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Ella llegó a trabajar a Victoria el año 56, a tiempo de ver la agonía de la industria salitrera; aunque todavía joven, ya había alcanzado ese momento indefinible en que las mujeres dejan de hablar de la edad. Pequeña, delgada, frágil, Dione no lograba esconder del todo su pasado de bailarina en algún cabaret del puerto; los inevitables estragos del tiempo y la necesidad de seguir comiendo la habían empujado, como a tantos, a buscar trabajo en el peladero inclemente de la pampa de Tarapacá, sobre cuya vasta extensión aparecían desperdigadas las últimas oficinas salitreras que todavía se encontraban en producción.
Bailarina al fin, circulaba entre los parroquianos como si las gastadas puntas de sus zapatos blancos fueran a alzar el vuelo en cualquier momento; atendía las mesas de la fonda sin poner gran empeño; aunque la amplia sonrisa pintada de escarlata con que entregaba la cuenta ayudaba a compensar cualquier desgana de sus clientes a la hora de soltar la propina.
Lino Mamani tenía fama de hombre duro. El Indio, le decían. Por detrás, porque nadie se hubiera atrevido a espetárselo, en su cara, al capataz más malaspulgas de la oficina. No se le conocían peleas, pero sus escasos enemigos solían aparecer en algún rincón de la Oficina Victoria machucados como membrillo y sin tener idea de lo que les había ocurrido.
- Me agarraron curado, – explicaban penosamente tratando de justificar la golpiza – no pude ver a nadie.
Alto, macizo, con una mirada torva cruzándole la cara de rasgos firmes, el capataz recorría las obras sin que detalle alguno se le escapase a sus ojos de ave de presa. A veces se detenía junto a algún viejo que arañaba la costra salina a punta de pico y chuzo, husmeaba el aire reseco como fiera al acecho, liaba un cigarrillo que golpeaba con suavidad en el dorso de su mano y luego, mirando el desmonte, sentenciaba, lacónico y lapidario:
- Poco te cunde.
Con esas tres palabras bastaba y sobraba para que el calichero se fuera cortado esa misma semana y con esas mismas palabras motejaron los viejos al capataz por segunda vez. De un día para otro, Mamani dejó de ser el Indio; bastaba que Lino Mamani asomara por un laboreo para que se corriera la voz:
-¡Viene Pocotecunde!
La cuadrilla redoblaba su ritmo comiéndose la rabia que le tenían; si apenas la mitad de los hombres que le debían a Lino Mamani el sobre azul, le hubieran podido meter mano, tiempo haría que éste se estaría momificando en la árida y ardiente tierra de la pampa. Pero el capataz, recordando quizás sus ajustes de cuenta en medio de la noche, no era hombre que le diese la espalda a nadie. No se le conocían debilidades a Lino Mamani; no hasta que Dione llegó a la pampa, con su faldita azul y sus modos de gorrión acuciado por el invierno.
Desde que Dione asomó por las mesas del Dragón Imperial el capataz se aficionó a la comida china. Con tal de que ella se las sirviese, Lino Mamani era capaz de comer todas y cada una de las especialidades del cocinero cantonés; a despecho de aquellos rumores malintencionados que ubicaban en las vecindades del Dragón Imperial a todos los perros perdidos de la Oficina Victoria. Ella llevaba sus platos con especial cuidado, los acomodaba delicadamente sobre el mantel de plástico desteñido y lo miraba de reojo, sonriendo con coquetería, acomodando en su vaso rajado las dos flores plásticas cubiertas con cagadas de mosca que el chino consideraba decoración; balanceándose impaciente sobre uno y otro pie, a la espera de que Lino hundiese su cuchara en las verduras y la mirase con ojos de carnero degollado antes de decirle:
- Está muy bueno, señorita.
Satisfecha, ella se marchaba contoneando sus caderas y repartiendo sonrisas a diestra y siniestra. Cuando el trabajo aflojaba, contaba y repasaba las propinas que aumentaban en su bolsillo y una lucecita alegre aparecía en el fondo de sus ojos verdes.
-¡ Listo el pollo pala la mesa cuatlo, Dione!-
El chino la apuraba con su voz chillona, parado en la puerta de la cocina con el sudor corriéndole por la frente amarillenta. Dione literalmente volaba sobre las puntas de sus piececillos y llegaba justo a tiempo para recoger el plato desbordante de salsas y verduras salteadas. El chino se limpiaba las manos grasientas en el delantal, lamentable compendio de su carrera cocineril, y atacaba una nueva orden a punta de ollas y sartenes.
De tanto circular entre las mesas, logró ella enterarse de que su sueldo de capataz era bueno y le dedicó entonces sus mejores sonrisas y los platos más rebosantes; él los devoró con gran espíritu de sacrificio y el día que se aburrió de envenenarse puertas afuera tuvo la certeza de que la solución de sus problemas estaba en el matrimonio; idea que era espoleada constantemente por el resplandor de los ojos de Dione y el atisbo de esos brazos blancos y delicados, tan distintos de la carne morena y dura de las mujeres pampinas.
Comenzaron por pasear en la plaza para eludir el calor de las tardes veraniegas. Él le compraba paquetes de turrón y cartuchos de maní tostado, que a Dione le encantaban. Ella se le colgaba del brazo, esponjada de orgullo; ataviada con su mejor vestido de algodón se refrescaba las mejillas con un abanico de papel mientras iba sacando del cucurucho los granos tostados de maní. Cuando caía la noche él la encaminaba hasta la pensión donde vivía; caminaban estrechamente abrazados refugiándose en la sombra, deteniéndose a veces para besarse apasionadamente escondidos en los portales sin luz. Lino la apretujaba contra los muros de calamina mientras investigaba la tersura de sus nalgas; ella se revolvía sin prisas, esquivando con habilidad la presión del abrazo, y le ofrecía sus labios fruncidos como si fueran una guayaba madura, lista para el mordisco. Lino se sumergía en ellos hurgando golosamente con la lengua y experimentaba un delicioso mareo que se venía sobre él hasta hacerle perder el equilibrio. La aplastaba pesadamente contra la pared, hambriento y desesperado, hasta que ella lograba hacerlo a un lado con la amenaza de no volverlo a ver.
Un día cualquiera, él apareció con un anillo de compromiso y ella lo aceptó llorando de emoción. Ahora con ínfulas de propietario, Lino la recorrió con sus manos ávidas, provocando en ella tímidas peticiones de respeto a su fragilidad que, no sin dificultades, lograron que el capataz se aguantara las ganas. Esa noche, al encontrarse sola en su cuarto, Dione miró su flamante anillo con detenimiento y llegó a la conclusión de que su sueldo no era tan bueno como ella había pensado, pero la pasión con que Lino palpaba la frescura lechosa de su piel pareció compensarlo con eficiencia.
El romance prosperaba en la somnolienta quietud del desierto; Lino y Dione trazaban en la arena castillos que elevaban sus torres hasta agujerear la pesada cubierta azul del cielo. De tanto pensar la situación, él llegó a la conclusión de que, dada la edad de su padre, lo mejor era pensar en volver a su casa en la sierra. Ella lo dudó un poco; cuando Lino Mamani le contaba las maravillas de las quebradas, Dione retrucaba con las nostalgias de los cerros porteños y la caricia salina del viento que viene del sur; pero como después de todo él había pronunciado la mágica palabra matrimonio terminó por aceptar.
Una mañana de setiembre, Lino Mamani engominó su negra mata de pelo, quitó las motas de polvo de su único traje azul y anudó cuidadosamente una corbata nueva en su cuello. A la misma hora, Dione suavizaba su cuerpo con Crema del Harem y pulverizaba Nuit de France en sus pliegues más recónditos; resplandecía como toda novia que se respete cuando acomodó una rosa de seda en el escote de su vestido y enfrentó su imagen en el espejo cuarteado de su habitación con sonrisa satisfecha.
Siguiendo la tradición llegó tarde al civil, donde ya aguardaba incómodo y serio el capataz. Él la vio venir como una aparición blanca, fresca y alada, contrastando violentamente con el tierral abierto desde las misma puertas del recinto hasta el infinito.
Ella respondió con vocecilla trémula la invitación a acompañarlo hasta que la muerte los separase; él introdujo torpemente el anillo en su anular. Los acompañaron, muy emperifollados, la dueña de la pensión y el chino Armando; a quien por primera vez ambos veían sin su delantal de saco harinero decorado por un millón de manchas.
De vuelta en la fonda del chino descorcharon una botella de vino tinto y brindaron por el futuro de la feliz pareja. Ella derramaba sonrisas, Lino ponía cara de vergüenza. Era casi mediodía cuando se subieron a una micro que se caía en pedazos y partieron hacia las serranías extraviadas en el horizonte andino.
Iniciaron un viaje interminable por un erial pedregoso; el cacharro iba atestado de aymaras silenciosos que soportaban estoicamente el calor y la puna que a ella la estaban matando. Lino le limpiaba la frente con un pañuelo empapado en agua de colonia y le daba a chupar pequeños limones, explicándole que le adelgazarían la sangre para que corriese mejor en la altura.
Al caer la noche el vehículo se asomó sobre el borde de un cerro y ella descubrió con cierto alivio algunos puntos de luz salpicando la negrura de la noche. A bocinazo limpio el chófer comunicó al pueblo su llegada; una docena de quiltros flacuchentos aparecieron de la nada para escoltarlos, ladrando furiosamente, hasta la pequeña plaza del pueblo. Los pasajeros despertaban e iban recuperando los bultos que antes desparramaran despreocupadamente por el pasillo. A ella le sorprendió ver a los paisanos, de suyo tan silenciosos, parloteando animadamente con su acento cantarino, regocijándose por el fin de la pesada travesía.
Ya era noche cerrada cuando llegaron hasta la pequeña casa de piedra y adobe. Él empujó la puerta y entró llamando a su padre. Ella lo esperó de pie en el umbral en tanto Lino se perdía en la oscuridad del corredor. Aguardó largo rato hasta que finalmente vio brillar una luz que venía desde el fondo de la casa; eran Lino y su padre. El viejo los recibió sin entusiasmo ni simpatía, parecía no advertir el cansancio que llenaba cada uno de sus huesos; a ella le parecía que el aire de la puna se colaba tan ligero hasta sus pulmones que su corazón podría salírsele por la boca en cualquier momento. Cuando Dione miró la oscura faz apergaminada del viejo a la luz de la vela pensó que bien podría tener cien años; ese secreto pensamiento la tranquilizó, al menos no duraría mucho.
Esa noche de gloria, Lino la amó hasta quedar ahíto sobre el camastro y después se durmió pesadamente; ella se sentía afiebrada y dolorida, se dejó llevar por ese torbellino de caricias tan largamente contenidas y recibió el sueño con el alivio de una obrera extenuada.
Despertó cuando el sol ya estaba alto, sin embargo, aún se podía sentir el hielo de la noche emanando de la tierra. Se levantó con desgana, tratando de asir el aire que se negaba a circular por sus pulmones. Abrió los gruesos postigos de madera pintados de azul y un sol brillante y metálico manchó la penumbra de la habitación. Algunos muebles rústicos salpicaban la choza en democrática convivencia con una docena de cajones fruteros y algunos sacos de hortaliza. Ella no quiso ni mirarlos, prometiéndose que eso no habría de durar; se asomó a la ventana y pudo ver frente a ella la herida verde de la quebrada que se alargaba hasta perderse de vista.
Delante de la casa crecían algunas matas de malvas silvestres salpicadas de flores, sobre cuyas corolas polvorientas media docena de mariposas blancas jugaba al pillarse. A pesar del cansancio que le producía el soroche, a Dione no le faltaron ganas de imaginar un futuro color de rosa y alargó las manos hacia los rayos flojos del sol que recién venía. Respiraba corto y agitado, descubriendo asombrada el bum búm de un corazón que hasta apenas ayer la acompañara tan tímidamente y que hoy se aleonaba con los dos mil setecientos noventa metros sobre el nivel del mar.
Entonces lo vio. Dione no habría podido decir si se trataba de una gran mariposa o un pequeño pájaro; gracias a sus alas tornasoladas flotaba sobre las flores embriagándose de polen con un largo y fino pico curvo. Iba y venía batiendo sus alas a una velocidad que le pareció increíble y que hacía casi invisibles los diminutos artilugios emplumados que le sostenían en el aire. A ella se le escapó una exclamación de gozo que atrajo a Lino Mamani hasta el ventanuco.
- Un colibrí.- Dijo él sin entusiasmo.- Los trae la primavera.
Dione pensó que ese pequeño milagro no podía ser sólo un pájaro. Tendió las camas, fregó las cacerolas y salpicó de agua el piso de tierra para después barrerlo prolijamente bajo la mirada a la vez sorprendida y escandalizada del viejo. Pasó la mañana escarbando entre los trastos hasta dar con unas tiras de percala polvorienta que jabonó concienzudamente con el propósito de resguardar la intimidad del pequeño cuarto que el viejo les cediera. Cuando Lino volvió de la siembra, los dos hombres comieron con apetito el estofado humeante en tanto ella mordisqueaba algo de ensalada sin dejar de mirar por la ventana hacia los colibríes; que ahora se correteaban apasionadamente por entre las ramas floridas.
Asomada a la ventana, ella fue descubriendo lentamente la rutinaria vida de la quebrada. Al caer la tarde, esperaba el regreso de Lino desde la era; con los codos apoyados en el alféizar inspeccionaba la distancia tratando de reconocer la alta figura de su marido; sorprendiéndose cada vez con las pequeñas comitivas de paisanos que subían en fila india por el estrecho sendero. Primero el hombre, tirando del burro casi sumergido bajo la pesada carga, más atrás, la figura enlutada de la mujer, tanto o más cargada que el pollino bajo grandes haces de leña.
- Yo no soy como éstas.- Se alegraba.- Mi Lino no me tomaría como a una bestia de carga.
Y esbozaba algunos pasos de baile, regocijándose por el mañana que se venía tan feliz y tan pleno, por los niños que habrían de jugar a las escondidas entre los molles de la plaza y las hebras blancas que vendrían a pintar la cabeza de su hombre. Habría sido absolutamente dichosa si no hubiera estado de por medio la cara avinagrada del viejo y las frases cortantes con que éste diariamente calificaba su trabajo ante el hijo que volvía de la siembra.
- ¿Con qué la vas a vestir?- Preguntó el día que la cortinilla separó de su camastro la habitación de la pareja.
Ella sonrió desdeñosa. ¿A quién se le podía ocurrir que su Lino, que desbordaba pasiones cada noche, vestiría a su amada con los harapos dejados por su madre? Y esa misma noche, enroscada a sus piernas en la tibieza de las sábanas, le habló de los nuevos algodones que exhibía en su mostrador el viejo tendero italiano de la calle Prat. Él accedió casi sin pensarlo, ocupado como estaba en recorrer el relieve delicado y pálido de sus muslos; empeñado como siempre en la exigente tarea de preñar a su mujer.
Pero por más que Lino desease lo contrario, Dione lavaba puntualmente los testimonios de su infertilidad. El viejo, aprovechando la ocasión, había comenzado ahora a tratarla con abierto desprecio y rezongaba en voz baja, cuestionando su derecho a comer el fruto del trabajo de su hijo. Lino otorgaba en silencio la razón a su padre y retomaba su labor con renovado esfuerzo. “Un día de estos, se decía, va a comenzar a engordar”. Sin embargo los días pasaban sin que Dione diese señas de embarazo, por más pasión que ambos pusiesen en su tarea.
Con el afán de recuperar su tranquilidad, ella colgó un letrero de la ventana y comenzó a amasar delicados alfajores rellenos de miel, que pronto atrajeron a la casa más clientela que la verdura de la huerta. A instancias de un viandante en poco tiempo incorporó al negocio bebidas de soda que el frío de la noche mantenía siempre frescas y terminó ocupando para su negocio la estrecha habitación que hasta entonces fuera el comedor y alcoba del viejo, cuyo camastro fue trasladado junto al calor de la cocina.
Le gustaba su negocio. Con sus propias manos armó una repisa que cubrió con tarros de sardinas y leche condensada y escondió bajo el mesón un saco de azúcar, otro de arroz y uno de harina. Amasaba ahí mismo, permitiendo que el batir de las alas de los picaflores espantase la modorra que la embargaba por las tardes, cuando todos en el pueblo dormitaban su siesta a la vera de las terrazas cubiertas de alfalfa. Ahora, a su clientela pueblerina se sumaban los pacientes del hotel de las termas; a ella se le hacía nada el tiempo de tanto producir alfajores y conversar largamente con quienes le rogaban que rellenase un par de centenares más para endulzar su regreso a la ciudad.
- ¿Cómo lo haré? –Decía ella apretando delicadamente el lóbulo de su oreja izquierda.- ¿Le llenaré o no le llenaré? – Y la imbuía el placer de ser depositaria de tantos ruegos.
La primera vez que vio a Aliro Capetillo conduciendo cuesta abajo Dione debió salir corriendo del camino para dejar paso a su gran camión abarrotado de mercancías. Se quedó con la imagen de una amplia sonrisa blanca y una polvareda de los mil demonios que se perdía quebrada abajo. La tarde que él entró al almacén lo reconoció por esa risa grande, llena de dientes y ganas. Dione miró con placer esos dientes que se incrustaban golosamente en la corteza dorada y la lengua sensual y sonrosada que se aseguraba de atrapar hasta la última gota de miel y pensó que a pesar del evidente interés con que guardaba el dinero de la venta, nunca Lino Mamani había probado sus dulces.
A Aliro, en cambio, parecían encantarle y pronto se hizo asiduo cliente del almacén. Saludaba a Lino Mamani con grandes aspavientos, mostrábase preocupado por la salud del viejo y la cosecha que venía, alternaba con la clientela y consumía grandes cantidades de alfajores sin importarle la cercanía del almuerzo o la cantidad de dinero que ello le significara.
El viejo fue el primero en mostrar su desagrado. A pesar del esfuerzo que le implicaba le bastaba con escuchar el vozarrón de Aliro en la puerta para levantarse del camastro. Con dificultades renqueaba hasta el almacén y se acomodaba en una vieja silla paticoja que Lino había instalado para él. Después se quedaba en silencio, escuchando con reprobación el alegre parloteo que su nuera y el camionero habían hecho un hábito; otras veces, queriendo tomarlos por sorpresa, se escondía en la alcoba y corría sigilosamente la cortinilla para no perderse detalle alguno de aquellos encuentros que tan mal presentimiento hundían en su corazón.
Dione pretendía no advertir su desagrado; iba de aquí para allá aventando el polvo de los anaqueles, aplastando las moscas intrusas con una palmeta de alambre, construyendo pequeña pirámides de tarros de conserva. A veces su saltimbanqueo de pájaro echaba abajo las inestables estructuras, entonces Aliro pasaba de un salto tras el mostrador para recoger y acomodar las latas con una presteza que a ella le parecía admirable.
Obligado por la estrechez del espacio él solía rozarla con su corpachón y entonces Dione revoloteaba como un colibrí a su alrededor; deslumbrada por el amarillo refulgente del polen que chisporroteaba en el fondo de los ojos de Aliro Capetillo. Batía sus faldas y alargaba sus labios, prestos para el placer de la libación. Cuando su mirada se impactaba en los ojos del viejo, pequeñas ranuras por la que se filtraba la ira contenida, a ella se le helaban las manos y le pesaban los alados piececillos; murmuraba su agradecimiento y salía corriendo a refugiarse detrás de los sacos de papa y cebolla, a observar los revoloteos de los picaflores sobre las ramas de malva floridas.
En cuanto llegó el invierno y se marcharon las aves el viejo cayó a la cama para no levantarse más. Desde su puesto en el mostrador Dione podía escuchar el seco quejido de su tos, que parecía debilitarse con cada nueva amanecida. Lino Mamani barruntó que se acercaba el fin de los días de su padre y un lunes de junio recogió los papeles de la propiedad y se marchó a la ciudad para preparar las cosas. Dos días después, cuando regresó, encontró a su mujer apoyada en sus codos sobre la tabla pelada del mostrador, abierta la boca sensual en invitadora sonrisa y el escote desabotonado para exhibir el nacimiento de sus pechos lechosos. Habría sentido el ramalazo del deseo si al otro lado del mostrador no hubiese estado, enfrentándola, la risa llena de dientes de Aliro Capetillo.
Se mordió la rabia cuando ellos despertaron sobresaltados de su encantamiento. Se metió a la alcoba y reclamó agriamente la comida. Dione cerró el almacén y correteó solícita por la pequeña casa atendiendo a su marido, preguntándole por su viaje y recordándole una y otra vez lo mucho que lo había echado de menos. Esa noche Lino la amó sin ternuras y cuando terminó se dio vuelta en la cama para ponerse a roncar inmediatamente.
Comenzó a descuidar su trabajo volviendo en cualquier momento de la siembra. A veces encargaba a un rapaz que se hiciera cargo de segar la alfalfa y corría desalado cerro arriba hasta llegar al pueblo, entraba sin aliento al almacén y pasaba de largo hasta la cocina para ver a su padre, que ahora dormía largo y tendido las veinticuatro horas del día.
Cuando el viejo dejó de despertarse acuciado por el hambre Lino se levantó temprano y fue hasta el despacho a buscar a su mujer. Ella cernía la harina sobre la tabla de amasar cuando escuchó su orden:
- Deja eso, cerramos el negocio.
Por más que Dione suplicó, rabió y razonó, la orden de Lino se mantuvo incólume. Ella guardó la harina, trancó la puerta del almacén y se sentó a llorar detrás del mostrador por los arrestos de su independencia perdida. Toda la mañana la pasó asomándose a la ventana con los ojos enrojecidos, para explicar a su clientela que el negocio no estaba atendiendo. Esa tarde, mientras Lino cenaba, apareció la mujer del profesor a rogarle que le fiara un kilo de arroz. Lino interrumpió su cena y colgó de la puerta un pequeño letrero que comunicaba a la clientela el cierre definitivo del almacén; ella lloró largamente y se fue a dormir sin hacer caso a sus requerimientos.
Una semana después, cuando subieron al cementerio encabezando el sepelio del padre, ella vio que Aliro Capetillo venía bajando en su camión, como siempre, a gran velocidad. Una nube de polvo cubrió irrespetuosamente a los dolientes y Lino Mamani no pudo evitar el mascullar un improperio, su rostro cetrino estaba descompuesto por la ira. Dione arrebujó la mantilla sobre su rostro y apretó el paso detrás de su marido, casi le parecía oír la risa de Aliro paseando en los brazos del viento, confundida con el ronroneo gatuno del motor que se alejaba.
Al llegar la primavera los membrillos abrieron sus capullos y las rosas silvestres se llenaron de yemas coloradas. Cada día asomaban bandadas de aves diferentes: golondrinas de vuelo aventurero, jilgueros cantores, patos en formación militar que pasaban graznando en dirección al estanque. Una mañana llena de flores, ella descubrió los primeros colibríes retozando sobre las matas perfumadas y sintió el calorcillo de la felicidad derramándose por su corazón.
La tierra iba verdeando con renovados bríos; Dione acompañaba a su marido a la siembra y podía ver los perales que acunaban en la brisa sus ramas cargadas de florecillas blancas para placer de abejas y avispas. Una tarde que volvieron cargados de leña y alfalfa se acostaron temprano, después de cenar con apetito. Habían pasado dos meses desde que Lino la buscara por última vez por lo que esa noche, cuando sus manos ásperas la cogieron de la cintura, ella se acurrucó entre sus piernas con la elasticidad de un gato en celo.
Él esperaba que un día cualquiera le anunciase preñez, pero la espera se alargaba y el verano ya se venía encima. A Lino le gustaba verla asomada a la ventana, disfrutando de los revoloteos de los colibríes; que después de su regreso habían anidado en una rama del gran molle vecino a la iglesia. Él había retomado su trabajo con más empeño, porque además de restar al presupuesto los ingresos del almacén, ahora estaba peleando con el marido de su hermana los derechos sobre la tierra del padre. Solía alegrarse pensando que de no haberse casado con Dione, habría estado lejos para la muerte del padre y con toda seguridad habría perdido la tierra en las manos rapaces de su cuñado. Lino se llenaba de satisfacción y la abrazaba con delicadeza, para no agraviar los delicados miembros de su mujer.
Ambos estaban contentos. Lino regresaba cansado de la era para encontrar una botella de tinto y un plato de picante en la mesa. Comía con apetito, alternándolo con grandes bocados de ensalada de cebolla y rebanadas de pan caliente que Dione apenas había sacado del horno. Después se iban a la estrecha cama donde Lino durmiera las noches de su niñez y se apretaban tibiamente el uno contra el otro, respirando el aroma fresco de las sábanas limpias y el ramillete de hierbabuena que ella dejaba en un vaso sobre el cajón que les servía de velador.
Avanzaba el verano y la cosecha de membrillos y peras comenzó a ocuparle a Lino la mayor parte de su tiempo. Se quedaba hasta tarde en la chacra llenando sacos de fruta madura que al día siguiente mandaría a la ciudad en el camión. Dione cocinaba temprano y a mediodía trotaba hasta el campo cargando una pequeña olla rebosante de cazuela o calapurca. Lino suspendía el trabajo y, tras devorar su contenido, saciaba su sed con agua fresca de la vertiente que iba llenando permanentemente el gran estanque de piedra que antaño se construyera para regar las tierras de la comunidad. A Lino le gustaba verla trepando por la quebrada de regreso al pueblo, balanceando alegremente la cacerola vacía, deteniéndose para recoger algunas de las flores que se desbordaban hacia el estrecho camino de la acequia, que apenas dejaba paso a una persona.
Él hubiera querido morirse el día que terminó de coger la fruta y regresó antes de lo previsto. Hubiera querido morirse cuando al doblar la esquina vio la maciza figura de Aliro Capetillo cerrando la puerta de su casa antes de marcharse sigilosamente. Hubiera querido morirse cuando abrió la puerta de calle lentamente, deseando que su mujer se encontrase tras el mostrador vacío y, al no encontrarla, se sentó en la vieja silla desvencijada que fuera de su padre.
Ella vino desde el patio vestida con una enagua que malamente cubría sus redondeces, secándose con afán cuello y brazos, mejillas y axilas. Los húmedos rizos de su cabello le caían por la espalda en desordenada melena. Tenía las mejillas arreboladas y la boca húmeda y a Lino Mamani lo embargó una oleada de deseo y odio como nunca antes sintiera.
Almorzaron en silencio. Ella rebañaba los platos con un trozo de pan frío, él apenas podía mascar los trozos de sabrosa carne de llama del guisado. Acabó la botella de vino y salió sin despedirse. Le martilleaba la sangre en las sienes y se le secaba la garganta, un gruñido ronco le subía por el pecho; hubiera querido gritar, aullar su ira en el viento hasta quedar huérfano de palabras, pero su cuerpo se negaba a obedecerlo. Tan sólo caminó y caminó quebrada abajo, hasta que llegó al estanque.
Era tarde cuando Lino Mamani volvió a su casa. Ella le sirvió la cena, pero él siguió de largo hasta el cuarto y se metió en la cama, donde fingió dormir. Alrededor de las diez, una hora antes de que el alcalde apagara el motor de la luz dejando al pueblo sumido en las tinieblas, ella llegó hasta el lecho y se desnudó sin prisas, como invitándole a despertar. Él amagó un ronquido y sintió su cuerpo apretujándose a su lado. Se aguantó el deseo y la pena hasta que ella se cansó de acariciarlo. Al poco rato estaba dormida.
A las cinco de la mañana cantó el gallo y Lino saltó de la cama con la cabeza aturdida por la vigilia. Medio dormida, Dione le preguntó a dónde iba tan temprano.
- Vamos a la siembra, – dijo él- levántate.
La quebrada estaba todavía en penumbras cuando marido y mujer orillaron el cerro en dirección al valle. Dione sentía un millón de agujas en los pies helados cuando resbalaba sobre los guijarros que pavimentaban la huella; hubiera querido decirle a su marido que bajara el tranco, pero temía la reaparición de su disgusto. Los pájaros, ateridos por el frío, piaban entre las ramas de los perales. Una vaca parida se quejaba dolorosamente en algún corral lejano. Lino apretó el paso para que no lo sorprendiese la aurora; Dione trotó tras él tratando de alcanzarlo sin perder pie en la oscuridad.
Él siguió de largo al llegar a la era; una ligera brisa formaba ondas oscuras sobre la superficie de la alfalfa crecida. Ambos podían escuchar claramente el eco del agua de la vertiente cayendo sobre el estanque hacia el que se dirigían. Cuando llegaron allí el agua era un gran espejo carente de luz en el que se reflejaban algunas estrellas tardías. Él dejó su saco junto al borde y se puso a desmalezar la boca de la acequia que llevaba el agua hasta su chacra; ella se sentó en la orilla, gorjeando como un colibrí en cortejo, agitando la superficie acristalada del estanque con una rama. Las ranas que croaban en la oscuridad se arrojaban desde las matas hacia el agua chapoteando alegremente.
Desde lo alto del cerro donde se emplazaba el pueblo llegaba el canturreo de los gallineros y el rebuzno triste de los burros hambrientos. Ella pensó que ya algunas mujeres estarían avivando las brasas de las hornillas y poniendo algunas mazorcas a calentar sobre ellas. Tenía hambre, rebuscó en su bolsa y sacó unas hogazas de pan y un trozo de charqui y llamó a Lino para que viniese a compartir el magro desayuno. Él refunfuñó algunas palabras que no pudo entender y continuó con su tarea; una pequeña pila de ortigas y légamo estaba levantándose junto a la boca del canal.
Un borde de luz comenzaba a dibujarse sobre el lomo de los cerros cuando Lino Mamani fue hacia su mujer. Ella se había puesto de pie a la orilla del estanque y bailoteaba canturreando un bolero, recuerdo de sus días en el comedor del chino. Se movía grácilmente, como una hoja en el viento, cuando él levantó la pala sobre su cabeza y la dejó caer violentamente, mientras se tragaba un grito de dolor que le llenaba el pecho.
Dione se tumbó ligeramente antes de caer; voloteó hacia el estanque con frufrú de percalas y destellos de rizos despeinados caracoleando en la sombra. Cayó sobre el estanque produciendo un ligero chapoteo; el contacto helado del agua la reanimó y abrió la boca para gritar, dejando sin querer que el torrente negro se le colase garganta adentro.
Aleteó débilmente tratando de salir a flote y pudo ver los primeros rayos de luz que pintaban de blanco las matas de nevada. Algunos colibríes despertaban ya zumbando entre los juncos. Cuando tosió tratando de vaciar el líquido de sus pulmones se escuchó como un gorjeo de pájaros planeando sobre las aguas del estanque. Lino escuchaba claramente como el agua empezaba a bajar ahora por la estrecha acequia en dirección a la siembra, arrastrando las últimas hojas que cortase con la azada.
A Dione el agua la devoraba; se le entumecían las piernas y le pesaban los brazos. Un último aleteo en la superficie del estanque le permitió ver las corolas de las malvas asediadas por los colibríes y la figura de Lino recortada contra el amanecer con la pala en la mano.
Mi suegro llevaba cinco años condenado a su silla de ruedas cuando el Polo Merello anunció visita. Durante esos cinco años, yo había escuchado a diario la elegía sobre las virtudes innatas de Polo Merello: galán de galanes, empleado eximio del Banco Interamericano, en el cual había comenzado como junior hasta llegar a ser agente de la sucursal de Nuñoa para jubilar posteriormente en gloria y majestad. En su soltería, el Polo Merello había sido, indudablemente, el soltero más apetecido del grupo, ya casado, se había convertido en fiel y leal esposo de la bella señora Rita, a quien sus años no habían podido restarle el encanto propio de la juventud. Padre de excepción, Polo había educado un ingeniero, un médico y una gentil encargada de créditos del Banco Interamericano, sucursal Merced.
Las venturas de Polo Merello y familia me las endilgaba mi suegro cada día domingo, cuando nos veíamos obligados a compartir la mesa y el puchero. Los restantes días de la semana yo me afanaba en una bomba bencinera para cubrir las ciento diez lucas de la universidad, por culpa de las cuales me mantenía estudiando hasta pasadas las doce de la noche, cosas que tiene que hacer uno cuando se le ocurre casarse mientras estudia.
Mi suegro era hombre de ideas fijas y la más fija de todas era convencerme de mi gran fortuna por tener un suegro como él, que me recibía generosamente en su casa a pesar de su evidente disgusto por el prematuro arribo de su primer nieto.
Así, el día fijado para la visita de Polo Merello se convirtió en el acontecimiento del mes. Ingeniero, saboreaba mi suegro, médico. Yo sorbía la sopa casi sin respirar tratando de esquivar lo que inexorablemente llegaría: la acerba crítica de aquellos mediocres que no son capaces de quedar en una carrera respetable.
Una quincena completa le tomó a mi suegra decidir el menú. Siendo su especialidad las pastas, habría sido de esperar un buen plato de gnocchi, pero como Polo Merello había compartido con ellos la navidad del año ochenta y dos y dadas sus floridas alabanzas al pavo despachado en dicha ocasión, mi suegro argumentó la insoslayable necesidad de decorar la mesa con un plumífero guarnecido de frutas glaseadas. Y la voz de mi suegro era ley en esa casa.
Una semana antes de la gran ocasión, mi suegro me concedió el gran honor de conducir su adorado Peugeot 85; único de su especie en ser fabricado con las características de un transbordador espacial y al que mi suegro guardaba en el garaje cuidadosamente arropado con frazadas raídas y chalecos viejos para evitarle el riesgo de un enfriamiento mortal. Sería ésa la primera vez que mi suegro condescendería a prestarme el volante de su adorado carricoche; el día que su amada hija y mi esposa partió para el hospital en busca de su nieta no nos quedó más remedio que salir a tomar micro.
Como toda proposición que se respete, el préstamo del Peugeot prototipo tenía incluido una pequeña condición: la de llevar a mi suegro al supermercado para escoger los vinos apropiados para el condumio.
Cambié mi horario en el servicentro para que mi querido suegro no tomase los hielos de la tarde, tan nocivos para su salud. Después de ayudarle a subir, guardé respetuosamente la silla de ruedas en el maletero y subí corriendo en busca del chalón con que se cubre las rodillas; logramos despegar a las once con treinta y el Peugeot se deslizó lánguidamente hacia la calle entre toda clase de avisos, amenazas y admoniciones:
- ¡Cuidado, qué viene un auto!
- Házle el quite a las micros, que esos son todos unos locos.
- Ni se te ocurra rasparle los cromados o…
- No pases de treinta, que es peligroso.
- ¡Frena, frena, que hay un semáforo!
Haciendo caso a la voz de la experiencia, me detuve en la luz verde a esperar que llegara la roja y cuando recuperé mi derecho a vía retomé mi andar escoltado por los insistentes bocinazos de quiénes me seguían. Mi suegro llevaba la ventanilla abierta de par en par, pero el viento que me congelaba parecía no hacerle mella; se asomaba todo lo posible fuera de ella y hacía señas a los demás conductores para que me hicieran paso hacia la pista de la movilización colectiva, para él, la más cómoda y segura a seguir.
Nos estacionamos en el supermercado, en el sitio menos apropiado, después de circular un cuarto de hora tratando de dar con un cupo para inválidos. Todos estaban ocupados por ciudadanos sin limitaciones. Empujé su silla de ruedas por el pasillo pretendiendo que los ácidos comentarios de mi pasajero no iban dirigidos hacia mi persona y en pocos minutos estábamos en el reino que la invalidez le había prohibido al pobre caballero por largos años.
A veces casi podía comprender al viejo; cinco años sin salir de casa y de pronto se le presenta la oportunidad de visitar el centro mismo de la babilonia consumista. No hubo anaquel que se le resistiera: pilas, linternas, medidor de presión para los neumáticos del prototipo, protector de cuero sintético para el volante, codornices en escabeche, calamares en su tinta, caviar de Noruega, jamón serrano de cerdo alimentado con bellotas. Podía ver a mi suegra sudando frío de sólo pensar en la cuenta que la esperaba.
Cuando alcanzamos el pasillo de vinos y licores mi estimado padre político había echádose al bolsillo todas las aprensiones respecto al dispendio de la vida moderna con que suele predicarme cada vez que me pilla descuidado. Escogió con esmero una botella de whisky de quince años para su deleite personal y otra corriente para atender a su amigo del alma; desechó las modernidades etílicas y agregó un par de botellas de sauvignon blanc y media docena de buen cabernet. De acuerdo a la filosofía de mi suegro, sólo el vino tinto es fecundo, el blanco es alterado químicamente.
Tuvo incluso un gesto de hidalguía y se devolvió a último momento para incorporar en el carro un paquete de cervezas para mi inculta garganta de estudiante.
La mañana esperada llegó al fin. A las ocho con treinta del domingo la música de la aspiradora nos hizo saltar en la cama; la pobre Maca se largó a llorar de inmediato y no había como cerrarle la boca, ni el chupete quería. Finalmente, mi señora apareció con la mamadera metida en un cazo con agua helada, para que la leche se enfriara pronto, y la paseó de un lado a otro luchando para que bajara el volumen de su desesperación.
Aún desde el baño yo podía escucharla chillar con la misma potencia que su madre, para colmo de males, la María estaba dále que dále con la aspiradora y mi suegro desayunaba en el comedor con la Banda del Ejército asesinando a todo pulmón los viejos estandartes, un genuino pandemonio.
Qué casa de locos; finalmente la Maca dio la última chupada al biberón, ensució los pañales recién puestos y amenazó con un nuevo lloriqueo; la pobre Polli -mi señora- la alivió de sus molestias y la puso delicadamente en su cuna mientras yo me vestía lo más silenciosamente posible. No había manera de hacerse el desentendido; ya eran casi las nueve, la Polli partió a ayudar en la cocina y yo fui conminado a poner el jardín en condiciones aceptables antes de mediodía. Armado de podadora y rastrillo me enfrenté a él como un galeote a su cadena.
- El día que tenga mi casa, – prometí – ni el mismo Cristo me sacará de la cama antes de mediodía.-
La odiosa mañana previa a la aparición del Polo Merello transcurrió en medio de la meteórica realización del sinnúmero de innobles tareas que una visita importante plantea como cruciales: desempolvar muros y amoblado, restituir el brillo de cristales y cuadros, recoger la extraordinaria colección de souvenirs que el pastor alemán distribuye por donde se le antoja, preparar un platillo tras otro, poner la mesa con lujo de detalles, exponerla a la consideración de mi suegra, volverla a poner, arrancar cuando baje el bizcochuelo y la pobre señora tenga ataque de furia, preparar la mayonesa, desesperarse cuando se corta, botar todo a la basura ante las escandalizada desaprobación de la cocinera, volverla a preparar, aparición de la suegra a poner el grito en el cielo porque no se le ha ocurrido a la Polli que la mayonesa en cuestión siempre tiene arreglo, y de esta manera toda la larga mañana.
Considerando la prisa suicida que se nos forzó a mantener, no tiene nada de raro que todo estuviese listo antes de mediodía y el pavo comenzase un lato período de resecamiento con serias intenciones de aparentar correosidad total a la una con treinta.
A mediodía desapareció mi suegra a preparar su toilette, no había pasado un segundo cuando llegó mi suegro de punta en blanco al comedor, exigiendo un paño limpio con el cual desempolvó cuidadosamente copas, vasos y servicios por tercera vez; aprovechó, con cada uno de sus movimientos, de despeinar los búcaros de fresias y jazmines. Ya satisfecho, se trasladó al bar y fue sacando una a una las botellas para efectuar la misma operación.
Fue ese el momento en que desatiné lo suficiente como para terminar con el jardín y partir a darme una ducha, en lo posible en compañía de mi mujer, profitando del absoluto desorden que imperaba en la casa.
Bastó que asomase mi nariz en la sala para que el caballero exigiese mi ayuda; sudado hasta decir basta y ataviado con mis peores galas me arrodillé a su lado para ir pasándole una a una las botellas, esperar que las limpiase y volverlas a guardar en el estricto orden diseñado por el barman en persona.
Y en eso estábamos todavía cuando el timbre anunció la llegada de Polo Merello y Señora; todavía no terminaba de sonar cuando la María, cuya gran virtud es adquirir repentina sordera cada vez que repica dicho aparato, ya lo había hecho pasar exponiéndome a los visitantes en mi tenida de jardinero aficionado.
En rápido vistazo sorprendí la mirada de disgusto de la señora Rita, creo que su molestia no hubiera sido tanta de haberme encontrado desnudo, pero así, sucio y cubierto de sudor, encarnaba todos los horrores que mis suegros les habrían trasmitido respecto al bueno para nada que se había casado con la pobre Paulinita. Y qué decir del Polo Merello, qué disfrutaba a concho la oportunidad de restregarle a mi suegro su superioridad como padre y suegro a la vez, por lo que atacó de inmediato con el reciente ascenso de su yerno gerente.
Mi suegra bajó la escalera deslumbrante en su vestido azul pavo real y me dio una gélida mirada antes de ordenarme que me adecentara, qué me habían dicho a mí, volé a la ducha no sin antes casi estrellarme con la Polli, que también lucía galas que no le había visto desde aquellos tiempos en que trataba de atraparme. Deploro confesar que mis intentos por llevármela conmigo para aprovechar la ocasión resultaron infructuosos.
La jornada se deslizaba sin altibajos. Mi suegro y el Polo se dedicaron a darle el bajo a la botella de whisky y las señoras sorbían delicadamente sus copitas de amaretto; pronto fue obvio que la botella no alcanzaría para el aperitivo, de manera que mi estimado padre político se vio forzado, entre bombos y rimbombos, a solicitar que le pasara el scotch de quince años. Sorprendí un atisbo de preocupación en los ojos de mi suegra; la señora Rita, por otra parte, tosió delicadamente antes de recordarle a su marido.
- Acuérdese, Leopoldo, que el médico se lo prohibió.
Al parecer, el incomparable Polo tenía pocas ganas de satisfacer los requerimientos de su médico. Colaboraba con entusiasmo a la desaparición del Ballantine´s adolescente, por lo que, motivada por la evidente desesperación de mi suegro, a mi querida madre política no le quedó más remedio que llamar a la mesa. Una gran fuente rebosante de camarones del Limarí apareció en medio de la aprobación general y desapareció con similar premura después de ser regada con una botella de sauvignon blanc que le permitió a mi suegro lograr la silenciosa partida del whisky.
Al Polo le costaba ahora acertarle a su copa y la señora Rita, con gran sagacidad, quitaba de su alcance botellas, vasos y copas ajenas para que no las voltease sobre el mantel bordado de rosas que mi suegra reservaba para las visitas ilustres. Adormecidos sus escrúpulos a costa de tinto y blanco nos brindó sus mejores chistes y el relato de sus conquistas amorosas salpicado de detalles que no puedo repetir. Sus carcajadas estruendosas hacían temblar las paredes del comedor y dejaban tras sí el tintineo de las copas inglesas en la vitrina. Algo incómodo por la situación, mi suegro trató de arrastrarle hacia otros temas, pero el Polo, qué va, arremetía con su vida de soltero o adjudicaba sus éxitos a un viejo amigo del alma que había ya pasado a mejor vida por culpa de una arritmia cardíaca.
En medio del zafarrancho hizo su aparición la fámula, trayendo en una gran bandeja los siete kilos de pavo dorado guarnecidos de fruta glaseada, almendras, nueces y pasas previamente remojadas en cognac. Los dueños de casa no cabían en sí de orgullo y hasta el suscrito se permitió una sonrisa al entrever los placeres de la gula que nos estaban destinados. No por nada había perdido mi pobre suegra la mitad del día anterior inyectándole licores tibios a la blanca carne del plumífero para que el sabor estuviese a la altura de quiénes hincarían el diente en ella.
- ¡Ay, comadre, no me diga que no hizo gnocchis!
Las palabras del invitado de honor cayeron como una bomba en la algarabía del comedor, las mejillas de mi pobre suegra se pintaron de rojo y la sombra de la desilusión le nubló la mirada. No, claro, el gnocchi es una comida de diario, ella había elegido algo especial, apropiado para este reencuentro tan largamente dilatado y, como bien recordaba ella, a su querido Polo le encantaba el pavo relleno de fruta.
-Muy cierto, Luchita, no se lo voy a negar, pero es que he comido tanto pavo que ya no quiero ni verlo pintado.- Se disculpó el susodicho sin grandes dotes de diplomacia.
La señora Rita terció en la conversa argumentando que comprendía muy bien los apuros de su amiga, pero ella estaba segura de convencerla de que Polo era inocente de cualquier cargo de ingratitud; la culpa la tenía un pérfido matasanos que, por considerar en demasía la presión arterial de su esposo, le había condenado a perpetuidad a una dieta de pollo, pescado y pavo hervido y bien sabían mis suegros que Polo, su Polo, jamás iba a caer tan bajo como para comer pescado, así que los rigores dietéticos lo tenían prácticamente muriéndose de hambre.
A mí, los sufrimientos del amigo del alma me tenían sin cuidado; ataqué la pechuga con entusiasmo puesto que pocas veces suele verse tal derroche y munificencia en la mesa de mis suegros, atados como están ambos por estrictas dietas pergeñadas por otros sádicos de igual profesión y calibre que aquellos que se ensañan con la familia Merello. Reclamada urgentemente con la campanilla de mi suegra, la criada vino y se fue como un rayo a prepararle al mañoso visitante un beafsteak que satisficiera su apetito y proporcionara a su cabeza algo del aguante demandado por el whisky, el sauvignon y el cabernet.
Así, en tanto los demás comensales dábamosle el bajo al avechucho, el Polo Merello, modelo y ejemplo de multitudes, empapaba filetes con sucesivas copas de vino tinto, pinchando de vez en cuando algunos granos de arroz graneado para completar el menú; pronto vi la cuarta botella pasando a mejor vida a parejas con el segundo plato.
La etiqueta y el Manual de Carreño, lamentablemente, seguían el mismo camino; congestionado y sudoroso el que fuera respetable agente del Banco Interamericano, sucursal Ñuñoa, se repantigaba en el asiento sacando amenazadora panza fuera de los límites de su chaqueta. Asediado por la temperatura y la setentena Leopoldo Merello se vio forzado a relajar el nudo de su corbata, que quedó colgando algo torcida a la altura del segundo botón de la camisa albiceleste, que ostentaba indiscreta mancha de salsa del tamaño de una moneda de cien pesos.
-Lo que es yo, del arroz, apenas lo suficiente.- Argumentaba Polo Merello entre trago y trago.- Mire que yo desde chiquitito que le tengo un asco terrible al ajo cocido y no hay vieja que no le ponga un par de dientes adentro con la aviesa intención de pillarlo a uno descuidado.
Y a mi pobre suegra, líder reconocida de esas peligrosas hordas seniles, se le subían otra vez los colores a las mejillas, yo la veía cerrar la boca hasta convertirla en un hilo escarlata e hincharse levemente como si estuviera a punto de estallar. Seguramente la señora Rita la veía tan bien como yo, de modo que terciaba conciliadora:
- Es que es tan bromista, mi Leopoldo, como si no supiera que todo el mundo saca los ajos antes de servir los platos. Yo lo entiendo, eso sí, cuando era chiquitito mi suegro, que en paz descanse, era un hombre muy exigente y lo obligaba a comerse los ajos.
- Con la terrible consecuencia de que ahora no los puedo ni oler porque me da asco al tiro, - detalló el invitado de honor- usted no me va a creer, Luchita, pero hasta en los mejores restaurantes he devuelto platos porque sentí el olor del ajo, a mí no me engañan. Usted, por ejemplo, lo echó frito, ¿cierto? Por eso que lo puedo comer, cuando está así perfuma lo justo y en el peor de los casos uno lo puede sacar, porque el color se destaca.
Su apabullante presencia y sus gratos temas de conversación lo habían erigido ya como el gran monologador de la jornada; extrañamente silencioso, mi padre político se ocupaba mas bien de quitar de su alcance la quinta botella de cabernet, lanzando de vez en cuando un resplandor de dientes con apariencia de sonrisa hacia el indiscreto orador.
Polo Merello, como si nada, relataba hora con lujo de detalles las peripecias sufridas en casa de su consuegro, respetable caballero en cuyo acogedor hogar, lamentablemente, no se respetaban para nada las reglas de la sana convivencia en lo que al ajo se refería. Poco dejaba a la imaginación, tanto así que podíamos verlo claramente llevando hacia su paladar impoluto el traidor bulbo camuflado entre inocentes granos de arroz primavera. Él, consciente de nuestra atención cautiva, remató con la misma soberbia que el diestro se lanza sobre el toro:
- Y, señores, - relató con la voz quebrada – vomité en la mesa… y mi consuegra me echó de la casa con toda razón. – Hipó con un brillo de lágrimas en los ojos.- No me han vuelto a dirigir la palabra desde tan triste ocasión. Claro que mi yerno tiene mucha culpa de eso, nunca me quiso, yo no lo quería reconocer, pero la Rita me lo había pronosticado: éste nos va a robar a la niña, Leopoldo.
Lloraba a moco tendido secándose la cara con la servilleta manchada de vino y grasa; un silencio de mausoleo cubría ahora la mesa antes festiva. Casi atragantado con un trozo de pavo, mi suegro tosió quebrando el incómodo momento y la señora Rita, compungida, se levantó de su sitio para ir a abrazar a su cónyuge y consolarlo como a un niño.
-Es que mi pobre Leopoldo no se ha querido conformar, ¡ si por lo menos la niña no se hubiera enojado tanto! Yo la comprendo, cómo no voy a entenderla, es que pasó una vergüenza terrible y con lo estirada que es la familia de Rodrigo, imagínese, Luisa….pero se trata de su padre, y si la señora no le hubiera puesto ajo en el arroz nada habría pasado. Por supuesto que ese tipo se aprovechó de la situación, no ve que desde el principio la fue alejando de nosotros, no iban nunca a vernos y si de milagro aparecían era por cinco minutos. Siempre con mala cara, yo lo noté desde un principio.
Los viejos lloraban ahora a dúo, mi suegra, conmovida, se levantó de la mesa y partió por unos pañuelos, la Polli se había abrazado de la señora Rita y le acariciaba la cabeza con un nudo en la garganta, mi suegro, todavía en silencio, se estiró en la silla de ruedas para palmearle a su viejo amigo la espalda y escanciarle una nueva copa de tinto.
Yo, que no sabía qué hacer, agarré la campanilla de mi suegra y la batí estruendosamente. La María, que por supuesto escuchaba todo pegada a la puerta, apareció al instante haciendo como que se secaba las manos en el delantal.
- María, – dije- llévese por favor los platos y traiga la torta y el café.
Cuando los Merello se marcharon entre besos y abrazos nos quedamos exhaustos, aplanados por la agotadora jornada. Mi suegra partió a su siesta sin una palabra y la Polli a cambiar a la Maca y darle la mamadera. La María tenía su propio escándalo fregando platos y cacerolas en la cocina. Yo me instalé con el diario y ni siquiera me había fijado en mi suegro, que iba y venía en su silla de ruedas, hasta que llegó a mi lado y me dijo, alargándome un vaso:
- Tenga, Enrique, compartamos un whiskicito.
El poeta laureado advierte que su voz suena hoy ligeramente aguda. –Es la edad -se dice mientras recoge el auricular.
Desde algún punto del espacio, la voz gangosa de una muchacha -¿será muchacha todavía, por qué se lo parece?- le informa que las Noticias Matutinas no se han olvidado de él, que requieren con urgencia su opinión sobre un asunto.
El asunto. El premio, seguramente. No hay otra manera de que se acuerden de mí, piensa. Quizás para recordarme que no debiera quedarme con el sombrero puesto en ciertas ocasiones, que el protocolo, que la realeza, que la imagen global, que eso no le hace bien al país. Yo les recordaré, por qué no, que se me enfría la calva; que he usado ese sombrero por más de cuarenta años, que es más parte de mí que tantas cosas y personas que se me fueron quedando en el camino; más parte de mí que las palabras con que construí los versos que ahora andan paseando por allí en páginas amarillentas, que casi no parecen mías. Hasta las he olvidado, algunas. No falta quién me recita a veces versos que yo estoy a punto de adjudicar a algún colega cuando caigo en cuenta de que me pertenecen.
No tiene tiempo para reaccionar, la melopea nasal de la muchacha continúa imperturbable. Orompello, le parece escuchar.
-Hace casi setenta años que no vivo en Orompello- se sorprende. Una vez pasó por el barrio en los cincuentas, para dar gracias al dios de los ateos que lo sacó de allí. Volví, recuerda, a los peñascos sucios de Orompello en castigo (así mismo parece que lo escribió un día, hace tanto) después de haber dado la vuelta al mundo. Sin poder olvidar esos años en que éramos pobres como las ratas.
-¿Qué tiene que ver Orompello conmigo?
Un asalto, le informa ella, algún despistado que se fue a pasear al barrio con más billete del necesario en sus bolsillos.
Es increíble la cantidad de huevones que circulan por el mundo todavía, se asombra el poeta laureado. Algunos que buscan putas y otros que buscan heridas donde meter sus escalpelos, como esta muchacha, porque ahora está seguro, se trata de una muchacha; nadie podría ser tan estúpido como un joven de aquellos que creen que la juventud dura para siempre; de aquellos que piensan que vivir en Orompello o en El Golf es algo que viene con la sangre, por castigo o derecho divino, por superioridad natural o a la inversa.
-¿Curiosear por ahí? No, era un mosco chico- aclara, consciente de que no le escuchan. Estuve interno seis años porque para poder comer mi madre nos sembró en distintos internados.
¿Sabrá ella lo que eso significa? Sabrá de las manos gastadas de su madre, siempre con las mangas arremangadas hasta el codo, inclinada sobre la artesa llena de ropa ajena. ¿Para qué decírselo, a quién podría interesarle ahora que todos tienen una lavadora made in Korea que casi no usan?
Decide tomárselo a la chacota, casi le parece estar viendo la cara satisfecha de la periodista:
- “Me conseguí una entrevista con el poeta laureado, se lo pregunté todo, lo de su infancia, lo de los prostíbulos, una nota increíble”.
Recapitula. Por el momento, la gangosa lo pone al tanto de las variadas quejas de los vecinos, seguramente los presume íntimos, unidos por los robos, la prostitución, los travestis.
-Mucho maricón -replica el poeta, casi seguro de que se los echará encima apenas aparezcan sus palabras impresas. Homofóbico, ya le parece estar viendo los comentarios, pero eso, más que detenerlo, lo aleona.
-Claro que hay mucho maricón, demasiado, incluso entre los heterosexuales. El mundo de hoy parece hecho para los maricones – se explaya; se detiene a tiempo para no enterarla de que no hay nadie en este país que no quiera tomarse la oportunidad de hacerle a otro una mariconada. De cagarlo. Mariconería mental, eso padecen. Al poeta bástale con recordar a sus colegas, que apenas hace un mes cuestionábanle a los españoles el derecho a adjudicarle un premio en desmedro de otros poetas nacionales, tanto o más laureados que él.
Se controla apenas, casi se le escapan las palabras con esta oleada confusa que la periodista moquillenta ha desatado en su mente.
Ahora ella le pone al tanto de las desventuras del joven asaltado, que ha dejado en manos de una señorita el dinero recibido de una herencia.
-Muy señoritas, ciertamente- burlón.
Señoritas. Se pregunta qué rumbos siguen las palabras para cambiar tanto su significado. No sabe si valdrá la pena enterarla de que su casa quedaba al otro extremo de la ciudad, cerca del centro, de que pobres serían, pero no carne de prostíbulo. De que su madre le hubiera borrado el trasero a correazos al primer intento suyo de asomarse por por la calle de las putas.
-Por pelotas- lapidario-, por eso lo asaltaron. Pero eso mismo sucede también en otras ciudades. Chile está lleno de puteríos y travestistas, y el mundo está lleno también.
Con eso, la mata; las palabras que la indignación ha puesto en su boca son para ella miel sobre hojuelas. ¡Los lectores de las Noticias Matutinas estarán de pláceme, qué mejor que un poeta salido de madre, garabatero, deslenguado, actual!
De pronto, se siente mercenario. Siente que pegada al auricular arde su oreja derecha, que se le acaloran las mejillas, que odia el teléfono, que odia la prensa, que mañana mismo se estará odiando también por no haber podido controlarse, por haber dicho tanta lesera de un solo paraguazo. Se atora pensando quién sabe qué cosas le irán a inventar cuando lo editen. Ya le parece estar viendo a Pereira riéndose de él, a Zamora pelándolo, a Ameche poniéndolo mal con el Ministro de Educación, a todos ellos en sus reuniones mensuales de Enemigos Anónimos S.A. comentando que Morales está gagá, que se le fueron los humos a la cabeza, que eso les pasa por abrirles las puertas de la lírica a un don nadie, a un muerto de hambre, si él mismo lo reconoce, un igualado.
Se ahoga, se aclara la garganta cubriendo el aparato con la palma izquierda. Ella espera en silencio. Después, se despide, tan agradecida, claro, la edición de mañana, ella se encarga de que le envíen el ejemplar.
-Hasta luego, señorita, gracias, miente con aplomo. Sí, claro, mandémelo no más…por supuesto, regreso pronto a París, me encontró por casualidad. ¿Ah sí, quién se lo dio? – sondea zalamero.
¡Quién lo diría! ¡El muy huevón, a quién se le ocurre! ¡Mañana mismo cambia el número para que aprenda a no darle su teléfono al primer imbécil que se lo pida!
Bermúdez asegura que ya no queda en la capital nada que valga la pena rescatar. Él no le cree. Quizás porque no quiere creerle, quizás porque Bermúdez no le parece de fiar, vaya uno a saber. Le cuesta pensar que todo se fue, que nunca más se decorará el bigote con la mayonesa de un lomito de la Fuente Alemana ni pateará las hojas secas en el Forestal. Nunca más, como el cuervo agorero. Ni hablar de la Carrascal-Villa Olímpica o de la Pila-Recoleta que le llevaba colgando hasta las puertas del liceo.
Últimamente, ha pensado mucho en ello, meditando, incluso, la posibilidad de que todo lo que se dice fuera cierto. No se trata de creer en Bermúdez de buenas a primeras, después de todo, ¿quién es él, de dónde salió? Nadie, Bermúdez es nadie, igual que él mismo, igual que el administrador del Parque, que la cocinera y todos esos idiotas que viven aguardando la llegada del míster.
En todo caso, le gustaría ver la capital con sus propios ojos. Asegurarse de que la gran columna de humo negro que, según Bermúdez, asoma con cada amanecer a la altura de Chillán, proviene de los restos de Caletones. Eso es lo que cualquiera quisiera creer, tiene que ser Caletones. ¿Cualquiera? No, cualquiera excepto el nortino. Bermúdez se atusará el bigote, se rascará una vez más el mentón y sentenciará bajito:
-Hace nueve meses que se quema Santiago.
Bermúdez le ha recomendado que evite la Angostura de Paine. Imposible pasar sin embarcación, le dijo, el agua es demasiado profunda. Sáa…, respondió él, incrédulo, la última vez que pasé por allí el río no alcanzaba ni para mojarse los pies.
Bermúdez insistió tanto que él fingió creerle y se tragó todo su discursito de la ruta apropiada. Igual, no entendió mucho, pero quizás sería mejor hacerle caso y regresar por los cerros, para evitar problemas.
Da por hecho que el trayecto será difícil, incluso siguiendo los restos de la línea férrea, porque la Carretera Panamericana está intransitable. No se vé un alma y los hierbajos brotan en cada grieta del cemento. Él entiende que siempre es mejor viajar oculto que averiguar, cuando ya es demasiado tarde, que no se debió conocer a fulano, especialmente ahora que la comida está tan escasa. Según Bermúdez, en el norte impera el canibalismo, pero quién podría creerle tanta estupidez; de partida, es casi imposible que haya venido caminando desde allá a dar testimonio, son casi tres mil kilómetros, y si lo hizo, entonces la cosa no es tan dura allá fuera.
Nunca tuvo la intención de pertenecer al reino de los arrepentidos, pero de todas maneras preferiría no haber estado de viaje justo en ese momento; si por lo menos los acontecimientos lo hubieran alcanzado en Viña, pero…Pumalín… ¡tanto que preparó ese viaje para nada!
Quizás el fin de todo lo conocido debió ser el único momento oportuno para estar en casa, incluso, para que uno aguardara por él allí. Hay que ver lo que pasó en Pumalín, por ejemplo, ni siquiera el gringo estaba allí en el momento preciso y ese mutis sin aviso previo ha dejado a sus empleados huérfanos, alelados. El gringo hizo lo correcto, por supuesto, al coger el último avión que despegó de la losa de Pudahuel. Él sí estuvo en su casa en el momento indicado. A ellos, en cambio, los acontecimientos se les vinieron encima como sobrantes de una bodega de utilería, como mal guión de teleserie. Bastó el fin de las trasmisiones televisivas, fue más que suficiente con la muerte del teléfono; al día siguiente, nadie sabía qué hacer y en la mejor de las tradiciones nacionales, optaron por no hacer nada.
Nada exactamente, no. Todavía se recogen los huevos en el gallinero, se ordeñan las vacas y se alimentan los corderos; tempranito hierven las cazuelas del almuerzo, pero el trabajo de frentón, ése murió el mismo día que supusieron que el gringo no regresaría más del Agujero Negro de Nueva York. Hay que decirlo: ésa no era la mejor imagen para terminar con la trasmisión televisiva; a la CNN podía habérsele ocurrido. ¿Qué perseguían con esa exhibición del horror? Bastó que el mundo la viera en la pantalla para que todos quedaran con otro agujero así de oscuro en la boca del estómago. Él mismo trató de comunicarse inmediatamente con Santiago ipso facto. El campanilleo del teléfono cateteó por largos siete segundos sin que su padre, como era de esperar, se dignase contestarlo, y después le llegó la peor de las respuestas. Tut, tut, tut, tut. Ocupado. Por dos días completos el maldito teléfono sonó ocupado, hasta que se murió del todo.
Bermúdez apareció seis meses después; según sus propias palabras, procedente del norte. Había esquivado Santiago, aseguró, ya ni valía la pena. Bermúdez contó que el resplandor de los incendios podía verse desde Til Til y la gente se movía en masa hacia cualquier lado. La ruta jalonada de cuerpos descompuestos y ancianos que esperaban la muerte con los pies destrozados. De vez en cuando, un niño. De los más fuertes, claro, porque los otros no habían durado mucho. Bermúdez se solazaba en estas descripciones y los inquilinos bebían sus palabras. La mayor parte de los fugitivos con que se había cruzado el nortino se dirigía al sur; reptando por los cerros estériles, desfalleciendo de sed, matándose por un charco de agua lodosa y los restos de un conejo medio carbonizado. Bermúdez no era muy claro respecto de las razones de su afortunada supervivencia. Al parecer, todo consistía en viajar de noche, por los cerros. Aunque tome más tiempo, decía mientras posaba sus ojos helados en el cuello de Rolando. Y desde allí, parsimoniosamente, los llevaba derechito hasta las caderas de Marisa, la mujer del encargado.
Él no podía comprender la pasividad de Rolando, esa resignada indiferencia con la que se había sentado a aguardar el día que Bermúdez terminara de ubicar el punto preciso del cuello en que le descargaría el primer golpe. Y después, ¿quién seguiría?, ¿Ferreira?, ¿él? Era cosa de verle las pupilas cuando estiraba el cogote a los conejos; a nadie más le proporcionaba esa tarea tanto placer como a Bermúdez.
Cuando él comenzó a hablar de viajar hacia el norte, a Bermúdez pareció agradarle la idea. Uno menos a la mesa, lógico. Seguramente pensó que se tardaba mucho en tomar la decisión, porque el mes siguiente atacó con detalladas instrucciones sobre la ruta a seguir, el equipaje que le sería apropiado y todos esos detalles que a él le agrandaban el hueco del estómago. Sus descripciones eran tan detalladas que casi podía verlo -a Bermúdez- preparándose un asado al palo con algún viandante desprevenido. Especialmente cuando le describía las escenas de las que aseguraba haber sido simple testigo ocular. Vaya imaginación.
Dos meses después, Bermúdez había contagiado a todos con su insistencia. Rolando le miraba feo, Marisa –pa’ que no le falte, on’ Pablo- le metía paquetitos de charqui y harina tostada en la mochila y el resto de los viejos pasaba por encima de él sin siquiera molestarse en darle una mirada. Hasta cuándo se queda este huevón, le parecía estarlos escuchando. El día que Bermúdez le hizo entrega de un mapa, detallado y anotado de su propio puño y letra, él supo que el asunto ya no tenía vuelta atrás.
-Me voy en una semana -dijo a la hora de almuerzo.
Y Rolando, tan buena persona, le ofreció el Pintao.
-Está medio viejo, pero no pue’e irse así, de a pié, patroncito.
Contra todo lo que hubiera esperado, esa mañana Bermúdez no estaba allí para despedirlo. Marisa le sirvió un café de cebada fuerte, con leche, porotos con riendas y un sandwich de churrasco en pan amasado de la semana anterior. Él no tenía mucho hambre, los nervios probablemente, pero se lo comió todo sabiendo que quizás era la última comida caliente de su vida. La carne estaba dura y correosa, lo que no resultaba para nada sorprendente. ¿Cuántos días hacía que habían carneado la última res?
El lento ir y venir del churrasco entre sus muelas acompañó sus pensamientos. ¿Qué le aguardaba más allá de Pumalín? ¿Existiría aún su cómodo departamento de la calle Ebro? Y su padre, ¿se habría encerrado bajo siete llaves para defenderse de las hordas saqueadoras con ayuda del viejo “matagatos” regalo del tío Jaime, capitán (R) del ejército?
Y Bermúdez, que no regresaba. Repasó una vez más el recorrido que éste le recomendara con el mapa estirado sobre la mesa. No se olvide, había dicho el nortino, sobre todo, evite la carretera. No sólo la carretera, pensó, nunca le había gustado del todo la mirada de Bermúdez. En ese mismo momento, mientras se mandaba al cuerpo la segunda taza de café, decidió que tomaría otra ruta, una que su amable consejero no hubiese considerado.
Rolando decidió acompañarlo hasta la tranquera, cinco kilómetros más allá, mientras su mujer le hacía señas desde la puerta. En general, el encargado fue el único que se portó bien; todos los demás se despidieron fríamente. No les gustaban los santiaguinos, hasta el afuerino Bermúdez, nortino de pura cepa, les parecía más aceptable.
Salir del fundo y sentirse mejor fue todo uno. Él aire estaba frío, más liviano, vivo. Además, la vegetación tenía ese olorcito fresco que combinaba tan bien con el aroma profundo de la tierra húmeda. Con el cielo despejado y un poco de suerte llegaría hasta Puerto Montt sin arriesgar una llovizna veraniega. En todo caso, el clima estaba bastante más seco desde las explosiones nucleares.
Contrariando deliberadamente las instrucciones de Bermúdez, tomó las ruta pavimentada y no la dejó hasta alcanzar los límites de la propiedad del gringo. Estaba preocupado, pero se escondió en el bosque y dormitó un par de horas en espera de la oscuridad. Desde ese punto continuaría hacia la costa con todos los sentidos bien despiertos. Por desgracia, no podría forzar al Pintao, que ya tenía suficiente con los altibajos de ir a campo traviesa; las jornadas deberían adecuarse a su condición de pingo viejo.
Al despertar, el sol era un tenue resplandor bermellón sumergido detrás de los árboles. El viento sur arrastraba jirones de nubes con las que armaba lentamente una cúpula compacta sobre su cabeza. Recogió sus bártulos, cortó una tira de charqui y emprendió el camino masticándola con desgano. El Pintao se desplazó lentamente entre los árboles; él podía percibir fácimente su nerviosismo, cosa que lo descolocaba un poco. Los animales presienten, se decía, y luego trataba de borrar ese estúpido temor. Cualquier cosa podía haber pasado, cierto, pero después de todo, esto seguía siendo Chile.
Olió fuego cuando ya amanecía y como era lógico, dio un gran rodeo para evitarlo. Algún viajero, alguien que venía desde la costa a cambiar pescado ahumado por conejos o harina. Generalmente aparecía uno a la semana. Se reprochó una vez más, como todos esos meses transcurridos en Pumalín, por no haber tomado antes la decisión de regresar. Era demasiado rara esta gente, como metida para adentro. Y Bermúdez, con su mirada de soslayo, el peor de todos. Nunca debieron haberlo recibido.
El viento en contra despejó los últimos rezagos acres de la leña húmeda y le devolvió la tranquilidad. La claridad del alba comenzaba a volverse delatora y pronto sería tiempo de detenerse, descansar el caballo, comer un poco. Un par de kilómetros más, decidió, le asegurarían tranquilidad. Puerto Montt estaba esperándole al norte y eso sería otra cosa. Una ciudad. Una ciudad a la que no había tocado el desastre, eso lo presentía.
Desde un lomaje arisco, el mar le saltó a los ojos como relámpago. Casi podía oler la sal, los huiros, la espuma espesa y amarillenta, pródiga en microorganismos. Reconfortado, atacó la hondonada que se abría ante él de buen ánimo, sin hacer caso a los remilgos del Pintao, que bajaba como pisando huevos, piafando nervioso y babeando el freno.
La sombra se dejó caer desde un roble corpulento y atravesó su ojo izquierdo cuando ya era tarde para picar espuelas. Le pegó en la espalda, lo arrojó al suelo y allí tumbado lo apuñaló dos, tres, siete veces en la espalda. El Pintao relinchaba de terror, pateando la tierra y quebrando ramas con los cascos cubiertos de barro. Las ocho puñaladas tuvieron de fondo la música de su galope desesperado.
La leña está verde y ahuma más de la cuenta. El asado, bastante menos carnoso de lo que él hubiera pensado, se dora lentamente encajado en el palo. Huele bien. Cansado y hambriento, Bermúdez afila su cuchillo contra una piedra y luego, cuidando que no se pierda el jugo con la ayuda de un trozo de pan añejo, corta una lonja dorada y grasosa. Masca y traga con avidez; el jugo le corre por la barbilla y tiene que enjugarlo con el puño de la camisa para que no se desborde sobre la chillona parka anaranjada. Ha cargado en el caballo las alforjas llenas de carne salada y el animal piafa nervioso, tirando de la rienda que lo ata a un hualle. Un viento helado y persistente se ha dejado caer desde la costa cubriendo el bosque con una espesa costra de nubes. Tiene que apurarse; hay que avisarle a Rolando que encontró al Pintao suelto por los cerros, que quién sabe qué le habrá pasado al ingeniero, que mañana lo buscan porque esta noche, casi seguro que llueve.
Cuando su madre los dio a luz, Ignacio e Isidro Romero fueron el punto obligado de peregrinación para los vecinos en cincuenta kilómetros a la redonda. Doña Rosa, la partera, se encargó de esparcir la noticia por todas partes:
-Tuvo mellizos la Pascuala.
Nadie había tenido mellizos en el valle hasta ese día que los Romero entraron al mundo llorando a todo pulmón. ¡Dos a la vez, y varones! No hubo mujer embarazada que no acudiese para ver a la parturienta con la secreta esperanza de que se le pegase el espíritu santo. Las mujeres aparecían cualquier momento, trayendo gallinas desplumadas “para una cazuela reponedora”, huevitos recién puestos, manzanas tiernas o un ramito de alhelíes para perfumar la habitación. Las viejas formaban un círculo en torno al alto camastro de fierro y paseaban los ojos de Ignacio a Isidro, de Isidro a Ignacio, tratando de definir aquellos sutiles detalles que los diferenciaban: el primero era absolutamente calvo, el otro ya traía una suave mata castaña abrigándole la pequeña cabeza; Isidro no paraba de llorar en tanto Ignacio podía estarse horas con los dos ojos opacos de recién nacido fijos en la nada.
- Debe estar enfermo.- Sentenciaba la tía Ifigenia, encargada de cuidar de su hermana parturienta.- Los niños siempre tienen que llorar, o si no, cuándo sabríamos si les pasa algo.
- Debe estar mal alimentado, – arguía doña Rosa- cómo, si no, iba a ser tan pequeño. El otro se comía todo y no lo dejó crecer.
Pequeños eran, ciertamente, pero los mellizos Romero echaron abajo gran parte de la mitología femenil. Llorasen o no, crecían sanos y robustos, con las mismas características de aquellos que habían llegado solos al mundo. A los ocho meses se largaron a gatear por las habitaciones dando más lustre, si ello era posible, al piso de madera que Ifigenia pulía con esmero. En cuanto pudieron tenerse en pie ayudaron a su madre acarreando leña seca desde la gran pila que su padre mantenía cerca de la cocina o espantando las gallinas que amenazaban con meterse en la casa persiguiendo los granos de trigo y maíz que Ifigenia guardaba en la despensa. Ignacio, que fuera calvo, tenía ahora la cabeza cubierta con una frágil cabellera castaña que amenazaba con venirse abajo a la primera ocasión. Isidro, que no lo fuera, coronaba su cráneo con una mata negra y rizada a la que su madre trataba vanamente de disciplinar a punta de jugo de limón y gelatina de pepas de membrillo.
Ignacio era de pocas palabras; pasaba largas horas contemplando el ir y venir de los chincoles y los zorzales o siguiendo con fascinación las evoluciones de las libélulas sobre la superficie de la acequia. El día que aprendió a leer se olvidó del mundo que rodeaba su casa y se dedicó a soñar con tierras lejanas bien acomodado en su rincón. A Isidro no le preocupaba el retraimiento de su hermano, él era un niño activo que siempre tenía muchas cosas que hacer. El padre decía que Isidro podía ser el más aventurero, pero que sin duda era Ignacio el más valiente: pasara lo que pasase, jamás se le escuchaba llorar.
Tenían ocho años cuando su madre logró quedar preñada por segunda vez. En buena hora, decían las viejas, mellizos habrá tenido, pero cualquiera podría pensar que no era capaz de ser madre otra vez. Pascuala e Ifigenia tejieron en lana rosa y pasaron lista a los nombres de su ascendencia femenina; era un secreto a voces que la Pascuala quería una niña esta vez.
El padre no ponía reparos a los deseos de su mujer, que ya tenía dos varones para trabajar la tierra, sentenció, y bien le vendría a su mujer una hija que aliviase en el futuro sus pesadas tareas hogareñas.
A los niños nunca les había molestado no tener hermanos, más bien disfrutaban el hecho de que la madre les perteneciera en esa forma tan absoluta y exclusiva. Aún así, aguantaron a pie firme la noticia; habría que ver primero como resultaban las cosas con ese nuevo habitante en la casa. Algo más expresivo que su hermano, Isidro reclamó a la madre el estricto cumplimiento de sus promesas de amor eterno y tranquilizado por sus tiernas palabras se dedicó a hacer tortas de barro que Ignacio decoró minuciosamente con hojas y capullos antes de poner a secar al sol.
No era el mejor año para traer hijos al mundo; tras un largo y tórrido verano un otoño asfixiante había dado paso a un invierno seco, frío y soleado. La helada quemó las siembras y aniquiló la hortaliza y la falta de agua amenazaba ahora con dañar la cosecha de papas. Ni siquiera la procesión de San Isidro fue capaz de traer el agua por la que estaba clamando la tierra.
La madre comenzó el trabajo de parto poco después de lavar los platos del almuerzo; Ifigenia envió a los niños para que el padre supiese la noticia y éste volvió temprano a la casa y se sentó a esperar el nacimiento de su tercer hijo acompañado de una botella de tinto. De tanto en tanto, la partera asomaba su cara congestionada y sudorosa advirtiéndole que había que tener paciencia: la niña venía de pie.
Ya había dado el bajo a dos botellas cuando se dio cuenta de que la partera llevaba rato sin asomarse a dar su reporte; intuyó repentinamente que las cosas no marchaban todo lo bien que debían. A las tres de la madrugada, cuando ya no había nada que hacer, Ifigenia ayudó a la partera a limpiar el cuerpo aún tibio de Pascuala y vestirla con ropa limpia. Doña Rosa lavó las huellas del drama y se marchó envuelta en su rebozo para protegerse del malsano rocío nocturno. Los niños dormían vestidos sobre la cama que compartían a diario y el padre, viéndoles la piel engranujada por el frío, los cubrió con una manta.
Por la mañana, Isidro se agarró de los flecos de la colcha y sollozó con desconsuelo con la secreta esperanza de que la madre se arrepintiese y despertase para servirle el desayuno. Ignacio se sentó en un rincón y sus ojos enlutados contemplaron en silencio los ritos de la muerte. Las vecinas ya estaban acostumbradas a su inexpresividad, pero de todas maneras miraron con recelo esos ojos secos y opacos, preguntándose si no tendría el chiquillo su mente perturbada, las entendederas cortas o el corazón de piedra. Una fina garúa lloriqueaba silenciosamente sobre la tierra.
Pasado el mediodía la lluvia caía persistente sobre los campos, provocando alegres conversaciones entre los asistentes al velorio. La tía Ifigenia preparó una cazuela y llamó a los niños a la mesa; Ignacio se sentó mirando el plato y no dejó de hacerlo por toda la hora que siguió, hasta que Ifigenia le concedió permiso para retirarse sin comer, rezongando por lo bajo:
- Tan mañoso que crió a este niñito mi hermana.
La lluvia no dio tregua esos seis meses que Ignacio deambuló refugiando su pena en los rincones de la casa; se pudrieron las cosechas y los pollos recién nacidos se ahogaron en el barro. Desbordaron los tranques y las carretas se atascaron en las huellas; comenzaba a escasear la comida el día que Ignacio llegó al comedor sobándose el estómago vacío, y dijo:
- Tengo hambre.
Ifigenia casi se cayó de la silla; aprovechando el remezón partió de carrerita a la cocina y trajo una paila con huevos revueltos y un platón de avena que el niño devoró sin apenas detenerse para respirar. Cuando Ifigenia llegó al fregadero con los platos sucios advirtió que un pálido arco iris comenzaba a dibujarse hacia la cordillera y no fue sorpresa para ella que los niños salieran al poco rato a corretear en el barro. Las nubes se rasgaron y el sol volvió a alumbrar fuertemente, resquebrajando la capa lodosa que revestía los campos.
Un par de meses más tarde, los mellizos cavaban en el jardín para extraer lombrices que luego cortaban en pequeños trozos que se movían desesperadamente sobre las losas del piso. Ifigenia vino a investigar el origen de tanta risa y al ver a Ignacio dándose ínfulas de cirujano tuvo el poco tino de decirle:
- ¡Deja de matar lombrices, Ignacio! ¿No te das cuenta de que les duele?
El niño la miró con ojos dolidos y se puso de pie de un salto para luego irse a esconder detrás del gallinero. La muerte era todavía un recuerdo muy fresco para él e Ifigenia, tan repentina como cruel, había añadido a la nostalgia por la madre una extraña sensación de culpabilidad. ¿Acaso no había deseado él tantas veces, en el más íntimo de los secretos, que ocurriese algo que impidiera la llegada de esa nueva hermana, insidioso peligro que venía a alterar la paz familiar?
Estaba acurrucado en el rincón, con los puños fuertemente apretados contra las sienes y los ojos cerrados, cuando una gota de agua le cayó sobre el zapato sobresaltándolo. Miró hacia arriba a tiempo de ver el cielo, hasta entonces despejado, cubriéndose de gordas nubes grises con singular rapidez. Se quedó allí, empapándose, hasta que Ifigenia vino por él y lo obligó a entrar en la casa.
Llovía a cántaros. Ella lo secó cuidadosamente y lo vistió con ropa seca sin dejar de regañarle por haberse quedado a la intemperie. El agua repicaba sobre las tejas y resbalaba luego sonoramente por las canaletas, bajando atropelladamente por las cuatro esquinas de la casa, gorgoteando al desparramarse entre los canteros de cardenales y claveles. Ignacio buscó un rincón tranquilo y contempló a Isidro que jugaba a las bolitas en medio del comedor. Tenía los ojos nublados de pena, pero ninguna lágrima vino a humedecerlos. Afuera había comenzado a tronar y el cielo se quebraba una y otra vez por los rayos que caían sobre la tierra.
El padre llegó empapado, rabiando por tanta agua que amenazaba con estropear los cultivos más que con ayudarlos. Algunas goteras recién aparecidas habían obligado a repartir por las habitaciones todo tipo de tarros y cacharros vacíos que se iban llenando con rapidez.
Seis meses después, perdidas todas las esperanzas de lograr una cosecha, el padre garantizó con la tierra una hipoteca que le permitiría salir adelante hasta que mejorase el tiempo. No había semana que un nuevo equipo meteorológico no viniese a estudiar las anomalías pluviométricas de la región. Los reportes radiales, que pronosticaban indefectiblemente altas presiones y cielos despejados, se derrumbaban ante la realidad de un eterno nublado y copiosas lluvias en treinta kilómetros a la redonda.
Promediando el verano la lluvia desapareció tan repentina como había llegado, sólo los estanques que rebalsaban y la fruta podrida recordaban su larga visita. Lentamente las cosas se fueron regularizando y los hermanos volvieron a corretear por los potreros en busca de chincoles y lagartijas.
El padre perdió la propiedad el año siguiente y la familia se desperdigó por tierras ajenas. Ifigenia preparó el equipaje de los niños y regresó en compañía de ellos al hogar paterno sentada en el último asiento del Expreso. Amanecía cuando llegaron a la casa y los perros vinieron corriendo a recibirles, ladrando furiosamente para que los dueños de casa se apercibiesen de su arribo. Los niños estaban desayunando cuando se levantó el resto de la familia y la prima Raquel apareció en camisón a tomar el mate con leche. Isidro e Ignacio contemplaron extasiados el bello rostro de la niña, la larga cabellera enmarañada y los ojos verdes donde se reflejaban los álamos temblones.
Todavía mordisqueando la tortilla recalentada al rescoldo salieron a jugar en el huerto. Raquel correteaba entre los canteros enseñándoles su nuevo hogar y los niños se esmeraban trayéndole pequeñas ofrendas que ella aceptaba sin mostrar demasiado entusiasmo. A veces corrían hasta los ciruelos, trepaban como ardillas por los troncos y se colgaban de la primera rama para ayudarla a subir.
- Es que hay muchas hormigas.- Se quejaba la niña.
Ignacio bajaba presuroso a limpiar el tronco con sus manos peladas y ella le estiraba a Isidro sus bracitos para trepar hasta la horqueta más próxima.
- Qué Ignacio no me mire los calzones.- Exigía Raquel a Isidro con seriedad.
Ignacio bajaba la cara avergonzado y miraba por el rabillo del ojo los calzoncitos percudidos de su prima preguntándose por qué sería aquello de tan vital importancia. ¿Acaso la prima Raquel no quería mostrar su ropita tan pobre? La casa del abuelo distaba mucho de aquella que su padre perdiera a causa de las inundaciones, pero no importaba, él prefería quedarse allí, junto a Raquel, en vez de partir al Norte con su padre, a ganarse el sustento en las minas de cobre.
Un año de lluvioso invierno el padre encontró mujer en el norte y tomó la decisión de no volver más. Los temporales provocaron el desborde de los ríos y el agua turbulenta y oscura socavó las bases del puente que unía el valle con la capital. Mientras comían sopaipillas pasadas por almíbar, Raquel dio consuelo al dolor de sus primos asegurándoles que la vida nunca sería la misma si ellos tuvieran que marcharse, además, ella había escuchado a su padre contarle al abuelo que el desierto era tan árido y triste, tan lejano, que mucho mejor era para ellos no irse a vivir con el padre y la madrastra desconocida.
Había días grises en que Ignacio recordaba la casa en que viviera cuando su madre aún estaba con ellos y mientras Isidro jugaba brisca con su prima él se sentaba a mirar bajo la protección del alero los campos sobre los cuales caía la lluvia intermitentemente.
Otras veces, la tía Ifigenia presentía su nostalgia y lo llamaba desde la cocina donde estaba rasgueando la guitarra; le cantaba algunas coplas alegres y le acariciaba la cabeza dulcemente hasta que la pena se iba, tan sutil como había llegado. Afuera, un tibio viento del sur comenzaba a arrear las nubes hacia los contrafuertes cordilleranos y a secar las tejas que todavía lloriqueaban sobre el patio.
El día que cumplieron los diecisiete años, ambos hermanos se hicieron peones del fundo de don Diego Arcaya. Los domingos, después de misa, paseaban con Raquel en la plaza y complacían a su prima comprándole refrescantes helados de canela o manzanas cubiertas de caramelo, que Raquel mordía golosamente, dejando impresas en la superficie azucarada la huella de sus dientes y la sabrosa humedad de sus labios. Ignacio caminaba en silencio, siempre un poco incomodado por la risa fácil e insolente de Raquel, que atraía las miradas hambrientas de los demás muchachos y la envidia de las niñas que paseaban bajo el sol. Bastaba que los celos le nublasen a Ignacio la cara para que un trueno lejano les hiciera buscar en el cielo las nubes amenazadoras, pero Raquel se colgaba del brazo de sus primos y les hacía prometer que ni lluvia ni truenos terminarían con el paseo dominical y el sol volvía a brillar como si el retumbar del trueno se hubiese extraviado más allá de las montañas.
Cuando Diego Arcaya los puso a cargo de la bodega como premio a su buen desempeño Isidro lo contó orgulloso en la mesa del almuerzo y la tía Ifigenia rió mientras decía que ya estaban en condiciones de buscarse esposa y montar casa propia. Ignacio no dijo nada, pero se le apretaron las tripas de sólo pensar que algún día podría marcharse lejos del hogar de su abuelo y de la prima que se había metido tan profundamente en su corazón.
Ahora trabajaban duramente acarreando los pesados sacos de arroz y de harina, las cajas de charqui, los cajones rebosantes de manzanas y peras y las chuicas de tinto y de blanco que llenaban hasta el techo la bodega de Diego Arcaya. Cuando volvían a la casa desfallecían de hambre y cansancio; comían a dos carrillos y en cuanto se paraban de la mesa el sueño los echaba a la cama de la que salían apenas clareaba el nuevo día. Raquel, que pasaba el día esperando su llegada, se quejaba amargamente por haber perdido a sus compañeros a causa de sus nuevas obligaciones. Mucho mejor sería buscarse un trabajo, solía decir, que estar todo el día correteando gallinas y pavos en el patio trasero. Aquí nadie parecía necesitarla, su madre e Ifigenia se bastaban perfectamente para el trabajo de la casa y ella se aburría sin nada que hacer.
Tantas veces repitió la muchacha sus quejas que el abuelo terminó por cansarse de escucharlas y un día domingo habló con don Diego Arcaya después de la misa y cuando estaban metiéndole diente a las empanadas les soltó la novedad.
- .La Raquel empieza el lunes en casa del patrón.
Los primos no cabían en el pellejo de tanta felicidad. ¡Iban a trabajar los tres juntos! ¡No podían haber esperado nada mejor! El viejo temió que los primos no estaban tomando en serio la cosa así que les endilgó una retahíla de consejos sobre cómo mantener en el trabajo la conducta correcta con los patrones y respecto a lo muy humildemente que había que doblar el lomo si querían los nietos conservar tan buenos empleos, sermón que ellos escucharon respetuosamente pensando en cuán aburridos pueden ser los viejos cuando les da por pontificar.
Pero todos estos consejos se le fueron a Ignacio de la mente el primer día que vio los ojos de Diego Arcaya observando los pasos de Raquel. Hubiera querido darle vuelta la cara de una bofetada cada vez que el patrón se relamía mirándole las pantorrillas, aunque más rabia le daba verla a ella tan campante, regalándole a Arcaya sus sonrisas a cambio de las miradas libidinosas que el patrón le clavaba en las caderas o el escote. Algún día se iba a dar cuenta, – pensaba – tan inocente la Raquelita, incapaz de comprender la clase de fulano que era el patrón. A Dios gracias que allí estaban Isidro y él para cuidarla.
Y supo que había tenido razón el día que el patrón sorprendió a Raquel tendiendo la ropa blanca y la acorraló contra las sábanas para acariciarle con mano golosa las redondas ancas. Raquel rió entre incómoda y satisfecha, pero eso no logró aplacar las suspicacias de Isidro, quien le espetó secamente a Diego Arcaya:
- Mi prima no está acostumbrada a esos tratos, patrón.
Diego Arcaya le dio una mirada asesina y le replicó de inmediato:
- Si no te gusta, ahí tenís la puerta, mocoso insolente.
Ignacio se hubiera ido tras su hermano de no haberse quedado Raquel tan tranquila colgando las camisas recién almidonadas. No podía entenderlo, como un torbellino le daba vueltas la cabeza mientras acomodaba los grandes sacos de harina y legumbres al fondo de la bodega. Cómo podía la Raquelita haber hecho como si ahí no pasara nada. ¡Se trataba de Isidro, qué era como su propio hermano! Ni que le gustara ser tratada como una china por ese infeliz de Diego Arcaya, ni que le estuviera coqueteando al sinvergüenza ése, que tenía fama de haber probado toda la carne joven del pueblo. Qué iba a decir ahora su abuelo, con Isidro cesante y sólo él para cuidar la respetabilidad de la nieta regalona. Se mordió el labio inferior hasta que saltó la sangre, saturándole con su dulzona pesadez la garganta y resbalándole hacia el estómago en silencioso llanto.
Llovía tupido cuando terminó su trabajo y tomó el camino de la casa. Toda la semana no paró el aguacero y él recorrió empapado el camino entre la casa de su abuelo y la bodega. Cómo le dolía ver a Isidro tragándose su ira y a sus tíos indiferentes ante lo que podía ocurrirle a su propia hija. Descuidaba su trabajo asomándose a cada rato al patio para sorprender a Raquel en sus tareas domésticas, con la esperanza de hablarle y rogarle que volviese a casa, que olvidase para siempre el mezquino sueldo que le pagaba el patrón, que para eso estaban ellos para proporcionarle lo que necesitaba.
Ese domingo, cuando Raquel salió con descanso, se aburrió de esperarla a la entrada del fundo. Llovía a cántaros. El agua escurría por su manta de castilla empapándole el pantalón y resbalando hacia el interior de sus botas. En medio de la cortina de agua vio salir el coche del patrón que giró hacia su casa con chirrido de ruedas, aventando agua y barro que lo salpicaron de pies a cabeza. A pesar de la lluvia, alcanzó a divisar la cabellera de Raquel en el asiento del acompañante, a su lado, un sonriente Diego Arcaya pisaba con entusiasmo el acelerador.
La mañana que Raquel se casó con Diego Arcaya toda la familia vistió de punta en blanco para sentarse dos filas más atrás de la familia del patrón. Isidro estaba feliz porque había recuperado el trabajo y el abuelo sufría pensando en cómo le iba a hacer empeño a los asados con tan escasos dientes como le estaban quedando. Ignacio ni siquiera asistió, hizo caso omiso de ruegos y protestas, vistió su ropa de diario y partió para la bodega con la cabeza gacha y la mirada perdida. Iba por el camino pateando piedras, abatido el cuello por un sol inclemente que parecía especialmente encargado por Arcaya para dar lustre a tan magna ocasión.
- Suerte de la Raquelita, que después de tanto gastarse los colmillos le diera a don Diego Arcaya por probar carne tierna.- Comentaban los envidiosos de siempre.
Y la familia se esponjaba entera de puro gusto cuando replicaba:
- Por algo habrá sido que el patrón la consideró para mujer legítima. Intachable la Raquelita, harto que la cuidamos todos. Y tan linda que se merece lo mejor.
Pero Ifigenia, que había visto a Ignacio perderse por el camino con la pena pintada en la cara, supo que la buena facha de su muchacho había sido poco para las ambiciones de su prima y que se avecindaban años grises, de grandes temporales y cosechas perdidas y cuando su sobrina salió para la iglesia no pudo evitar decirse:
- Linda la Raquel, muy cierto, afortunada de que el patrón se fijara en ella, también, pero todavía tendrá la piel fresca cuando Diego Arcaya arrastre las botas por el salón y babee sobre el plato de sopa y ojalá no se le llene de agua la boca cuando vea pasar a mi Ignacio camino de la bodega.
Sentado bajo el alero de la bodega, Ignacio escuchó las campanas y supo que pronto estarían de regreso para comenzar los festejos. El tañido metálico llegaba hasta él confundido con el retumbar lejano de los truenos; miró hacia el cielo en busca de alguna nube vagabunda, pero sus ojos se estrellaron con el azul límpido y traslúcido de un día soleado de primavera.
Saliendo de la iglesia detrás de los novios, Ifigenia buscó en el sur algún asomo de gris que explicase los truenos que retumbaban en la distancia y sintió una suave brisa tibia acariciándole el rostro. Raquel subía ahora en el auto de su esposo saludando alegremente con su mano vestida de encaje blanco; Diego Arcaya le dio una mirada hambrienta y se refociló al pensar que bien valía su precio la noche que lo esperaba, además, ya iba siendo tiempo de enseriarse con una piel suave y fresca que calentase la cama de su vejez.
La alegre comitiva llegó hasta el fundo envuelta en una espesa nube de polvo, provocando el entusiasmo de los inquilinos y la algarabía de los perros; un agorero estruendo de timbales bajó desde la cordillera para saludar su ingreso en el patio.
Escondido detrás de la bodega Ignacio Romero se agachó un poco para espiar el pequeño pie de Raquel pisando el empedrado del patio envuelto en los tornasoles de moaré de su vestido de novia. Un batallón de criadas circulaba entre los invitados con bandejas llenas de copas de champaña y botellas que se desbordaban espumando alegremente. Ignacio Romero tenía el rostro más nublado que nunca antes y la vista se le escapaba hacia el sur buscando el aguacero que se negaba a venir.
Raquel y Diego Arcaya comenzaban el vals cuando los primeros hilos de agua llegaron culebreando entre los adoquines de piedra, el zapatito de raso de la novia se salpicó de lodo sin que ella se apercibiera; a la muchacha le pareció escuchar un tronar lejano confundido con las notas de los músicos y el zapateo de los huasos pero el radiante sol del mediodía la tranquilizó. Algo apartado del grupo, su abuelo rumiaba pacientemente un trozo de filete ante los ojos disgustados de la hermana de Diego Arcaya.
Algo más allá, refrescando su garganta con un trago de agua, Ifigenia vio pasar a Isidro bailando con la hija del boticario y se preguntó qué le habría ocurrido a Ignacio para que el sol brillara más fuerte que nunca, si ella conocía bien a su muchacho, para la magnitud de la pena sufrida, ya debería estar lloviendo a cántaros.
Diego Arcaya zapateaba airosamente una cueca arrastrándole el ala a su mujer cuando se resbaló en el barro que se había ido acumulando entre las losas; apenas alcanzó a agarrase del alcalde para evitar una caída estrepitosa. Ahogó una maldición dando una rápida mirada al piso, recién entonces pudo darse cuenta de los innumerables arroyuelos que circulaban entre los invitados confluyendo hacia el camino, donde ya una gran masa de agua comenzaba a desplazarse cuesta abajo.
Trató de dar con el capataz para encargarle la solución del entuerto, pero la compacta masa de los invitados que bailaba y comía alegremente le impidió dar con él. Llevó a Raquel hasta su mesa y partió a buscar el origen del agua echando fuego por los ojos. A medida que se alejaba del patio comprobó con asombro que el agua había dejado profundas heridas en la tierra reseca de los jardines, algunas flores apachurradas asomaban sus corolas en los canteros anegados.
A medida que se acercaba a la bodega Diego Arcaya podía escuchar nítidamente el concierto apagado de truenos que provenía desde el interior. Llamó a Ignacio a grito pelado, resbalando en el barrial que rodeaba la gran construcción; el agua empapaba los rollos de cuerda y las pilas de madera que el bodeguero resguardaba bajo el alero y la huerta estaba cubierta por una gruesa capa de lodo que había sepultado los tomates, las fresas y los zapallos italianos.
Cuando finalmente llegó hasta el alero llevaba las botas flamantes de su traje de novio embadurnadas de lodo hasta más arriba de los tobillos. Llegó hasta el portón contemplando asombrado el alegre riachuelo que brotaba desde el interior de la bodega.
Gritaba destemplado, exigiendo la presencia del invisible responsable, devorado por la ira soltó por fin la cadena que cerraba el portón y lo tiró hacia su cuerpo abriéndolo con brusquedad. Mejor no lo hubiera hecho, el agua que llenaba la bodega se desbordó sobre él arrastrándole con furia, arremolinándose en su rededor; cayó al suelo justo a tiempo de recibir la cachetada líquida en su cara, quiso gritar pidiendo socorro, reclamando ayuda para impedir el estropicio causado por el loco de Ignacio Romero, pero el líquido se le coló por la boca y lo ahogó, empujándolo violentamente hacia el patio.
Ahora que la puerta de la bodega estaba abierta de par en par por el torrente pudo percibir estupefacto el restallido blanquiazul de un relámpago iluminando la bodega y la espesa capa de nubes negras pegada al techo, que se volcaba sobre el lugar en tormentosa lluvia. La espesa marea se descolgaba desde las rumas de sacos y los cajones apilados hasta alcanzar el techo; chuicas, damajuanas y latas de aceite pasaban flotando a su alrededor, golpeando las cajas de charqui hinchadas por el agua y los cajones de manzanas donde un amasijo de papel de seda se deshacía entre las frutas.
El agua lo empujó en dirección al camino, trató inútilmente de agarrarse de algún árbol para no seguir cayendo, pero el terreno parecía escaparse bajo la suela de sus zapatos y la riada lo fue llevando cada vez más veloz cuesta abajo; hojas, ramas y flores secas giraban con él en alocado tropel.
Volteaba la primera curva cuando el eco de una tronada llegó hasta él desde la bodega, mezclado con el eco apagado de la música y las alegres risas de sus invitados. A esa misma hora, allá en el patio, encaramado en el olivo cargado de fruta verde donde masticaba su dolor, Ignacio Romero escrutaba el cielo con los ojos resecos preguntándose a qué hora iba a empezar a llover.
Aunque sinceramente preferiría no haberme enterado, ahora lo sé: Yo soy el Etetante. Vivo en la tierra más inhóspita del mundo, un retazo de arena y rocas que se cuelga con dientes y uñas de la cordillera costeña para no dar de plano en el Océano Pacífico, el sol nos calcina lentamente en el día y el hielo del desierto se nos mete en los huesos por la noche. Puede que suene a queja, pero no es así, gracias a esas circunstancias pasé mi adolescencia metido en la playa, sintiéndome dueño del mundo y cavilando la mejor manera de echarle el guante a cualquiera de las muchachas que paseaban por ella mostrándonos sin recato las delicias de la vida.Soy lo que se podría llamar un hombre sedentario, todos y cada uno de mis días han transcurrido aquí y me parece más que remota la posibilidad de que la situación llegue a cambiar. Tengo cuarenta seis años; algo más de un cuarto de siglo se ha ido desde esa noche que, joven y presuntuoso, vestí mi mejor chaqueta, me fabriqué un mechón en la frente a punta de agua y peineta y sacando pecho e ínfulas de galán, partí a la plaza principal de la ciudad en busca de la mujer de mis sueños.
Estudiaba secundaria, vale decir que en esos lejanos tiempos todavía no se me había pasado por la cabeza que pronto llegaría el momento de ganarme la vida con mi propio esfuerzo. Para nada; vivía en Babia, rascaba la medianía de las notas cada trimestre de clases y me reía de la vieja de historia sin pensar en el futuro que ahora estoy viviendo. Digamos que mis objetivos eran otros, vale decir, poner un espejo bajo el asiento de la nueva profe de inglés, arrancarme después de la segunda hora, comprarme una empanada en el recreo o escapar de los abusos de los cretinos del último año.
El presente no me resulta nada fácil. Soy profesor, como lo fue mi madre, y si bien la paga no es gran cosa, la compenso laborando –como la gran parte de mis compatriotas- de acuerdo a la ley del mínimo esfuerzo. Además de ser el Etetante, soy también el viejo de matemáticas.
Ignoraba que era el Etetante, yo solía ser Enrique Morales. Mi padre es empleado de la administración del puerto, actualmente jubilado, y mi madre, como ya dije, profesora de primaria. Tengo una hermana delgada y bonita, que se llama Estela, morena y de verdes ojos, como yo, pero yo me convertí en el Etetante el día que se me ocurrió poner los ojos encima de la Pilarica y volverme loco con su meneo caprichoso y su risa burlona.
Paseábamos en la plaza como todos los jóvenes de la ciudad cuando me crucé con ella por primera vez y la convertí en el amor de mi vida; ella lanzaba al aire su carcajada argentina acomodando al mismo tiempo su larga cabellera con un movimiento de su magnífica cabeza. Yo le devolví el chispazo de sus ojos negros con un ramalazo verde de carnero degollado y me sentí galán de fotonovelas; ella lanzó una mirada de aquellas que matan a un cadete naval que pasaba por mi lado, que yo creí me estaba destinada. Si bien yo lo ignoraba, a la Pilarica siempre le gustaron las miradas admirativas de cualquier pantalón que se cruzase en su camino y ese único detalle bastó para que me instalase en su retina por una milésima de segundo.
Ella había nacido para ser bella y oír que se lo repitiesen una y otra vez, sin agotarse nunca. Era linda la Pilarica; algo sobreactuada de caderas y ligeramente estevada de pantorrillas, ¡pero qué ojos, qué sonrisa llena de dientes perlados y promesas ocultas!
Yo tenía quince años, ella diecisiete. Yo era gordo y torpe, ella la gracia misma. Yo era pobre de solemnidad y la Pilarica tenía un padre ferretero, avaro como buen español que se respete y forrado en billetes de a mil, mismos que guardaba en una gran caja fuerte inglesa en la última habitación de su casa de la calle Montt.
Yo le di mi amor desde esa primera mirada, ella no me dio ni siquiera la cara. Me revisó brevemente, como a cualquier prospecto masculino, y me descartó de inmediato por feo primero y por insignificante después. Casi de inmediato inicié el operativo destinado a conocer los detalles de su biografía y planifiqué la ruta que me plantaría en medio de su vida. Cada día, camino del Liceo, yo alargaba dos cuadras mi ruta al colegio para ver pasar a la Pilarica de carrera hacia el Liceo de Niñas, suspiraba como un imbécil y después llegaba atrasado o apenas a tiempo de oír la puerta del Liceo de Hombres cerrándose a mis espaldas.
A la una y media en punto, yo estaba esperando de nuevo en la esquina, perdido el aliento en la carrera de tres cuadras, para comérmela con los ojos cuando pasaba muerta de la risa hacia la plaza con sus dos grandes amigas; la hermana del Guglielmucci, un compañero de curso, y la Jenny Peters. Las tres iban juntas a todas partes y yo podía toparme con ellas a cualquier hora y en cualquier sitio: la plaza, la playa o la calle principal. Menos en las fiestas, porque su grupo no aceptaba a cualquiera y menos a un guatón color huiro como yo, por muy verdes que tuviera los ojos.
Esos eran los días en que la vida era una fiesta; del Liceo a la casa, de la casa a la playa, de la playa a una fiesta. Nos dejábamos el pelo como los Beatles, queríamos tomar la mano de una preciosura, bailábamos go-go hasta quedar muertos y trasegábamos litros de coca cola para refrescar la garganta y seguir bailando o besando a la pololita de turno. Yo, a decir verdad, de pololear nada. No mientras la Pilarica no me diera el sí; y como todavía no nos habían presentado, tenía para rato.
Corría el año de 1967, queríamos honrar al Ché Guevara, nos deseábamos paz y amor, lo negro, lo obeso y lo crespo era bello y nos creíamos todos iguales, debe haber sido por eso de que la imaginación se iba a tomar el poder. El mundo prometía ser igual para todos y hasta el grupo de la Pilarica empezó a ponerse democrático y a compartir con la plebe. No había tantas fiestas en invierno – lógico, los universitarios y los cadetes partían a la capital- así que un día de junio mi adorada asistió con sus amigas a una fiesta en la vieja sede de la Liga de Estudiantes Pobres.
Yo deambulaba por ahí con esa falta de gracia propia del adolescente, aburrido hasta más no poder con mi grupo de compadres, cuando de repente me topo con mi amada, más bella que de costumbre con una minifalda azul, saltando como contratada al ritmo del go-go en compañía del mayor de los Savio; un petulante con carnet de lindo y papá dentista que, para mi desgracia, debía tener los dieciocho o estar por alcanzarlos.
A medio recuperar del infarto, esperé pacientemente que la Pilarica terminara su baile y me aparecí por detrás, no fuera cosa que me viese y arrancara a ochenta; la toqué en el hombro y le dije con voz más tembleque que mis piernas:
– Hola. ¿Bailamos?
Y como eran los años sesenta y la democracia de las flores empezaba a tapizar el mundo a punta de igualdades, mi adorado tormento no tuvo más remedio que decirme que sí; pisando nubes fuimos hacia la pista y en ese mismo momento mi ángel guardián se acuerda de un servidor y los New Demons, ídolos de la ciudad, atacan un lento de Los Iracundos. ¡Ahí mismo hubiera besado al Hervé Lebretón, un haitiano alumno de la Industrial que cantaba como los ángeles!
Antes de que se me arrepintiera, agarré a la Pilarica de la cintura y a ella no le quedó otra que concederme su blanca mano y vamos bailando. Yo que la presionaba hacia mi demasiado ancho pecho y ella que se replegaba con esa gracia que Dios le concedió, tan grande que ni yo podía enojarme.
- ¿Cómo te llamas?- le dije poniendo cara de jamás te he visto en mi vida y como los dos sabemos, en este pueblo tan grande uno puede vivir toda una vida sin conocer a las restantes veinte mil personas.
- Mariana Rayo Argaña.- Me dijo ella, dejando bien en claro el honor que me estaba concediendo.
Y como no manifestó interés alguno por saber el mío, yo le aclaré que me llamaba Enrique Morales, que vivía en la calle Tacna y estudiaba en el Liceo, no fuera ella a pensar que yo vivía por allá arriba, en las poblaciones callampa que se han levantado en un abrir y cerrar de ojos desde que llegaron las empresas pesqueras. Después de todo, yo sabía bien que la Pilarica vivía en la calle Montt, de menos que regular reputación; aunque no fuera más que a causa de que el negocio de su padre tenía salida por dos calles paralelas y como el viejo era tan tacaño, ni muerto se alejaba de él. ¿Qué mejor que entrar por la puerta del negocio, sita en la calle principal, salir por la puerta de atrás y estar en el patio de su casa?
Y todavía estaba pensando de qué hablar con mi Venus inasible cuando se acaba la música y ella que se me arranca sin decir ni chao. Yo echaba pericos por la canción tan corta que me fue a tocar y porque la Pilarica se hizo humo con sus amigas y no la pude recuperar en el resto de la noche.
Pero desde esa noche mágica, yo no dejaba de saludarla donde fuera que la encontrase y como ella, mal que mal, era una dama me contestaba lo más fríamente posible para que no se notase mucho que yo la conocía. Yo veía que sus amigas se morían de la risa y pensaba que estábamos pinchando, pero la verdad es que se mataban de risa porque yo había dejado de ser Enrique para convertirme en el Etetante. Mi amada me había bautizado por segunda vez basándose en mi tamaño y donaire paquidérmicos y me había convertido en causa y destino de sus mejores chistes. Aún sabiéndolo, creo que habría preferido eso al anonimato absoluto.
Ese mismo año, para el Aniversario del Liceo de Niñas, la Pilarica fue candidata a reina. Qué me habían dicho a mí, correteé como un loco para que mi curso la apoyase y dejé mis mesadas en votos para mi adorada. Organizamos la campaña, pasábamos de fiesta en fiesta tratando de juntar fondos y a mí a duras penas me alcanzaba para la entrada y no me quedaba más que verla bailar y beber Primaveras sin alcohol en compañía de los pijecitos que la rondaban como abejas a la miel. Hasta una fiesta en el Club Español se mandó su mamá, que estaba convencida de que la Pilarica iba para Miss universo, por lo que invitó a media ciudad para venderle votos. Yo ni pude ir, porque las invitaciones fueron reservadas y si así no hubiera sido, valían un ojo de la cara.
Gracias a nuestros esfuerzos mi amada fue reina del Liceo y de tanto aplaudirla casi me vengo guardabajo de la galería del Teatro Municipal, donde esa noche no cabía un alfiler. Estaba preciosa la Pilarica, con un vestido blanco que casi, casi parecía novia y una corona llena de perlas fulleras que ella llevaba como si fuera auténtica. Por lo demás, las perlas que la mamá le puso al cuello sí que eran legítimas y daban lo menos dos vueltas por su pecho de alabastro que yo soñaba con cubrir de besos.
Bastó que la Pilarica llegase a reina para que se alejase más que nunca de mi alcance. A veces se hacía la lesa para no tener que saludarme, bastaba que me viera venir para que se pusiese a conversar animadamente con quien tuviera más cerca. Para colmo de males, se puso a pololear con el malandra del Iván Neira; que era tan poca cosa como yo; de mi misma edad y calle e hijo de un oscuro empleado del juzgado que apenas si alimentaba a media docena de críos con su sueldo. Pero tenía patente de lindo el Neira, eso no lo voy a negar. Las malas lenguas decían que en realidad mi amada había ido detrás del hermano mayor, estudiante de leyes, pero debió conformarse con el chico cuando el futuro abogado consideró que el caletre de mi bienamada no estaba a la altura de su coeficiente intelectual.
Eso era, en general, cierto; no era de lo más brillante mi Pilarica, a ella había que mirarla por su piel fresca, sus carnes tersas y su trajebaño 007, un insinuante bikini, seductoramente revestido en malla negra que ella llevaba con gracia inigualable en el Balneario; donde se asoleaba, dorándose hasta que ya no aguantaba más la caricia del sol, a diez metros de donde yo no hallaba qué uñas comerme. En cuanto su piel decía basta, mi adorada se ponía de pie para recorrer con su discreto meneo los diez metros que la separaban del agua dejándome extasiado y boquiabierto. Yo seguía su recorrido con la mirada refugiado en el anonimato de mi grupo y me parecía que me iba a derretir entero, que el alma se me iba a quebrar de tanto amor.
Quise mucho a la Pilarica. Todavía me da pena cuando pienso en lo mucho que parecía ofrecerle la vida y en lo muy poco que finalmente terminó dándole. Las dos estudiábamos en el Liceo y cuando todos decían que ella era una loca, la verdad, nunca lo consideré así. Éramos todas tan locas como ella, con esa locura linda que tienen las adolescentes que las obliga a estar siempre riéndose fuerte de todo el mundo y hablando tontera y media; con ese toque de fantasía con que decoran su vida, por una sola vez, esas casi niñas-casi mujeres que apenas en seis años más se casan y se convierten ipso facto en viejas de mierda.
Debo reconocer que para ser su amiga no había que ser competidora o estabas fuera. Yo solía ser la fea del grupo, aunque con buenas piernas y una súper mini de esas que dejaban a las viejas con la boca abierta y a los hombres medio patulecos. Igual, no creo que ella me haya visto nunca como competencia, así que nos llevábamos muy bien y éramos absolutamente felices. Donde fuera que estuviese todo el mundo, ella, la Jenny y yo íbamos juntas, nos pitábamos por teléfono a la mitad del puerto y nos contábamos hasta el último de nuestros secretos apenas nos encontrábamos solas.
Lo único que sé de Enrique es que era amigo de mi hermano, del Liceo de Hombres; era negrito y para más remate guatón a la vela, yo no lo habría mirado dos veces. Era lo bastante guatón como para que ella, por no decirle derechamente Elefante, lo llamara el Etetante. Debemos haber pasado tardes enteras de nuestra adolescencia riéndonos del pobre Etetante, quien, además, era de esos que por el sólo hecho de ser hombres juran que las tienen ganadas. Sólo eso puede explicar que se pasara todo el liceo, con una persistencia admirablemente estúpida y una absoluta falta de perspicacia, detrás de la Pilarica. Que entre paréntesis, se llamaba Mariana, Carmen Mariana del Pilar Rayo Argaña.
A ella le gustaba que la llamaran Mariana, pero su papá le decía Pilarica; aquel Pilarica sazonado con ese seseo asturiano tan divertido de don Ignacio bastó para que nosotras la agarráramos para el tandeo y nos quedáramos con ese apelativo. Ella y la Jenny eran amigas desde niñas chicas, mucho antes de que yo llegase a vivir ahí, así que lo habían hecho todo juntas. Habían aprendido danza en la Academia de la señorita Amanda, habían figurado en las mismas veladas vestidas con los disfraces de la señorita Soto, habían ido a los mismos cumpleaños desde que tenían memoria y se habían agarrado de las mechas con todos los chiquillos del barrio; que ahora estaban grandes, estupendos y buscaban una niña de afuera de la ciudad para pololear.
A veces las dos se ponían a bailar mazurka en memoria de sus viejos tiempos y zangoloteaban como sacos de papa por el salón hasta que nos retorcíamos de la risa. Otras, yo me sumaba al grupo de baile y atacábamos la danza de Zorba, último grito.
Ya sé que teníamos diecisiete, hoy se esperaría otra cosa de una, pero así eran las cosas en ese tiempo; nadie soñaba con acostarse con el pololo, teníamos buenas notas, respetábamos a nuestros padres, íbamos a misa los domingos y ni se nos pasaba por la mente irnos de la casa, así que lo pasábamos bomba.
Salimos juntas del Liceo, postulamos a la universidad y nos mandamos cambiar a la capital con una maleta llena de minifaldas y pantimedias, la última novedad del mercado. Ahí empezamos a separarnos, yo me quedé sola en Química y ellas se fueron a Ciencias Políticas, lo que no deja de ser un contrasentido, porque de política no tenían idea; salvo que los papás de la Jenny eran medios decé y los de la Pilarica, obviamente derechistas. No podíamos vernos mucho, había demasiado para estudiar; además, yo ahora tenía novio y andaba más preocupada de eso que de otra cosa.
A los dos años dejé la escuela, me casé y volví al puerto a vivir a dos cuadras de la que fuera mi casa de soltera. Las chiquillas siguieron en la gran ciudad, volviendo sólo para vacaciones; la Pilarica había conocido a un ingeniero recién titulado y estaba pensando en casarse, hasta la argolla le mostró a la Jenny, porque yo casi no la veía. Había caído el gobierno y como nosotros éramos de izquierda estábamos en condición de parias, mucho peor aún, parias con hijo y sin empleo.
Un día cualquiera del verano del 75 la Pilarica regresó diferente; no llamó a la Jenny y se encerró en su casa por todo el mes de Enero. Si no hubiera sido porque coincidieron en el tenis ni nos enterábamos de que estaba allí.
Esa mañana aciaga la Pilarica entró a la cancha como al patio de su casa. La Jenny estaba jugando a pocos metros de ella, ella ni siquiera la saludó. En vez de eso, mientras paleteaba con el instructor que la mantenía en forma, se pasó todo el partido gritando barbaridades de quien hasta ese momento fuera su mejor amiga, estupideces sin pie ni cabeza que jamás hubiéramos supuesto que podría pensar de ella. La pobre Jenny se comió la rabia y la vergüenza y desde ese momento le quitó el saludo para siempre.
No era difícil. Una pasaba por el lado de la Pilarica y ella como quien oye llover, cierto que era miope y no usaba anteojos por coquetería, pero lo más bien que antes de la pelea se las arreglaba para vernos. Ahora andaba siempre rápido, como enojada, y en por lo menos diez años no le conocimos ni amiga ni pololo.
Al poco tiempo empezaron los pelambres; que estaba loca, que se iba con el primero que pasaba por su puerta, que se había olvidado de la iglesia, que le había dado por gritar a los vecinos y para rematarla, había echado abajo a peñascazos todos los vidrios de la casa de los Kruger, íntimos amigos de su mamá. Fue el acabóse cuando supimos que andaba con el alcalde designado, un viejo como de setenta, paco jubilado.
El romance no podía durar, más loco debió estar el alcalde que ella, porque el día que la esposa del teniente general anunció visita no pudo tener mejor idea que llevarla como acompañante. En un rapto de creatividad el viejo sacó una madonna de yeso del cementerio, hizo empastar un círculo frente al aeropuerto y lo inauguró como la Rotonda de la Mujer con bombos y platillos. En el interín, la Pilarica se lucía en maratónica performance delante de las autoridades provinciales, a ella siempre le había encantado ser el centro de la atención y la ocasión le venía de perlas. Hasta ahí no más llegó la designación del viejo y el romance con mi pobre amiga.
Los años se arrastraban en la oscura monotonía de la dictadura. Un día cualquiera, mientras andaba de compras cerca de la ferretería de sus padres, se me echó encima la Pilarica. Con los años había ganado unos veinte kilos y un cierto descaro provocativo en el vestir; estaba más expresiva que nunca, me abrazó como si nos hubiéramos visto el día anterior y prometió visita para la semana siguiente, la que cumplió escrupulosamente. Yo acababa de lavar los platos cuando tocaron el timbre. Acudí a abrir la puerta para encontrarme cara a cara con la Pilarica, nuevos abrazos, besos, entusiasmo ante mis dos pequeños. Como si los últimos diez años no existieran.
Tomamos una taza de té, como en los viejos tiempos, y nos reímos mucho. A media visita, la Pilarica me abrió su corazón y me dejó helada; me contó que había quedado embarazada de su ingeniero, pero como se llamaba Contreras su mamá lo consideró muy poca cosa para su princesa, rompió el compromiso y la hizo abortar. El mismo día de la intervención, la Pilarica despertó llorando de la anestesia, reclamando su hijito desvanecido y más perdida que el teniente Bello. Los años siguientes no los tenía muy claros, la pobre; siquiatras, esquizofrenia, drogas, clínicas y más siquiatras. Terminamos llorando abrazadas.
Reanudamos nuestra amistad sin incluir a la Jenny. La Pilarica se aparecía en cualquier momento a verme y conversábamos largamente de lo humano y lo divino, si bien más de lo primero. A esas alturas del partido, creo que era la única que todavía le dirigía la palabra. Yo entendía que ella estaba luchando por sobrevivir a la maldita enfermedad y me tragaba unas latas terribles, salpicadas de detalles que no se pueden mencionar.
Un día que llegaba a la Catedral me encontré con la Pilarica, vestida con un traje trasparente veinte años antes de que las estrellas de cine los pusieran de moda. Me abrazó loca de alegría y me dijo de un tirón:
- Me voy a casar, tú conoces a mi novio, su mamá es amiga de la tuya.
Era demasiado escueto, exigí nuevos detalles y sin reponerme todavía de la sorpresa me enteré de que la Pilarica se casaba con el Etetante, sólo que ahora ni por casualidad podíamos llamarlo de este modo. El Etetante había sido, finalmente, ascendido a Enrique.
Todavía estupefacta asistí a su boda en compañía de mi marido y de un par de centenares de conocidos de sus padres que comentaban por lo bajo de dónde habría sacado la Pilarica un novio tan babieca como para casarse con ella, por muy ordinario que fuese. Ella estaba feliz; gordita y todo se veía tan linda como en sus mejores tiempos y disfrutaba a concho esa inesperada ocasión de ser la reina de la fiesta. Todas las amigas del Liceo que habíamos hecho la vista gorda a sus locuras estábamos allí; no creo que pasáramos de seis.
Duraron poco tiempo. El Etetante se compró un Subaru de los chiquititos y la sacaba a pasear, a tomar helados y a bailar en la única discotheque de la ciudad; los dos se veían felices y relajados, engordaban juntos y las aventuras de mi amiga ya eran parte del pasado. El día que supo que estaba embarazada la embargó la dicha, pero las cosas no marchaban bien. La Pilarica se alunaba algo más a menudo y tenía unas rabietas de miedo, que obligaban a su marido a comprar enseres irrompibles.
La preñez fue una larga tormenta que sumió la mente de mi pobre amiga en espesas nubes que nada pudo disipar. En cuanto nació la guagua su mamá, viuda ahora, consideró que el Etetante ya había aportado todo lo que podía a su tesoro e invirtió todos sus esfuerzos en hacerle entender qué gran fracaso era él como marido. Una noche cualquiera la Pilarica en persona lo echó de la casa y cuando nació la guagua el pobre Etetante sólo pudo mirarla a través de las ventanas de la sala de incubadoras.
Mi marido y yo nos trasladamos a la capital un tiempo después. Para unas vacaciones que pasé de regreso en casa, me encontré con la mamá de mi amiga y la Rosarito, su hija. Linda y algo rellenita, como la Pilarica. La buena señora me hizo prometer que no dejaría de ir a verla, que fuera al tiro, me rogó, que ellas habían salido a pasear porque la Pilarica estaba de malas y podía hacerle daño a la niña; que se sentía tan sola, que por qué Dios le había dado un camino tan duro a su pobre Marianita.
Golpeé largo rato; yo sabía que ella estaba allí, hasta tenía la luz prendida. La llamé a voces, apreté el timbre hasta cansarme, no hubo caso que me abriera la puerta. Comprendí que mi amiga estaba otra vez lejos, en ese mundo caótico y tremebundo de los esquizofrénicos, y no quería que yo la viera allí.
Nunca podré entender por qué las cosas resultaron de esa manera. Ella sabía lo mucho que yo la amaba, sabía que no me importaba nada de lo ocurrido en esos años, que nunca me faltaría paciencia, que bien podía no haber tenido todo ese billete que el padre dejó cuando se lo llevó la diabetes. A mí lo que me importaba era ella, su piel, su risa, la tibieza profunda de su cuerpo, esa manera única que tenía de mover su cabello dorado para que le cayera sobre los hombros; ni siquiera me importó cuando supe que se lo teñía. Y ella había sido mucho más maravillosa cuando nos casamos, cuando se convirtió en mi Pilarica.
Pero mi Pilarica desapareció para siempre esa noche que me echó a empujones de la casa. Mantenido, me gritó, como si yo no hubiese dejado todo mi sueldo en la casa cada mes; qué culpa tenía yo de que ella fuera tan cara, de que se llevara por docenas los vestidos de las boutiques y se enjoyase como vitrina. Me gritó de todo, hasta me dijo que antes de casarnos se burlaba de mí, que ella y sus amigas me decían el Etetante por gordo, torpe y picante. Que ni loca me entregaba la niña, que se iba a morir de hambre conmigo y quien sabe qué vida iba a llevar con los ordinarios de mi familia.
Tantas verdades me cayeron encima que no me atreví ni a decirle que la amaba. El mismo día siguiente todo volvió a ser tal y como era antes de que me aceptara. Me apostaba en la esquina en cuanto salía del trabajo; por las mañanas ni valía la pena, ella siempre había sido mala para levantarse temprano. Me conformaba con verla pasar; mi amorcito salía a la carrera y se metía al taxi que la estaba esperando con la Rosarito envuelta en un chal, para que yo no la pudiera ver. Aunque hubiera querido meterle juicio…¿qué hubiera sacado? Siempre gana el que tiene plata.
Ella engordó su poco, pero la niña estaba preciosa. Al poco tiempo empezaron los rumores sobre su conducta y un par de veces tuve que agarrarme a puñetes con un par de imbéciles por culpa de ella. Se habrán reído de mí, supongo, pero me los frisquié bien frisquiados, a veces vale la pena ser grandote. Gracias a Dios que la ciudad había crecido tanto con el comercio que ahora uno ya no conocía ni a la mitad de la gente con que se topaba, eso me facilitaba las cosas. ¿Con qué cara habría enfrentado a los viejos conocidos?
Mi adorada Pilarica, en cambio, adolecía de sociabilidad crónica, parecía conocer a cuanto tipo se le cruzaba por el camino y yo quería morirme de pena cada vez que sabía algo, parecía que me pegaban una puñalada en el pecho. Yo que le había enseñado a vestirse más serio con tanto cariño y ahora ella andaba por ahí con unos escotes que llegaban a dar hipo y las faldas que apenas le tapaban los calzones. Mi pobre amorcito.
De tanta amargura se me puso el colon irritable y no podía comer nada sin andarme muriendo a la media hora. Bajé como siete kilos, así que me veía de lo más bien, pero nada, mi suegra la tenía más escondida que nunca ahora que habían vendido el negocio y tenían toda la plata en depósitos a plazo. Yo me conformaba pensando que si mi diosa del amor sufría por la diabetes lo menos que podía hacer yo era acompañarla en el sentir pasando hambre; porque de tanto comer dulces a mi amada le había pasado lo mismo que a su viejo…y ella que era tan golosa, la pobre, incapaz de hacer dieta.
Ahí, de frentón, perdió la línea, pero igual se veía lo linda que era. Ahora mis viejos me tenían prohibido espiarla so pretexto de mi salud mental de manera que la iba la ver los puros domingos; a las once un cuarto salían para la misa y detrás de la esquina yo me quedaba con la boca abierta de ver lo linda que estaba la Rosarito, y ella tan digna, tan dama. Sólo dejé de ir a la misma iglesia el día que me pilló escondido detrás del confesionario, me armó tremendo escándalo y el cura me pidió que, por favor, no fuera más.
Yo sabía todo acerca de ella, mensualmente le pagaba a la empleada, que me conocía desde nuestro matrimonio, para que me tuviera informado así que no fue sorpresa saber que estaba empeorando. Finalmente le dio por atacar a los vecinos y la mamá no tuvo otra que internarla. A pesar de todo, algunos antiguos conocidos no dejaron de ir a verla, a la pobrecita, gente estirada que uno nunca se imaginaría tan compasiva.
A la vieja sí que no la perdono; sabiendo lo mal que estaba déle con llevarle cajas de chocolate y puchos; sabiendo que a cada rato se le subía el azúcar y tenía la presión por los cielos. Estuvo a punto de que se le gangrenara un pie a causa de la glicemia, no quiero ni pensar lo que eso hubiera significado para ella. Yo aproveché que había llegado una antigua amiga del sur y le mandaba flores y frutas con ella, porque eso sí, nunca me dejaron verla.
Tenía cuarenta y siete años el día que hizo el coma diabético. Yo había puesto un amparo en la justicia para que me permitieran verla, despedirme de ella. La vieja aprovechó al tiro la situación, ella aprobaría un encuentro con la condición de que renunciara a los bienes matrimoniales, me dijo, ¡cómo si a mí me hubiese importado eso! Claro que yo firmé sólo cuando la Rosarito quedó como única beneficiaria, hay que pensar en todo lo que podría ocurrir. Le rogué que estuviéramos con la niña en mi visita, se rió en mi cara.
Igual no alcancé a decirle adiós, no pasó la noche. A mí me tincaba, eso sí; como a las cuatro de la mañana me desperté llamándola, era como si mi amorcito se hubiera dado vuelta en la cama tocándome; al rato me llamó una persona para avisarme y supe que había sido su despedida.
Cuando la vi en el ataúd ya no tenía ganas de llorar; me quedé a su lado todo el día, hasta que cerraron la capilla y me echaron fuera. Aún entonces se vio linda, algo gorda, pero preciosa. Al menos, la vieja la hizo vestir como la gente; con un traje blanco precioso que parecía una santa. Lo único bueno de esa mañana maldita fue que pude hablar con mi chiquita, ¡trece años sin conocerla! Y no fue tan orgullosa como me temía, la abuela debe haberla tenido hasta el copete.
Cuando me lo contaron no podía creerlo, me parecía demasiado injusto, la gota de agua que rebalsaba la copa. Después de todo el Etetante apenas si estaba recuperando el cariño de su hija y la tranquilidad, porque mientras la Pilarica vivió no hubo día que no sufriese, me consta. Además que ni siquiera se había cumplido un año de la muerte de mi amiga y todos teníamos la herida abierta.
Según me dijeron, el Etetante siempre había sufrido de colon irritable, lo que no era nada raro considerando todo lo que tuvo que pasar, el pobre. En todo caso el médico le había advertido que el tumor parecía maligno, pero no había metástasis y tampoco corría ningún riesgo en la operación; todo parecía sin complicaciones, se lo sacaban y después recibía quimioterapia, ni siquiera necesitaba prepararse, porque pesaba veinte kilos menos que cuando la conoció. Hasta se veía bien, nunca lo hubiera imaginado.
Lo que a nadie se le pasaba por la cabeza era que le podía fallar el corazón y fue algo terrible, sus papás estaban deshechos y la Rosarito, qué decir, acababa de recuperar a su padre y ya lo había perdido.
Al menos alcanzaron a hacerse amigos, a conocerse. No digo quererse porque él la había amado desde el primer día ¡y tuvo que esperar tanto tiempo! ¿Quién le devolvía al Etetante los momentos perdidos, los abrazos que no dio, las tardes que no jugó con ella, el primer día de clases, la fiesta de los quince años y todas esas nimiedades que el sólo hecho de ser padres nos hace considerar grandiosas?
Faltaba una semana para el primer aniversario de la Pilarica cuando se hospitalizó; puede que se haya sentido pésimo, pero se preocupó de todos los detalles. Pidió la misa, encargó las flores y contrató un aviso en el diario; con mi suerte, capaz que no me den de alta a tiempo, se justificó. Profético ¿no? En el fondo, era como si lo hubiese sabido, tal vez ya no tenía ganas de seguir esperando, el pobre.
Y se quedó dormido para siempre cuando le abrieron el estómago; según el cirujano ni siquiera sufrió; consoló a la mamá diciéndole que cualquiera querría morirse como Enrique, con esa paz que tanto le hizo falta a su vida. Era lo menos que se merecía, en realidad. Creo que ya había dado más que suficiente.
Me gusta pensar que ya era hora de que se juntaran de una vez por todas, que allá donde están ahora no tendrán ninguna importancia ni la plata de don Manuel ni su cintura de Etetante; que esa tarde se terminó la larga espera de Enrique y que la Pilarica quedó encantada con la misa que encargó para su primer aniversario, con ese montón de rosas y los doscientos claveles blancos encintados lujosamente en los respaldares de las bancas, su hija en la primera fila y toda esa gente. A ella le habría encantado.
Adiós muchachas, compañeras de mis diez últimos años de vida, grupo querido de aquellos tiempos en que juntarse a cambiar el mundo y tomar té bastaba para sentirse satisfecha. Adiós muchachas, ya me voy, y me despido, sin brindis, homenajes, pergaminos ni galvanos. Desde el momento que tomé mi decisión, estoy en la onda de hacer memoria; como se dice ahora, hacer el recuento, evaluar pérdidas y logros antes de cerrar el episodio. Con material de esta clase podría salir un taller excelente, creo.
No sé si se acuerdan de lo increíblemente ingenuas que éramos el 89; el tirano se iba, elegíamos un presidente de verdad y nos preparábamos para colaborar en la reconstrucción de la patria que conocimos antes del cataclismo; de esos tiempos felices en que nadie allanaba nuestras casas ni torturaba a nuestros amigos para después arrojar los restos al mar desde un helicóptero Puma. Lo confieso: tenía treinta y ocho años y todavía creía que nuestros representantes iban a tener bolas suficientes como para mandar a los milicos de regreso a los cuarteles de donde no debieron haber salido.
A lo mejor la idea de formar el grupo salió del partido, no me consta, porque jamás he pertenecido a él. Cuando a la Silvia le dicen esto, enrojece de ira contradiciéndolo. Lo que sí recuerdo bien es que allí había de todo: radicales, socialistas, democristianos, humanistas, pepedeístas e independientes y por supuesto la gente del partido. La militancia no era importante, porque todas queríamos democracia y pertenecíamos a la misma especie y género; si bien no pondría las manos al fuego para garantizar lo último, no con los tiempos que corren.
También se acordarán de los cuatro primeros meses de gobierno democrático. ¿No? De la tremenda estampida en que se marcharon todas las socias que tenían pitutos políticos asegurados o prisa por fabricárselos al interior de los partidos. Lo cierto es que la fuga masiva nos dejó la organización reducida a lo mínimo: las soñadoras, las que no querían irse para la casa y las comunistas que, como no estaban en el gobierno, tenían que conformarse con manejar pequeñeces como la nuestra; en los hechos, rondábamos la veintena.
Y como eran las comunistas las que conocían de organización, se quedaron a cargo sin oposiciones. La mayor parte de las mujeres tenía bastante con las responsabilidades caseras, así que estuvieron manejando la organización durante un buen tiempo y hay que reconocer que lo hicieron bastante bien. Se conseguían los sucuchos asquerosos donde nos reuníamos, cobraban las cuotas, despotricaban contra el gobierno y organizaban las velatones del 11 de setiembre. Nos la pasábamos de jornada en taller, de manifestación en desfile y, de debate en declaración solidaria. Muy de tarde en tarde, nos reuníamos en casa de alguna para tomar una taza de té y mordisquear un pan amasado.
De tanto tomar tecito, hay que reconocerlo, le tomamos el gusto al asunto; es mucho mejor no pasar frío en invierno o darle el bajo a unas galletas cuando se termina con el taller de autoestima y desarrollo personal. Lo pasábamos tan bien que hasta empezamos a tomarnos cariño y casi sin darnos cuenta la organización sobrevivió mientras otras tantas ya hacía rato que se habían ido al cielo de los proyectos muertos. A veces llegaban socias nuevas, pero como no teníamos contactos valiosos duraban poco y se marchaban en busca de partidos políticos o clubes de leones. Lo cierto es que no importaba, nos sentíamos tan cómodas como si usáramos un par de zapatos viejos y aunque algunas compañeras comunistas insistían con aquello de los trabajadores, la mujer proletaria, la lucha de clases y tenemos que trabajar en serio, la mayor parte terminó olvidando los deberes partidarios y asumiendo de corazón que la nuestra era una organización sui generis.
Había cosas como para sentirse orgullosa, eso sí. Celebrábamos el día de la Mujer, le parábamos el carro a la alcaldesa derechista, publicábamos algunas páginas de idioteces y a veces juntábamos tremendo montón de gente de ésa que sabe Dios por qué razón siempre asiste a los congresos o jornadas, que maldita sea si sirven para otra cosa que no sea autoconvencerse de lo bien que se está trabajando. Reconozco que a esas alturas del juego las viejas glorias del Partido me eran más queridas que mi propia madre y que, por muy amigas que fuésemos, a veces nos agarrábamos de las mechas con tremendo entusiasmo, para después seguir adelante como si aquí no pasara nada.
Yo no sabía mucho de organizaciones, la verdad. Apenas pasaba los veinte cuando me casé y poco tiempo después los milicos se tomaron el poder y arrasaron con todo lo que oliese a pensamiento. Nos pasamos diecisiete años tratando de reponernos de un encontrón con la mal llamada inteligencia militar y soñando con que al viejo de mierda del comandante en jefe le metían una bala entre ceja y ceja. Aprendí con las chiquillas; con el tiempo hasta terminé por convencerme de que todas las organizaciones eran así, que las socias se querían siempre, que era normal darle café a las que se les pasaba la mano con el vino en pleno congreso o juntar plata y comida para las que andaban a patadas con las águilas. Había pasado tanto tiempo que resultaba rico ver como las mujeres crecían, aprendían a expresarse o mandaban a la cresta al infeliz que hasta un tiempo atrás las tenía convencidas de que quien te quiere te aporrea.
Creo que es bueno que reconozcamos que en ese tiempo no teníamos absolutamente nada. Ni siquiera la plata para el papel de carta, que lo ponía yo misma porque en todos esos años nunca había otra que quisiese ser secretaria; a veces, y con gran esfuerzo, entraba un poco de plata que se iba con rapidez, a menudo a cuenta del cincuenta por ciento de los gastos en la comida de aniversario de la organización.
Y ojalá hubiéramos seguido igual de pobretonas, para que todavía estuviéramos juntas, pero cuando la presidenta de la junta vecinal que nos prestaba casa nos echó sin apelación, no nos quedó más remedio que arrancharnos en una mediagua instalada en una casa del partido y, como a buenas viejas, nos dio por amononar la sede y darle calor de hogar. Pelamos nuestras casas para pertrecharnos de tazas, mesas, libreros, cojines y unas cortinitas viejas para que no se viera tan pelado. Bastó que estuviera bonito el asunto para que el partido se fijara en nosotras, exigiera arriendo, uso compartido de la sede y, por último, nos echara con viento fresco por no querer pagar.
Y ahí, las comunachas se portaron un siete; pelearon para que nos aguantaran y volvimos en gloria y majestad, aunque nos vimos obligadas a subir las cuotas para pagar el arriendo que los solidarios compañeros no quisieron despintar. Ahí fue cuando el olor de la cosa empezó a molestarme. No tenía bien claro para quién estábamos trabajando y el palo blanco que el partido había puesto en la presidencia lindaba con el analfabetismo, si bien se pertrechaba con un post grado en la universidad del pelambre. Dejé de ir a las reuniones con la convicción de que cuando terminara su período regresaría para que todo siguiera como si nada; hasta pensé que estaba poniéndome algo delicada de pelaje, porque las demás chiquillas parecían de lo más felices con la nueva situación. Total, eran mis amigas y yo sabía que se podía confiar en ellas.
Pero cuando supe que las cosas no marchaban bien, intuí que los viejos tercios tenían el pellejo tan delgado como el mío y que la presidenta debía irse si no queríamos terminar en un conventillo al más puro estilo centro de madres. Algunas de las chiquillas estaban locas con tanta pelea y al parecer habían aparecido nueva socias que no se sentían a gusto con nuestro viejo estilo y querían las cosas en la dura: la amistad se queda en la puerta antes de la reunión y lo importante, son los estatutos, los mismos que jamás habíamos tomado en cuenta porque nos los había impuesto la ley de municipalidades.
De modo que cuando cuatro de las socias fundadoras se fueron, las otras decidimos que bastaba de bajezas, que el grupo era de otra manera y de ninguna forma aceptaríamos que un par de frescas nos lo quitase. Llegué a la reunión convencida de que el afecto era sincero y la lealtad la dí por descontada.
Fue en un momento de la pelea cuando me cayó la teja. Salvó un par de pajaritos nuevos que no tenían idea de donde habían caído, el resto era todo del partido y resultó obvio que el arriendo no les había parecido suficiente. Ellas lo querían todo: las mesas, las sillas, la tetera eléctrica, la alfombra y la estufa de la Georgina, la libreta de ahorros, los lienzos que usábamos en las marchas y el timbre que diseñara el hijo de la Mariana. Era de Perogrullo, nosotras no éramos las únicas que veían los estragos del tiempo en las viejas glorias de la organización y, como nuestras matriarcas ya no le resultaban útiles, el partido quería una generación de recambio
Lo que me duele en el alma es que mis queridas viejas no hayan podido distinguir entre la lealtad al partido y la verdadera amistad, que aquellas que recibieran nuestra ayuda en los malos momentos, se volvieran locas por la idea de candidatearse a la presidencia y que en vez de echar de menos a las amigas faltantes prefirieran la mediocridad de una presidenta que ni siquiera podía pronunciar la palabra falda sin introducir una erre de por medio. Es difícil no dejar de reprocharles que a cambio de las muchas veces que nosotras apoyamos las actividades del partido, por una sola vez no nos hayan devuelto la mano.
Ahí fue cuando decidí que me iba, que no tenía estómago para compartir con ese tipo de gente y que no me importaba nada que se quedaran con lo nuestro. Es más, se los regalo: pueden quedarse con los infundios, las ordinarieces y la barba mal rasurada que la presidenta esconde bajo sucesivas capas de base de maquillaje. Pueden conservar a las desleales, las ambiciosas y las figuronas, no pienso reclamarlas; les dejo también la neurosis de las últimas semanas, las actas mal redactadas y el tecito con galletas, que como si fuera poco, ahora hay que pagarlo.
Me toca a mí hoy emprender la retirada, y me voy sin pena, porque lo que se queda atrás nunca será lo mismo; me quedo con las amigas, con el recuerdo de tantas cosas lindas y las ganas de partir de nuevo, en serio, con hartas ganas y sin padrinos de ninguna clase.
¿El partido? Honradamente yo esperaba otra cosa de él; estaba convencida de que luchaban por sus ideales, que eran, en su mayor parte, gente progresista y culta victimizada por prejuicios inaceptables. Les juro, hasta el infausto día aquel no me había dado cuenta de que algunas de las cosas que se cuentan de él no eran puro pelambre.
Irarrázaval. La micro atestada. Finge despertarse, se levanta de un salto. Empuja, pisotea, atropella, se encoge, alcanza la puerta, salta fuera entre garabatos. En la calle, estira su uniforme, ajusta la corbata, se peina con la mano, ojea titulares en un kiosco; las tripas le recuerdan que no desayunó. Algunos compañeros corretean hacia el colegio, son casi las ocho.
Camina despacio, chupetea un caramelo pelusiento. Se detiene en la esquina. Los alumnos se aglomeran en la puerta. Transportes escolares corretean histéricos. Los automovilistas intercambian bocinazos. Adivina el timbrazo, el portón que se cierra. Enciende un cigarrillo y se va.
Todas íbamos a ser reinas de cuatro reinos junto a la Quinta Normal, la María con la Juanita y yo con la Soledad. Vivíamos en el segundo piso de una casita de madera y adobe que tenía enfrente un jardincillo diminuto, que servía para lavar y colgar la ropa. Mi mamá se ocupaba de la casa y de nosotras, mi papá salía temprano a trabajar en la Caja de Crédito Prendario para regresar siempre tarde, oliendo a vino barato y atropellando los escasos muebles en la oscuridad, porque mi mamá apagaba temprano la luz para ahorrar.
Mi padre hacía su recorrido por las dos habitaciones de la casa guiado por las instrucciones de mi madre; ahí está la cocina, fíjate, no se te vaya a ocurrir botarme la ropa limpia, el brasero, cuidado, el brasero…¡Cuándo será el día que no llegues curado! Pero no había caso, mientras daba tumbos por la habitación estrellándose contra los muebles mi padre siempre botaba algún artefacto que se precipitaba escandalosamente sobre el piso despertándonos a. todas; la Sole llegaba a saltar en la cuna y largaba el llanto inmediatamente, mi madre se levantaba a buscarla renegando de su suerte y se la colgaba al pecho hasta que sólo se escuchaba el chup, chup, chup de su boquita contra el pezón; la Juanita lloriqueaba un poco y se volvía a dormir. Mi padre llegaba finalmente hasta la cama y se dejaba caer en ella con un estruendoso eructo y yo me pegaba bien a la María para no sentir el frío y las discusiones soterradas de mis padres, que me aterraban.
La María tiene cinco años, y es la mayor. Por las mañanas, mi hermana me lava la cara y las manos y me ayuda a vestirme para que nos sentemos a la mesa donde mi mamá ya tiene preparado el desayuno. El último día del mes le pagan a mi papá y comemos pan con chancho, pero por lo general mi papá se toma la plata en el bar de Santo Domingo con Polígono y tenemos cocho y pan solo, tostadito eso sí, porque mi mamá lo pone al fuego encima de una lata. A mí me gusta el verano porque mi mamá hace tomate con cebolla y comemos hasta que nos duele la guata y quiero que llegue pronto porque mi papá dice que cuando eso ocurra vamos a ir a Cartagena, a la casa de mi abuelo, para comer harto pescado y piures con limón.
Parece que falta bastante para el verano porque hace mucho frío; ayer nos levantamos tiritando y había una capa de escarcha cubriendo el patio, todo se veía precioso, como en los cuentos en que todo es de cristal, lástima que cuando salió el sol las plantas se vinieron abajo todas negras y la María dijo que se quemaron, pero yo no le creo.
Mi mamá se levanta temprano, enciende la cocina y nos da té, después hace las camas y barre y se va a comprar carbón para la cocina así que nosotras nos quedamos solas toda la mañana, pero la María nos cuida y el tiempo se nos va volando. Jugamos a un montón de cosas: a la payaya, a la escondida o a la mamá; una vez que la María y yo estábamos jugando al circo en la cama de la Juanita yo me asomé tanto por la ventana que me caí del segundo piso y aplasté todas las calas y cardenales de mi mamá, por suerte ella estaba en lo del carbón así que nadie me vio y me paré corriendo y subí otra vez antes de que ella me pillara. Me dolía mucho la cabeza y me quedaron los brazos todos rasmillados; pero la María es tan buena que le dijo a mi mamá que habían sido los gatos y me hizo cariños hasta que no lloré más.
Mi mamá regresa cuando tenemos hambre y el caballero que le trae el carbón le pasa la bolsa y se va en su bicicleta, a veces le da un beso y ella lo reta, por atrevido creo yo, después ella entra muy contenta y nos hace el almuerzo; a mí lo que más me gusta son las papas con mote. Es rico que ella llegue porque la Sole toma la leche y se duerme y la casa se pone calientita con la cocina encendida. Además, me gusta cuando ella está en la casa porque siempre pone todo tan bonito, con calas en la mesa y las cortinas amarradas con un lacito; mi mamá lava en la batea todos los viernes para que las sábanas estén blanquitas y cuando se secan le pone unas brasas a la plancha y las deja tan estiraditas que da gusto, cuando yo sea grande quiero planchar tan bien como mi mamá.
Los domingos íbamos a la Quinta y elevábamos cambuchas hechas por mi padre con papel de diario, a veces, en verano, llevábamos una sandía de Paine grande y fresquita, que comíamos debajo de los árboles cuando no dábamos más de calor. La Quinta estaba llena de gente con zapatos nuevos y señoras con guantes y sombrero que iban de un lado para otro con cara de fiesta. Los niños compraban globos, barquillos o algodón de azúcar y la laguna se llenaba de botes y risas. Yo siempre quise pasear en bote.
No había plata, supongo, porque jamás lo hicimos. La María, la Juanita y yo jugábamos al zapaterito clava o la niña María y a mí me encantaba ser la niña María que salía en el baile, baila que baila, que baila y si no lo baila ¿qué castigo me iban a dar si bailar en la Quinta Normal era lo más lindo del mundo?
La María tiene cinco años, cuando yo tenga cinco, como ella, voy a ayudar a mi mamá con la Sole y las dos nos quedaremos a cargo de las más chicas cuando mi mamá salga; yo no me hago pipí como mi hermana, a veces mi mamá se enoja tanto con ella que le da correazos y le quedan las piernas todas coloradas y después tiene que sacar el colchón al patio para que se seque y echar las sábanas en remojo. Cuando yo sea grande me gustaría ser como la tía Chepa, hermana de mi papá, que siempre viene tan elegante con su sombrero y sus tacones y nos trae chupetes de dulce, que me encantan. Una vez, la tía Chepa llegó cuando mi mamá andaba comprando en la feria y se puso a esperarla y no sé qué le dio ese día a mi mamá que se atrasaba y se atrasaba hasta que al fin llegó como a las cuatro de la tarde y la tía estaba furiosa con ella y le dijo que dónde se había visto que unas niñas tan chicas se quedaran todo el día encerradas solas, que de milagro no nos habíamos carbonizado en un incendio y un montón de cosas más y mi mamá lloró con mucha pena.
Si tenía algún sueño, ése era ser tan regia como la tía Chepa, ni mi mamá tenía abrigo y ella, cada vez que venía desde Isla de Maipo a vernos, llevaba puesto uno diferente, hubiera querido ver tan sólo una vez a mi madre tan bien arreglada como la tía Chepa y me entretenía pensando en cómo sería la casa de mi abuelo paterno, seguramente siempre con el fuego encendido y con hartas cosas ricas para comer, no como nosotros que a duras penas llegábamos a fin de mes comiendo chuchoca condimentada con las amargas quejas de mi madre sobre la irresponsabilidad de su marido.
Supongo que la tía Chepa jamás supo lo largo, lo eterno que puede ser un mes cuando uno está alargando la plata para que alcance hasta el último día. Prácticamente todos los fines de mes mi papá pescaba la radio y se la llevaba al trabajo para empeñarla y así comíamos la última semana.
El mismo día del pago la radio regresaba milagrosamente devolviéndonos a Pedro Infante, Julio Jaramillo y la Sarita Montiel; a mi mamá le encantaba la casa llena de música y cuando la radio partía a su tour por la Caja de Crédito Prendario se las arreglaba para estar siempre tarareando alguna canción. No quiero verte triste, porque me mata, y déle escobillazos a las camisas de mi padre, que ya casi tenían el cuello trasparente. Y la Juanita iba tras sus pasos sirviéndole de eco; tu carita de pena, mi dulce amor.
La María tenía cinco años y éramos absolutamente felices, a veces teníamos hambre, pero mi mamá nos acostaba temprano y se nos olvidaba hasta el otro día, y con suerte mi papá regresaba con unos pesos del hipódromo y hasta podíamos comer cazuela con papas, zapallo y hasta una rodaja de choclo.
Éramos tan felices que no se nos pasó por la cabeza que mi papá tendría algunos motivos para emborracharse cada vez que tenía un par de pesos en el bolsillo o que mi mamá se hubiera cansado de peleas y miserias. ¿Por qué íbamos a pensarlo? No conocíamos otra vida.
De modo que esa mañana, cuando mi mamá echó sus pocos trapos en una bolsa de lona y se fue sin darnos desayuno supusimos que pronto volvería con carbón y pondría la tetera al fuego, las cosas no tenían por qué ser de otra forma. La casa estaba patas arriba eso sí; la María tendió las camas como mejor pudo, lavó la loza sucia y nos preparó harina tostada con agua y un poco de azúcar. Mientras ella le daba la mamadera a la Sole yo me hice de la escoba y barrí escrupulosamente toda la casa, de todas maneras, cuando la María terminó de alimentar a la Sole repasó los montoncitos de tierra que mi inexperiencia dejara olvidados.
También fue la María la que rebuscó en la cocina y nos sirvió pan añejo y los restos del charquicán del día anterior. Después, desesperada por los llantos de la Sole, le sacó el calzón de goma y abrió las mantillas empapadas; un olor desagradable y sofocante inundó la pieza, pero ella siguió con su tarea y la limpió cuidadosamente con una toalla mojada. Qué va a decir mi mamá cuando vea la toalla toda cochina, pensé, pero la María la llevó a la batea y la desmugró junto a las mantillas de la Sole trepada en un cajón para alcanzar el borde. Estuvimos largo rato haciendo pompas de jabón y jugando a escobillar la ropa de la Sole, jugábamos a que la escobilla era un barco y salía a recorrer el océano, que con tantas olas que hacíamos se llenaba de espuma; debe haber sido algo tarde, ya empezaba a hacer frío.
- Ya debe estar por llegar mi mamá.- Dijo la María, y nos llevó adentro para que no se enojara porque la habíamos desobedecido. La Sole se había despertado y gorjeaba en la cuna jugando a agarrarse los piececitos. Una pequeña mancha de caca sobre las sábanas de mi mamá ponía en evidencia lo mucho que le había costado a mi hermana cambiarle los pañales sucios.
La tarde se enfriaba con rapidez, nos acostamos todas sobre la cama de mis padres y nos cubrimos con una frazada confiando que pronto llegaría mi madre con el carbón para la cocina. ¿Y si no era así? Después de todo se le quedó la bolsa – dudé- y el frío se me metía hondo en el cuerpo pensando en qué iba a decir mi papá cuando llegara y no tuviese nada para comer.
Me despertó el llanto de la Sole y la Juanita. La María se afanaba preparando un poco de leche fría a la luz de una vela, yo había olvidado que nos habían cortado la luz un par de días antes, yo también hubiera querido llorar, tenía hambre y frío y siempre me ha dado mucho miedo la oscuridad, pero pensé en lo mucho que le había pedido a mi mamá que me tratara como a la María, en tanto como había deseado tener cinco años para que ella me dejara a cargo de las más chicas cuando salía para que la María no se pusiera tan mandona. Tomé la guagua en brazos y la mecí tratando de que se callara y la Juanita, como si hubiera adivinado lo asustadas que estábamos, logró encontrar su chupete en la cama y se puso a chuparlo con hartas ganas. Mi hermana trajo la mamadera y al fin sólo se escuchaba el chupeteo de las niñas en la oscuridad.
Supongo que a la María le pasó lo mismo que a mí mientras esperábamos sobre la cama, malamente alumbradas por la vela que se acababa, que también ella supo, repentinamente, que mi mamá no volvería con el carbón, esta vez no habría comida en la mesa de mi padre y de una manera u otra la María y yo tendríamos que ocuparnos de la Juanita y la Sole. Mis tripas reclamaban bulliciosamente el almuerzo que nos habíamos saltado, pero como la Juanita, gracias a Dios se estaba durmiendo, me acurruqué a su lado y me dormí también.
Me despertó el suave rasguño de la lluvia sobre el tejado, la luz grisácea de la mañana se filtraba por los visillos redibujando los contornos del ropero, las tres camas y el velador donde estaba la palmatoria. Tenía mucho frío, me senté en la cama y me froté los ojos mientras me chupaba el pulgar con más deseos que nunca. La mamá no me va a retar, pensé, tengo hambre y me puedo chupar el dedo si quiero.
- ¿Llegó mi papá?
La María se había despertado también, tenía la nariz manchada de mocos, como la Juanita, y los pelos de una trenza deshecha disparados en todas direcciones. Me reí, se veía muy divertida mi hermana, pero no supe qué contestarle, ignoraba si mi padre había llegado o no; quizás ya estaba en el baño, o en el patio. Nos levantamos sin pensarlo dos veces y salimos a buscarlo por la casa llamándolo una y otra vez, pero tampoco él había regresado, quizás se había cansado de tantos problemas, como mi mamá; se había aburrido de comer papas con chuchoca y pan solo. La María tenía la ropa húmeda y manchada de amarillo, por suerte no está mi mamá – me dije – o le sacaría la mugre por hacerse pichí en la cama de ella.
– Se debe haber pasado al bar.
La María tomaba todo con tranquilidad y eso me hacía sentir segura; por supuesto, cómo podía haberlo olvidado, mi papá tenía que estar en el bar de la esquina de Polígono, muchas veces mi mamá nos había mandado a buscarlo y yo partía de la mano de mi hermana y me quedaba muy quieta a su lado cuando ella se paraba en la puerta a gritar:
- ¡Papá, papá, dice mi mamá que se vaya para la casa!
Y mi padre salía del bar balanceándose de un lado para otro, como los payasos en la cuerda floja, y tomaba calle abajo sin mirar atrás. Nosotras le seguíamos bien atentas para que no se fuera a equivocar de casa o para avisarle cuando podía cruzar. Si mi papá se demoraba mucho en volver hoy podríamos hacer lo mismo y no cabía duda de que lo encontraríamos allí, en la mesa del rincón del Bar La Herradura. Después de todo, no era ésta la primera vez que mi padre no llegaba a dormir, con suerte había ganado algo jugando al cacho y podía comprar algo para el pan.
Debe haber sido cerca de la una cuando llegó, el hambre y el frío nos tenían tiradas en la cama de la Juanita y apenas le miramos sin decir una palabra. Él debe haber notado todo de inmediato, supongo, la casa en desorden, la cocina apagada y la Sole llorando a todo pulmón, pero aún así preguntó por mi mamá.
Y nosotras, ¿ qué podíamos decirle? Que mi mamá no había llegado con el carbón, qué teníamos hambre, que había sido una noche muy larga y muy oscura, que la cama de ellos estaba toda mojada. Nada, no podíamos decirle nada, porque se iba a poner tan enojado con nosotras y capaz que él se fuera de nuevo dejándonos solas para siempre.
De manera que tampoco dijimos nada cuando nos fue repartiendo por las casas de la parentela. La Juanita tuvo mucha suerte, se quedó con la tía Melania, que había pasado toda su vida esperando el hijo que no llegó, la Sole se fue con su madrina y se olvidó de nosotras para siempre y nosotras fuimos a dar a la casa de la tía Chepa; lo que tanto había deseado se hacía, por fin, realidad.
. No podía creer mi buena fortuna, cuando la tía Chepa descubrió que la María pasaba el río por las noches decidió que sería yo la que iba a dormir con ella y yo no podía creer tanta suerte, que hubiese sido yo la escogida para acomodarme entre esos grandes cojines almidonados y las frazadas que olían a talco perfumado y jabón de lavar me parecía un regalo inesperado del destino. Me acurruqué entre las sábanas y me quedé dormida casi de inmediato, sin siquiera preguntarme dónde dormiría mi hermana. Al fin se terminaba la larga jornada de ese día infausto en que después de recorrer Santiago de punta a cabo la María y yo teníamos un hogar de verdad, con mesa de mantel blanco y sillones tapizados de cretona, con dormitorios y cocina y un patio de verdad. Qué linda es la Isla de Maipo, pensé, arrebujando la cubrecama bordada contra mi pecho, qué linda la casa de mi abuelo; ni siquiera pude despedirme de mi padre porque mis ojos se cerraron apenas descansé la cabeza en la almohada.
Y soñé. Soñé que tenía un lindo vestido de color rosa, zapatos de charol con pulsera y calcetines blancos, soñé que la tía Chepa me llevaba a la Quinta Normal un domingo lleno de sol y de señoras elegantes; yo iba de su mano y caminábamos hasta la orilla de la laguna y subíamos a un bote para ir a pasear. Sentada a su lado, como una señorita, me sentía tan orgullosa y feliz de que la tía Chepa pareciese mi mamá; pasaban otros botes, algunos patos nadaban cerca de la orilla y el agua murmuraba dulcemente sus canciones bajo mis pies.
Pero mi sueño se volvió pesadilla cuando comprendí que tenía tantas ganas de ir al baño que mi paseo amenazaba con convertirse en una tortura. ¿Cómo iba a decirle a la tía Chepa que quería pipí justo ahora, en medio de la laguna de la Quinta Normal, tan lejos de la orilla y el baño?
Aguanté valientemente mientras el bote se acercaba a la orilla, qué cansada estaba, me pesaban los ojos, cruzaba las piernas para aguantar mis terribles deseos, trataba de no escuchar el murmullo incitante del agua deslizándose bajo el bote, miré a la tía Chepa y la ví dejándose arrullar por el aroma de los árboles y la frescura del viento. Finalmente se volvió hacia mí y me sonrió dulcemente, supe que tanto esfuerzo ya no era importante, que la tía Chepa sabría comprender, no como mi mamá, no tenía para qué llegar hasta la orilla, no tendría para qué seguir aguantando. Deliciosamente tibio, el pipí corrió por mis piernas hacia los calcetines blancos y los zapatitos de charol dejando una pequeña mancha ovalada sobre el piso, qué alivio más grande no tener que aguantar más, acabar al fin con mi tortura.
- ¡Chiquilla imbécil, sal de aquí inmediatamente, fuera, fuera!
A gritos y tirones fui arrojada del paraíso por la tía Chepa; caí al piso golpeándome la cabeza para recuperar inmediatamente la consciencia y sentir mi pijama mojado, las tablas heladas y el chichón que empezaba a hincharse sobre mi cráneo. De pie frente a mí, la tía Chepa desarmaba a tirones su cama arrojando lejos las sábanas empapadas y los almohadones perfumados entre gritos de furor.
Me arrastró de un ala por el pasillo echándome en cara mi ingratitud y la mala semilla de la mujerzuela que me había parido; me corrían las lágrimas de miedo, vergüenza y dolor por mis pies que se raspaban contra las ásperas losas del pasillo. Cruzamos así la casa iluminada por la luna hasta que llegamos al último patio sin que la tía Chepa interrumpiera su largo rosario de imprecaciones; los perros que se habían despertado nos seguían aullando atemorizados y los caballos se agitaron en la pesebrera e hicieron resonar sus cascos nerviosamente.
Se detuvo ante una puerta y la abrió con gesto rabioso, me arrojó dentro violentamente, como si fuera un bulto, en medio de trastos viejos y polvorientos, sillas de montar, pilas de periódicos viejos y aperos hediondos a caballo sudado; por los barrotes que clausuraban el ventanuco se colaba la luna aprovechando la falta de cristales. Se fue dando un portazo y me dejó en las tinieblas llorando sin consuelo.
Todavía lloraba cuando sentí una mano helada que me buscaba en la oscuridad, ahogué un grito de terror y un par de bracitos delgados y temblorosos me envolvieron mientras la María me decía suavemente:
- Ven, Tinita, no llores más, acá hay unos sacos donde podemos acomodarnos.
Esa noche había partido, ni un alma en la calle. Llegamos a saltar cuando tocaron la puerta: “¡Vecinos, hay un asalto en la esquina, vengan!”
Salimos corriendo, la víctima estaba en el suelo, toda machucada. ¡Llámate a los pacos!, pidió mi hermano.
Corrí al teléfono. Él se agachó a ayudarlo y debe haber sido entonces cuando le asestaron el golpe. Nunca recuperó el conocimiento; lo sepultamos una semana después. A veces, cuando alguien grita ¡Asalto!, me acuerdo de mi hermano y pienso qué habría pasado si se hubiera quedado para ver el gol del triunfo.
