligeramente aceitadas y deja la mitad de su filete para los perros. Sus hermanos devoran todo, pero no dejan de hacer notar que la carne argentina es, indiscutiblemente,  de calidad superior.

La semana se eterniza. Puntuales hasta la exageración, los primos argentinos llegan cada mediodía tiesamente arrebujados en sus vestimentas oscuras a pesar del calor veraniego, que causa estragos. En la casa todo está bien sincronizado; Richards bate la coctelera mientras ellos se acomodan en los sillones y los niños se dejan caer en el sofa enfurruñados. La pequeña Mary balancea sus cortas piernas  rematadas en zapatos de charol negro y  sus hermanos se empeñan en pisar la cola del gato sin ser notados. La señora Rebeca insiste en saber cómo amaneció la prima Elcira y se conduele de sus pesares alimenticios, Richards sirve las copas y mira el reloj discretamente, la María se ha atrasado otra vez con el almuerzo.

Miércoles, mucho calor, jueves, ligera brisa, viernes, una marejada repentina proporciona ligeras variantes en la conversación, sábado, el calor se hace insoportable, sólo los primos argentinos, bien enchaquetados en su luto,  parecen no ser afectados. Los comensales sorben con placer los helados que la criada ha  traído corriendo desde la heladería para que no se derritan. La prima Elcira prefiere mordisquear una banana, la crema de maní desata su alergia. Richards  siente la chaqueta tan estrecha como una camisa de fuerza y  se promete que  el mismo día que los primos se embarquen hacia el sur arrojará a la basura las corbatas de seda que ha guardado por años en el ropero. La señora Rebeca se ve obligada a repetir su vestido del lunes. Ojalá la prima Elcira no se haya dado cuenta, aunque pensándolo bien,  sus diferentes vestidos negros siempre parecen el mismo. Colin deja caer una cucharada de helados de malta con huevo sobre su camisa recién planchada y  es conminado a cambiarse a la brevedad. Diez minutos después, la tía solterona lo sorprende jugando en el patio con un camión de madera y lo devuelve al salón con la oreja derecha  luciendo subido color rojo. Su hermano le asesta una mirada envidiosa y le da la bienvenida asestándole un puntapié en los tobillos. Colin se retuerce de dolor y Harold se encoge en el asiento al verse sorprendido por la mirada de la señora Rebeca. Para  mayor desbarajuste, la prima Elcira ha sido testigo de la situación y envuelve a los niños  con  mirada reprobatoria. Richards se zampa su tercer  whisky.

Domingo, último día, la familia recupera tardíamente la compostura. Los niños soportan el amuerzo sin un suspiro, la pequeña Mary aguanta las ganas de hacer pipí sin una queja y la María se luce preparando   pichones en canasta de puré. La señora Rebeca saca a relucir su mejor vestido y Richards  tiene el pantalón recién planchado. Si bien los pichones obligan a los primos argentinos a hacer uso de sus dedos, la prima Elcira no tiene de qué quejarse. Los helados son esta vez de canela y bocado y  la dueña de casa no ha olvidado poner los aguamaniles perfumados de limón. 

 

Los Richards en pleno bajan la escalera y despiden a los primos Poblete en la puerta de calle. La prima Elcira desliza cuidadosamente un billete de cinco pesos en el puño de cada uno de los niños y  besa la mejilla derecha de Richards y la señora Rebeca a través de un colchón de aire. Huele   a Flores de Pravia.  Los  primos argentinos se  ven casi perdidos en  el berenjenal de saludos, apretones de mano y  cumplimentos de última  hora que la cortesía exige. Algunas vecinas copuchentas espían desvergonzadamente  detrás de sus visillos. Rabiando por ir al baño, Richards  reitera una vez más sus deseos de que los primos regresen el año entrante. Ni Dios quiera, piensa la señora Rebeca  en tanto les encarece que no dejen de escribir.

Cuando las largas figuras de los primos argentinos  se alejan hacia el hotel, Richards está agotado. Los niños suben corriendo la escalera en dirección al baño y  su mujer chancletea  escalera arriba deseando una siesta.  Richards se saca la corbata, la pliega y la guarda en el bolsillo derecho de la chaqueta. Antes de entrar en la casa, da un último vistazo a las siluetas enlutadas que se alejan por la calle Baquedano. El estómago se le estruja dolorosamente; Richards tiene de pronto la dolorosa certeza de que  ésta ha sido la última vez que  verá a los primos argentinos.

3325068151_3207f745ff_oEl gringo Richards solía decir que Walter  Kornbluth era chapa de muchas caras. Lo que no tiene nada de raro, acostumbraba explicar, si se piensa que  los hombres como él  salieron arrancando de la Europa devastada por la guerra   guardando la seria intención de hacerse la América,  con  tan mal ojo,   que desembarcaron aquí justo a tiempo de ver el colapso del salitre.  Vaya puntería.  Si uno le quita a Tarapacá las salitreras…¿qué le queda?

Nada, eso estaba claro. El padre del gringo Richards había llegado a Iquique como gerente del ferrocarril, pero cuando el viejo regresó a Inglaterra para morir en su propia cama, los hijos que tuvieron la mala idea de quedarse terminaron vendiendo seguros o, en el peor de los casos, conduciendo un camión, como el gringo Richards.

Obviamente, Walter Kornbluth no tenía ningún interés en realizar el mismo periplo. Tal urgencia justificaba para el alemán muchas cosas: la fría decisión de chupar la sangre de sus empleados hasta la última gota, el descaro con que robaba a su propio socio y compatriota y una multitud de pecadillos entre los que se incluía el desmantelamiento de  las oficinas salitreras abandonadas a raíz de la crisis, la evasión de impuestos, la avaricia cultivada a la perfección y sus actividades voyeristas. Y éstas últimas eran la piedra de tope de las conversaciones  del  gringo Richards.

 

El cuatro de septiembre de mil novecientos treinta y nueve se supo en la ciudad que Gran Bretaña acababa de declararle la guerra al Fuehrer. Pocos días después,  se esparció la noticia de que Francia había hecho lo mismo, pero esta vez pasó  casi inadvertida, no había muchos descendientes de franceses en Iquique, a menos que se quisiera incluir a la progenie de las putas que llegaron a trabajar en las salitreras y que después se transformaran en las dignas abuelas de no pocas familias de la zona.

Ingleses y alemanes, en cambio, habían muchos. Suficientes como para que en menos de una semana se agotaran los aparatos de radio, flamantes adminículos que amenazaban  convertirse  en artículo de primera necesidad. Qué decir de los periódicos, cuyas tiradas se las arrebataban los europeos para no perderse una palabra de lo que estaba ocurriendo al otro lado del mundo.

A sangre y fuego, los tanques de la Wehrmacht   arrasaron Polonia y se enfrentaron audazmente a la caballería polaca fuertemente armada, la que al parecer no estaba en conocimiento de que esta vez se pelearía una guerra moderna.  El diez de septiembre, el mariscal Rydz-Smigly ordenó la retirada hacia el sudeste, pero, por si acaso, las tropas del padrecito Stalin entraron una semana después por el este. No fuera cosa de que el Fuhrer olvidara cumplir sus compromisos.

 

En pocos meses, toda Europa ardía y las llamas provocaron tal conflagración que el calor podía sentirse perfectamente en la plaza de Iquique, en las mesas del Club  Inglés, en las oficinas de Williamson Balfour y Buchanan Jones  y en la barra del bar del Hotel Savoy.  El gringo Richards solía tostarse las mejillas allí después de descargar  su camión; dos horas de whiskies y noticias bélicas eran suficientes para que el gringo se viera obligado a dejar el Carmelito estacionado en la calle Aníbal Pinto, por neta imposibilidad de conducirlo.  Por la misma calle se iba caminando dificultosamente hasta la esquina de  Orella, siempre complicado por la gran cantidad de construcciones dobles  y la ondulante  cinta de la vereda que lo conducía hasta su casa. A veces, más mareado que de costumbre, Richards se detenía junto a algún balcón del que se agarraba firmemente mientras contemplaba la  calzada terrosa, llena de agujeros y piedras,  que bailoteaba rítmicamente como una marea café.

 

Y en eso mismo estaba esa tarde que Walter Kornbluth  salió sigilosamente por la puerta falsa de su casa y se paró a espiar hacia ambos lados de la calle, alargando su grueso cogote de toro Holstein,  para después hacer señas hacia el interior.

Richards conocía perfectamente a los dos individuos que salieron detrás de Kornbluth para despedirse  rápidamente antes de desaparecer  a la vuelta de la esquina. De  hecho, Toby  Roach y él los habían estado observando cuidadosamente durante las últimas semanas. Toby Roach solía decir,  con ese vozarrón que Dios le  dio,  que  sólo un espía alemán tendría cara para ir a beber en la barra del Savoy. El gringo Richards trataba de convencerlo de que hablase más bajo o  los alemanes ni siquiera iban a necesitar espías gracias a los idiotas como él, pero no había caso, Roach despotricaba hasta que los alemanes pagaban su cuenta y desaparecían con mirada hosca  por la puerta del hotel. Sólo entonces se quedaba contento.

Richards estaría mareado, pero nunca tanto como para no entender que lo de los alemanes pasaba de castaño a oscuro;  hacía rato que los venía  encontrando por todas partes: en el puerto,  en el faro de Punta Gruesa, en la vieja Ballenera y ahora, en la casa de Walter Kornbluth. Y lo más extraño de todo  esta vez  era que los teutones hubiesen salido de la casa por la puerta trasera…¡Cómo si fueran criados!

Recuperado instantáneamente de los efectos del whisky, Richards se las arregló para llegar a su domicilio en la mitad del tiempo que le había tomado  llegar hasta la esquina de la casa de Kornbluth.  Levantó con  dificultad el teléfono y pidió  a la operadora  el número telefónico  de Toby Roach.

- ¡Ese sinvergüenza está durmiendo a pata suelta! – La voz indignada de la mujer de Roach le taladró el oído derecho.

-  Mil perdones, Betsy, pero esto es asunto de vida o muerte – insistió el gringo con voz cavernosa.

Y lo hizo tan bien que la mujer de Roach se ocupó de despertar a su compadre  con tales alaridos que Richards los podía escuchar perfectamente a través del teléfono. Entre sus chillidos y las informaciones del gringo Richards, a Toby Roach no le quedó más remedio que recuperar su lucidez y saltar de la cama.

 

Desde ese día, los amigos se turnaron para seguir a los espías germánicos y al mismísimo Walter Kornbluth en persona.  Cuando Richards salía para las salitreras,  Roach se veía obligado a multiplicarse correteando detrás de los alemanes.  El día que  los vio embarcarse en un vapor con destino a Valparaíso fue para él un gran alivio, después de telefonear la noticia al consulado británico de esa ciudad,  dedicarse con exclusividad a la persona de Walter Kornbluth.

Pero ahora el trabajo era indiscutiblemente de otra categoría. El gigantón Kornbluth pasaba más tiempo sentado frente a la caja de su gasolinera o en la mesa de su casa  que en las tareas de espionaje.  Cierto que Kornbluth siempre había sido hombre de gran apetito y, casado como estaba, con esa gran cocinera que era la  Elenita Bermúdez, ¡qué otra cosa se podía esperar! Al gringo  Richards y a Toby Roach no les quedaba otra opción que cabecear largamente, aguardando agazapados en la cabina del Carmelito, hasta que el alemán se dignaba terminar su almuerzo y salía a realizar sus labores de espionaje.

Bastaba que la camioneta de Kornbluth diera vuelta a la esquina para que Richards lo siguiera en el Carmelito a la velocidad de crucero favorita de su propietario, vale decir, entre los treinta y los cuarenta kilómetros por hora.

Desesperado, Toby Roach le exigía:

- ¡Mete fierro, hombre, que el jerrie se nos escapa!

Richards  presionaba a fondo el acelerador llegando a la aterradora velocidad de cuarenta y cinco kilómetros por hora, hasta que unas tres cuadras más allá la lejana silueta verde de un carabinero le imprimía otra vez al Carmelito su ritmo acostumbrado.

- Capaz  que me pasen un parte- se justificaba el gringo Richards.

Y  Toby Roach se tiraba los pelos desesperado,  porque la camioneta de Kornbluth se había hecho humo en dirección al  Sur.

 

Afortunadamente, las rutinas de Kornbluth  y la pequeñez de la ciudad impedían toda posibilidad de máximo secreto. A la vuelta de la rueda,  el Carmelito terminaba por asomar en el faro de Punta Gruesa y cuando los dos ingleses daban un vistazo  a la escabrosa playa trepados en la pisadera del camión, descubrían sin dificultad la camioneta del alemán.  El gringo Richards maniobraba cuidadosamente para ocultar su cacharro y después se arrastraban  sigilosos por entre las lomas hasta ponerse a tiro del espía germano.

Parado sobre las rocas, Walter Kornbluth oteaba el horizonte  con ayuda de un catalejo. De vez en cuando, miraba su reloj,  sacaba una libreta de su bolsillo y anotaba la pasada de un lanchón cargado de cojinovas o la aparición  de algún humo casi desvanecido en el  curvo horizonte  del Pacífico. A veces se distraía contemplando las evoluciones de las gaviotas y en no pocas ocasiones sacaba de la camioneta lienza, carnada y anzuelo con los que mataba la tarde tratando de pescar alguna lisa para su próxima cena.

Sus esfuerzos  de espía duraban, como término medio,  cuarenta largos minutos en que el gringo Richards y Toby Roach descabezaban una siesta o empinaban el codo compartiendo los últimos chistes de alemanes que  habían salido del Club Inglés y de los cuales Walter Kornbluth solía ser protagonista. Pasado ese lapso de tiempo, el obeso comerciante se encontraba tan agotado que se metía en la camioneta y sacaba un sustancioso   cocaví,  al que daba el bajo ante los ojos envidiosos de los dos ingleses que lo espiaban. Después, ya satisfecho su apetito, Kornbluth se quedaba profundamente dormido por otra media hora para regresar a la ciudad absolutamente fresco y renovado.

 

Las actividades  subrepticias del alemán terminaron ganándole inusitada popularidad en los habitués del Club Inglés. Mientras Walter Kornbluth dormitaba con la boca abierta, emitiendo sonoros ronquidos  que desconcertaban a los lobos marinos que se asoleaban sobre las rocas, una media docena de ingleses se turnaba para reírse a mandíbula batiente de sus cualidades como espía. A eso de las cinco de la tarde, cuando asomaba el lanchón Elisa, cargado hasta la borda misma con pejeperros  y jureles, los ingleses comenzaban una breve cuenta regresiva:

- Diez, nueve, ocho, siete, seis…

Y era un hecho que al contar uno Walter Kornbluth miraría su reloj y anotaría en su libretita negra, con minuciosidad teutónica, una pieza más del interesante movimiento naviero de la Provincia de Tarapacá.

 

Richards solía comentar que los alemanes debían estar muy desesperados para contratar  los servicios informativos de  Walter  Kornbluth. Toby Roach iba más allá, según él, a Kornbluth  deberían darle un premio por la prodigiosa imaginación que desplegaba para elaborar sus informes. Y todos y cada uno de ellos se admiraban  de la persistencia con que Kornbluth  cumplía su trabajo, cualidad ésta, que les obligaba a mantener a uno de ellos vigilando al alemán. No fuera a ser cosa que algún submarino rondase la costa en espera de contactarse con su hombre.

 

A medida que pasaba el tiempo costaba conseguir voluntarios para seguir  las evoluciones de la siesta de Kornbluth. Sólo Toby Roach se mantenía fiel a la consigna,  al punto que  las tareas patrióticas  habían impreso a su caminar un ligero toque militar, un cierto aroma  al Servicio de Inteligencia Británico  que enderezaba su espalda y proporcionaba a su mostacho canoso una elegancia que sólo  un verdadero británico era capaz de apreciar.

A mediados del cuarenta y uno su trabajo terminó por rendir frutos. Gibbs Williamson le ofreció trabajo en Panamá, donde  la inteligencia británica consideraba que podría ser mucho más útil. Dos años  más tarde, el gringo Richards vendió el Carmelito,  que casi caía en pedazos,   se compró un flamante Chevrolet al que bautizó como Caymán y se dedicó a comerciar en vinos.  Un par de años después Walter Kornbluth, todavía abatido por la derrota del Tercer Reich,  abandonó una promisoria carrera de pescador deportivo para dedicarse  cien por ciento  a  su  gasolinera.

 

 

 

 

 

 

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