Ella llegó a trabajar a Victoria el año 56, a tiempo de ver la agonía de la industria salitrera; aunque todavía joven, ya había alcanzado ese momento indefinible en que las mujeres dejan de hablar de la edad. Pequeña, delgada, frágil, Dione no lograba esconder del todo su pasado de bailarina en algún cabaret del puerto; los inevitables estragos del tiempo y la necesidad de seguir comiendo la habían empujado, como a tantos, a buscar trabajo en el peladero inclemente de la pampa de Tarapacá, sobre cuya vasta extensión aparecían desperdigadas las últimas oficinas salitreras que todavía se encontraban en producción.
Bailarina al fin, circulaba entre los parroquianos como si las gastadas puntas de sus zapatos blancos fueran a alzar el vuelo en cualquier momento; atendía las mesas de la fonda sin poner gran empeño; aunque la amplia sonrisa pintada de escarlata con que entregaba la cuenta ayudaba a compensar cualquier desgana de sus clientes a la hora de soltar la propina.
Lino Mamani tenía fama de hombre duro. El Indio, le decían. Por detrás, porque nadie se hubiera atrevido a espetárselo, en su cara, al capataz más malaspulgas de la oficina. No se le conocían peleas, pero sus escasos enemigos solían aparecer en algún rincón de la Oficina Victoria machucados como membrillo y sin tener idea de lo que les había ocurrido.
- Me agarraron curado, – explicaban penosamente tratando de justificar la golpiza – no pude ver a nadie.
Alto, macizo, con una mirada torva cruzándole la cara de rasgos firmes, el capataz recorría las obras sin que detalle alguno se le escapase a sus ojos de ave de presa. A veces se detenía junto a algún viejo que arañaba la costra salina a punta de pico y chuzo, husmeaba el aire reseco como fiera al acecho, liaba un cigarrillo que golpeaba con suavidad en el dorso de su mano y luego, mirando el desmonte, sentenciaba, lacónico y lapidario:
- Poco te cunde.
Con esas tres palabras bastaba y sobraba para que el calichero se fuera cortado esa misma semana y con esas mismas palabras motejaron los viejos al capataz por segunda vez. De un día para otro, Mamani dejó de ser el Indio; bastaba que Lino Mamani asomara por un laboreo para que se corriera la voz:
-¡Viene Pocotecunde!
La cuadrilla redoblaba su ritmo comiéndose la rabia que le tenían; si apenas la mitad de los hombres que le debían a Lino Mamani el sobre azul, le hubieran podido meter mano, tiempo haría que éste se estaría momificando en la árida y ardiente tierra de la pampa. Pero el capataz, recordando quizás sus ajustes de cuenta en medio de la noche, no era hombre que le diese la espalda a nadie. No se le conocían debilidades a Lino Mamani; no hasta que Dione llegó a la pampa, con su faldita azul y sus modos de gorrión acuciado por el invierno.
Desde que Dione asomó por las mesas del Dragón Imperial el capataz se aficionó a la comida china. Con tal de que ella se las sirviese, Lino Mamani era capaz de comer todas y cada una de las especialidades del cocinero cantonés; a despecho de aquellos rumores malintencionados que ubicaban en las vecindades del Dragón Imperial a todos los perros perdidos de la Oficina Victoria. Ella llevaba sus platos con especial cuidado, los acomodaba delicadamente sobre el mantel de plástico desteñido y lo miraba de reojo, sonriendo con coquetería, acomodando en su vaso rajado las dos flores plásticas cubiertas con cagadas de mosca que el chino consideraba decoración; balanceándose impaciente sobre uno y otro pie, a la espera de que Lino hundiese su cuchara en las verduras y la mirase con ojos de carnero degollado antes de decirle:
- Está muy bueno, señorita.
Satisfecha, ella se marchaba contoneando sus caderas y repartiendo sonrisas a diestra y siniestra. Cuando el trabajo aflojaba, contaba y repasaba las propinas que aumentaban en su bolsillo y una lucecita alegre aparecía en el fondo de sus ojos verdes.
-¡ Listo el pollo pala la mesa cuatlo, Dione!-
El chino la apuraba con su voz chillona, parado en la puerta de la cocina con el sudor corriéndole por la frente amarillenta. Dione literalmente volaba sobre las puntas de sus piececillos y llegaba justo a tiempo para recoger el plato desbordante de salsas y verduras salteadas. El chino se limpiaba las manos grasientas en el delantal, lamentable compendio de su carrera cocineril, y atacaba una nueva orden a punta de ollas y sartenes.
De tanto circular entre las mesas, logró ella enterarse de que su sueldo de capataz era bueno y le dedicó entonces sus mejores sonrisas y los platos más rebosantes; él los devoró con gran espíritu de sacrificio y el día que se aburrió de envenenarse puertas afuera tuvo la certeza de que la solución de sus problemas estaba en el matrimonio; idea que era espoleada constantemente por el resplandor de los ojos de Dione y el atisbo de esos brazos blancos y delicados, tan distintos de la carne morena y dura de las mujeres pampinas.
Comenzaron por pasear en la plaza para eludir el calor de las tardes veraniegas. Él le compraba paquetes de turrón y cartuchos de maní tostado, que a Dione le encantaban. Ella se le colgaba del brazo, esponjada de orgullo; ataviada con su mejor vestido de algodón se refrescaba las mejillas con un abanico de papel mientras iba sacando del cucurucho los granos tostados de maní. Cuando caía la noche él la encaminaba hasta la pensión donde vivía; caminaban estrechamente abrazados refugiándose en la sombra, deteniéndose a veces para besarse apasionadamente escondidos en los portales sin luz. Lino la apretujaba contra los muros de calamina mientras investigaba la tersura de sus nalgas; ella se revolvía sin prisas, esquivando con habilidad la presión del abrazo, y le ofrecía sus labios fruncidos como si fueran una guayaba madura, lista para el mordisco. Lino se sumergía en ellos hurgando golosamente con la lengua y experimentaba un delicioso mareo que se venía sobre él hasta hacerle perder el equilibrio. La aplastaba pesadamente contra la pared, hambriento y desesperado, hasta que ella lograba hacerlo a un lado con la amenaza de no volverlo a ver.
Un día cualquiera, él apareció con un anillo de compromiso y ella lo aceptó llorando de emoción. Ahora con ínfulas de propietario, Lino la recorrió con sus manos ávidas, provocando en ella tímidas peticiones de respeto a su fragilidad que, no sin dificultades, lograron que el capataz se aguantara las ganas. Esa noche, al encontrarse sola en su cuarto, Dione miró su flamante anillo con detenimiento y llegó a la conclusión de que su sueldo no era tan bueno como ella había pensado, pero la pasión con que Lino palpaba la frescura lechosa de su piel pareció compensarlo con eficiencia.
El romance prosperaba en la somnolienta quietud del desierto; Lino y Dione trazaban en la arena castillos que elevaban sus torres hasta agujerear la pesada cubierta azul del cielo. De tanto pensar la situación, él llegó a la conclusión de que, dada la edad de su padre, lo mejor era pensar en volver a su casa en la sierra. Ella lo dudó un poco; cuando Lino Mamani le contaba las maravillas de las quebradas, Dione retrucaba con las nostalgias de los cerros porteños y la caricia salina del viento que viene del sur; pero como después de todo él había pronunciado la mágica palabra matrimonio terminó por aceptar.
Una mañana de setiembre, Lino Mamani engominó su negra mata de pelo, quitó las motas de polvo de su único traje azul y anudó cuidadosamente una corbata nueva en su cuello. A la misma hora, Dione suavizaba su cuerpo con Crema del Harem y pulverizaba Nuit de France en sus pliegues más recónditos; resplandecía como toda novia que se respete cuando acomodó una rosa de seda en el escote de su vestido y enfrentó su imagen en el espejo cuarteado de su habitación con sonrisa satisfecha.
Siguiendo la tradición llegó tarde al civil, donde ya aguardaba incómodo y serio el capataz. Él la vio venir como una aparición blanca, fresca y alada, contrastando violentamente con el tierral abierto desde las misma puertas del recinto hasta el infinito.
Ella respondió con vocecilla trémula la invitación a acompañarlo hasta que la muerte los separase; él introdujo torpemente el anillo en su anular. Los acompañaron, muy emperifollados, la dueña de la pensión y el chino Armando; a quien por primera vez ambos veían sin su delantal de saco harinero decorado por un millón de manchas.
De vuelta en la fonda del chino descorcharon una botella de vino tinto y brindaron por el futuro de la feliz pareja. Ella derramaba sonrisas, Lino ponía cara de vergüenza. Era casi mediodía cuando se subieron a una micro que se caía en pedazos y partieron hacia las serranías extraviadas en el horizonte andino.
Iniciaron un viaje interminable por un erial pedregoso; el cacharro iba atestado de aymaras silenciosos que soportaban estoicamente el calor y la puna que a ella la estaban matando. Lino le limpiaba la frente con un pañuelo empapado en agua de colonia y le daba a chupar pequeños limones, explicándole que le adelgazarían la sangre para que corriese mejor en la altura.
Al caer la noche el vehículo se asomó sobre el borde de un cerro y ella descubrió con cierto alivio algunos puntos de luz salpicando la negrura de la noche. A bocinazo limpio el chófer comunicó al pueblo su llegada; una docena de quiltros flacuchentos aparecieron de la nada para escoltarlos, ladrando furiosamente, hasta la pequeña plaza del pueblo. Los pasajeros despertaban e iban recuperando los bultos que antes desparramaran despreocupadamente por el pasillo. A ella le sorprendió ver a los paisanos, de suyo tan silenciosos, parloteando animadamente con su acento cantarino, regocijándose por el fin de la pesada travesía.
Ya era noche cerrada cuando llegaron hasta la pequeña casa de piedra y adobe. Él empujó la puerta y entró llamando a su padre. Ella lo esperó de pie en el umbral en tanto Lino se perdía en la oscuridad del corredor. Aguardó largo rato hasta que finalmente vio brillar una luz que venía desde el fondo de la casa; eran Lino y su padre. El viejo los recibió sin entusiasmo ni simpatía, parecía no advertir el cansancio que llenaba cada uno de sus huesos; a ella le parecía que el aire de la puna se colaba tan ligero hasta sus pulmones que su corazón podría salírsele por la boca en cualquier momento. Cuando Dione miró la oscura faz apergaminada del viejo a la luz de la vela pensó que bien podría tener cien años; ese secreto pensamiento la tranquilizó, al menos no duraría mucho.
Esa noche de gloria, Lino la amó hasta quedar ahíto sobre el camastro y después se durmió pesadamente; ella se sentía afiebrada y dolorida, se dejó llevar por ese torbellino de caricias tan largamente contenidas y recibió el sueño con el alivio de una obrera extenuada.
Despertó cuando el sol ya estaba alto, sin embargo, aún se podía sentir el hielo de la noche emanando de la tierra. Se levantó con desgana, tratando de asir el aire que se negaba a circular por sus pulmones. Abrió los gruesos postigos de madera pintados de azul y un sol brillante y metálico manchó la penumbra de la habitación. Algunos muebles rústicos salpicaban la choza en democrática convivencia con una docena de cajones fruteros y algunos sacos de hortaliza. Ella no quiso ni mirarlos, prometiéndose que eso no habría de durar; se asomó a la ventana y pudo ver frente a ella la herida verde de la quebrada que se alargaba hasta perderse de vista.
Delante de la casa crecían algunas matas de malvas silvestres salpicadas de flores, sobre cuyas corolas polvorientas media docena de mariposas blancas jugaba al pillarse. A pesar del cansancio que le producía el soroche, a Dione no le faltaron ganas de imaginar un futuro color de rosa y alargó las manos hacia los rayos flojos del sol que recién venía. Respiraba corto y agitado, descubriendo asombrada el bum búm de un corazón que hasta apenas ayer la acompañara tan tímidamente y que hoy se aleonaba con los dos mil setecientos noventa metros sobre el nivel del mar.
Entonces lo vio. Dione no habría podido decir si se trataba de una gran mariposa o un pequeño pájaro; gracias a sus alas tornasoladas flotaba sobre las flores embriagándose de polen con un largo y fino pico curvo. Iba y venía batiendo sus alas a una velocidad que le pareció increíble y que hacía casi invisibles los diminutos artilugios emplumados que le sostenían en el aire. A ella se le escapó una exclamación de gozo que atrajo a Lino Mamani hasta el ventanuco.
- Un colibrí.- Dijo él sin entusiasmo.- Los trae la primavera.
Dione pensó que ese pequeño milagro no podía ser sólo un pájaro. Tendió las camas, fregó las cacerolas y salpicó de agua el piso de tierra para después barrerlo prolijamente bajo la mirada a la vez sorprendida y escandalizada del viejo. Pasó la mañana escarbando entre los trastos hasta dar con unas tiras de percala polvorienta que jabonó concienzudamente con el propósito de resguardar la intimidad del pequeño cuarto que el viejo les cediera. Cuando Lino volvió de la siembra, los dos hombres comieron con apetito el estofado humeante en tanto ella mordisqueaba algo de ensalada sin dejar de mirar por la ventana hacia los colibríes; que ahora se correteaban apasionadamente por entre las ramas floridas.
Asomada a la ventana, ella fue descubriendo lentamente la rutinaria vida de la quebrada. Al caer la tarde, esperaba el regreso de Lino desde la era; con los codos apoyados en el alféizar inspeccionaba la distancia tratando de reconocer la alta figura de su marido; sorprendiéndose cada vez con las pequeñas comitivas de paisanos que subían en fila india por el estrecho sendero. Primero el hombre, tirando del burro casi sumergido bajo la pesada carga, más atrás, la figura enlutada de la mujer, tanto o más cargada que el pollino bajo grandes haces de leña.
- Yo no soy como éstas.- Se alegraba.- Mi Lino no me tomaría como a una bestia de carga.
Y esbozaba algunos pasos de baile, regocijándose por el mañana que se venía tan feliz y tan pleno, por los niños que habrían de jugar a las escondidas entre los molles de la plaza y las hebras blancas que vendrían a pintar la cabeza de su hombre. Habría sido absolutamente dichosa si no hubiera estado de por medio la cara avinagrada del viejo y las frases cortantes con que éste diariamente calificaba su trabajo ante el hijo que volvía de la siembra.
- ¿Con qué la vas a vestir?- Preguntó el día que la cortinilla separó de su camastro la habitación de la pareja.
Ella sonrió desdeñosa. ¿A quién se le podía ocurrir que su Lino, que desbordaba pasiones cada noche, vestiría a su amada con los harapos dejados por su madre? Y esa misma noche, enroscada a sus piernas en la tibieza de las sábanas, le habló de los nuevos algodones que exhibía en su mostrador el viejo tendero italiano de la calle Prat. Él accedió casi sin pensarlo, ocupado como estaba en recorrer el relieve delicado y pálido de sus muslos; empeñado como siempre en la exigente tarea de preñar a su mujer.
Pero por más que Lino desease lo contrario, Dione lavaba puntualmente los testimonios de su infertilidad. El viejo, aprovechando la ocasión, había comenzado ahora a tratarla con abierto desprecio y rezongaba en voz baja, cuestionando su derecho a comer el fruto del trabajo de su hijo. Lino otorgaba en silencio la razón a su padre y retomaba su labor con renovado esfuerzo. “Un día de estos, se decía, va a comenzar a engordar”. Sin embargo los días pasaban sin que Dione diese señas de embarazo, por más pasión que ambos pusiesen en su tarea.
Con el afán de recuperar su tranquilidad, ella colgó un letrero de la ventana y comenzó a amasar delicados alfajores rellenos de miel, que pronto atrajeron a la casa más clientela que la verdura de la huerta. A instancias de un viandante en poco tiempo incorporó al negocio bebidas de soda que el frío de la noche mantenía siempre frescas y terminó ocupando para su negocio la estrecha habitación que hasta entonces fuera el comedor y alcoba del viejo, cuyo camastro fue trasladado junto al calor de la cocina.
Le gustaba su negocio. Con sus propias manos armó una repisa que cubrió con tarros de sardinas y leche condensada y escondió bajo el mesón un saco de azúcar, otro de arroz y uno de harina. Amasaba ahí mismo, permitiendo que el batir de las alas de los picaflores espantase la modorra que la embargaba por las tardes, cuando todos en el pueblo dormitaban su siesta a la vera de las terrazas cubiertas de alfalfa. Ahora, a su clientela pueblerina se sumaban los pacientes del hotel de las termas; a ella se le hacía nada el tiempo de tanto producir alfajores y conversar largamente con quienes le rogaban que rellenase un par de centenares más para endulzar su regreso a la ciudad.
- ¿Cómo lo haré? –Decía ella apretando delicadamente el lóbulo de su oreja izquierda.- ¿Le llenaré o no le llenaré? – Y la imbuía el placer de ser depositaria de tantos ruegos.
La primera vez que vio a Aliro Capetillo conduciendo cuesta abajo Dione debió salir corriendo del camino para dejar paso a su gran camión abarrotado de mercancías. Se quedó con la imagen de una amplia sonrisa blanca y una polvareda de los mil demonios que se perdía quebrada abajo. La tarde que él entró al almacén lo reconoció por esa risa grande, llena de dientes y ganas. Dione miró con placer esos dientes que se incrustaban golosamente en la corteza dorada y la lengua sensual y sonrosada que se aseguraba de atrapar hasta la última gota de miel y pensó que a pesar del evidente interés con que guardaba el dinero de la venta, nunca Lino Mamani había probado sus dulces.
A Aliro, en cambio, parecían encantarle y pronto se hizo asiduo cliente del almacén. Saludaba a Lino Mamani con grandes aspavientos, mostrábase preocupado por la salud del viejo y la cosecha que venía, alternaba con la clientela y consumía grandes cantidades de alfajores sin importarle la cercanía del almuerzo o la cantidad de dinero que ello le significara.
El viejo fue el primero en mostrar su desagrado. A pesar del esfuerzo que le implicaba le bastaba con escuchar el vozarrón de Aliro en la puerta para levantarse del camastro. Con dificultades renqueaba hasta el almacén y se acomodaba en una vieja silla paticoja que Lino había instalado para él. Después se quedaba en silencio, escuchando con reprobación el alegre parloteo que su nuera y el camionero habían hecho un hábito; otras veces, queriendo tomarlos por sorpresa, se escondía en la alcoba y corría sigilosamente la cortinilla para no perderse detalle alguno de aquellos encuentros que tan mal presentimiento hundían en su corazón.
Dione pretendía no advertir su desagrado; iba de aquí para allá aventando el polvo de los anaqueles, aplastando las moscas intrusas con una palmeta de alambre, construyendo pequeña pirámides de tarros de conserva. A veces su saltimbanqueo de pájaro echaba abajo las inestables estructuras, entonces Aliro pasaba de un salto tras el mostrador para recoger y acomodar las latas con una presteza que a ella le parecía admirable.
Obligado por la estrechez del espacio él solía rozarla con su corpachón y entonces Dione revoloteaba como un colibrí a su alrededor; deslumbrada por el amarillo refulgente del polen que chisporroteaba en el fondo de los ojos de Aliro Capetillo. Batía sus faldas y alargaba sus labios, prestos para el placer de la libación. Cuando su mirada se impactaba en los ojos del viejo, pequeñas ranuras por la que se filtraba la ira contenida, a ella se le helaban las manos y le pesaban los alados piececillos; murmuraba su agradecimiento y salía corriendo a refugiarse detrás de los sacos de papa y cebolla, a observar los revoloteos de los picaflores sobre las ramas de malva floridas.
En cuanto llegó el invierno y se marcharon las aves el viejo cayó a la cama para no levantarse más. Desde su puesto en el mostrador Dione podía escuchar el seco quejido de su tos, que parecía debilitarse con cada nueva amanecida. Lino Mamani barruntó que se acercaba el fin de los días de su padre y un lunes de junio recogió los papeles de la propiedad y se marchó a la ciudad para preparar las cosas. Dos días después, cuando regresó, encontró a su mujer apoyada en sus codos sobre la tabla pelada del mostrador, abierta la boca sensual en invitadora sonrisa y el escote desabotonado para exhibir el nacimiento de sus pechos lechosos. Habría sentido el ramalazo del deseo si al otro lado del mostrador no hubiese estado, enfrentándola, la risa llena de dientes de Aliro Capetillo.
Se mordió la rabia cuando ellos despertaron sobresaltados de su encantamiento. Se metió a la alcoba y reclamó agriamente la comida. Dione cerró el almacén y correteó solícita por la pequeña casa atendiendo a su marido, preguntándole por su viaje y recordándole una y otra vez lo mucho que lo había echado de menos. Esa noche Lino la amó sin ternuras y cuando terminó se dio vuelta en la cama para ponerse a roncar inmediatamente.
Comenzó a descuidar su trabajo volviendo en cualquier momento de la siembra. A veces encargaba a un rapaz que se hiciera cargo de segar la alfalfa y corría desalado cerro arriba hasta llegar al pueblo, entraba sin aliento al almacén y pasaba de largo hasta la cocina para ver a su padre, que ahora dormía largo y tendido las veinticuatro horas del día.
Cuando el viejo dejó de despertarse acuciado por el hambre Lino se levantó temprano y fue hasta el despacho a buscar a su mujer. Ella cernía la harina sobre la tabla de amasar cuando escuchó su orden:
- Deja eso, cerramos el negocio.
Por más que Dione suplicó, rabió y razonó, la orden de Lino se mantuvo incólume. Ella guardó la harina, trancó la puerta del almacén y se sentó a llorar detrás del mostrador por los arrestos de su independencia perdida. Toda la mañana la pasó asomándose a la ventana con los ojos enrojecidos, para explicar a su clientela que el negocio no estaba atendiendo. Esa tarde, mientras Lino cenaba, apareció la mujer del profesor a rogarle que le fiara un kilo de arroz. Lino interrumpió su cena y colgó de la puerta un pequeño letrero que comunicaba a la clientela el cierre definitivo del almacén; ella lloró largamente y se fue a dormir sin hacer caso a sus requerimientos.
Una semana después, cuando subieron al cementerio encabezando el sepelio del padre, ella vio que Aliro Capetillo venía bajando en su camión, como siempre, a gran velocidad. Una nube de polvo cubrió irrespetuosamente a los dolientes y Lino Mamani no pudo evitar el mascullar un improperio, su rostro cetrino estaba descompuesto por la ira. Dione arrebujó la mantilla sobre su rostro y apretó el paso detrás de su marido, casi le parecía oír la risa de Aliro paseando en los brazos del viento, confundida con el ronroneo gatuno del motor que se alejaba.
Al llegar la primavera los membrillos abrieron sus capullos y las rosas silvestres se llenaron de yemas coloradas. Cada día asomaban bandadas de aves diferentes: golondrinas de vuelo aventurero, jilgueros cantores, patos en formación militar que pasaban graznando en dirección al estanque. Una mañana llena de flores, ella descubrió los primeros colibríes retozando sobre las matas perfumadas y sintió el calorcillo de la felicidad derramándose por su corazón.
La tierra iba verdeando con renovados bríos; Dione acompañaba a su marido a la siembra y podía ver los perales que acunaban en la brisa sus ramas cargadas de florecillas blancas para placer de abejas y avispas. Una tarde que volvieron cargados de leña y alfalfa se acostaron temprano, después de cenar con apetito. Habían pasado dos meses desde que Lino la buscara por última vez por lo que esa noche, cuando sus manos ásperas la cogieron de la cintura, ella se acurrucó entre sus piernas con la elasticidad de un gato en celo.
Él esperaba que un día cualquiera le anunciase preñez, pero la espera se alargaba y el verano ya se venía encima. A Lino le gustaba verla asomada a la ventana, disfrutando de los revoloteos de los colibríes; que después de su regreso habían anidado en una rama del gran molle vecino a la iglesia. Él había retomado su trabajo con más empeño, porque además de restar al presupuesto los ingresos del almacén, ahora estaba peleando con el marido de su hermana los derechos sobre la tierra del padre. Solía alegrarse pensando que de no haberse casado con Dione, habría estado lejos para la muerte del padre y con toda seguridad habría perdido la tierra en las manos rapaces de su cuñado. Lino se llenaba de satisfacción y la abrazaba con delicadeza, para no agraviar los delicados miembros de su mujer.
Ambos estaban contentos. Lino regresaba cansado de la era para encontrar una botella de tinto y un plato de picante en la mesa. Comía con apetito, alternándolo con grandes bocados de ensalada de cebolla y rebanadas de pan caliente que Dione apenas había sacado del horno. Después se iban a la estrecha cama donde Lino durmiera las noches de su niñez y se apretaban tibiamente el uno contra el otro, respirando el aroma fresco de las sábanas limpias y el ramillete de hierbabuena que ella dejaba en un vaso sobre el cajón que les servía de velador.
Avanzaba el verano y la cosecha de membrillos y peras comenzó a ocuparle a Lino la mayor parte de su tiempo. Se quedaba hasta tarde en la chacra llenando sacos de fruta madura que al día siguiente mandaría a la ciudad en el camión. Dione cocinaba temprano y a mediodía trotaba hasta el campo cargando una pequeña olla rebosante de cazuela o calapurca. Lino suspendía el trabajo y, tras devorar su contenido, saciaba su sed con agua fresca de la vertiente que iba llenando permanentemente el gran estanque de piedra que antaño se construyera para regar las tierras de la comunidad. A Lino le gustaba verla trepando por la quebrada de regreso al pueblo, balanceando alegremente la cacerola vacía, deteniéndose para recoger algunas de las flores que se desbordaban hacia el estrecho camino de la acequia, que apenas dejaba paso a una persona.
Él hubiera querido morirse el día que terminó de coger la fruta y regresó antes de lo previsto. Hubiera querido morirse cuando al doblar la esquina vio la maciza figura de Aliro Capetillo cerrando la puerta de su casa antes de marcharse sigilosamente. Hubiera querido morirse cuando abrió la puerta de calle lentamente, deseando que su mujer se encontrase tras el mostrador vacío y, al no encontrarla, se sentó en la vieja silla desvencijada que fuera de su padre.
Ella vino desde el patio vestida con una enagua que malamente cubría sus redondeces, secándose con afán cuello y brazos, mejillas y axilas. Los húmedos rizos de su cabello le caían por la espalda en desordenada melena. Tenía las mejillas arreboladas y la boca húmeda y a Lino Mamani lo embargó una oleada de deseo y odio como nunca antes sintiera.
Almorzaron en silencio. Ella rebañaba los platos con un trozo de pan frío, él apenas podía mascar los trozos de sabrosa carne de llama del guisado. Acabó la botella de vino y salió sin despedirse. Le martilleaba la sangre en las sienes y se le secaba la garganta, un gruñido ronco le subía por el pecho; hubiera querido gritar, aullar su ira en el viento hasta quedar huérfano de palabras, pero su cuerpo se negaba a obedecerlo. Tan sólo caminó y caminó quebrada abajo, hasta que llegó al estanque.
Era tarde cuando Lino Mamani volvió a su casa. Ella le sirvió la cena, pero él siguió de largo hasta el cuarto y se metió en la cama, donde fingió dormir. Alrededor de las diez, una hora antes de que el alcalde apagara el motor de la luz dejando al pueblo sumido en las tinieblas, ella llegó hasta el lecho y se desnudó sin prisas, como invitándole a despertar. Él amagó un ronquido y sintió su cuerpo apretujándose a su lado. Se aguantó el deseo y la pena hasta que ella se cansó de acariciarlo. Al poco rato estaba dormida.
A las cinco de la mañana cantó el gallo y Lino saltó de la cama con la cabeza aturdida por la vigilia. Medio dormida, Dione le preguntó a dónde iba tan temprano.
- Vamos a la siembra, – dijo él- levántate.
La quebrada estaba todavía en penumbras cuando marido y mujer orillaron el cerro en dirección al valle. Dione sentía un millón de agujas en los pies helados cuando resbalaba sobre los guijarros que pavimentaban la huella; hubiera querido decirle a su marido que bajara el tranco, pero temía la reaparición de su disgusto. Los pájaros, ateridos por el frío, piaban entre las ramas de los perales. Una vaca parida se quejaba dolorosamente en algún corral lejano. Lino apretó el paso para que no lo sorprendiese la aurora; Dione trotó tras él tratando de alcanzarlo sin perder pie en la oscuridad.
Él siguió de largo al llegar a la era; una ligera brisa formaba ondas oscuras sobre la superficie de la alfalfa crecida. Ambos podían escuchar claramente el eco del agua de la vertiente cayendo sobre el estanque hacia el que se dirigían. Cuando llegaron allí el agua era un gran espejo carente de luz en el que se reflejaban algunas estrellas tardías. Él dejó su saco junto al borde y se puso a desmalezar la boca de la acequia que llevaba el agua hasta su chacra; ella se sentó en la orilla, gorjeando como un colibrí en cortejo, agitando la superficie acristalada del estanque con una rama. Las ranas que croaban en la oscuridad se arrojaban desde las matas hacia el agua chapoteando alegremente.
Desde lo alto del cerro donde se emplazaba el pueblo llegaba el canturreo de los gallineros y el rebuzno triste de los burros hambrientos. Ella pensó que ya algunas mujeres estarían avivando las brasas de las hornillas y poniendo algunas mazorcas a calentar sobre ellas. Tenía hambre, rebuscó en su bolsa y sacó unas hogazas de pan y un trozo de charqui y llamó a Lino para que viniese a compartir el magro desayuno. Él refunfuñó algunas palabras que no pudo entender y continuó con su tarea; una pequeña pila de ortigas y légamo estaba levantándose junto a la boca del canal.
Un borde de luz comenzaba a dibujarse sobre el lomo de los cerros cuando Lino Mamani fue hacia su mujer. Ella se había puesto de pie a la orilla del estanque y bailoteaba canturreando un bolero, recuerdo de sus días en el comedor del chino. Se movía grácilmente, como una hoja en el viento, cuando él levantó la pala sobre su cabeza y la dejó caer violentamente, mientras se tragaba un grito de dolor que le llenaba el pecho.
Dione se tumbó ligeramente antes de caer; voloteó hacia el estanque con frufrú de percalas y destellos de rizos despeinados caracoleando en la sombra. Cayó sobre el estanque produciendo un ligero chapoteo; el contacto helado del agua la reanimó y abrió la boca para gritar, dejando sin querer que el torrente negro se le colase garganta adentro.
Aleteó débilmente tratando de salir a flote y pudo ver los primeros rayos de luz que pintaban de blanco las matas de nevada. Algunos colibríes despertaban ya zumbando entre los juncos. Cuando tosió tratando de vaciar el líquido de sus pulmones se escuchó como un gorjeo de pájaros planeando sobre las aguas del estanque. Lino escuchaba claramente como el agua empezaba a bajar ahora por la estrecha acequia en dirección a la siembra, arrastrando las últimas hojas que cortase con la azada.
A Dione el agua la devoraba; se le entumecían las piernas y le pesaban los brazos. Un último aleteo en la superficie del estanque le permitió ver las corolas de las malvas asediadas por los colibríes y la figura de Lino recortada contra el amanecer con la pala en la mano.
La mañana está fresca, pero al gringo Richards, tiesamente empaquetado como está en su terno oscuro, le parece más bien húmeda y calurosa. La camisa es nueva, una de las tantas que Bequita ha guardado por años en el último cajón de la cómoda, todavía en la bolsa que llegaron para algún cumpleaños, alfilerada y compuesta. Lo peor es la corbata, que hiede a naftalina; gracias a Dios, las grandes ocasiones vienen bastante a lo lejos.
Mi suegro llevaba cinco años condenado a su silla de ruedas cuando el Polo Merello anunció visita. Durante esos cinco años, yo había escuchado a diario la elegía sobre las virtudes innatas de Polo Merello: galán de galanes, empleado eximio del Banco Interamericano, en el cual había comenzado como junior hasta llegar a ser agente de la sucursal de Nuñoa para jubilar posteriormente en gloria y majestad. En su soltería, el Polo Merello había sido, indudablemente, el soltero más apetecido del grupo, ya casado, se había convertido en fiel y leal esposo de la bella señora Rita, a quien sus años no habían podido restarle el encanto propio de la juventud. Padre de excepción, Polo había educado un ingeniero, un médico y una gentil encargada de créditos del Banco Interamericano, sucursal Merced.
Las cosas han cambiado tanto en estos últimos tiempos que a Richards le cuesta un mundo reconocer la ciudad que le rodea. Pronto se cumplirán dos años desde que Bequita decretara el regreso a la casa vieja y vaya uno a saber para qué. Las arrendataria del chalet paga tarde mal y nunca; las pensiones, cada día más escuálidas, el último matasanos que lo tijereteó ha dejado a su mujer en la inopia y a él cargando una bolsa repleta de orines y cada vez cuesta más conseguir una empleada que se tome la molestia de desempolvar la casa. La última llegó en calidad de au pair gracias a una tía profesora y a duras penas es soportable porque sabe cocinar. La anterior, retrasada mental, desapareció un día cualquiera llevándose de recuerdo algunos efectos caseros y los aros de perla de su mujer. No hay caso con Bequita, jamás supo tratarlas como se debe, con autoridad.
El día que se terminó de construir el camino nuevo, cuando la Cuesta del Toro quedó definitivamente en el pasado, el gringo Richards sentenció tristemente desde la silla de ruedas:
Desde que las fuerzas armadas emitieron su patriótico pronunciamiento, Richards anda más animado que nunca. Se levanta temprano, enciende la radio, devora ansiosamente los huevos pasados y los bandos noticiosos y tranquiliza a Bequita, tan nerviosa ella. Por supuesto que a Harold no le ocurrirá nada, la situación está bajo control, el general Bonilla acaba de asegurárselo al país.
Richards sabe muy bien que la diabetes se le ha salido de madre. Cada mañana, después de la ducha helada de rigor y con sus propias manos rigurosamente desinfectadas con alcohol, el gringo lava cuidadosamente las úlceras de su pie izquierdo con agua oxigenada, las espolvorea con abundante polvo de penicilina y las cubre con un par de parches curita. Sólo cuando la pequeña operación ha finalizado termina de vestirse y parte a desayunar.
Esa mañana que el chino José fue encontrado por su único empleado, atado de pies y manos con gruesa soga de cáñamo, medio cuerpo dentro de un mugriento saco carbonero, todavía apretando entre sus dientes amarillentos la papa que le sirvió a la vez de mordaza y pasaporte al otro mundo, todo el barrio estaba parado en la esquina de las calles Capitán Araya y Tacna, incluido el Gringo Richards, conocido habitué del almacén del Chino a mediodía, hora en que se echaba al coleto las primeras cañas de tinto destinadas a hacerle el día más soportable.
Cuando el Longino vomitó su bulliciosa carga sobre el andén, Norman Parker se quedó parado allí con la vieja maleta de fibra descansando a su lado. Agradecido por no tener que seguir respirando el aire viciado y descompuesto de los vagones, Norman Parker respiró a todo pulmón y entretuvo la vista en la caótica estampida de los pasajeros con que compartiera los últimos tres días y sus noches. El tren iba desocupándose poco a poco, arrojando por puertas y ventanillas el tropel de viajeros, hediondo, desgreñado y descachalandrado, que arrastraba como podía los grandes bultos de arpillera cosida a mano, las canastas con los restos malolientes de la comida, las maletas atiborradas de prendas arrugadas y los chiquillos de narices pegoteadas de mocos que lloriqueaban su agotamiento.
Richards siempre programa la salida para la pampa a las ocho de la mañana, pero a fin de cuentas, el hombre propone y el cuerpo dispone; entre las vueltas y revueltas del desayuno, la media hora en el baño y las instrucciones a los arrenquines que acomodan la carga le dan al gringo las once con diez, y todavía deberá aguardar una media hora más para que Bequita, su mujer, tenga listo y dispuesto al hijo mayor, Colin, que lo acompañará en esta ocasión. Después de calentar el motor por la media hora de rigor, desempolvar el parabrisas y revisar los niveles de agua y aceite, el gringo pone al Carmelito en marcha hacia Pica e intermedios. Una jornada de poco más de cien kilómetros, todo un día por delante.