You are currently browsing the category archive for the ‘última parada: tiliviche’ category.
La mañana está fresca, pero al gringo Richards, tiesamente empaquetado como está en su terno oscuro, le parece más bien húmeda y calurosa. La camisa es nueva, una de las tantas que Bequita ha guardado por años en el último cajón de la cómoda, todavía en la bolsa que llegaron para algún cumpleaños, alfilerada y compuesta. Lo peor es la corbata, que hiede a naftalina; gracias a Dios, las grandes ocasiones vienen bastante a lo lejos.
En estos momentos es cuando mejor se destaca la medalla en recuerdo a sus años como campeón de tenis del Norte Grande. Obviamente, el oro es de chafalonia, pero aún así se ve bien; la cinta tricolor, impecablemente planchada, destaca con elegancia contra la popelina blanca de la pechera y no desmerece para nada con la corbata de Quilmes. Richards se siente bien; perfumado, tranquilo, sin hambre ni ganas de orinar. Un alivio; esa maldita bolsa que ha reemplazado a su vejiga por los últimos cuatro años se le estaba haciendo insoportable.
La iglesia de San Francisco ha sido siempre su favorita. La clientela es escasa, los monjes, silenciosos, la nave, fresca. Y lo que es mejor, justo enfrente están ubicados el bar de un pampino, don Modesto Checura, y el taller de un aviático retirado que le arregla las pannes eléctricas a la Guinevere. Da gusto esperar así, porque Richards siempre vigila las evoluciones de los mecánicos cuidadosamente. ¿Cómo, si no, le habrían durado tanto los vehículos?
Tomemos el caso del Carmelito, por ejemplo. Con su carrocería de madera desteñida y las pesadas llantas de hierro que a duras penas se movían. ¡El Carmelito nunca pasó un día botado en el garage sin que él lo hubiera ido a ver! Jamás dejó en manos mercenarias el dinero necesario para los repuestos. No, él siempre compró personalmente los repuestos legítimos…al menos, mientras pudieron conseguirse.
Tanto que le costó deshacerse del Carmelito… si no hubiera sido por el Caymán, nunca lo habría traicionado con Lorenzo Barreda, el Lolo. Al pobre Carmelito se le debe haber caído la cara de vergüenza el día que pasó de las manos del amo a las del arrenquín, pero qué se le iba a hacer. Los tiempos no estaban para otra cosa.
Es cierto que el Caymán era precioso…y totalmente nuevo, su primer camión Ford y el último, para ser más preciso. Pero el Carmelito le proporcionó tan buenos momentos, viajes tan gratos. Dos veces no más se quedó enterrado: la primera vez en Huara, cuando se salió del camino por hacerle el quite a un vagabundo borracho; la última, pasadito La Tirana, ese día negro que Inglaterra le declaró la guerra a los alemanes una vez más.
Le pica, como suele ocurrir de cuando en vez, el pie izquierdo. Bequita no ha querido creerle nunca, pero qué va a hacer uno si las piernas cortadas le siguen picando. Nada, ni rascarse se puede. En esos momentos, lo mejor es un buen vaso de whisky. Two fingers, pero a la escocesa: el índice y el meñique estirados y los dos del medio encogidos. ¡Qué ganas de echarse al coleto los dos dedos de whisky ahora mismo! Todavía debe quedar un poco en la botella, eso es seguro; ayer no se la alcanzó a terminar.
La iglesia está casi vacía a esta hora. Una que otra beata que viene y que va sin un suspiro, el sacristán jorobado con su chaqueta lustrosa de tanto que le han sobado la espalda, un cura en el confesionario, un par de viejas dormitando el rosario y su hijo mayor, Colin, sentado en la primera banca. Huele a flores añejas y velas mal apagadas, a polvo, a madera apolillada tal vez.
El pobre Colin se ve un poco fuera de lugar, tampoco él se siente muy cómodo con la ropa de los domingos. La corbata de su hijo mayor, de seda negra, parece nueva. Colin siempre ha sido un poco pretencioso. Le gusta lo bueno. ¿A quién no? Si no hubiera sido por la crisis del salitre los Richards nunca habrían tenido que conocer el otro lado de la medalla.
La camisa que lleva puesta hoy, por ejemplo, esa se la compró Colin. Dále con que tiene que arreglarse, dále con traerle botellas de Casillero del Diablo. No entiende, Colin. ¿Quién va a mirarlo a uno cuando está viejo, sordo, medio ciego y clavado en una silla de ruedas? A lo más, se fijan en las piernas vacías de los pantalones, pescadas con un alfiler de gancho por Bequita antes de salir. Y lo del Casillero…esa sí que es una tontera, una damajuana dura bastante más, aturde momentos más largos de ese incómodo proceso de hacerse viejo. Pobre Colin, es un buen muchacho, aunque no se pueda vivir sin discutir con él. Hasta medio comunista le fue a salir, a quién se le ocurre.
Colin ni siquiera debe haber alcanzado a desayunar y ya lleva más de una hora sentado ahí, esperando. Sólo. Es un hecho que no se revolvería tan incómodo en el banco de no estar esa extraña mujer llorando en la primera fila del lado derecho. Una loca, y vaya uno a saber de dónde salió.
Al Gringo, la mujer lo tiene intrigado. ¿Irá a seguir llorando cuando lleguen los demás? ¿Quién será? Jamás la había visto, aunque es cierto que desde hace unos años poca es la gente que se puede conocer en la ciudad de tanto que ha cambiado. Lo que menos se encuentra aquí es gente conocida, de los viejos tiempos. Los más se mudaron, otros murieron, los de epidermis delicada arrancaron a esconder sus frustraciones donde nadie los conociese. Empezando por los Richards, que podrán ser cuatro pelagatos, pero están todos peleados, y a muerte. Richards no ignora que todos los parientes lo descueran: por conformista, por tomar más de la cuenta, por no hacerse una situación. A él no le molesta. Le duele eso sí; un poco. Especialmente si se considera que no tuvieron tantos miramientos a la hora de quedarse con su dineroo. Le complace saber que no ha estafado a ninguno de sus hermanos ni se ha quedado con nada que no le correspondiese. Muy por el contrario, a él se lo quitaron todo, la tierra, la casa, la herencia y hasta la educación en Inglaterra, porque el marido de Eileen consideró innecesario gastar todo el seguro que dejó el abuelo en mandar a Richards a Inglaterra, así que lo envió a Quilmes, ahí al ladito, cerca de los primos Poblete y a un cuarto del costo requerido para estudiar en Europa. ¿Para qué? Richards tiene la certeza de que nada acarrea uno en el cajón.
¿Qué habrán hecho sus hermanos con el dinero restante? Fundírselo, como todo lo demás. Como la caja con la platería que dejó a guardar a la viuda de su hermano Teddie y de la cual nunca volvió a saberse; como el lote de casas heredadas del padre que los hermanos mayores remataron a puertas cerradas y compraron ellos mismos a precio de huevo para luego repartir el dinero en cuatro partes iguales, tres para el bolsillo propio y la restante para el menor. Así fue como se quedaron con la plata y las casas sin mover un dedo. Es que ellos, poor boys, no estaban hechos para esa vida, jamás supieron lo que era trabajarle un día a nadie; si no hubiera sido por la herencia de Grandpapa se habrían muerto de hambre. Richards, en cambio, ha trabajado siempre, recorriendo la pampa de un extremo a otro en el camión, tomándose sus tragos, leyendo a Chesterton o Ridder Haggaard.
Se suponía que el gringo debía estar contento con lo poco que quedó y hasta cierto punto, ellos tuvieron razón: Richards nunca guardó rencor a sus hermanos; estaba demasiado ocupado viviendo. Siempre tuvo que arreglárselas solito y le ha costado; empezar la vida en cuna de oro y terminarla con una jubilación de profesor es demasiado para cualquiera. Hasta para un hombre con las agallas del Gringo Richards.
El momento es bochornoso; ya han llegado algunos conocidos y la mujer insiste en seguir llorando como si tuviera alguna vela en este entierro. Al gringo Richards casi está por parecerle conocida, pero por más que se empeña, no logra ponerle la vista encima. Su posición es lo que se podría llamar confortable, aunque limitada. No tiene control total de la situación. En momentos como éste, uno daría cualquier cosa por una botella de whisky, cualquier cosa.
Richards pasea su mirada por la nave de la iglesia y descubre con agrado la presencia de varios amigos. El Pulpito Pollastri, Charlie Jessop, el Turco Cerisola, el guatoncito Papic y el doctor Reyna, muy simpático, pero el peor matasanos de todos los que ha tenido que soportar. Richards recuerda claramente esa ingrata ocasión en que el doctor Reyna le prohibió el vino y lo tuvo bebiendo leche y atiborrando la casa de botellas vacías por eternos seis meses. Vaya cretino.
Muchos de los asistentes pertenecen a ese grupo de personas que uno difícilmente miraría dos veces, pero a los cuales se ve obligado a saludar. A otros no los ha visto en su perra vida y vaya a saber uno qué están haciendo acá. Aparte de mirar a la loca y hacer todo tipo de comentarios desagradables, por supuesto. Qué irá a decir la pobre Bequita cuando llegue con los otros niños. Capaz que piense que él tiene la culpa, que la conoce. Colin debió haberle preguntado a la fulana por qué está aquí, insinuarle que no es correcta su conducta; pero claro, Colin sería el último en preguntarle nada a nadie. Hasta cierto punto, medio comunista y todo, Colin es el más inglés de los chiquillos, aunque insista en no aprender el idioma. Salió inglés de adentro, de vísceras. Come cualquier cosa, le gusta el cordero, habla poco, lee mucho y mira a todo el mundo por la cola. Desde chiquito fue así, lástima que cuando los hijos crecen se ponen tan desagradables y uno se pasa la vida peleando con ellos. Si Colin no fuera su hijo, es casi seguro que se habrían llevado bastante bien, pero la paternidad derriba muchas barreras y las de los buenos modales son las primeras en caer. En todo caso, no se puede negar que tuvieron sus buenos momentos los dos.
Por un instante, Richards siente pudor al recordar las numerosas ocasiones en que echó a su hijo de la casa. Demasiado orgulloso, el muchacho. Dos años le tomó regresar esa vez que él insistió en llamar a los milicos para que inscribieran las armas que todavía quedaban en la casa. Viejo huevón, le gritó, y a él todavía le escuecen esas palabras. Seguramente, Colin no lo decía en serio, debe haber estado asustado, el pobre. Bien pudieron haber venido los milicos a ver los rifles y habrían armado la de San Quintín al no encontrarlos. ¿Dónde diablos los habrá escondido Colin durante ese tiempo? Cuando a uno los hijos le salen medio comunistas viven causándole problemas. Eso sin considerar lo absurdo que resultaba el hecho de esconder armas de la guerra del Pacífico para pelear contra el ejército del milnovecientosetentaitrés.
Dos años. Después de lo ocurrido, los dos tuvieron mucho cuidado de no volver a mencionar la palabra política. En realidad, prácticamente no volvieron a conversar de otra cosa que no fuera fútbol.
Si Grandpapa no se hubiera muerto ¿habría terminado Richards discutiendo con él? Nadie rebatía a Grandpapa. Tan sólo una vez el pobre Charlie le dijo que cometía un error dejando todo en manos de Teddy. Grandpapa lo fulminó con la mirada y Charlie no volvió a mencionar el asunto del testamento, pero claro, Charlie tenía razón. Fue un tremendo error de Grandpapa. Tremendo. Si algo del dinero de Grandpapa hubiera caído en sus manos, probablemente Colin nunca se habría atrevido a decir las cosas que le dijo esa última vez que discutieron. Cuando hay dinero, la convivencia al interior de las familias es bastante menos complicada.
La mujer que llora se le hace definitivamente insoportable. Desde hace unos diez minutos tiene la cara sumergida en un gran pañuelo de seda floreada y solloza de tal manera que los hombros se le estremecen. Se la puede escuchar desde cualquier punto de la iglesia y es un hecho que todos están pendientes de ella, hasta el cura, que ya ha comenzado la misa. Ahora que finalmente han llegado Bequita y los dos hijos menores, Richards siente en carne propia la incomodidad que experimentan. Tratando de no molestar a la mujer, la espía de reojo. Medio pelo, vulgar, unos cuarenta años. ¿Algún desliz? No es que vaya a tratarse de una fulana, imposible, hace veinte años que Richards está inválido y no sale ni a la puerta sin ayuda…pero…y la terrible pregunta le quema la garganta. ¿Y si se tratara de una hija?
No sería nada raro, porque el Gringo Richards no era de las chacras, precisamente. Aunque algo se habría sabido, eso es seguro. Aquí, en este pueblo infeliz, todo se sabe. Quizás Colin debió haberle ido a preguntar por qué ha venido. Encararla. Evitarle esta desagradable escena a Bequita. Él sabe muy bien lo que ella estará pensando, que toda la culpa es de él, que siempre se las arregló para estar en el ojo del huracán. Quizás, porque el mundo en que creció Richards era totalmente seguro. Una perfecta burbuja estanca a la realidad. Seguramente ellos esperaban que tantos años de caída libre podrían haberle enseñado algo, haber metido un mínimo de sentido común y tolerancia en esa cabeza dura, pero claro, ellos no entienden, no se imaginan el abismo que hay entre sus maneras de pensar.
Estupefacto, el gringo Richards constata como la mujer se levanta de su asiento y se dirige hacia él en medio de la misa. La madre y los hermanos menores están ahora acercándose al sacerdote para recibir la comunión. Mi cansancio, que a otros descanse, desafina lánguido el coro. La mujer camina con torpeza, golpeando los bancos con las caderas y empujando a los que esperan en la larga fila de comulgantes.
La mujer se ha sentado ahora detrás de Richards y deja caer la cabeza entre las manos. Los sollozos la sacuden. Toda la iglesia la espía por el rabillo del ojo. El Gringo está tan desesperado por la picazón de la pierna que a duras penas resiste la necesidad de levantarse el pantalón y rascarse con todas sus ganas. ¡Qué sed más desagradable; daría cualquier cosa por un vaso de vino, cualquier cosa!
La comunión termina. Todos aguardan un minuto en silencio mientras el monaguillo recoge los implementos de la misa. Finalmente, el cura se pone de pie y camina hacia el altar, donde imparte la bendición e invita a retirarse en la alegría y la paz del Señor. Su gesto desata una serie de acciones que Richards no puede evitar le sorprendan. Casi no puede ver a la pobre Bequita ahora, perdida como está entre los abrazos y los apretones de mano. El sacristán jorobado va de un lado para otro acarreando ramos de flores. Colin, como siempre, se ha quedado al margen, seguro que todo esto le disgusta. No, allá viene.
Richards espera con ansiedad que su hijo llegue junto a él antes que la mujer del llanterío. Si Colin no se da prisa, es casi seguro que llegará tarde, porque la fulana ya se ha puesto de pie y se aproxima lentamente, siempre gimoteando.
Richards se queda paralizado. Quisiera arrancar de esa situación grotesca e inmerecida. La corbata, definitivamente, lo ahoga. Un frío profundo se instala en sus huesos impidiéndole moverse. Ahora puede ver claramente a la mujer y se da cuenta de que no tiene idea de quién podrá tratarse. Una loca, tal como pensaba. ¿Por qué nadie hace nada para llevársela? Colin tendría que hacer algo, es lo menos que se le pide, que haga algo.
El Gringo Richards, aterrado, ve como la mujer se yergue a su lado, se agarra de los bordes y se inclina sobre él chorreando lágrimas y mocos sobre el acolchado de raso blanco. Richards quisiera gritar con desesperación, desaparecer, dormirse hasta que todo hubiera terminado. Casi de refilón, sorprende un diente desagradablemente cariado en la boca abierta de la plañidera. Y en ese momento, cuando ya da todo por perdido, la mano de Colin se interpone entre Richards y la mujer, haciéndola firmemente a un lado.
El Gringo Chico tiene los ojos brillantes, la mano temblorosa, la garganta apretada. Murmurando una disculpa, aparta a la mujer con delicadeza y cierra sobre su padre la tapa del ataúd.
Las cosas han cambiado tanto en estos últimos tiempos que a Richards le cuesta un mundo reconocer la ciudad que le rodea. Pronto se cumplirán dos años desde que Bequita decretara el regreso a la casa vieja y vaya uno a saber para qué. Las arrendataria del chalet paga tarde mal y nunca; las pensiones, cada día más escuálidas, el último matasanos que lo tijereteó ha dejado a su mujer en la inopia y a él cargando una bolsa repleta de orines y cada vez cuesta más conseguir una empleada que se tome la molestia de desempolvar la casa. La última llegó en calidad de au pair gracias a una tía profesora y a duras penas es soportable porque sabe cocinar. La anterior, retrasada mental, desapareció un día cualquiera llevándose de recuerdo algunos efectos caseros y los aros de perla de su mujer. No hay caso con Bequita, jamás supo tratarlas como se debe, con autoridad.
Lo único bueno de esta mañana de viernes es la fecha: quince de junio, día de pago. Esta misma mañana, después de hacer su pedido en el supermercado, Bequita hará su recorrido mensual por el comercio y regresará de allí con una botella de Queen Anne que -Richards lo ha prometido expresamente- deberá durarle hasta fin de mes.
Reconfortado por esta grata perspectiva, Richards se levanta algo más temprano que de costumbre, tiende su cama cuidadosamente, maniobrando entre los muebles con su silla de ruedas, y disfruta la media hora de rigor de sus abluciones frías salpicando agua a diestra y siniestra, lavando su pañuelo, jabonándose la pelada y desinfectando las perillas del baño con la colaboración de la botella de alcohol y el trozo de franela amarilla que acarrea en la pernera doblada del pantalón.
Sale del baño cual ángel vengador casi dos horas después. Hay que ver el tiempo que toma pasarse de la silla de ruedas al silencioso cuando no se cuenta más que con los brazos. Más animado que de costumbre, recorre el hall y la sala de estar comprobando con un trozo de papel higiénico el hecho de que, tal como lo suponía, hoy tampoco pasó la empleada el paño por los muebles.
Alrededor de la una el gringo está casi iracundo. Chequea minuciosamente el estado de las veinticinco copas de plata y bronce ganadas en el tenis y retoca algunas manchas que estropean su prístina superficie con un poco de Brasso. Casi imposible conseguir Silvo hoy por hoy. ¿Habrá recordado Bequita la botella de Lea&Perrin y el frasquito de Bovril? Está tan desmemoriada la pobre Bequita, tan venida a menos con esas manos que todo lo salpican de tanto temblar. Esta mañana no más ha debido obligarla a dejar la taza de té conque regaba el piso entre la cocina y el dormitorio. ¿Para qué mierda están las empleadas sino para traer el desayuno a la cama o la comida a la mesa? Sobre todo ésta, que ni siquiera pasa la escoba, que la última vez que tuvo la mala ocurrencia de llover se negó a secar el piso a las dos de la madrugada y se fue a acostar dejando a la pobre Bequita con el trapo y el balde de agua sucia.
Es cierto que quizás habría sido mejor quedarse en el chalet en vez de arrendarlo. Poco y nada es lo que se le saca, a fin de cuentas. Quién iba a decir que en apenas diez años se iba a despoblar completamente la calle Baquedano, que las oficinas fiscales y los clubes militares reemplazarían del todo a los viejos residentes.
Ya nada es lo mismo. Y sin embargo, pese a todo, pese a que ya no le queden más que los muñones en ambas piernas del pantalón, a Richards le agrada haber vuelto, no se lo dice a nadie, pero volver a la deteriorada casa georgiana le hace sentirse mejor que antes, más cerca de algo indefinible que siempre le estuvo faltando. Si hay que morirse, él lo siente en los huesos, tiene que ser aquí. Entre las polillas y el linoleum agujereado. Debajo del retrato de Grandpapa que nunca pudo llevarse al chalet a causa de sus desmesuradas dimensiones.
Para cuando Bequita regresa a Richards se le olvidan instantáneamente sus dolores y sus problemas. Cazuela para el almuerzo, beafsteak con arroz graneado y two fingers para abrir el apetito. El aroma amaderado del Queen Anne borra instantáneamente los efluvios del polvo y la humedad y acelera su gastado corazón. Terminado el almuerzo, Richards se concede el placer de un bajativo inmediatamente después de su vaso de natri para la diabetes.
Bequita se retira para la siesta y cada cierto rato le recuerda a voces desde el dormitorio que la botella deberá durarle hasta fines de mes. Richards finge no escucharla y acaricia el vaso con sus dedos afilados y pecosos. De vez en cuando comprueba a contraluz la belleza traslúcida del whisky, sorprendiéndose cada vez como si fuera la primera de la repentina perfección que aquel color dorado puede conceder a la realidad.
A eso de las cuatro descabeza una siesta arrullado por el chicharreo de la BBC y el cacareo de la ponedora jactándose en el gallinero. Al fin se durmió, piensa Bequita, a ver si más ratito le escondo la botella. La segunda teleserie ya está por terminar, qué mala suerte la de esta pobre Marielena, mire que tocarle estos parientes tan malvados.
Pero el sueño de Richards nunca es tan profundo ni tan desesperado como su sed. Dormita a saltos. Entre las cinco y las diez el gringo alterna el Queen Anne con la magra once-comida y el Daonil para la diabetes. Acicateado por las copas, rueda ágilmente por la sala canturreando a los ruiseñores de Berkeley Square y las piernas de Lili Marlene. Se siente tan pletórico de fuerzas que podría volar y alcanza la medianoche entonando Samoa a grito pelado, incapaz de advertir que la bolsa que lleva colgando en la cintura casi rebalsa de una orina espesa y oscurecida. Bequita ya no se molesta en fingir que duerme: ha cerrado la puerta del dormitorio y sube el volumen del televisor tratando de apagar los ecos del vozarrón de su marido. Lástima que Vamos a ver termine tan temprano, se conduele. Y a Lucho que le gusta tanto Raúl Matas, mañana seguro que se va a arrepentir de habérselo perdido.
A las tres de la mañana el televisor chicharrea al vacío. Bequita tiene la cabeza hundida en el pecho, ronca pausadamente y los lentes se le equilibran apenas en la punta de la nariz. De vez en cuando, algún trasnochador sacude la calzada perdiéndose en dirección a la plaza. La calle Baquedano duerme silenciosa bajo la sombra de las palmeras.
Richards todavía vela. Ha dejado de buscar el vaso que extravió en algún punto de su travesía nocturna y bebe ahora directamente de la botella, sumergiendo a veces la nariz en el gollete para respirar ese delicado perfume de la tierra amada, de Grandpapa trinchando el roastbeaf dominical y Charlie, sumergidos sus rizos en tres capas de gomina, saludando orgullosamente en su uniforme del Regimiento de Zapadores de la Reina. A Richards, que ya ha superado las etapas de júbilo y belicosidad, las lágrimas le ruedan por las mejillas rugosas, le empapan la barba y le salpican el suéter azul marino. Heroicamente, ha decidido dejar los últimos two fingers para mañana y vigila cuidadosamente el nivel del líquido en la botella. ¡Cuando resaca va a ser tan agradable mirar a través del líquido dorado y respirar una vez más el aroma del ayer!
El día que se terminó de construir el camino nuevo, cuando la Cuesta del Toro quedó definitivamente en el pasado, el gringo Richards sentenció tristemente desde la silla de ruedas:
-Era fatal, la cuesta del Toro. Tantos buenos iquiqueños que he visto yo despeñarse por esa cuesta.
-Todavía no cante victoria, Mr. Richards, mire que el camino nuevo no se abre hasta fin de mes – le rebatió el practicante que le curaba las úlceras de la diabetes.
Richards le miró desdeñoso…qué sabían éstos de lo que es manejar en la pampa. ¿Se acordaba alguien, por ejemplo, de que la primera vez que llegaron los buses interprovinciales los choferes sureños no se atrevieron a bajar por la cuesta de acceso y tuvieron que subir conductores iquiqueños a hacerse cargo de los vehículos? O de esa vez que un rally mundial pasara por allí de pura casualidad permitiéndole a los sapos de carretera la oportunidad de ver circular a los automóviles de carrera más lentos del mundo?
La Cuesta del Toro, unos pocos kilómetros más allá, justo debajito de la mina de plata Santa Rosa, era uno de los puntos altos de la ruta, comparable sólo con la Cuesta de Chaca o la de Chiza, en el camino a Arica, donde no pasaba mes sin que se desbarrancase un camión.
Manejar es lo que el Gringo más echa de menos, más incluso que el mostrador del almacén de Hernancito Smith a mediodía, vedado para Richards el día mismo que la diabetes le arrebatara la pierna izquierda. En todo caso, ya ni el almacén solía ser el mismo que en los tiempos del chino José. ¡Tremendo grupo que se reunía en ese tiempo, qué buenas conversas! Muy simpático, Hernancito Smith, pero la señora le ha corrido la clientela con la expresión avinagrada de la cara. Con el tiempo, Hernancito ni siquiera pasa por ahí, siempre tan ocupado con su Beaumont de luxe, qué según dicen le proporciona excelentes ingresos.
A esa misma hora, a dos kilómetros escasos de la Aduana, Hernancito Smith experimenta por primera vez el cansancio de la jornada. El sol le pega en los ojos y le repta bigote abajo hasta rematar en la boca con indisimulado bostezo. El motor del Beaumont azul ronronea como un gatito cuando Hernancito Smith acelera hasta alcanzar los ochenta kilómetros por hora, ochenta y cinco, noventa. La silueta de la Aduana se recorta repentinamente en la siguiente curva, Hernancito Smith suaviza la presión del pie sobre el acelerador y el Beaumont se desliza sobre el macadám caliente con la misma suavidad que lo haría sobre una pastilla de jabón. Hernancito Smith constata que tiene hambre y está aburrido. Justo ahora que se había acostado tan tarde la noche anterior, tenía que tocarle una vieja con un cabro chico llorón, que más encima se ha vomitado apenas saliendo de Arica encima de los asientos forrados en cuero blanco. Hernancito Smith ha tenido que abrir la ventanilla hasta abajo para que se vaya el olor y la vieja, con la cara más larga que funeral de bombero, no ha parado de reclamar porque el cabro chico se le va a resfriar y no le despintará nadie el dolor de oídos, al pobre angelito.
El practicante descubre las heridas con ayuda de una pinza metálica. Sobre un riñoncito enlozado, Pupa, como le ha bautizado secreta y vengativamente el gringo Richards, acomoda apósitos de algodón remojados en suero fisiológico y polvos antibióticos.
-¿Ha visto como le anda la orina, míster Richards?
Al gringo, qué le han dicho. ¿Acaso no sabe el practicante que la glucocinta conque mide su glicemia diariamente ha vuelto a subir de precio? Los remedios, todos, que se han ido a las nubes. La otra semana, por suerte, pagan la pensión. Si a los milicos no les hubiera dado por terminar con las perseguidoras él todavía tendría una pensión decente, pero así no se puede vivir. Claro que tan malas no serían las perseguidoras, porque lo más bien que los milicos las conservaron para ellos. El recuerdo de la pensión empobrecida amarga un poco la tierna relación espiritual de Richards con el gobierno de las fuerzas armadas.
Pupa hurguetea cuidadosamente en los dedos ulcerados, descarta el material muerto y desinfecta cuidadosamente la carne viva para luego aplicar antibióticos, polvos de madecassol y unas laminitas gelatinosas que teóricamente ayudan a reproducir tejido. El gringo mira filosóficamente su martirizado pie restante. Si los malditos matasanos no le hubieran cortado la pierna derecha, a esta hora estaría tomándose una caña en el almacén de Hernancito en vez de soportar a este cretino con ínfulas de cirujano.
Contra todo lo que hubiera podido esperarse, el cabro chico sigue despierto y llora con más brío que nunca. Hernancito Smith sube un poco el volumen del aparato de radio. Sabes, de qué tengo ganas, barrita Olga Guillot, y Hernancito salta rápidamente por el dial tratando de agarrar una canción decente en la onda corta. La una de la tarde, el réporter esso, el réporter esso, la voz del locutor chicharrea desagradablemente los avatares climáticos de la capital. La vieja, tan aburrida del cabro chico como el que más, aprovecha de pasar su aviso. Qué lindo que canta la Olga Guillot.. .
El sol está que se las pela, como para que se caigan los jotes asados, piensa Hernancito. Los ojos ya se le cierran, no para de llorar el cabro de mierda y va a terminar durmiéndose él primero. Preocupado, Hernancito Smith se endereza en el asiento, abre bien los ojos y carraspea. Viajecito que le fue a tocar, justo ahora, que anda tan cansado. Esta vez, descansará hasta el lunes próximo. De dónde le ha venido a la Carmencita esa tonta idea de comprarse una casa de dos pisos, sólida, de esas de la caja de empleados particulares, un defeledós. Total, la casa que dejó el chino estará vieja, pero más bien ubicada que cualquiera. Un desagradable olorcillo le entera de que el guatón que viaja sentado a su derecha se ha relajado más de la cuenta. Molesto, Hernancito le espeta con rudeza.
-Abra la ventanilla, compadre, mire que hace un calor terrible acá dentro.
Mientras Pupa ordena sus implementos y se lava prolijamente las manos, Richards rellena la cartilla de la polla gol que el practicante hace el favor de llevarse a la agencia todas las semanas. Seis puntos la última vez, así, no va a llegar a ninguna parte. Puros empates, qué manera de jugar mal estos chilenos; como se la pasan tomando, apenas corren. Parece que le pidieran permiso a una pata para mover la otra. Magallanes-Palestino. Richards medita un poco más y luego traza una pequeña equis en el cuadrado correspondiente. Empate.
Si Richards se saca un premiecito lo primero que va a hacer es mandar a afinar la Guinevere, tanto tiempo que lleva parada en el patio, la pobre. También podría aprovechar de hacerlo para el quince, cuando le paguen, y después tratar de que el mecánico lo saque a dar unas vueltitas por el centro, pasar a la botica, comprarse una garrafita de tinto donde el turco Cerisola y unas lengüitas de cordero. Con puré, por supuesto, the best smashed potatoes and half a dozen lamb tongues. You’re the top, you’re the Colyseum, you’re the top, you’re the Louvre museum. Qué bien le vendría una botellita de whisky esta semana, Ballantine’s, su favorito. Quién sabe, a lo mejor podría convencer a la Bequita de que le compre una botella, casi seguro que se le ha olvidado lo de la última vez, después de todo, ya está por cumplirse un mes.
Esas cosas no pasaban cuando Hernancito estaba en la civil. Trabajo tranquilo, sin presiones, de vez en cuando, alguien caía con un contrabando o un burrero se olvidaba de pagar la coima y se iba precioso. En todo ese tiempo que él estuvo en la policía, un sólo crimen. Ese idiota que pilló a la mujer con el sobrino y tuvo la mala idea de meterles un balazo. Un muerto, una nulidad matrimonial. Se podía almorzar en la casa, salir a comer en el Tung Fong los viernes por la noche, una pichanguita los domingos; no como ahora que la panza se le ha desbordado en dirección al piso de tanto pasar sentado.
Pero es tan lindo su Beaumont, le hubiera dado su buen táte quieto al chiquillo’e mierda si hubiera podido; mire que echarle güitriao vinagre en el tapiz blanco y la vieja tan foronga pidiendo que le pusiera la Olga Guillot, se hubiera tratado de Javier Solís siquiera, pero la negra ésa parece gata en celo .. . a dónde van a ir a parar las cosas. Un sólo crimen en seis años; claro, lo del chino José también. Tremendo lío que habían tenido que armar paseando al Chacho curado por todo el barrio. Más maricón el heladero, por algo tocaba tan llorado el cuerno para llamar a la clientela, se las había llorado todas, el huevón, por más que le decía que se callara.
Hernancito sabía bien lo que pasaba con el pelado Nariño cuando le tocaba un llorón…el pelado no podía soportar ni a los maricones ni a los curados llorones. Mal negocio lloriquearle.
El Chino José, por otra parte, no era ninguna perla de oriente. Se las había buscado solito, el chino, nadie puede guardar plata por tanto tiempo en la caja de fondos sin tentar al diablo. Y ni tanta plata, bien decía el viejo Fardella que el chino era jugador, y de los malos. Bien quemado el chino’e mierda .
Pupa cobra su trabajo, guarda la cartilla de la polla gol y el dinero para validarla en la agencia, luego se despide y se marcha rápidamente por el estrecho pasadizo, Car’e perno, masculla Richards para callado. Tener que soportar al practicante le crispa los nervios, tan colijunto, tan jabonoso, parece coliguacho, el negro, viene pasado a colonia barata y no lo deja respirar en esa habitación tan chica, la única disponible en el primer piso.
Si no le hubieran cortado la pierna él todavía seguiría en la casa vieja, tan amplia, tan cómoda, tan silenciosa. Eran otros tiempo, una vida con más clase, tanta gente interesante circulando por ahí, en vez de los patipelados que se quedaron cuando todo acabó y llegó esta tropa de sureños ladrones que ha forzado a la gente a cerrar las puertas con llave. No hay nada peor que la vejez, piensa Richards, nada, excepto la vejez en Chile y una pensión del Estado. Casi seguro que no va a poder recorrer el zigzag de nuevo, bien difícil que pueda ir a la pampa antes de que cierren el camino viejo. A él le habría encantado pasar por la Cuesta del Toro una última vez, por Santa Laura, por Canchones. Mala pata, muy mala pata, una sola mala pata, lo que era lo peor de todo. Una taza de te, eso necesitaba. ¿Dónde se habría metido la china ésa? Siempre corriendo el zorro o encamotándose con el paquito de la esquina.
Richards registra en el velador y después de una cuidadosa inspección saca triunfante un billete arrugado: ¡Justo para un litrito! Llama a grito pelado a la sirvienta, que se ha hecho humo junto con el practicante. Todavía hay tiempo de que vaya al almacén de Hernancito antes de que cierren para almorzar.
Sudado y hambriento, Hernancito Smith baja raudamente en dirección al puerto. Deja atrás Humberstone, la chimenea corroída de Santa Laura, las tortas de escoria reverberando al sol, el cruce del tren que hace tanto tiempo dejó de pasar y la larga recta de la pampa. El cabro chico se ha dormido finalmente y el guatón, para variar, atiborrándose de pan con chancho. En el asiento trasero, la vieja cabecea encima de la muchacha morena y silenciosa que no ha dejado de ponerle mala cara desde que el cabro chico vomitó; lamentablemente, no puede pegarse al tipo del otro lado, tiene toda la cara de ser manilargo y ocupa más asiento de lo que corresponde. Pobre cabra, parece palo de escoba instalada allí en el medio, estirada y comprimida hasta lo imposible.
A Hernancito Smith se le cierran los ojos, suerte que falta tan poquito para llegar, de repente, en cualquier momento, va a aparecer la cuesta del Toro y lo demás es pan comido: el control de Alto Hospicio, el zigzag y a flojear. Hasta el próximo lunes. Cuatro días largos guata arriba en la cama.
Hernancito Smith dormita silenciosamente cuando el Beaumont aparece frente a la Cuesta del Toro. La muchacha morena, forzada por la incomodidad de su postura, es la única que advierte el hecho de que la velocidad ha aumentado ligeramente. Está cansada, pero resiste. Bosteza tapándose la boca con el dorso de la mano derecha y por centésima vez estira la basta de su falda hasta cubrir la mayor parte de los muslos. Al imbécil de su derecha, que simula dormir, el brazo se le cae justo en el hueco de tres centímetros que ella ha conservado con tanto esfuerzo y la ayuda de su cartera de cuero. Tratando de apartar el brazo del cretino con el bolso, la muchacha se distrae el tiempo suficiente como para que el Beaumont azul tapizado de cuero blanco se deslice velozmente hacia la primera curva de la cuesta. Logrado su objetivo, ella levanta la cabeza justo a tiempo para ver como el vacío se les viene encima.
Hernancito Smith despierta sobresaltado por el alarido de la muchacha. Instantáneamente, todo el pasaje se ha despabilado y chilla al unísono. Hernancito Smith siente el Beaumont tan liviano que parece que volara. Le toma una centésima de segundo comprender que eso es lo que efectivamente ocurre.
Ahora caen en picada y todo vuela por sobre sus cabezas: el cabro chico, la mamadera que gotea leche vinagre, las carteras de las mujeres y su contenido, un sandwich de mortadela a medio comer, los restos del diario, los pasajeros y él mismo, todos envueltos en un sólo chillido desesperado y común. Y a pesar de todo, a través del parabrisas cubierto de polvo, Hernancito Smith alcanza a ver sin problemas, como un luminoso espejismo, las cruces de Tiliviche brillando al sol y la cara manchada de lunares del chino José, muerto de la risa, con una papa en la mano.
Desde que las fuerzas armadas emitieron su patriótico pronunciamiento, Richards anda más animado que nunca. Se levanta temprano, enciende la radio, devora ansiosamente los huevos pasados y los bandos noticiosos y tranquiliza a Bequita, tan nerviosa ella. Por supuesto que a Harold no le ocurrirá nada, la situación está bajo control, el general Bonilla acaba de asegurárselo al país.
Terminado el desayuno, Richards sale a revisar el jardín, conversa con el paquito que cuida la casa del fiscal militar, respetable vecino, y con ayuda de una camiseta vieja saca lustre a los cromados de su camioneta, lamentablemente estacionada en el patio descubierto de esta casa moderna, incómoda y estrecha a la que le ha condenado la invalidez.
En la vieja casa de Richards, la nuera del gringo está en pie desde la salida del sol. Tiene casi cuatro meses de embarazo y el cuerpo se lo hace notar con una sensación de lasitud, con un deseo íntimo de sentirse mimada y regaloneada, que ella sabe muy bien que no podrá satisfacer. Casi no ha podido pegar un ojo en toda la noche; a pesar del toque de queda o por esa misma razón los tiros rompen a menudo el silencio nocturno, los gatos han armado un berrinche de miedo sobre el techo, el niño se ha desvelado y lloriqueado cada vez que ella cerraba los ojos y, como si todo eso fuera poco, la tía de su marido, Dorothy, que vive en el primer piso, se ha levantado a las tantas de la madrugada para llamar a grito pelado hacia arriba. ¡Qué pasa allá arriba!, ¡Qué están haciendo! Muerta de miedo, la nuera del gringo ha debido levantarse en la oscuridad para llegar hasta la ventana del salón y tratar de convencer a la vieja de que los gatos andan de ronda para que regrese a la cama y la deje dormir. Por suerte, Colin llega al día siguiente. Seguramente este domingo almorzarán en casa de los suegros.
Al menos, cuando está Colin en casa no hay que temer a la soledad. Hace más de un mes que Colin no viene a casa, ocupado como está con sus estudios en Antofagasta y ella lo echa de menos algo más de la cuenta. Exactamente una semana después del golpe su marido regresó, sorprendiéndola con su rostro recién afeitado, y tomó la decisión de esconder las armas de su padre para el eventual caso de que haya respuesta al golpe. Tratando de hacer el menor ruido posible, la pareja envolvió los fusiles Comblain, souvenir de la guerra del Pacífico, en prendas viejas, levantó las tablas sueltas del pasillo y escarbó en la capa de cincuenta centímetros de polvo que satura el entretecho para depositar allí los fusiles cuidadosamente camuflados. Nunca se sabe, cuando se arme la resistencia pudieran necesitarlos.
Ese domingo despiertan temprano. La muchacha prepara té con tostadas y le sirve a su marido, en una copa, el único huevo de la despensa. Cosa rara en él, el niño ha dormido de un tirón y ahora anda correteando por la casa poniéndolo todo de cabeza. La pareja se acaricia en la cama de plaza y media y termina adormilándose satisfecha entre las sábanas gastadas. Poco después el niño deja caer una pelota por la escalera y lloriquea para que su madre vaya por ella, despertándoles. Colin se mete en el baño y ella parte a la cocina a lavar los platos en el hilo de agua que la falta de presión del desierto empuja apenas hasta el segundo piso. Desde la cocina puede escuchar claramente los afanes de la criada en la casa de abajo, el cacareo de las gallinas y la enceradora eléctrica aullando por el salón de la tía Dorothy Richards.
La ausencia de campanilla le impide escuchar los golpes sobre la puerta hasta que la invisible mano que los proporciona incrementa su fuerza. Secándose las manos en el delantal, la muchacha corretea por el hall y baja la escalera echando pericos contra el neurótico visitante que no deja de golpear. Suelta la cadena, abre la puerta y enfrenta a los tres hombres vestidos de civil.
-Buenos días – saluda. Otra vez unos idiotas que se equivocaron y golpearon en la puerta equivocada haciéndola bajar en vano.
-Buscamos a Colin Richards – la sorprende uno de los hombres, delgado, de bigotes.
-Aquí es, pero está en el baño – responde ella con la mala espina atravesada en el cuello.
-Pues entonces dígale que se apure -replica el hombre del bigote-, tenemos una orden de allanamiento.
Ahora que los presagios se confirman, a la muchacha le tiemblan las manos. ¿Por qué? Es cierto que andan pescando a medio mundo, pero por qué ellos, si ni siquiera son militantes de un partido. La asalta, implacable, un recuerdo aterrador: quizás supieron que su suegro tenía las armas y han venido a buscarlas. Sacando fuerzas de su flaqueza, se repone y exige que se le muestre la orden de allanamiento, pero cuando se la pasan para que la lea no puede ver nada, el miedo la ciega. Tratando de ganar tiempo, finge que todo está bien y les deja esperando a la entrada del hall, corre al baño y le da a su marido el susto de su vida.
-Vienen a allanarnos, Colin - susurra
Mientras ella regresa a entretener a los hombres de civil, él se viste a la carrera, va hacia el escritorio por la puerta trasera y arroja por un agujero del piso un ejemplar del Libro Rojo de Mao y algunos boletines del Frente de Estudiantes Revolucionarios, souvenirs usuales del estudiante. Cuando llega al hall, ya los hombres están dando vueltas los libros, leyendo las cartas viejas y levantando la gastada alfombra de la sala en busca de una portezuela secreta. Por largas dos horas, los hombres de civil revisan la casa de cabo a rabo. Hurgan en la ropa sucia, la caja de herramientas del viejo camión de su padre, el sumidero lleno de cucarachas, la pieza de los trastos, los cajones del escritorio, las maletas viejas y los colchones. En un gesto de suspicacia, uno de los hombres chequea un par de piezas de un colchón que la muchacha ha puesto sobre el piso de una habitación vacía para que juegue el niño.
-Así duermen los terroristas, para arrancar al tiro – acusa.
Ella piensa que los terroristas deberían ser lo bastante pequeños para caber en las tres cuartas partes de un colchón y lo bastante estúpidos como para despreciar la cama vacía sita apenas a dos pasos de éste, pero se lo calla. Durante una hora la pareja trata infructuosamente de convencer a los hombres de que las evoluciones noctámbulas de los gatos en celo han sido las culpables de las preocupaciones de la tía Dorothy y de que una carta de amor escrita el año setenta difícilmente podrá serles útil para detectar movimientos subversivos. En tantas idas y vueltas los hombres pasan a menudo por arriba de las viejas tablas del pasadizo y la muchacha tiembla de sólo pensar en que el gordiflón moreno, de cara marcada como de viruelas, se pare sobre una de ellas y la quiebre, yendo a dar de plano sobre los rifles oxidados y la vieja bata de levantar de su suegra. En medio del desbarajuste producido por los allanadores, el pequeñín corre frenético por la casa ayudando a las simpáticas visitas a sacar todo de su lugar antes de que su madre se enoje y los castigue.
Cuando todo termina, la casa queda en silencio. Colin Richards decide que no quiere ver el desastre por el momento y se van dejando todo patas arriba. Caminan hacia la casa de los Richards tratando de explicarse el por qué de lo ocurrido y dando gracias a Dios porque los tipos no dieron con los fusiles, no los golpearon ni se llevaron a Colin a Pisagua. Anduvieron con suerte. Tiene que haber sido una denuncia de los primos, piensa ella, o nos habrían tratado mucho peor. Él empuja el cochecillo del niño y ella camina lentamente, tratando de no sentir los fuertes dolores de su vientre, que se ha revolucionado totalmente desde la aparición de los hombres en la puerta de calle.
Al gringo Richards el mero relato de lo ocurrido le crispa los nervios. Se guarda bien de decirlo, pero no deja de pensar en ello ¿Qué será lo que habrán hechos estos dos? ¡Qué vergüenza, con un hijo en el ejército le viene a salir el otro comunista! Lo mejor, decide, será inscribir las armas para que no se las vayan a llevar; después de todo, son recuerdos de su padr., Colin debió haber ido el primer día a registrarlas. En el tocadiscos, a todo volumen, los coros de la Armada, que apenas hace dos semanas le regalara Harold, dejan oír sus cajas y voces marciales.
El gringo va de un lado para otro en la silla de ruedas hasta que da con la guía telefónica. Busca el número de la Comandancia y lo marca con dedo tembloroso. Al otro lado de la línea, una voz saluda: Sexta División, Buenos días, y justo cuando él comienza a explicarles lo ocurrido, su hijo se le echa encima hecho un energúmeno y corta la llamada con decisión.
-¡Viejo huevón! – La voz de Colin tiembla de rabia y de miedo.- ¿Querís que me maten? ¿Qué no te hai dado cuenta de lo que está pasando? ¡Yo escondí las armas, si me pillan, me cagan!
A Richards le arden las mejillas, la rabia se le escapa por las orejas enrojecidas y la boca que vomita denuestos y saliva. ¡ Ándate a la mierda -grita-, fuera de mi casa! ¡Comunista, no te quiero volver a ver! Y en el tocadiscos, como si nada, los coros continúan asegurándole que lejos lo esperan mil brisas que no podrá olvidar. El gringo sólo se queda tranquilo cuando su hijo, su nuera y su nieto salen de la casa sin mirar atrás.
La noche del sábado, la nuera del gringo Richards está más cansada que de costumbre. Toda una semana ha transcurrido desde el allanamiento. Colin se marchó el lunes a la universidad sin que ella le dijese que ha comenzado a perder pequeñas gotas de sangre. ¿Para qué preocuparlo? Ya ha tenido bastante.
A ella, la semana se le ha hecho eterna. El martes fue al consultorio y la matrona la ha dejado de una pieza al decirle que no ve ningún bebé allí, que en todo caso, el útero lo tiene en retroversión, que hay que esperar. Tan sólo el jueves, después de comprobar que sigue sangrando, acceden a que la vea el médico. Cuando éste solicita el examen de embarazo ella se queda tranquila: el lunes, en cuanto tengan el resultado, podrán hacer algo para impedir el sangramiento. ¿Cómo estará el bebé? Ni siquiera molesta, en realidad, después de los dolores del domingo no ha sentido nada más.
Siente una puntada en los riñones y la vaga inquietud que la ha acompañado toda esta larga semana estrujándole la garganta. Arrodillada junto a la cama, desnuda al pequeño, limpia su trasero con aceite y le cambia los pañales. No quiere hacer esfuerzos, es más, toda esta larga semana ha estado teniendo el máximo cuidado para que el niño que lleva en su vientre no sufra. Porque está allí, de eso está segura. A lo mejor el útero está hacia atrás desde las contracciones del domingo, pero antes de eso ella tenía casi cuatro meses de embarazo, aunque nadie se lo hubiera certificado. Después de todo, Colin y ella calcularon todo muy bien para que el próximo bebé llegara justo después de que él haya terminado la universidad, cuando su padre ya esté trabajando. Este niño no debiera sufrir, no como el primero, que tuvo que soportar la pobreza, los abuelos enojados por la llegada extemporánea, el desabastecimiento y el servicio de salud para indigentes.
El niño ríe y patalea sobre la cama. Desde la calle, un silencio de muerte sube hacia el segundo piso, interrumpido a veces por el aullido lejano de un perro o un tiro perdido en las tinieblas del toque de queda. La muchacha, jadeante, se afirma en la cama para ponerse de pie.
Es entonces cuando siente que algo se desgarra y cae en su interior. El corazón se le crispa y al mismo tiempo, como un río desbordado, un torrente de sangre baja por la cara interior de sus muslos. La muchacha se quiebra, se agarra el vientre con las manos y un sollozo se le escapa de la garganta. Se mueve rápido, va hacia la cómoda y saca una toalla limpia que pone entre sus piernas.
-Mi hijito – llora roncamente.
La sangre empapa la toalla, ella la cambia por otra y aún una más y las va arrojando al suelo, empapadas, tintas en la sangre de esa vida que se le escapa por entre las piernas. La muchacha solloza a voz en cuello exigiendo un por qué a ese Dios que la mira indiferente, demandando fuerzas a ese niño que ya no escuchará. Sobre la cama, el pequeño ha dejado de reír y la mira atemorizado. Ella sigue llorando y reemplazando las toallas hasta que el cajón de la cómoda queda vacío. Bajo sus pies, sobre las tablas gastadas del piso, un círculo negruzco y pegajoso va creciendo lentamente.
Richards sabe muy bien que la diabetes se le ha salido de madre. Cada mañana, después de la ducha helada de rigor y con sus propias manos rigurosamente desinfectadas con alcohol, el gringo lava cuidadosamente las úlceras de su pie izquierdo con agua oxigenada, las espolvorea con abundante polvo de penicilina y las cubre con un par de parches curita. Sólo cuando la pequeña operación ha finalizado termina de vestirse y parte a desayunar.
Hace apenas seis meses Richards hubiera abierto su apetito al desayuno con la ayuda de dos cañas de tinto, pero desde que el doctor Reyna lo amenazó con las penas del infierno Richards se ha visto obligado a reemplazarlas por botellas de medio litro de leche larga vida importadas directamente de Europa, la novedad del año. En estos terribles seis meses, la sed del gringo ha saturado todos los rincones de la maltratada casa familiar con botellas de leche vacías. El proceso comenzó en el entretecho, siguió con la escalera de servicio y se ha desbordado finalmente por todos los rincones de la casa. No hay día que su mujer no desee secretamente que Richards hubiera tenido con las botellas de leche la misma pudorosa actitud que desplegaba con las damajuanas de tinto.
No es el único problema. Será a causa de las botellas apiladas o porque tres litros de leche diario no bastan para apagar su sed, pero estos seis meses han sido los más duros de que la señora Rebeca tenga memoria. A su marido se lo llevan los demonios. Sube y baja la escalera que lleva a la vereda, remece la casa con sus portazos, olfatea con desagrado cada bocado de alimento y cada vez que sorprende al boxer de la familia babeando el sofá lo agarra a patadas, algo totalmente inusual en un reconocido amante de los perros. La dureza de los últimos días tiene un sólo consuelo para ella: en veinte días más, su hijo Harold se casará en Santiago y por un par de semanas Richards no tendrá otra que dominar su mal genio. La señora Rebeca ha comprado dos pares de zapatos nuevos y se ha mandado coser un dos piezas de blin y blin color mostaza y un traje largo azul pavo real que la hace cinco años más joven. Está emocionada, viajarán en avión.
Richards se levanta diariamente con la mierda hirviendo. La sola perspectiva del viaje aéreo le crispa los nervios y le para los escasos cabellos. Si hubiera tenido tiempo, habría viajado en la Guinevere, su adorada camioneta, pero Bequita se ha negado rotundamente tan sólo a considerar la idea. ¡Mil ochocientos kilómetros de carretera, a su edad, ni hablar!
La noche anterior al viaje, se cura las úlceras con más detalle que de costumbre, después de todo, pasará unas cuatro horas sin poder levantarse del asiento. Cuando termina su tarea, Richards languidece por una botella de whisky, o en el peor de los casos, un litro de vino familiar. La añoranza es tan profunda que se ve obligado a levantarse y partir a la cocina en busca de dos botellas de leche a las que da el bajo en un par de minutos. Pone el despertador a las cinco y media, pero después de tres horas de darse vueltas en la cama opta por levantarse a oscuras, vestirse y prepararse desayuno a las cuatro de la madrugada. El olor de los huevos revueltos despierta a su mujer cuando ya son casi las cinco; Richards le trae el desayuno a la cama y poco más de media hora después ambos corretean desesperados por la casa comprobando que nada se les queda y que los pasajes están seguros en la cartera de Bequita. La criada no halla las horas de que se esfumen para volver a la cama y el perro está neurótico por el volumen que Richards le ha impuesto al aparato de radio que trasmite las primeras noticias del día. Huele claramente que algo ocurre; cuando finalmente babea sobre el pantalón nuevo de su amo es expulsado de la habitación con una patada en el trasero. Los Richards se marchan en un taxi hacia el aeropuerto; just in case, el gringo lleva una botella de leche en el bolsillo de la chaqueta.
Entre los festejos del matrimonio y las compras de Bequita se le van a él los días como en un sueño. Antes de partir para su luna de miel, Harold ha tenido la gentileza de hacer los trámites necesarios para que su padre sea atendido en el Hospital Militar, de manera que ni siquiera tiene Richards que preocuparse de las úlceras de su pie izquierdo. Cada mañana, un practicante bigotudo limpia y desinfecta sus heridas y le deja listo para salir a caminar.
Una semana después, su mujer toma la decisión de permanecer en la capital hasta que sus heridas se curen. ¿Cómo desaprovechar la ocasión? A Richards le molesta un poco que las heridas estén peor que nunca ahora que él ha hecho el sacrificio de abandonar totalmente el alcohol; el miliquito, piensa él, no debe tener idea de curaciones. Aburrida de discutir con él, su mujer acepta viajar a la brevedad con la condición de que se siga curando en el hospital hasta el último día.
Es precisamente esa mañana cuando el miliquito descubre algo raro en la herida y no se queda tranquilo hasta que lo revisa el médico. No queda otra, Richards se hospitaliza y Bequita parte a la línea aérea para cambiar la fecha de regreso. Cuando se enteran de que la primera falange del meñique se ha gangrenado, Richards decide que lo mejor que pueden hacer es cortarlo por completo
Una semana después, Richards se prepara para salir de alta y tomar el vuelo de regreso cuando al médico, una vez más, se le ocurre darle una revisión final a su pie. Como el gringo lo temía, su pie izquierdo ha amanecido totalmente adormecido. La herida del meñique, por otra parte, se rehúsa a cerrar. La diabetes, aclara el doctor, es sumamente complicada. Se debate fríamente la posibilidad de cortar la tercera parte del pie o el pie completo en caso de que la gangrena continúe. Richards está indignado y exige que corten estrictamente lo necesario. Muerto el perro, se acabó la rabia, sentencia, y por lo bajo masculla para sí que bien merecidas se tienen sus malas caras estos matasanos incapaces, acostumbrados como están a tratar con milicos jóvenes y fuertes, qué aguantan todo. Lo mejor es tratarlos duro, para que se den cuenta de que uno no les tiene confianza.
A Richards le encanta que los huevos pasados vengan servidos a baño maría para evitar que se enfríen. Este pequeño detalle casi contrapesa el hecho de que no traigan incluidas las yemas, depositarias del maligno colesterol. Lo peor del hospital es que todo venga medido, piensa Richards, los huevos, el almuerzo y la capacidad cerebral de los matasanos. Hasta la leche, que echa tanto de menos. La noche previa a su partida a Richards le sube repentinamente la temperatura y el médico se niega a darlo de alta. Su mujer posterga una vez más los pasajes de regreso.
Sumido en la fiebre, Richards pasea en su camión por los rincones más aislados de la pampa, arrullado por el violín de Fröebel y el retumbar de las baterías de Dunkerque. Le duelen los pies y cuando inclina su cabeza para mirarlos los ve tan lejanos como si no le pertenecieran, avanzando por su propia cuenta y riesgo sobre un callejón tan embarrado como una pocilga. Algo en su interior le dice al gringo que no puede ser cierto, qué es imposible encontrar tanto barro en la pampa, que nadie desperdiciaría el agua en algo así. De manera casual también aparece Bequita en sus sueños, toda preocupada y compuesta diciéndole Lucho, m’hijito, tiene que mejorarse,y después desapareciendo como por arte de magia. Hasta Grandpapa está aquí; después de tanto tiempo casi se había olvidado de lo bajito que era el papá, de lo muy blanca que tenía la barba, casi igual a la suya de ahora. Y el sinvergüenza de su cuñado, con qué cara ha venido a meterse donde nadie lo llama, y Gladys Wood, ¿qué acaso no se había ido a Inglaterra con su marido, el segundo, acaso no había enviudado, poor Graham, qué hace él aquí? Richards estaba seguro de que Graham se había muerto, quien habrá inventado esa barbaridad. Capaz que se vaya a dar cuenta. Cómo se le ocurrió a Gladys venir a verlo al hospital en compañía de Graham.
Richards abre los ojos, que le pesan como dos lápidas de piedra. Pegajoso y desmadejado, su cuerpo va despertando lentamente a la realidad. Un tenue sol invernal se filtra por las persianas, todo huele a medicamentos. Richards comprueba que está solo en la habitación. Desde el corredor llegan los ruidos rutinarios del hospital que despierta y el gringo siente el gusanillo del hambre rondándole las tripas. Le pica desagradablemente la pierna izquierda, quisiera rascarse, pero tiene los dedos entumecidos. Seguramente en poco rato más llegará Bequita. Ojalá traigan luego el desayuno, necesita recuperar sus fuerzas. A pesar del agotamiento, producto de la fiebre, se siente bien; hoy mismo le exigirá a Bequita que emprendan el viaje de regreso. Qué ganas tiene de comerse un par de huevos a la copa con sus yemas incluidas y tomar un par de botellas de leche. Richards trata de incorporarse en el lecho, pero su cuerpo pesa mucho más que de costumbre, las piernas se niegan a responderle. Se empuja con sus manos y queda semi sentado, casi sin aliento, respirando entrecortado. Lamentablemente, no puede alcanzar el timbre, deberá esperar. Se peina con las manos, acomoda el camisón de hospital. A duras penas aguanta los deseos de orinar.
Pacientemente va reconociendo la pequeña habitación. El catre metálico pintado de blanco, la ventana que da a la calle, la botella de suero que cuelga sobre su cabeza, las cobijas gastadas, el bulto de su pierna. La derecha, su pierna derecha. Siente pánico. ¿Dónde se ha ido el bulto de su pierna izquierda? Necesita desesperadamente rascársela.
Lentamente, Richards levanta las cobijas y busca con los ojos lo que no quiere ni imaginar. Allí, unos sesenta centímetros más abajo, están su rodilla derecha, la pantorrilla flaca y pecosa y el pie. Y junto a ella, envuelta en un lío de vendas amarillentas, descansa el muñón ensangrentado de la izquierda.
Esa mañana que el chino José fue encontrado por su único empleado, atado de pies y manos con gruesa soga de cáñamo, medio cuerpo dentro de un mugriento saco carbonero, todavía apretando entre sus dientes amarillentos la papa que le sirvió a la vez de mordaza y pasaporte al otro mundo, todo el barrio estaba parado en la esquina de las calles Capitán Araya y Tacna, incluido el Gringo Richards, conocido habitué del almacén del Chino a mediodía, hora en que se echaba al coleto las primeras cañas de tinto destinadas a hacerle el día más soportable.
CRUEL ASESINATO DE CIUDADANO CHINO, tituló El Tarapacá. Y los lectores, con lujo de detalle, se enteraron de que al pobre chino José le habían metido a la fuerza una papa en la boca desdentada, para luego molerlo a golpes y terminar envolviéndole la cabeza prolijamente, con la clara intención de que no existiese ninguna posibilidad de que el occiso insuflara oxígeno en sus pulmones. Los mostradores llenos de pastillas salón, calugas piropo y chocolates rellenos de coco quedaron hechos añicos y las papas rodaron por todos lados, mezcladas con el carbón, las rodelas de leña, la harina y el azúcar de los sacos que los asesinos rompieran a patada limpia en su afán por darle el bajo cuanto antes al pobre chino. Antes de que los ladrones abandonaran el almacén, la caja de fondos inglesa estaba vacía, el chino José ya enfriándose y el gato romano que siempre dormitaba junto al molinillo de café se había hecho humo aterrorizado. A las ocho de la mañana, cuando uno de los tantos borrachines que frecuentaban el almacén asomó por allí, encontró la puerta de la bodega entreabierta, el candado todavía colgando de la aldaba y la tranca descansando tranquilamente en un rincón; al parecer, el chino José había abierto sin recelos la puerta a la muerte.
La noticia corrió como reguero de pólvora en la calma provinciana del puerto. Todos estaban allí: el rondín de la bodega de Cáritas con la que colindaba el almacén, la colorina alcohólica de la esquina de enfrente, apreciada cliente del chino, el yugoeslavo rollizo de la calle Baquedano y la maniática del aseo con que tuvo la mala idea de casarse, la empleada de los Márquez, requiriendo toda la información necesaria para mantener al día a su patrona, que espiaba por entre los visillos, Raúl Pacheco, subcomisario de policía civil, el Pelado Nariño, su ayudante, el Gringo Richards, conocido catador de tintos en la bodega del chino, el viejo Fardella, siempre debatiéndose entre el chisme y la disnea, Hernancito Smith, detective primero, el Chacho, heladero caído a la botella que lloraba lánguidamente en su cuerno la pena de haber sido desterrado de una familia pudiente, el recadero peruano, zambo y peliblanco, eternamente acusado de ser a la vez maricón y amante del chino, una caterva de vecinas y chiquillos ansiosos, profesores jubilados, empleados del puerto y chóferes de góndola y la Sorda, vieja y pintarrajeada dueña del restorán de la otra cuadra, de quien se decía que arrendaba las habitaciones del fondo a los necesitados para no olvidar del todo su viejo oficio de cabrona.
Los más indignados eran los tiras, que tenían el cuartel al frente. ¡Cómo era posible que hubieran asesinado al chino a menos de veinte metros del cuartel policial, qué desprestigio! El pelado Nariño juraba y rejuraba que iban a dar vuelta la ciudad hasta dar con los culpables. Hernancito Smith, algo más callado que de costumbre. Eran vecinos, después de todo. El chino José en persona le había conseguido la casa en que se instalara con su familia.
El viejo Fardella, espantado. Un crimen a dos cuadras de su casa, ya en ninguna parte se podía estar tranquilo. Por la fecha, seguramente, comentóle Raúl Pacheco, subcomisario. Cierto, faltaban apenas dos semanas para la fiesta de La Tirana, cómo no lo habían pensado -Hernancito- si cada vez que se celebraba a la Virgen, Iquique se llenaba de delincuentes. Al gringo Richards la garganta reseca le hizo percatarse de la falta que haría el chino en esa esquina. La Sorda hizo rápido cálculo visual de los habitués del chino y avizoró un incremento del diez por ciento en su ingreso semanal. A ella, por otra parte, nunca le había caído bien el chino, dónde se había visto que las botillerías trabajaran de bar con la afable tolerancia y complicidad de tiras y pacos.
El cadáver del chino fue levantado cerca de las once y treinta, previa autorización del juez. A esa hora, por el viejo portón de madera, circulaban conversando animadamente todos los miembros del cuartel de la civil, sito a corta distancia del escenario del crimen. El viejo Fardella, que tenía la sana costumbre de almorzar a mediodía, consideraba seriamente la posibilidad de dejar enfriar un poco el puchero a la espera de que surgieran más novedades y las vecinas del conventillo aventuraron la grata posibilidad de que el cuaderno donde el chino anotaba las compras al fiado desapareciera en el tumulto. Lástima que la Rufina, avara y desagradable propietaria del almacén de la otra cuadra, jamás daba crédito.
El gringo Richards reconoció mentalmente que a la sed acostumbrada comenzaban a sumarse las molestias del estómago vacío. Quién iba a pensarlo, se dijo, tantos años leyendo novelas policiales para terminar con su casero favorito asesinado a una cuadra escasa de su hogar.
-El asesino siempre vuelve al lugar del crimen – sentenció.
El obeso Kartulovic, cuya mujer se había marchado ya para continuar desempolvando la barandilla del balcón, jadeó un poco para responderle.
-Tiene toda la razón, Richards, en la última novela que leí, la policía aseguraba que el asesino suele encontrarse entre los que observan el levantamiento del cadáver.
¡Qué grata coincidencia, otro lector de Agatha Christie! Richards se veía obligado a inclinar levemente su metro noventa y cincp de estatura para no perderse jadeo alguno del yugoeslavo. Ambos recorrieron con mirada sombría el amplio semicírculo de la concurrencia. ¿Se encontraría allí, efectivamente, el asesino del chino José? Richards experimentó un soplo helado en la base del cuello. Tembló.
Esa misma tarde la civil arrestó al Chacho acusándole de haber matado al Chino. Atado de pies y manos y con los hematomas del interrogatorio todavía frescos sobre la piel, el Chacho paseó la desesperación de la falta de vino y el miedo por todas las casas del barrio, empujado por los detectives que apremiaban a los vecinos para que lo identificaran como el fulano que había golpeado la puerta del chino a eso de las nueve de la noche del día anterior al suceso.
La muerte del chino José, hito histórico en un puerto de suyo tan pacífico, había revolucionado el vecindario, pero a fin de cuentas todas las cosas pasan y también pasó la provinciana conmoción. Marchóse la ambulancia del Hospital con su fúnebre contenido, se cerró la puerta del almacén con doble candado, la abuela Rocchi se marchó a servir el almuerzo a sus pensionistas y los huérfanos del chino se encaminaron al bar de la Sorda para los tragos de rigor y los comentarios del estribo. Como broche de oro, los tiras almorzaron, relajaron un poco sus cinturones y se dieron por vencidos esa misma tarde. Poco después, los civiles soltaron al Chacho, que reapareció avisando sus helados a punta del ulular de su cuerno como si allí no hubiera pasado nada.
El chino José cayó en el olvido. El verano se venía caluroso y los portuarios hicieron huelga por mejores remuneraciones. Terminaron las clases, se pintó el Liceo de Hombres, el hijo del gringo Richards se sintió feliz porque ahora sólo caminaba una veintena de metros hasta el restorán de la Sorda para decirle a su padre que el almuerzo se estaba enfriando y su madre anduvo con la cara más larga que nunca de sólo pensar lo que comentaría la gente ahora que su marido se pasaba todas las mañanas a tomar unas copas a ese antro de tan mala reputación. En el cementerio número tres, los aporreados restos del chino José mantenían agitada relación con la población de gusanos que le tocara en suerte.
Quién mató al Chino José fue lo que nunca se supo. Seis meses después, la civil archivó el caso rotulándolo como homicidio cometido por autor (es) desconocidos, el viejo Fardella sufrió un ataque de asma que casi lo manda al patio de los callados, el pelado Nariño se retiró del servicio policial antes de tener el tiempo requerido para jubilar, se compró un camión cero kilómetros, envidia de Richards, y se afilió al Sindicato de Transportistas. Kartulovic, lamentable pérdida, murió de un infarto y su mujer vendió la casa para irse a vivir a Santiago con su única hija, las malas lenguas decían que había acarreado con la enceradora y los trapos de limpiar recién lavados. El subcomisario Pacheco abandonó a su mujer y se entregó en los brazos de la concupiscencia con una cholita quince años menor que él. No había noche que no anduviera de juerga.
Hernancito Smith, que también se retiró de su trabajo, se instaló en el almacén del chino después de aplicarle tres manos de pintura al aceite color celeste cielo y dos capas de creolina para acabar con las pulgas. Su mujer lo atendía. Al gringo le agradó mucho que Hernancito, tan buen muchacho, hijo de un inglés que él conociera en el ferrocarril, tuviera dinero suficiente como para comprarse un Beaumont azul flamante, tapizado en cuero blanco y ¡con radio! Casi como para competir con lo del pelado Nariño.
Casi inmediatamente Hernancito consiguió meterlo en una línea de taxis colectivos entre Iquique y Arica; Hernancito decía que con dos viajes a la semana bastaba y sobraba para vivir bien y pasaba la mayor parte de su tiempo atendiendo a los viejos clientes del chino, que habían regresado en masa al almacén para decepción de la Sorda.
El día que Raul Pacheco se acogió a jubilación y anuló el matrimonio para casarse con su cholita, Hernancito abrió una garrafa de tinto de primera e invitó a todo el mundo a brindar por su futuro. Todo un acontecimiento, por la cabeza del chino jamás habría rondado semejante despilfarro. El gato romano del chino José observó silencioso desde la puerta mientras se atusaba los bigotes. Después de la muerte del oriental, el felino nunca se había atrevido a regresar.
Cuando el Longino vomitó su bulliciosa carga sobre el andén, Norman Parker se quedó parado allí con la vieja maleta de fibra descansando a su lado. Agradecido por no tener que seguir respirando el aire viciado y descompuesto de los vagones, Norman Parker respiró a todo pulmón y entretuvo la vista en la caótica estampida de los pasajeros con que compartiera los últimos tres días y sus noches. El tren iba desocupándose poco a poco, arrojando por puertas y ventanillas el tropel de viajeros, hediondo, desgreñado y descachalandrado, que arrastraba como podía los grandes bultos de arpillera cosida a mano, las canastas con los restos malolientes de la comida, las maletas atiborradas de prendas arrugadas y los chiquillos de narices pegoteadas de mocos que lloriqueaban su agotamiento.
Lejos, hacia la derecha, una cinta de mar brillaba destacándose contra la tierra parda y requemada. Norman Parker echó un vistazo sobre las construcciones del ferrocarril y aquilató con frialdad la curiosa mezcla entre una estación cualquiera de su país y el mísmisimo infierno. Los techos de dos aguas y el pedregal interminable, la torreta del reloj y las vías cubiertas de desechos, las locomotoras de bronces rutilantes y los excusados taponeados de mierda.
Ya la estación estaba quedando desierta cuando a alguien se le pasó por la mente que el gringo aquel tenía cara de andar perdido. Parker chapurreaba preguntas en su español prostibulario y luchaba por interpretar los aparatosos manoteos de chimpancé ebrio con que trataban de explicarle sus posibilidades. A poco andar, sus interlocutores se dieron por vencidos y lo subieron a una vieja camioneta oxidada que lo condujo entre saltos y chirridos hasta la casa de Míster Richards, al menos, don Luis podría arreglárselas con él.
Entre copas y charquicanes, Louis M. Richards y Norman Parker forjaron rápidamente lazos de mutua simpatía. Richards devoraba ansioso las novedades sobre esa Inglaterra lejana y diferente, saturada de laboristas y espías con hormonas indecisas. Parker se atiborraba de riñones al jerez y arroz graneado y se congratulaba mentalmente por haber venido a dar al último rincón británico del mundo.
Richards lo paseó desde el puerto hasta Cavancha y disfrutó el placer de regresar al bar del Savoy para conversar una copa en la lengua ancestral. Parker lo escandalizó con su verborrea antibelicista. Richards pedía la cabeza de John Profumo y Kim Philby, Parker estaba seguro de que los ricos terminarían por hundir el viejo trasatlántico de la Mancomunidad. Cuando el primero lloraba melancólicamente la pérdida de la India, al segundo le faltaban denuestos contra los pakis que comenzaban la tarea de apoderarse de Londres. Richards lo dejaba explayarse, después de todo, tenían que ser diferentes. Parker era un obrero que había mandado todo al diablo, él era un transterrado que nunca había sabido como regresar.
Richards compartió su mesa, su Bovril y su Lea&Perrin; Parker sacó a relucir una baraja gastada y lo desplumó noche por medio ante los ojos indignados de su mujer. Richards estaba tan contento de hablar en inglés que le dejó hacer con sonrisa condescendiente; Parker se sintió culpable y le dejó ganar algunos pesos, una fotografía del puerto de Bristol y un arrugado billete con la efigie de la reina Isabel. A la semana, Richards consideró que ya había perdido lo suficiente y lo presentó con un grupo de jugadores yugoeslavos a los que Parker limpió con tanta presteza que esa misma noche estuvo en condiciones de continuar viaje hacia Perú.
Después de su partida llegaba una postal cada dos o tres semanas. Norman Parker subía lentamente hacia el Caribe bien agarrado de su naipe y una botella de gin. Wonderful world, informaba, before going home, I wanna see it all. Richards se instalaba en un sillón de resortes descolocados, se echaba al cuerpo un par de copas y terminaba cabeceando sobre Eyeless in Gazza, que lo aburría, o Three Men in a Boat, que le encantaba. Cada viernes, indefectiblemente, tomaba a Bequita del brazo y partía a la función vespertina donde lagrimeaba silencioso con una película de guerra o reía a mandíbula batiente con Norman Wisdom o Robert Morse.
Norman Parker llegó a Panamá con los bolsillos vacíos y la baraja ansiosa. Las caderas que cimbreaban por las veredas le mantenían en estado de perpetua emoción. Se alojó en una pensión de mala muerte y cuatro miradas bastaron para que la segunda noche encaminara sus pasos a un bar del malecón. Era sábado, cerca de las diez de la noche. Richards llevó la camioneta al box, la arropó cuidadosamente con una docena de chalecos apolillados y, ya de regreso, se instaló en su escritorio a corregir pruebas semestrales. Norman Parker llevaba en el bolsillo su última postal, una vista del Queen Mary en el Canal. Veintidós horas, Richards cabeceaba sobre las burradas de sus alumnos soñando con Picadilly y la estatua de Peter Pan.
Esa noche, a Norman Parker se le dieron las cosas como nunca. Cuatro reyes, flor corrida, póker de ases para rematar. Pagó una ronda, se despidió como un caballero y salió del bar en compañía de la mulata que había estado sonriéndole desde el bar con las largas piernas desnudas cruzándose y descruzándose una y otra vez bajo la estrecha falda de seda floreada. Muy cerca del carguero que lo regresaría a Inglaterra, Parker la arrinconó contra un zaguán, le metió la mano bajo la falda y se sumergió en la gruesa boca carmesí mientras ella desabotonaba su bragueta y acomodaba las caderas sobre los gastados escalones.
Galopaba ávido cuando le revolvieron el cuchillo en la espalda. El dolor y la sorpresa relajaron sus músculos y sus testículos; Norman Parker cayó a la vez complacido y sufriente, sangrando y eyaculando sobre la carne tibia de la mujer que trataba de escapársele revolviéndose como un pez bajo su corpachón agonizante.
A Richards el cansancio le cerraba los ojos, el lapicero cayó de sus dedos y cabeceó indiscretamente sobre la pila de pruebas sin corregir. Justo delante de sus ojos, afirmada en el tintero, una postal de Panamá le anunciaba alegremente: Wonderful world, you should see it.
Richards siempre programa la salida para la pampa a las ocho de la mañana, pero a fin de cuentas, el hombre propone y el cuerpo dispone; entre las vueltas y revueltas del desayuno, la media hora en el baño y las instrucciones a los arrenquines que acomodan la carga le dan al gringo las once con diez, y todavía deberá aguardar una media hora más para que Bequita, su mujer, tenga listo y dispuesto al hijo mayor, Colin, que lo acompañará en esta ocasión. Después de calentar el motor por la media hora de rigor, desempolvar el parabrisas y revisar los niveles de agua y aceite, el gringo pone al Carmelito en marcha hacia Pica e intermedios. Una jornada de poco más de cien kilómetros, todo un día por delante.
La mañana asoma luminosa. Richards deja atrás el cementerio, el hospital y el regimiento de telecomunicaciones y comienza a subir el impresionante zigzag que lo conducirá hasta las gastadas cimas de la cordillera de la costa. A mano derecha, a los pies del Cerro del Dragón, el Pacífico comienza a despertar la larga silueta de la costa nortina. Grandes bandadas de aves marinas surcan el cielo traslúcido.
Poco después de iniciar la subida el Carmelito es detenido por la mole oxidada del Longitudinal Norte, que traquetea pacientemente por el cruce. El niño se incorpora y se descuelga por la ventanilla para ver pasar el convoy. Richards aprovecha esta detención inesperada para mordisquear una galleta. Cuando el camión retoma su marcha, los arrenquines, oscuros monigotes porfiados agarrados de la carrocería, abandonan su puesto de vigías y se dejan caer sobre los sacos vacíos para desquitar la primera siesta del día.
Un par de horas más tarde, el ajetreo de la primera parada despierta al niño. Pozo Almonte. Su padre se ha esfumado y los arrenquines sudan la gota gorda descargando damajuanas de tinto y sacos de harina en el almacén del chino Yong. La carretera, devenida en calle principal y única, se alarga hacia el sur como un gusano grisáceo.
- Oiga, Coli, su papá dijo que juera a tomarse un refresco aond’ el chino.
El niño reúne sus tesoros, los guarda cuidadosamente en una bolsa de papel y se baja del camión para dirigirse al almacén del chino Yong. Al traspasar el umbral, la penumbra del recinto lo enceguece momentáneamente. A medida que sus ojos se van habituando a la oscuridad, va distinguiendo paulatinamente los grandes mostradores, los anaqueles cubiertos de mercancías que se pierden en dirección al techo y las sillas desvencijadas donde descansa la clientela.
Su padre interrumpe el arreglo de cuentas con el chino para invitarle.
-¿Qué vas a tomar, Colin?
-Una Bidú.
Colin sorbe con placer la soda azucarada mientras Richards da cuenta de un par de vasos de vino. El niño no quita los ojos de su padre tratando de imaginar a qué sabrá ese brebaje oscuro y sangriento que Richards trasega con tan evidente placer. Al niño no deja de sorprenderle que su padre pueda entender la enrevesada jerigonza del chino, que se queja amargamente a causa de los precios de la mercadería, siempre en vías de inflación. Richards, impasible, lo deja lamentarse sin una palabra hasta que el oriental se da por vencido y saca de un cajón un fajo de billetes arrugados que cuenta con sincero dolor antes de entregárselos. Las cuentas claras conservan la amistad, comenta el gringo. El chino le devuelve una llorosa letanía, ininteligible para el niño, sin conseguir reponerse del dolor causado por los billetes que se marchan.
Richards se despide y sale del local seguido por el niño y los arrenquines. Su corpachón hace crujir la madera sucia y polvorienta de la vereda. Pocos minutos después, el Carmelito abandona Pozo Almonte con su lentitud acostumbrada.
El viaje se hace eterno para el niño, que soporta sin quejas la dura jornada. La jornada comercial de Richards tiene el itinerario de un tren caletero y la velocidad de una tortuga inválida. El gringo detiene su camión en cada caserío, estira las piernas y bebe un par de tintos, siempre vigilado por los ojos oscuros y admirados de su hijo. En el interín, los arrenquines, siempre descalzos, protegidas apenas las espaldas desnudas por un saco harinero grasiento, descargan las garrafas de vino, los sacos de harina, las cajas de sardinas, el te de Ceylán.
El niño sorbe la soda con ayuda de una cañita y antes de reembarcarse corre detrás de las murallas a orinar largo y tendido. Pintados, La Tirana; cualquiera sea el lugar, siempre es posible toparse con una bebida helada y un par de inútiles que duermen siesta sentados bajo el alero del almacén. Richards acaricia la cabeza del niño con su manaza pecosa y el tinto de la casa le raspa amablemente el paladar. De tres tiritones, comenta burlón, pero lo bebe con evidente placer.
Pasan de las seis cuando se detienen en La Huayca. Al gringo, el último trago le ha abierto un agujero insondable en las profundidades del estómago y la proximidad de una comida caliente le aliviana la jornada. Todavía queda un buen trecho para Pica. Se sientan a una mesa cubierta con un mantel de hule y mordisquean pan amasado a la espera de la cazuela. Cuando traen la botella de vino, Richards advierte que ha olvidado la soda del niño.
-Traiga una Bidú para el niño, don Liborio – pide.
El niño interrumpe su silencio para concretar la idea que lo ha venido rondando durante todo el trayecto.
-Quiero vino tinto.
Richards tarda unos segundos en entender a su hijo. El almacenero lanza una risotada ronca. También el gringo ríe. Molesto, el niño repite su pedido exigiendo que se le tome en serio:
-Quiero vino tinto.
-Hijo de tigre – vuelve a reír don Liborio.
Richards clava los ojos en el niño y comprueba estupefacto que no bromea. Por una milésima de segundo un tropel de ideas pasan por su cabeza. Qué diría Rebeca si supiera que el niño quiere vino, pondría el grito en el cielo, eso es seguro. ¿Será que le está dando mal ejemplo a su hijo? Las risas burlonas del almacenero lo traen de regreso a la realidad. Ríe incómodo. El rostro del niño se ha descompuesto, humillado como está por convertirse en motivo de risa para los adultos. Él esperaba otra cosa; se ha visto claramente con el vaso de vino en la mano, adulto y aceptado, uno más en ese grande, misterioso y especial mundo de los hombres de la pampa.
-Quiero vino tinto – exige, ahora con una pincelada de desesperación en la voz.
Richards intenta todo para convencerlo. Nada, al niño la Bidú no le interesa, tampoco la Bilz ni la Papaya y mucho menos la Orange Crush. Ya lo ha dicho, quiere vino, como su padre. Entre molesto y divertido, Richards reitera su negativa. Al Gringo le desagrada un poco esta escena insólita en que el niño pone a prueba su autoridad paternal, pero ignora cual es la actitud que se espera de él. Se sienta a la mesa, espanta las moscas que planean sobre el pan, carraspea, apura su vaso y lo escruta con ceño fruncido para descubrir en los ojos oscuros del niño un sutil brillo de lágrimas.
Don Liborio regresa con los platos humeantes del almuerzo proporcionando una pequeña tregua al Gringo y su cachorro. Por una vez en su vida, Richards no sabe qué hacer. Trata de convencer al niño, le acerca la botella de soda, el plato de cazuela, el pan. Nada. El niño se ha emperrado y se niega a aceptar lo uno o lo otro. Mira sin ver el plato de comida; el labio inferior caído, las manos empuñadas hasta blanquear sobre el mantel de hule.
-Me voy a mi casa.
Cuando el niño se pone de pie y sale del almacén en un postrer alarde de dignidad, Richards no sabe si seguirlo o castigarlo, si llamarlo o dejarle ir. La cazuela se enfría y algunas moscas más audaces amenazan con sumergirse en los platos rebosantes. Hambriento y fatigado, Richards arranca un trozo de pan, lo unta en el ají y lo come lentamente alternándolo con sorbos de tinto. Cucharea la cazuela y el fuerte sabor del cordero estimula su apetito. Come con avidez.
Ya en el camino, el niño evalúa mentalmente su ubicación geográfica y llega a la conclusión de que las distancias no le son del todo desfavorables. Camina con decisión, levantando con sus pisadas pequeñas nubes de polvo que se depositan casi de inmediato sobre su cabello tusado al cepillo y sus calcetas de hilo blanco. Cuando ha desandado una veintena de metros por el camino, descubre que un quiltro arestiniento le sigue y se detiene para espantarle. El perro retrocede para sentarse a mirarle, pero cada vez que el niño retoma la marcha agarra un trotecito ligero que en pocos segundos le deja otra vez pegado a sus talones.
Apremiado por el calor, el niño otea inútilmente en el camino la gran figura del gringo. El sol de la pampa borronea los contornos del paisaje obligándole a cubrir los ojos con el dorso de la mano. Aburrido, el quiltro se ha echado en medio de la huella para rascarse el pellejo, echando a volar mechones de pelo deteriorado y escamas de piel reseca que el niño mira con curiosidad y repugnancia.
Cuando Richards sale del almacén comprueba, con rápida mirada al reloj, que ya son casi las siete de la tarde. Los arrenquines que dormitan recostados contra un tamarugo espantan el sueño y se trepan a la carrocería del camión. Un perro cubierto de sarna se acerca y levanta la pata contra la rueda trasera. El gringo sube a la cabina y el gruñido del camión rompe la quietud del desierto.
El Caymán se pone en marcha entre crujidos y chirridos. Casi como de la nada, un trío de perros aparece ladrando y le persiguen un poco por rutina. Unos cien metros más allá, Richards divisa al niño sentado sobre una piedra; en un abrir y cerrar de ojos ya está junto a él, detiene el vehículo y abre la portezuela. Humillado, el niño sube en silencio.
Richards lo mira entre divertido y disgustado. Embraga y mete primera. Acelera. Segunda. Al mirar la cabeza del niño, los zapatos grises de polvo, los dos surcos húmedos que las lágrimas han dejado sobre las mejillas pecosas, Richards siente que una ola de ternura lo invade. Embrague, tercera. El camión zangolotea por la huella calaminienta dibujando una espesa polvareda entre los tamarugos. Richards quisiera despeinar la cabeza contrita, pero tampoco está muy seguro de que sea oportuno y se contiene, mete la mano en su bolsillo, saca una botella de soda y se la pasa al niño.
-Toma, -dice- te traje una bidú.
Los Robledo regresaron a lo grande: en un vuelo de la línea aérea nacional. Era lo que correspondía, claro. Eran grandes, los Robledo, eso no lo discutía nadie. De otra manera, ¿cómo iban a salir de la Oficina Alianza para terminar jugando en el mismísimo Newcastle? Una de esas cosas que nadie se explica. La prensa fue, como era habitual, la primera sorprendida. ¿Robledo? ¿Chilenos? ¿De dónde dijeron qué eran? ¿Oficina Alianza, qué era eso?
Un rincón olvidado en medio del desierto, eso era. Un decena de hileras de casas de calamina y madera, una planta de tratamiento, una casa del administrador, un club de empleados y un puñado de gringos. Uno que otro empleado chileno. Y el perraje, claro, todo la mano de obra, nacional. De vez en cuando, algún gringo solitario se entusiasmaba con una morena y más a lo lejos aún, a alguna inglesita de ojos azules se le concedía la posibilidad de formar familia con un chileno. De una de esas ocasiones habían nacido Jorge y Ted Robledo.
Cuando el salitre se fue al diablo, la familia Robledo viajó a Inglaterra y se olvidó de la Oficina Alianza. Jorge y Ted crecieron como dos gringos cualesquiera; aporreando una pelota de cuero y comiendo plum pudding la noche de navidad. Hablando en inglés y deslumbrando a las muchachas con su epidermis tostada. Eran buenos los muchachos, tan buenos que a la primera ocasión terminaron jugando en el Newcastle, Ted como back centro, Jorge como forward. A punta de goles llegaron a ser estrellas y con la lentitud propia de la época, la noticia rebotó en el otro lado del mundo; en un país pobretón y provinciano que soñaba con hacer historia en algo más que la cantidad de terremotos por kilómetro cuadrado. God save the Queen.
Eran igualitos que todos los gringos, a pesar de la sangre fifty-fifty. A lo mejor Ted había salido más gringo, más a la mamá; Jorge parecía recién llegado de la India, los ojos, dos frías lagunas verdes sobre la piel atezada, resaltaban en las fotografías. Tenían buena pinta; los dos, más Ted que Jorge. No había mujer que no hubiera dado su mano derecha por aterrizar en la cama de los hermanitos Robledo, especialmente en la de Ted. Era un azote, Ted. Dentro y fuera de la cancha.
En el momento que la prensa capitalina supo que la Oficina Alianza era territorio chileno, el Newcastle dejó de ser un equipo inglés, con la salvedad de que perdiera. Hasta el menos avispado podía darse cuenta de que el tricolor nacional batía fuerte el pecho de los jugadores del Newcastle y, téngalo por seguro, los Robledo eran siempre artífices del triunfo. Absolutamente insustituibles. ¿Quién dijo que no sabíamos jugar fútbol? Para eso estaban los Robledo, para hacernos olvidar que siempre se perdía ante Argentina.
Como el noventa y nueve por ciento de los ingleses desterrados en el puerto, el gringo Richards flotaba en las nubes de su genuina admiración por los hermanos Robledo. En materia de fútbol, siempre había sido un fanático el gringo; hombre capaz de soportar la resolana todos los domingos en la primera fila del Estadio Municipal para no perderse partido del Maestranza F.C. Y si a eso le sumamos su fanatismo por todo lo que oliera a británico, resulta fácil comprender que al gringo le importase un comino que los Robledo hubieran nacido en Chile. Ese insignificante detalle no tenía nada que ver con su calidad futbolística. ¡Eran pampinos, los boys, de Alianza. Por eso habían salido tan buenos!
Y dado el hecho de que a Iquique le encantaba vestirse con las plumas de la pampa, ese día todos eran pampinos hasta los tuétanos. Y ya pueden imaginarse lo que ocurrió ese día que los Robledo regresaron a Iquique como figuras internacionales recién incorporadas al plantel de Colo Colo. Casi parecía fiesta nacional, media ciudad echó la casa por la ventana; el diario, la radio, los casinos de bomberos, el club radical…todos hablaban de lo mismo: los Robledo volvían a casa. No hubo nadie que no se levantase temprano ese día para dirigirse al aeropuerto, que en ese entonces estaba situado en Cavancha. Como si hoy día dijésemos, en el centro mismo de la ciudad.
Richards y su primogénito fueron al aeropuerto con los flamantes carnets de socio latiendo en el bolsillo de la camisa, pegaditos al corazón; el chico con una camisa blanca, para que sus predilecciones quedasen bien en evidencia. El Gringo puso las dos banderas, la chilena y la inglesa, en los mástiles del Caymán, el achacoso reemplazante del Carmelito, y aserruchó por la avenida hasta el aeropuerto para encontrarse allí con una multitud como jamás se había visto en la zona. Apenas si se podía avanzar y a poco andar se le había encaramado en la carrocería medio centenar de fanáticos que enarbolaban banderas y vociferaban el himno del Colo, todos saltando y cantando las glorias del cacique, con el sudor cayéndoles a raudales por las caras cobrizas. Entre la multitud, medio perdidos, un puñado de pacos trataba de que alguien notase su presencia y respetase los cordeles de seguridad.
Los Robledo venían de punta en blanco. Camisa fina, terno azul, corbata de seda italiana y sujetador con perla. La multitud deliraba a su paso y centenares de manos aleteaban en vano tratando de tocar sus cabellos engominados, sus chaquetas de casimir, sus manos recias. Pasaron justo por su lado. El gringo, encaramado en su metro noventa, tenía al primogénito sentado sobre los hombros, la pelada brillante de sudor. Les estrechó la mano pasando por sobre las cabezas chilenas, veinte centímetros más abajo, y el chiquillo sintió en su propio pellejo el orgullo de ser pampino. Good luck, Ted, Georgie. Do your best, boys. Ted le mostró la dentadura reluciente y hasta se dio el lujo de responderle: Thank you, sir, you’re welcome. También ellos sentían que era bueno estar de nuevo en casa, ni siquiera Inglaterra era como la pampa.
Por supuesto, nunca más volvieron a verse, era prácticamente imposible. La ciudad entera había perdido el seso y estaba de fiesta; medio mundo en la calle con zapatos nuevos y vestido de domingo, como si hubiera sido veintiuno de mayo. Jorge y Ted en la cresta de la ola, bebiéndoselo todo hasta las tantas de la madrugada y disfrutando a concho el placer de volver como reyes al terruño natal. Al día siguiente, con su corazón tan dividido como la sangre, jugaron el primer tiempo por la selección pampina y el segundo por el seleccionado del puerto. Solo Iquique era puerto, los demás eran caletas. Ya ni recuerdo el resultado. Lo que tengo grabado es la imagen del gringo, hecho unas pascuas en su asiento de primera fila. Richards no era hombre de exabruptos. Tenía la pachorra del gringo, que puede estar yéndose cuesta abajo sin frenos y no se va a tirar del camión sin antes encontrar la botella de whisky y arroparla bien en la chaqueta para que no se quiebre con el costalazo, cold blood hasta el último suspiro. Claro que si Jorge tomaba la pelota y la incrustaba en la red, el gringo llegaba a saltar en el asiento y el vozarrón se escuchaba hasta en Liverpool.
-Goooooooool! ¡Gol de Jorge Robledo!
El gringo decía que siempre supo cuál sería el final de la historia; como era de esperarse, los Robledo recibieron el pago de Chile y en cuanto bajaron el rendimiento todo el mundo se olvidó de ellos. Era previsible, decía él; nadie que alguna vez hubiera pateado una pelota podía soportar tanta calidad y falta de humildad. Después de todo, se trataba de Chile; si los muchachos querían amor eterno tendrían que haber terminado en el suelo, llorando miserias y reconociendo hasta los errores que todavía no se han inventado. Ese habría sido el sistema perfecto para conservar el amor nacional.
Los periodistas deportivos les empezaron a hacer olitas, a encontrarles todo malo, a divisarles las canas y los kilitos de más, a indisponerlos con la hinchada sacándole los trapitos al sol. Casi resultaba lógico que les agarraran mala, cualquier tipo que se miraba al espejo podría imaginar a su mujer encornamentándole la cabeza a causa de los hermanos Robledo, nada fácil de soportar. Un día que leía el Vistazo, Richards tuvo la seguridad de que la galucha terminaría exigiendo sangre. Quizás fue la premonitaria visión de un Ted Robledo tumbado sobre el piso de un mercante, un puerto cualquiera, con las tripas perforadas por un cuchillo y la vida arrancándosele lentamente por un reguero de sangre.
El día que Colo Colo los consideró prescindibles fue de luto para Richards, quien se vio obligado a consolarse en el bar del Hotel Savoy hasta altas horas de la noche. Richards lo ignoraba, pero la magnitud de la tragedia había alcanzado los contrafuertes de su propio hogar. Su señora tuvo un ataque de colon irritable, se tapó el lavaplatos y el gásfiter parecía haberse esfumado, los cabros chicos se fueron a la cama temprano, la empleada dejó las cacerolas sin lavar y el perro se fondeó en el patio. Ya casi amanecía cuando el gringo regresó y subió la escalera a duras penas, cantando Samoa, Samoa, Samoa she said, welcome people to Samoa a voz en cuello.
Ya desde el hall podía percibir los hielos del enojo de su mujer, pero se hizo el leso con su mejor estilo inglés y se metió al dormitorio dando tumbos, para dejarse caer en la cama vestido, oliendo a gin y tabaco. Richards eructó sonoramente, se dio vuelta sobre su hombro izquierdo y no supo más del mundo.
Cuando Richards se levantó, ya mediodía, el niño lo esperaba en el hall leyendo el Barrabases con mirada sombría. Richards caminaba a duras penas, debatiéndose entre la migraña y la acidez. Hombre al cabo, el gringo se sentó a la mesa y comió con avidez el desayuno recalentado. Las doce con diez, con suerte, su señora sólo regresaría del trabajo pasadas las dos. El gringo disfrutó el placer de ir rellenando su estómago y, como bono extra, fue abriendo su cerebro a los recuerdos de la trágica jornada anterior. Medio perdidos entre los efluvios del tinto, los rostros cariacontecidos de sus compinches de la bomba inglesa asomaron en tropel; Richards recordó entonces el motivo de su luto. ¡Pobres muchachos, qué ingratitud! ¡Cómo se les había ocurrido venirse a jugar aquí,¿ es qué acaso nadie les había dicho que los chilenos estaban dejando morir la pampa? Malagradecidos. El los había visto con sus propios ojos llevándose las oficinas a pedazos arriba de camiones; después las vendían a precio de huevo, las magníficas vigas de pino oregón y las calaminas flamantes como material de demolición. Richards se llevó una lonja de tocino a la boca y paladeó la textura crujiente y salada antes de echarse al coleto otro sorbo de té humeante y entonces un pensamiento atravesó fugazmente su cerebro adormilado haciéndole saltar en la silla. ¡Por la mierda, El Caymán había quedado estacionado delante del Savoy!
Y allí continuaba el Caymán esperándole cuando, media hora después, el gringo se detuvo delante del bar en compañía de su retoño. El Caymán estaba totalmente manchado con la humedad nocturna, llegaba a dar pena. Richards sacó una camiseta vieja, polvorienta y manchada, de la caja de herramientas y limpió el parabrisas. Con la cabeza a punto de reventar, abrió las portezuelas, revisó los neumáticos, chequeó los niveles, dio vueltas a la manivela y auscultó brevemente el ronquido del motor en busca de alguna señal de descontento. Nada, todo parecía normal, el Caymán había sobrevivido la noche a la intemperie valientemente.
Ya ventilada la cabina, padre e hijo se instalaron en ella con la pena viva. Después de un breve lapso de silencio, el gringo buscó en sus bolsillos dando a luz pernos oxidados y galletas molidas, billetes arrugados y pañuelos manchados de sudor. Al final, manchado y descompuesto, apareció el carnet de socio de Colo Colo.
-¿Andas con el tuyo? – Preguntó.
Pregunta superflua, el niño jamás salía sin su carnet en el bolsillo de la camisa. En un abrir y cerrar de ojos el documento estaba en su mano.
Richards fue el primero. Lo rasgó lentamente, con furia contenida. En sentido horizontal, en sentido vertical, un trozo sobre otro, cada vez más pequeño. El niño repitió sus movimientos procurando imitarle a la perfección. Cuando estuvieron hechos picadillo, arrojaron los restos de ambos documentos por las ventanillas del Caymán con orgullosa displicencia.
Hacía calor, Richards advirtió que ya era demasiado tarde. No había tiempo para una copa en el Savoy. A lo mejor alcanzaba a pasar donde el chino José; con suerte, el almuerzo se habría atrasado un poco y su señora todavía no llegaba a casa. Metió primera y presionó apenas el acelerador. El Caymán se puso en movimiento perezosamente; Richards aceleró un poco más y metió la segunda deslizándose hacia la esquina. Los fierros del Caymán rechinaron dolorosamente, también a él le alcanzaba el luto por los Robledo pensó el gringo, sin querer reconocer que la edad hacía estragos en el motor de su regalón. Richards pisó el acelerador una vez más, engranó tercera y una espesa nubecilla de humo negro salió a borbotones por el tubo de escape echando a volar por la calzada un montón de diminutos fragmentos de papel.
Richards no puede quitar sus ojos de los pies del hombre. Negros y callosos, curtidos como el cuero de una bota vieja, mal enjaulados en un par de ojotas roñosas que parecieran estar a punto de desguañangarse. Tampoco el resto se ve mucho mejor. Flaco, sucio, harapiento y desgreñado el hombre se le planta firmemente sobre los pies y repite sus palabras como si temiera no haber sido escuchado.
-Yo soy su hermano, don Luis.
No será éste el primero y mucho menos el último en sostener algo semejante. Richards recuerda claramente los innumerables desconocidos que llegaron hasta la puerta de Cumiñalla cuando sus huesos todavía experimentaban el dulce soplido de la juventud. Polvorientos, desgreñados, requemados por el sol, altos o bajos, todos en los huesos, malparados sobre un par de suelas agujereadas, hediendo a sudor y vino barato. Copias al carbón el uno del otro. -Yo soy su hermano, Don Luis – explican invariablemente. A Richards no deja de sorprenderle el hecho de que más de la mitad de ellos le haya sorprendido en su actividad dominical favorita: pulir la escopeta de su padre. La mano callosa del gringo retoma su tarea acariciando el cañón del arma con los restos de una camiseta agujereada. El trapo emparafinado se desliza suavemente sobre el acero. Hedionda la parafina, ni comparada con la gasolina, que se mete tan rica en los pulmones, como si tuviera vida propia. ¡Cómo le gusta a él estar parado junto al surtidor cuando llena el estanque del Caymán, sucesor del Carmelito! El tufo del desconocido le trae de regreso a la realidad. Richards vuelve a mirar al andarín.
-Anda para la cocina, hombre, ahí te darán de comer.
Casi puede adivinar el alivio del forastero. En menos que canta un gallo el hombre desaparece por el patio perseguido por el ladrido de los perros que amenazan sus tobillos inmundos. Las tres de la tarde, Richards apoya la escopeta en el brazo del sillón de caña y se repantiga sobre los cojines estampados de manchas y raeduras. Bajo el lento horno solar de la pampa del Tamarugal, Richards descansa aprovechando el frescor de una vieja palmera plantada por su padre. Muy de vez en cuando, la brisa sacude ligeramente las grandes hojas desflecadas. Dormita.
Doña María nunca deja de sorprenderse con el apetito de un hombre. Deposita una nueva cucharonada de charquicán humeante sobre el plato que el desconocido ha pulido esmeradamente con un trozo de pan y rellena el vaso con el tinto áspero y agrio que su patrón ha traído desde el puerto. Mientras el hombre traga con la rapidez propia del que se sabe intruso, la mujer aprovecha de hurguetear en el canasto de la ropa vieja hasta que da con una camisa desteñida de Richards y un pantalón de bastillas gastadas que ostenta aparatoso siete en la rodilla derecha. Por el rabillo del ojo, constata que el hombre ha acabado con el guiso y mastica ahora lentamente el resto del pan.
-Toma – ordena secamente-, lávate en la cubeta del patio y te pones esta ropa. Allá detrás está el baño.
Desde su puesto de observación, en la puerta de la cocina, doña María no pierde pisada de las evoluciones del desconocido. Todos estos son manilargos, sí lo sabrá ella que se ha llevado varios retos de la patrona a causa de no pocos efectos desaparecidos en circunstancias parecidas. Hermanos de don Luis, qué más se quisieran éstos. Muertos de hambre, curaos, ladrones. Dios sabe quién habrá sido la puta que los parió.
Sin darse por enterado de la vigilancia de que es objeto, el andarín se mete en la letrina y se instala sobre el agujero sin preocuparse de la media docena de moscas que zumban sobre éste. El olor de la mierda, pesado, dulzón, es su única compañía. En la pared de madera carcomida, ensartados en un clavo, algunos periódicos viejos distraen su atención. Parece que don Gabito, el presidente, ha andado tocando el piano en una casa blanca; tan escandalizado se muestra el articulista que seguramente se trata de alguna casa de mala reputación, especula aburrido. Por otra parte, alguien ha tenido la mala idea de destrozarle el cráneo a su compadre. Eso sí le interesa. Lo pilló con la color, al maldito. Por chueco. Lástima que el hechor ha sido capturado y deberá pagar la deuda con la sociedad que tan importante le parece al periodista. El papel amarillea tanto o más que la tierra calcinada por el sol que ha recorrido desde Victoria. Mañana, Pozo. El extenso peladero de la pampa reverberando al sol. Con suerte, algún camión se lo lleva al puerto y agarra alguna peguita descargando sacos en el mercado. El charquicán sufre ahora los embates del ácido gástrico. Ooorrrp. El eructo sale limpio, rotundo. Satisfecho, el andarín se levanta y limpia su trasero con la sonrisa llena de dientes de Gabriel González Videla.
Lejos, el balido tristón de la ovejas pone la música de fondo. La pejilla que cruje bajo los bototos le avisa a Richards que ya es hora de despertar. El andarín regresa con paso ligero, orgulloso de la camisa limpia y el pantalón con un siete en la rodilla derecha. El pelo empapado, bien peinado hacia atrás, dejando al descubierto la amplia frente, las entradas de las sienes a medio pelar y un par de ojos verdes desencantados. Viene limpiando con una ramita los restos que el charquicán ha dejado entre los escasos dientes que todavía le acompañan. Richards se incorpora en el sillón y saluda tocando con dos dedos el ala de su sombrero.
-Cómo estuvo la comida. -Muy güena, don Luis, Dios se lo pague.
Richards le alarga un billete de cinco pesos y escruta la cara curtida preguntándose para sus adentros de dónde habrá salido aquel hombre, por qué rutas habrá llegado hasta su casa. No necesita mirar mucho para saber que el cuello de la camisa que trae puesta ya se ha virado y remendado lo menos un par de veces, que los bototos tienen un agujero en la suela y las tapillas en las güilas. Por una fracción de segundo el gringo se queda pegado en la mirada acuosa y el fruncir del entrecejo del andarín. Un instante, apenas lo suficiente para ver reflejarse en ellos la sonrisa amplia y contagiosa de su hermano mayor. Una sutil pincelada genética que dibuja ante él una noche cualquiera extraviada en el tiempo.
Sentado en la puerta de la casa, Richards retoma la tarea de pulir el arma de su padre; el andarín se aleja cansinamente en dirección al portón. Con un calcetín engrasado, el gringo lustra las iniciales del viejo en el cañón del arma. Cuando el gringo vuelve a levantar la vista, el hombre ha sido tragado por el bosque de tamarugos y algarrobos.
