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Estimados amigos; les invito a leer por capítulos  la novela “Última parada: Tiliviche”, que  busca en las vidas de los ingleses que  llegaron a trabajar en Tarapacá durante el auge salitrero.  Hombres y mujeres audaces que cruzaron el mundo para vivir en el lugar más árido de todo el planeta y le entregaron al norte de Chile un toque indiscutible de sofisticación europea. 

Hoy, el primer capítulo: Mediodía en el Club Inglés

2382287510_19bd2e47d4_bSorteando los agujeros de las baldosas y  comentando los últimos acontecimientos, las viejas damas se encaminaban a la misa de Santa Teresita vestidas de punta en blanco.  Nada de prisas, la primera corrida de asientos ya les estaba reservada.  Decíase que su puntualidad servía al despistado padre Delgadillo para  saber que ya era hora de salir a escena.  

Sophie de Closet, de impecable traje sastre corte Chanel, se encaramaba sobre  tacones de diez centímetros, orgullosa de sus pantorrillas septuagenarias. Acosada por la  alopecia, equilibraba precariamente  sobre su cabeza un postizo desordenado cuyo estado no podía importarle menos;  sin los anteojos, proscritos a causa de su coquetería, era incapaz de reconocer a su marido a más de cinco pasos de distancia.

Tía Grace imponía británica sobriedad: camiseros de seda de la India,  zapatos  impecables de cómodo tacón, el peinado que Wallis Simpson impusiera entre las gringas allá por la década del treinta y el cabello de refulgente castaño oscuro que  retocaba personalmente  los primeros lunes del mes. En no pocas ocasiones y en ausencia de la empleada, me abrió la puerta a mitad del proceso,   su cara cubierta con la  pesada  capa de cold cream   que mantenía las arrugas a distancia. Terrorífico espectáculo.

 Winnie Lee, su hermana,  era lejos  la más  abandonada. No usaba medias ni  siquiera en pleno invierno y sus camiseros se veían ajados. Lo mejor conservado en ella eran los ojos azules e impertinentes conque taladraba a  sus interlocutores. No había tenido suerte  Winnie Lee, tras su primera viudez  según palabras de Mr. Nicholls, se había ensartado con Longo Lee para descubrir, ya casada, que éste, aparte de  la  casona de la calle Baquedano,  no tenía donde caerse muerto.

El circuito de las señoras era limitado. De la casa a la iglesia, tres cuadras; de la iglesia a la plaza, otras tantas; viernes y sábados, te y canasta en sus respectivas salas.  Tía Grace,  que a su característica hiperactividad  inglesa sumaba un marido con ingresos respetables, mantenía aún su itinerario  semanal de compras. El Mercado, la Farmacia Victoria, la Casa Francesa y La Confianza de Solari Hnos. para rematar todos los viernes en el proveedor de la Polla Chilena de Beneficencia; no por nada le había dispensado ésta  uno de sus apetitosos gorditos.

La calle Baquedano de las  viejas damas era una respetable avenida de dos vías, bandejón central salpicado de palmeras, reloj en el cruce de la calle Zegers.   Baquedano se  estiraba  con desgano entre la Plaza Prat,  donde se paseaba los domingos,  y la plaza 21 de Mayo, donde se celebraba a todo trapo el combate que le había dado su nombre.  Justo  frente a  La Gaviota,  playa favorita de las familias del barrio, todavía sombreada por los restos del otrora lujoso y exclusivo Chalet Suisse,  a cuyas ventanas se habían asomado las tres en su juventud para arrojar bolsitas de chocolates a los niños pobres que  miraban con asombro los festejos de año nuevo.  Una calle franqueada por dos imponentes hileras de casas georgianas,  con los balcones  que eran la envidia de la ciudadanía  enfiestada  cuando se echaba a la calle para ver  a los efectivos del Granaderos y el Carampangue, a la marinería de la Escuadra, todos ellos  con sus bandas de guerra y sus  tenidas de parada;  los carros alegóricos de la primavera y las murgas del carnaval derrochando agua y harina sobre las cabezas desprevenidas.

Envejecieron juntas. Mientras ellas se llenaban de arrugas y se dolían del juanete que les impedía usar tacón, a la calle Baquedano se le descascaraban las pinturas, se le oxidaban las calaminas de los tejados, se le podría, deshilachada, la madera de los miradores. Algún ingenioso funcionario  tendría la ocurrencia de cambiar las baldosas por incómodos adocretos  especialmente diseñados para el tropezón furtivo o la pérdida de las tapillas. La  modernidad y su explosión  automovilística  obligarían a retirar el reloj  cuando una profusión de choferes novatos  adoptase la pésima  costumbre de chocarlo  a altas horas de la madrugada. El reloj fue trasladado frente a La Gaviota, pero un postrer arrollamiento puso, poco tiempo después,  punto final a su existencia.

La calle Baquedano ya no era la misma.  Ajados ya los visillos, los habitantes de las casonas perdían la privacidad de sus observatorios,  las casas que se quedaban sin habitantes se convertían en pensiones, museos, casinos de suboficiales y  centros médicos.

Allá por sus últimos años, casi centenaria, la tía Grace se asomaba al balcón asombrada  por una ciudad desconocida.  Sumida en la senilidad, había perdido todo contacto con el presente y se entretenía en largas conversaciones con el marido que llevaba sus buenos quince años avecindado en el cementerio número uno. A menudo le  sorprendía que Winnie y la Sophie no hubieran llegado aún para jugar.  Cierto  que la empleada nueva no era como la Leandra, no sabía poner la mesa ni  cuidar las gallinas y  sus scones eran un desastre.  Además, todos esos autos que atronaban la calle hacían el aire irrespirable.

No me cabe duda de que se habrá mudado a acompañar al tío Fred con un suspiro de alivio. Dos, si hubiera sabido lo que la amenazaba.  Qué falta hicieron las viejas damas para  espantar, escoba en mano, a los terroristas del progreso que levantaron los adocretos para instalar ridículos veredones de madera como los que antaño se veían en los barrios bajos,  que cerraron el tráfico para instalar una Baquedano modelo Disneyworld, invadida por artesanos y vendedores callejeros, que  rasparon los bellos pasteles de las murallas para barnizar el pino oregón como si se tratase de amoblado de tercera, que mataron el vecindario para  darle espacio  a las oficinas, las fotocopiadoras y los cafetines de mala muerte.

El funeral de la tía Grace fue uno de esas raras ocasiones en que los antiguos iquiqueños suelen reunirse  para  añorar su ciudad. Cuando la última de las viejas damas cerró los ojos, su  calle Baquedano agonizaba.    La  verdad es que poco quedaba ya para admirar.

Te estoy entregando un nuevo cuento. No creo que te aburras con él.  Vamos haciendo crecer  de a poco a candelayestopa, puedes hacer tus sugerencias en cuanto a lo que te interesa o no, crítica -qué susto-  o  simplemente, leerlo.  Si encuentras que  renovamos muy lento -promedio de un cuento diario-  le ponemos  un poco más de prisa al asunto. 

 Nos estamos viendo.

Alida Verdi

Se bienvenido a mi nuevo blog literario. Aquí encontrarás cuentos  de temática variada: un poco de ciencia ficción, un poco de historia reciente,  mucho de la naturaleza humana.

Candela y Estopa -a la espera de que venga el viento y sople para formar una gran conflagración literaria- nace para entregar a mis lectores cuentos  más complejos que los de mi blog  de literatura infantil juvenil y para compensar el tremendo vacío que  crea en mi país el hecho de que la industria  editorial es  totalmente comercial. No tiene ningún interés en descubrir nuevos campos y autores, ni piensa siquiera en invertir en crear un público lector. Es cierto que en Chile el libro es caro, pero como también existe un comprador acomodado que sostiene sus  ventas,  a la industria no le interesa arriesgar.  ¿Para qué molestarse en aquellos que no pueden pagar? Chile, como todo este encantador mundo posmoderno- está construído así: si no puedes pagar,no estudias, si no puedes pagar, no tienes techo, si no puedes pagar, no tienes salud, si no puedes ahorrar, tienes una jubilación de morondanga o  simplemente, no la tienes. ¿A quién le importa? El sistema no está hecho para  la nación chilena, está hecho para  el 10% de ella que tiene capacidad de pago, por tanto, a quién podría importarle que los que no la tienen lean, vean cine,  vayan al museo o, por último,  salgan a pasear al parque.

Ojalá disfruten  con mis cuentos,   hay algo de mi que está latente en ellos: mi inconformismo.  Esa desagradable capacidad de no poder adaptarse totalmente a la mediocridad que se nos ofrece como la única vía posible.

Lo olvidaba,  muchos de mis cuentos están basados en historias reales. Si  los descubren, cuéntenme.

Un  cordial abrazo

Alida Verdi

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