Y bien, aquí estamos,enfrentados a la gran pregunta: ¿logrará la derecha  comportarse como una damisela realmente democrática o seguirá siendo el lobo  cuya siniestra cola asoma bajo  un pobre disfraz mal llevado?

No temo a la derecha. Diecisiete años bajo la dictadura de Pinochet le endurecen el cuero a cualquiera y  Sebastián  Piñera no es un general sanguinario, pero,cuidado, porque  mesiánico y sin escrúpulos sí es, y vaya  regimiento que se esconde tras él. Conocemos  muy bien a  casi todos ellos, los que no  tienen historia post once han mostrado sus dientes con toda sinceridad durante la campaña. Además, saben que no tienen por qué temer,  a pesar de todo, el otro lado no ha sido lo bastante rencoroso como para que le tomen respeto. Nadie persiguió, nadie acosó, nadie torturó, arruinó o mató derechistas al volver la democracia.  Apenas  un seguimiento legal que en Chile nunca ha asustado al poderoso, total, tiene dinero para comprar la sentencia.

La vara les queda alta. ¿Serán capaces siquiera de alcanzarla aquellos que devolvieron un Chile en ruinas, sin caminos, sin hospitales, con la educación devastada y el pueblo sumido en la miseria? Lo único de que podían jactarse era de tener  muuucho dinero…después de todo, se lo confiscaron al pueblo chileno quedándose con los ahorros de sus pensiones y saqueando  las empresas del estado. 

Hoy,   poco más del 10% de chilenos que ha creído en ellos  permitiéndoles superar sus máximos históricos,  enfrenta la hora de la verdad, los otros, los que  siempre  supimos quiénes eran,  no nos hacemos ilusiones. Con suerte, saldremos con unos pocos rasguños, pero  el desquite se viene duro. ¿Alguien no lo ha presentido en los venenosos comentarios conque saturan  los periódicos on line?

Buena suerte, Chile. VAS A NECESITARLA.

Últimamente, debo estar haciéndome más vieja de lo debido. Por alguna extraña razón he caído en algo que siempre le reprochaba a los mayores durante el breve lapso de  mi juventud: estoy encontrando que las cosas eran mejores antes.

Las cosas, precisamente eso.  Me   ocurre cuando utilizo el escobillón, de atractivas cerdas plásticas coloreadas. Tan atractivas que las pelusas lo encuentran irresistible y sólo se separan de ellas cuando las arranco con mis propias manos. Use escoba, dirán ustedes. No es que tema  que la consideren mi vehículo personal, no. Lo que sucede es que las escobas tampoco son lo que eran. Apenas uno las arrastra por el piso  se van desarmando y dejando tras de sí un reguero de ramitas, semilla de cáñamo, hilachas y basurillas surtidas.

Si avanzamos un poco en el  tiempo, el notebook es todo un tema en sí.  Por razones obvias, no lo puedo comparar a  la vieja máquina de escribir con que empecé a maltratar el idioma…pero vaya si no tiene una extraordinaria vocación por estropearse, cuando la otra era más resistente que héroe de película norteamericana. Hemos mantenido una relación de amor odio por los pasados cuatro meses. Cada vez que intentaba encenderlo, sonaba un pitido y una página amenazante me advertía de cosas de las que aún no puedo saber de qué se trataban. Diez minutos  y varios control-alt-supr de por medio,  lograba ingresar a windows.

Misteriosamente, la persona que me lo reparó necesitó de sólo  diez minutos de su tiempo y más sorprendemtemente aún, cobró muy poco por ello. Tan poco que a veces me pregunto cuánto tiempo me durará funcionando.

Tomemos el caso de los equipos de sonido.  Había en mi casa de soltera un aparato enorme llamado radiofonógrafo, que consistía en una tornamesa, dos parlantes y un cajón para guardar discos LP envueltos en una atractiva carcasa de madera color caoba. No recuerdo que jamás se haya estropeado, no hasta el día que mis hermanos decidieron tener un grupo de rock y arrancaron los parlantes para hacerse un amplificador de sonido.  En mi casa, en cambio, creo que mi marido ha comprado ya seis  en el  curso de nuestra vida de casados y si el último  nos ha acompañado  por los últimos 11 años se debe, probablemente, a que su precio excedía el millón de pesos e incluía bendiciones especiales de la ciudad de Newcastle donde fue manufacturado.

Ni hablar de las cocinas –llevo tres-, los refrigeradores –cuatro-, las aspiradoras, cinco- y las lavadoras –tres-, todos estos aparatos  han tenido un fugaz paso por nuestra casa y es muy probable que  algún día no lejano deban ser reemplazados nuevamente. El caso más extremo,es el aparato depilador, y conste que no sufrimos de hipertricosis, a lo más un caso grave de herencia ítalo-británica. Es cierto que el pobre aparato debe lidiar con cuatro mujeres, pero eso no justifica que deba ser renovado  cada 12 o 18 meses. ¿No les parece? Mucho más justo es el recambio de la batidora manual, que muere por agotamiento extremo cada cierto tiempo; debo reconocer que somos aficionadas a la repostería.   

Lástima de las cosas.  Perdieron la mayor parte de su encanto y de su perdurabilidad cuando empezaron a  provenir desde el extremo oriente. Hoy, las puertas de los muebles se desencajan, las camas se desmayan a medianoche o en mitad de la actividad amatoria, los pedales de las bicicletas se sueltan, el parachoques incorporado del automóvil ya no se abolla porque se ha soltado mucho antes del vehículo al vencerse los ganchos …plásticos con los que está sujeto,  las sábanas se cubren de pelotitas insufribles –tanto como los chalecos-  y las ampolletas nos dan un último guiño una vez por mes. Maravillas de la vida moderna. La otra maravilla es que no tienen arreglo, ningún maestro se atreve con ellas y cuando se atreven…el que no debiera atreverse es usted. Desconfíe y cómpre uno nuevo.  

2455407168_5d2de56343Ella llegó a  trabajar a Victoria el año 56,  a tiempo de ver  la agonía de la  industria  salitrera;  aunque todavía  joven,  ya había alcanzado  ese momento indefinible en que las mujeres dejan de hablar de la edad. Pequeña, delgada, frágil,  Dione no lograba esconder del todo su pasado de bailarina en algún cabaret  del puerto;   los inevitables estragos del tiempo y la necesidad  de seguir comiendo la habían empujado, como a tantos, a buscar trabajo en el peladero  inclemente de la pampa de Tarapacá,  sobre cuya vasta extensión  aparecían  desperdigadas  las últimas oficinas salitreras que todavía se encontraban en producción.

Bailarina al fin, circulaba entre los parroquianos como si las gastadas puntas de sus zapatos blancos fueran a  alzar el vuelo en cualquier momento;  atendía las mesas  de la fonda sin poner gran empeño;  aunque la amplia sonrisa pintada de escarlata con que entregaba  la cuenta   ayudaba a compensar cualquier desgana de sus clientes a la hora de   soltar la propina.

Lino Mamani tenía fama de hombre  duro. El Indio, le decían. Por detrás, porque nadie se hubiera atrevido a espetárselo,  en su cara,  al capataz más malaspulgas de la oficina. No se le conocían peleas, pero sus escasos enemigos solían aparecer  en algún rincón  de la Oficina Victoria  machucados como membrillo y sin tener idea de lo que les había ocurrido.

 - Me agarraron curado, – explicaban penosamente  tratando de justificar la golpiza – no pude ver a nadie.

Alto, macizo, con una mirada torva cruzándole la cara  de rasgos firmes, el capataz  recorría las obras  sin que detalle alguno se le escapase a sus ojos de ave de presa. A veces se detenía  junto a algún viejo que arañaba la costra salina a punta de pico y chuzo, husmeaba el aire reseco como fiera al acecho, liaba un cigarrillo que golpeaba  con suavidad en el dorso de su mano y luego, mirando el desmonte,  sentenciaba, lacónico y lapidario:

-          Poco te cunde.

Con esas tres palabras bastaba y sobraba para que el calichero se fuera cortado esa misma semana y con esas mismas palabras motejaron los viejos al capataz por segunda vez. De un día para otro, Mamani dejó de ser el Indio;   bastaba que Lino Mamani asomara por un laboreo para que se corriera la voz:

-¡Viene Pocotecunde!

La cuadrilla redoblaba su ritmo comiéndose la rabia que le tenían; si  apenas la mitad de los hombres que le debían  a Lino Mamani el sobre azul,  le hubieran podido  meter mano, tiempo haría que  éste se estaría momificando en  la árida y ardiente tierra de la pampa. Pero el capataz,  recordando quizás sus ajustes de cuenta en medio de la noche, no era hombre que le diese la espalda a nadie. No se le conocían debilidades a Lino Mamani;  no hasta que Dione llegó a la pampa,  con su faldita azul y sus modos de gorrión acuciado por el invierno.

Desde que Dione asomó por las mesas del Dragón Imperial el capataz se aficionó a la comida china. Con tal de que ella se las sirviese,  Lino Mamani era capaz de comer todas y cada una de las especialidades del cocinero cantonés;  a despecho de aquellos  rumores malintencionados que ubicaban en las vecindades del Dragón Imperial a todos los perros perdidos de la Oficina Victoria. Ella llevaba sus platos con especial cuidado, los acomodaba delicadamente sobre el mantel de plástico desteñido y lo miraba de reojo, sonriendo con coquetería, acomodando   en su vaso  rajado las dos flores plásticas cubiertas con cagadas de mosca que el chino consideraba decoración; balanceándose impaciente sobre uno y otro pie,  a la espera de que  Lino hundiese su cuchara en las verduras y la mirase con ojos de carnero degollado antes de decirle:

-          Está muy bueno, señorita.

Satisfecha, ella se marchaba contoneando sus caderas y repartiendo sonrisas a diestra y siniestra.  Cuando el trabajo aflojaba, contaba y repasaba  las propinas que aumentaban en su bolsillo y una lucecita alegre aparecía en el fondo de sus ojos verdes.

-¡ Listo el pollo pala la mesa cuatlo, Dione!-

El chino  la apuraba con su voz chillona,  parado en la puerta de la cocina  con el sudor corriéndole por la frente amarillenta. Dione literalmente volaba sobre las puntas de sus piececillos y llegaba justo a tiempo para recoger el plato desbordante de salsas y verduras  salteadas. El chino se limpiaba las manos grasientas en el delantal,   lamentable compendio de su carrera  cocineril, y atacaba una nueva orden a punta de ollas y sartenes.

 De tanto circular entre las mesas,  logró ella enterarse de que  su sueldo de capataz  era bueno y le dedicó entonces sus mejores sonrisas y los platos más rebosantes; él los devoró con gran espíritu de sacrificio y el día que se aburrió de envenenarse puertas afuera tuvo la certeza de que la solución de  sus problemas estaba en el matrimonio;  idea que era espoleada constantemente por el resplandor de los ojos de Dione y  el atisbo de esos brazos blancos y delicados, tan distintos de la carne morena y dura de las mujeres pampinas. 

Comenzaron por  pasear en la plaza  para eludir el calor de las tardes veraniegas. Él le compraba paquetes de turrón y  cartuchos de maní tostado, que a Dione le encantaban. Ella se le colgaba del brazo,  esponjada de  orgullo;  ataviada con su mejor  vestido de algodón   se  refrescaba las mejillas  con un abanico de papel mientras iba sacando del cucurucho los granos tostados de maní. Cuando caía la noche él la encaminaba hasta la pensión donde vivía; caminaban  estrechamente abrazados refugiándose en la sombra, deteniéndose a veces para  besarse apasionadamente  escondidos en los portales sin luz. Lino la apretujaba contra los muros de calamina  mientras investigaba la tersura de sus nalgas; ella se revolvía sin prisas, esquivando con habilidad la presión del abrazo,   y le ofrecía sus labios fruncidos como si fueran una guayaba madura, lista para el mordisco. Lino se sumergía en ellos hurgando golosamente con la lengua y experimentaba un delicioso mareo que se venía sobre él hasta hacerle perder el equilibrio. La aplastaba pesadamente contra la pared,  hambriento y desesperado,  hasta que ella lograba hacerlo a un lado con la amenaza  de no volverlo a ver.

 Un día  cualquiera, él apareció con un anillo de compromiso y ella lo aceptó llorando de emoción. Ahora con ínfulas de propietario, Lino la recorrió con sus manos ávidas,  provocando en ella  tímidas peticiones  de respeto a su fragilidad que, no sin dificultades,  lograron que el capataz  se aguantara  las ganas. Esa noche, al encontrarse sola en su cuarto,  Dione  miró su flamante anillo con detenimiento y llegó a la conclusión de que su sueldo no era tan bueno como ella había pensado, pero la  pasión  con que Lino palpaba la frescura lechosa de su piel  pareció compensarlo con eficiencia. 

El romance  prosperaba en la somnolienta quietud  del desierto; Lino y Dione trazaban en la arena  castillos que elevaban sus torres hasta agujerear  la pesada cubierta azul del cielo. De tanto pensar la situación, él llegó a la conclusión de que,  dada la edad de su padre,   lo mejor era pensar en volver a su casa en  la sierra. Ella lo dudó un poco;  cuando Lino Mamani le contaba las maravillas de las quebradas, Dione retrucaba  con las nostalgias de los cerros porteños y la caricia salina del viento que viene del sur;   pero como después de todo él había pronunciado la mágica palabra matrimonio   terminó por aceptar. 

Una mañana  de setiembre,  Lino Mamani  engominó su negra mata de pelo, quitó las motas de polvo de su único traje azul y  anudó cuidadosamente una corbata nueva en su cuello. A la misma hora, Dione  suavizaba su cuerpo con Crema del Harem y pulverizaba Nuit de France en sus pliegues más recónditos; resplandecía como toda novia que se respete cuando acomodó una rosa de seda  en el escote de su vestido y enfrentó su imagen en el espejo cuarteado de su habitación con sonrisa satisfecha.

Siguiendo la tradición  llegó tarde al civil, donde ya aguardaba  incómodo y serio  el capataz. Él la vio venir como una aparición  blanca,  fresca y alada,   contrastando  violentamente con el tierral  abierto desde las misma puertas del recinto hasta el infinito.

   Ella respondió con vocecilla trémula la invitación a acompañarlo hasta que la muerte los separase; él introdujo torpemente el anillo en su anular.  Los acompañaron, muy emperifollados, la dueña de la pensión y el chino Armando;  a quien por primera vez ambos veían sin su delantal de saco harinero decorado  por un millón de manchas.

De vuelta en la fonda   del chino  descorcharon una botella de vino tinto  y brindaron por el futuro de la feliz pareja. Ella derramaba sonrisas, Lino ponía cara de vergüenza. Era casi mediodía  cuando  se subieron a una micro que se caía en pedazos y  partieron hacia las  serranías  extraviadas en el horizonte andino.

 Iniciaron un viaje interminable por un erial pedregoso; el cacharro iba atestado de  aymaras  silenciosos que soportaban estoicamente el calor y la puna que a ella la estaban matando. Lino le  limpiaba la frente con un pañuelo empapado en agua de colonia  y le daba a chupar pequeños limones,  explicándole  que le adelgazarían la sangre para que  corriese mejor en la altura.

Al caer la noche  el vehículo se asomó  sobre el borde de un cerro y ella  descubrió con cierto alivio   algunos puntos de luz salpicando la negrura de la noche. A bocinazo limpio el chófer  comunicó al pueblo su llegada; una docena de quiltros flacuchentos aparecieron de la nada para  escoltarlos, ladrando furiosamente,  hasta la pequeña plaza del pueblo. Los  pasajeros despertaban e iban  recuperando los bultos que antes desparramaran despreocupadamente por el pasillo. A ella le sorprendió ver a los paisanos,  de suyo tan  silenciosos, parloteando animadamente con su  acento cantarino,  regocijándose por el fin de la pesada travesía. 

Ya era noche cerrada cuando llegaron hasta la pequeña casa de piedra y adobe. Él empujó la puerta  y entró  llamando a su padre. Ella lo esperó de pie en el umbral  en tanto Lino se perdía en la oscuridad  del corredor. Aguardó largo rato hasta que finalmente vio brillar una luz que venía desde el fondo de la casa; eran Lino y su padre.  El  viejo  los recibió sin entusiasmo ni simpatía,  parecía no advertir el  cansancio que llenaba cada uno de sus huesos;  a ella le parecía que  el aire de la puna se colaba tan ligero hasta sus pulmones que su   corazón podría  salírsele por la boca  en cualquier momento.  Cuando Dione miró la oscura faz apergaminada del viejo  a la luz de la vela  pensó que bien podría tener cien años;   ese secreto pensamiento la tranquilizó, al menos  no duraría mucho.

Esa noche de gloria, Lino  la amó hasta quedar ahíto sobre el camastro y después se durmió pesadamente; ella se sentía afiebrada y dolorida,  se dejó llevar por ese torbellino de caricias tan largamente contenidas y recibió el sueño con el alivio de una obrera extenuada.

 Despertó cuando el sol ya estaba alto, sin embargo, aún se podía sentir el hielo de la noche emanando de la tierra. Se levantó con desgana, tratando de asir el aire que se negaba a circular por sus pulmones. Abrió los gruesos postigos  de madera pintados de azul y un sol brillante y metálico manchó la  penumbra de la habitación. Algunos muebles rústicos salpicaban la choza en democrática convivencia con una docena de cajones fruteros y algunos sacos de hortaliza. Ella no quiso ni mirarlos, prometiéndose que eso no habría de durar;  se asomó a la ventana y pudo ver  frente a ella la  herida verde de la quebrada que se alargaba hasta perderse de vista.

Delante de la casa crecían algunas matas de  malvas silvestres salpicadas de flores,  sobre cuyas corolas polvorientas  media docena de mariposas blancas jugaba al pillarse. A pesar del cansancio  que le producía el soroche,  a Dione  no le faltaron ganas de imaginar un futuro color de rosa y alargó las manos hacia los rayos  flojos del sol que recién venía. Respiraba corto y agitado, descubriendo asombrada el bum búm de un corazón que hasta apenas ayer la acompañara tan tímidamente y que hoy se aleonaba con los dos mil setecientos noventa metros sobre el nivel del mar.

Entonces lo vio. Dione no habría podido decir si se trataba de una gran mariposa o un  pequeño pájaro; gracias a sus alas tornasoladas flotaba sobre las flores   embriagándose de polen con un largo y fino pico curvo. Iba y venía batiendo sus alas a una velocidad que le pareció increíble y que hacía casi invisibles  los diminutos artilugios  emplumados que le sostenían en el aire. A ella se le escapó una exclamación de gozo que  atrajo a Lino Mamani hasta el ventanuco.

-          Un colibrí.- Dijo él sin entusiasmo.- Los trae  la primavera.

Dione pensó que ese pequeño milagro no podía ser sólo un pájaro. Tendió las camas, fregó las cacerolas y  salpicó de agua el piso de tierra  para después barrerlo prolijamente bajo la mirada  a la vez sorprendida y escandalizada del viejo.  Pasó la mañana escarbando entre los trastos hasta dar con unas tiras de percala polvorienta que jabonó concienzudamente con el propósito de resguardar la intimidad  del pequeño cuarto que el viejo les cediera. Cuando Lino volvió de la siembra,  los dos hombres comieron con apetito  el estofado humeante  en tanto ella mordisqueaba algo de ensalada sin dejar de mirar por la ventana hacia los colibríes;   que ahora se correteaban apasionadamente por entre las ramas floridas.

Asomada a la ventana, ella fue descubriendo lentamente la rutinaria vida de la quebrada. Al caer la tarde,  esperaba el regreso de Lino desde la era;  con los codos apoyados en el alféizar inspeccionaba la distancia tratando de reconocer la alta figura de su marido;  sorprendiéndose cada vez con  las pequeñas comitivas de paisanos que subían en fila india por el estrecho sendero. Primero el hombre, tirando del burro casi sumergido bajo  la pesada carga,  más atrás, la figura enlutada de la mujer,  tanto o más cargada que el pollino bajo   grandes haces de leña.

-                     Yo no soy como éstas.- Se alegraba.- Mi Lino no me tomaría como a una bestia de carga.

            Y esbozaba algunos pasos de baile,  regocijándose por el mañana que se venía tan feliz y tan pleno, por los niños que habrían de jugar a las escondidas entre los molles de la plaza y las hebras blancas que vendrían a pintar la cabeza de su hombre. Habría sido absolutamente dichosa si no hubiera estado de por medio la cara avinagrada del viejo y las frases cortantes con que éste diariamente calificaba su trabajo ante el hijo que volvía de la siembra.

-                     ¿Con qué  la vas a vestir?- Preguntó el día que la cortinilla separó de su camastro la habitación de la pareja.

            Ella sonrió desdeñosa. ¿A quién se le  podía ocurrir que su Lino, que desbordaba pasiones cada noche,  vestiría a su amada   con los harapos dejados por su madre?  Y esa misma noche, enroscada a sus piernas en la tibieza de las sábanas,   le habló de los nuevos algodones  que exhibía en su mostrador el viejo tendero italiano de la calle Prat. Él accedió casi sin pensarlo, ocupado como estaba en recorrer  el  relieve delicado y pálido de sus muslos; empeñado como siempre en la exigente tarea de preñar a su mujer. 

Pero por más que Lino desease lo contrario, Dione lavaba puntualmente  los testimonios de su infertilidad. El viejo, aprovechando la ocasión, había comenzado ahora  a tratarla con abierto desprecio y rezongaba en voz baja, cuestionando su derecho a comer el fruto del trabajo de su hijo. Lino otorgaba en silencio la razón a su padre y  retomaba su labor con renovado esfuerzo. “Un día de estos, se decía, va a comenzar a engordar”. Sin embargo los días pasaban sin que Dione diese  señas de embarazo,   por más pasión que ambos pusiesen en su tarea.

Con el afán de recuperar su  tranquilidad, ella colgó un letrero de la ventana y comenzó a amasar delicados alfajores rellenos de miel,  que pronto  atrajeron  a la casa más clientela que la verdura de la huerta. A instancias de un viandante  en poco tiempo incorporó al negocio bebidas de soda que el frío de la noche  mantenía siempre frescas y terminó ocupando para su negocio la estrecha habitación  que hasta entonces fuera el comedor y alcoba del viejo,  cuyo camastro fue trasladado junto al calor de la cocina.

Le gustaba su negocio. Con sus propias manos armó una repisa que cubrió con tarros de sardinas y leche condensada y escondió bajo el mesón un saco de azúcar, otro de arroz  y uno de  harina. Amasaba ahí mismo,  permitiendo  que  el batir de las alas de los picaflores espantase  la modorra  que la embargaba por las tardes, cuando todos en el pueblo dormitaban su siesta a la vera de las terrazas cubiertas de  alfalfa. Ahora, a su clientela pueblerina se sumaban los pacientes del  hotel de las termas; a ella se le hacía nada el tiempo  de tanto producir alfajores y conversar largamente  con quienes le rogaban que rellenase un par de centenares más para endulzar su regreso a la ciudad.

- ¿Cómo lo haré? –Decía ella apretando delicadamente el lóbulo de su oreja izquierda.- ¿Le llenaré o no le llenaré? – Y la imbuía el placer  de ser depositaria de tantos ruegos.

La primera vez que vio a Aliro Capetillo conduciendo cuesta abajo  Dione debió salir corriendo del camino para dejar paso a su gran camión abarrotado de mercancías. Se quedó con la imagen de una amplia sonrisa  blanca  y una polvareda de los mil demonios  que se perdía quebrada abajo. La tarde que él entró al almacén  lo reconoció por esa risa  grande, llena de dientes y ganas. Dione miró con placer esos dientes que se incrustaban golosamente en la corteza dorada y  la lengua sensual y  sonrosada que  se aseguraba de  atrapar hasta la última gota de miel  y   pensó que a pesar del evidente interés con que guardaba el dinero de la venta,  nunca Lino Mamani había probado sus dulces.

A Aliro, en cambio, parecían  encantarle y pronto se hizo asiduo cliente del almacén. Saludaba a Lino Mamani con grandes aspavientos, mostrábase  preocupado por  la salud del viejo y  la cosecha que venía,  alternaba con la clientela y consumía grandes cantidades de alfajores  sin importarle la cercanía del almuerzo  o  la cantidad de dinero que ello le significara.

El viejo fue el primero en mostrar su desagrado.  A pesar del esfuerzo que le implicaba le bastaba con escuchar el vozarrón de Aliro en la puerta para levantarse del camastro. Con dificultades renqueaba hasta el almacén y se acomodaba en una  vieja silla paticoja que Lino había instalado para  él. Después se quedaba en silencio,  escuchando con reprobación el alegre  parloteo que su nuera y el camionero habían hecho un hábito;  otras veces, queriendo tomarlos por  sorpresa, se escondía en la alcoba  y corría sigilosamente la cortinilla para  no perderse detalle alguno de aquellos encuentros que tan mal presentimiento  hundían en su corazón. 

Dione pretendía  no advertir su desagrado; iba de aquí para allá aventando el polvo de los anaqueles, aplastando las moscas intrusas con una palmeta de alambre, construyendo pequeña pirámides de tarros de  conserva.  A veces  su  saltimbanqueo de pájaro echaba abajo  las inestables estructuras,   entonces Aliro pasaba de un salto tras el mostrador  para recoger y acomodar las latas con una  presteza que a ella le parecía admirable.

Obligado por la   estrechez del espacio  él solía rozarla con su corpachón y entonces  Dione revoloteaba como un colibrí a su alrededor; deslumbrada por  el amarillo refulgente del polen que chisporroteaba en el fondo de los ojos de Aliro Capetillo. Batía sus  faldas y alargaba sus labios, prestos para el placer de la libación.  Cuando  su mirada  se impactaba  en los ojos del viejo, pequeñas ranuras por la que se filtraba la ira contenida,   a ella se le helaban las manos y le pesaban los alados piececillos;   murmuraba su agradecimiento y  salía  corriendo a refugiarse   detrás de los sacos de papa y cebolla,  a observar los revoloteos de los picaflores sobre las ramas de malva floridas.

En cuanto llegó el invierno y se marcharon las aves el viejo cayó a la cama para no levantarse más. Desde su puesto en el mostrador Dione podía escuchar el seco quejido de su tos, que parecía debilitarse con cada nueva amanecida. Lino Mamani barruntó que se acercaba el fin de los días de su padre y un lunes de junio  recogió los papeles de la propiedad y se marchó  a la ciudad para preparar las cosas.  Dos días después, cuando regresó,  encontró a su mujer apoyada en sus codos sobre la tabla pelada del mostrador,  abierta la boca sensual en invitadora sonrisa y el escote desabotonado para exhibir el nacimiento de sus pechos lechosos. Habría sentido el ramalazo del deseo si al otro lado del mostrador no hubiese estado,  enfrentándola, la risa llena de dientes de Aliro Capetillo.

Se mordió la rabia cuando ellos despertaron sobresaltados de su encantamiento. Se metió a la alcoba y reclamó agriamente la comida. Dione cerró el almacén  y correteó solícita por la pequeña casa atendiendo a su marido, preguntándole por su viaje y recordándole una y otra vez lo mucho que lo había echado de menos. Esa noche Lino la amó sin ternuras y cuando terminó se dio vuelta en la cama para ponerse a roncar inmediatamente.

Comenzó a descuidar su trabajo volviendo en cualquier momento de la siembra. A veces encargaba a un rapaz que  se hiciera cargo de segar la alfalfa y corría desalado cerro arriba hasta llegar al pueblo,  entraba sin aliento al almacén y pasaba de largo hasta la cocina para ver a su padre,  que ahora dormía largo y tendido las veinticuatro horas del día.      

Cuando  el viejo dejó de despertarse acuciado por el hambre Lino se levantó temprano y fue hasta  el despacho  a buscar a su mujer. Ella cernía la harina sobre la tabla de amasar cuando escuchó su orden:

- Deja eso, cerramos el negocio.

Por más que Dione suplicó, rabió y razonó, la orden de Lino se mantuvo incólume. Ella guardó la harina, trancó la puerta del almacén y se sentó a llorar detrás del mostrador por los arrestos de su independencia perdida. Toda la mañana la pasó asomándose a la ventana  con los ojos enrojecidos, para explicar a su clientela que el negocio  no estaba atendiendo. Esa tarde,  mientras Lino cenaba,   apareció la mujer del profesor a rogarle que le fiara un kilo de arroz.  Lino interrumpió su cena y colgó de la puerta un pequeño letrero que comunicaba a la clientela el cierre definitivo del almacén; ella lloró largamente y se fue a dormir  sin hacer caso a sus requerimientos.

Una semana después, cuando subieron al cementerio encabezando el sepelio del padre, ella vio que Aliro Capetillo  venía bajando en su camión, como siempre,  a gran velocidad. Una nube de polvo cubrió irrespetuosamente a los dolientes y Lino Mamani no pudo evitar el  mascullar un improperio, su rostro  cetrino estaba descompuesto por la ira. Dione  arrebujó la mantilla sobre su rostro y apretó el paso detrás de su marido, casi le parecía  oír la risa de Aliro paseando en los brazos del viento, confundida con el ronroneo gatuno del motor que se alejaba.

Al llegar  la primavera los membrillos abrieron sus capullos y las rosas silvestres se llenaron de yemas  coloradas. Cada día asomaban bandadas de aves diferentes: golondrinas de vuelo aventurero, jilgueros cantores, patos en formación militar que pasaban graznando en dirección al estanque.  Una mañana llena de flores,  ella descubrió los primeros colibríes retozando sobre las matas perfumadas y sintió el calorcillo de la felicidad derramándose por su corazón.

            La tierra iba verdeando con renovados bríos;  Dione acompañaba a su marido a la siembra y podía ver los perales que acunaban en la brisa sus ramas cargadas de florecillas blancas para placer de abejas y avispas.  Una tarde  que volvieron cargados de leña y alfalfa  se acostaron temprano,  después de cenar con apetito. Habían pasado dos meses desde que Lino la buscara por última vez  por lo que esa noche, cuando sus manos ásperas la cogieron de la cintura, ella se acurrucó entre sus piernas con la elasticidad de un gato en celo.

Él esperaba que un día cualquiera le anunciase preñez, pero la espera se alargaba y el verano ya se venía encima. A Lino le gustaba verla asomada a la ventana,  disfrutando de los revoloteos de los  colibríes; que después de su regreso habían anidado en  una rama del gran molle vecino a la iglesia. Él había retomado su trabajo con más empeño, porque además de restar al presupuesto los ingresos del almacén, ahora estaba  peleando con el marido de su hermana los derechos sobre la tierra del  padre. Solía alegrarse pensando que de  no haberse  casado con Dione, habría estado lejos para la muerte del padre y con toda seguridad  habría perdido la tierra  en las  manos rapaces de su  cuñado. Lino se llenaba de satisfacción  y la abrazaba con delicadeza,  para no agraviar los delicados miembros de su mujer.

Ambos estaban contentos. Lino regresaba cansado de la era para encontrar una botella de tinto y  un  plato de picante en la mesa. Comía con apetito, alternándolo  con  grandes bocados de ensalada de cebolla y rebanadas de pan caliente que Dione apenas había sacado del horno.  Después se iban a la estrecha cama donde Lino durmiera las noches de su niñez y se apretaban tibiamente el uno contra el otro,  respirando el aroma fresco de las sábanas limpias y el  ramillete de hierbabuena que  ella dejaba en un vaso sobre el cajón que les servía de velador.

Avanzaba el verano y la cosecha de membrillos y peras comenzó a ocuparle a Lino la mayor parte de su  tiempo. Se quedaba hasta tarde en la chacra llenando sacos de fruta madura que al día siguiente mandaría a la ciudad en el camión. Dione cocinaba temprano y a mediodía trotaba hasta el campo cargando una pequeña olla rebosante de cazuela o  calapurca.  Lino suspendía el trabajo y,   tras devorar su contenido,  saciaba su sed con agua fresca de la vertiente  que  iba llenando permanentemente el gran estanque de piedra que antaño se construyera para regar las tierras de la comunidad. A Lino le gustaba verla trepando por la quebrada  de regreso al pueblo, balanceando alegremente la cacerola vacía, deteniéndose para recoger  algunas de las flores que se desbordaban hacia el estrecho camino de la acequia, que apenas dejaba paso a una persona.

Él hubiera querido morirse el día que terminó  de coger la fruta y regresó antes de lo previsto. Hubiera querido morirse cuando al doblar la esquina vio la maciza figura de Aliro Capetillo cerrando la puerta de su casa  antes de  marcharse sigilosamente. Hubiera  querido morirse cuando abrió la puerta de calle  lentamente, deseando que su mujer se encontrase tras el mostrador vacío y,  al no encontrarla,  se sentó en la vieja silla desvencijada que fuera de su padre.

Ella vino desde el patio vestida con una enagua que malamente cubría sus redondeces, secándose  con afán cuello y brazos,  mejillas y axilas. Los húmedos rizos de su cabello le caían por la espalda en desordenada melena. Tenía las mejillas arreboladas y la boca húmeda y a Lino Mamani lo embargó una oleada de deseo y odio como nunca antes sintiera.

Almorzaron en silencio. Ella  rebañaba los platos con un trozo de pan frío,  él apenas  podía mascar los trozos de sabrosa carne de llama  del guisado. Acabó la botella de vino y salió sin despedirse. Le  martilleaba la sangre en las sienes y se le secaba la garganta, un gruñido ronco le subía por el pecho;  hubiera querido gritar, aullar su ira en el viento hasta quedar  huérfano de palabras, pero  su cuerpo se negaba a obedecerlo. Tan sólo caminó y caminó quebrada abajo, hasta que llegó al estanque.

Era tarde cuando Lino Mamani  volvió a su casa. Ella le sirvió la cena, pero él siguió de largo hasta el cuarto y se metió en la cama, donde fingió dormir. Alrededor de las diez, una hora antes de que el alcalde apagara el motor de la luz dejando al pueblo sumido en las tinieblas, ella llegó hasta el lecho y se desnudó sin prisas, como invitándole a despertar. Él amagó un ronquido y sintió su cuerpo apretujándose a su lado. Se aguantó el deseo y la pena hasta que ella se cansó de acariciarlo. Al poco rato estaba dormida.

A las cinco de la mañana cantó el gallo y  Lino saltó de la cama con la cabeza aturdida por la vigilia. Medio dormida, Dione le preguntó a dónde iba tan temprano.

-          Vamos a la siembra, – dijo él- levántate.

La quebrada estaba  todavía en penumbras cuando marido y mujer  orillaron el cerro en dirección al valle. Dione sentía un millón de agujas  en los pies helados cuando resbalaba sobre los guijarros que  pavimentaban la huella; hubiera querido decirle a su marido que bajara el tranco, pero temía la reaparición de su disgusto. Los pájaros, ateridos por el frío, piaban entre  las ramas de los perales. Una vaca parida se quejaba dolorosamente en algún  corral lejano.  Lino apretó el paso para que no lo sorprendiese  la aurora;  Dione trotó  tras él tratando de alcanzarlo sin perder pie en la oscuridad.

Él siguió de largo al llegar a la era; una ligera brisa formaba ondas oscuras sobre la superficie de la alfalfa crecida.  Ambos podían escuchar claramente el eco del agua  de la vertiente cayendo sobre el estanque hacia el que se dirigían. Cuando llegaron allí el agua era un gran espejo  carente de luz en el que se reflejaban  algunas estrellas  tardías. Él dejó su saco  junto al borde y se puso a desmalezar la boca de la acequia que llevaba el agua hasta su chacra;  ella se sentó en la orilla, gorjeando como un colibrí en  cortejo, agitando la superficie acristalada del estanque con una rama. Las ranas que croaban en la oscuridad se arrojaban  desde las matas hacia el agua chapoteando alegremente.

Desde lo alto del cerro donde se emplazaba el pueblo llegaba  el canturreo de los gallineros y el rebuzno triste de los burros hambrientos. Ella pensó que ya algunas mujeres estarían  avivando las brasas de las hornillas y  poniendo algunas mazorcas a calentar sobre ellas. Tenía hambre, rebuscó en su  bolsa y sacó unas hogazas de pan y un trozo de charqui y llamó a Lino para que viniese a compartir el magro desayuno. Él refunfuñó algunas palabras que no pudo entender y continuó con su tarea; una pequeña pila de ortigas y légamo estaba levantándose junto a la boca del canal.

Un borde de luz comenzaba a dibujarse sobre el lomo de los cerros cuando Lino Mamani fue hacia su mujer. Ella se había puesto de pie a la orilla del estanque y bailoteaba canturreando  un bolero, recuerdo de sus días en el comedor del chino. Se movía grácilmente,  como una hoja en el viento, cuando él levantó la pala sobre su cabeza y la dejó caer violentamente, mientras se  tragaba un grito de dolor que le llenaba el pecho.

Dione se tumbó ligeramente antes de caer;  voloteó hacia el estanque con frufrú de percalas y destellos  de rizos  despeinados caracoleando en la sombra.  Cayó  sobre el estanque produciendo un ligero chapoteo;  el contacto helado del agua la reanimó y abrió la boca para gritar,  dejando sin querer que el torrente negro se le colase garganta adentro.

 Aleteó débilmente tratando de salir a flote y pudo ver los primeros rayos de luz  que pintaban de blanco las matas de nevada. Algunos colibríes despertaban ya zumbando entre los juncos.   Cuando tosió tratando de vaciar el líquido de sus pulmones   se escuchó   como un gorjeo de pájaros  planeando  sobre las aguas del estanque. Lino escuchaba claramente como el agua empezaba a bajar ahora por la estrecha acequia en dirección a la siembra,  arrastrando las últimas hojas que cortase con la azada. 

A Dione  el agua la devoraba;  se le entumecían las piernas y le pesaban los brazos. Un último aleteo  en la superficie del estanque le permitió ver las  corolas de las malvas  asediadas por los colibríes y la figura de Lino recortada contra el amanecer con la pala en la mano.

 

4064666851_87b03b6fa2La mañana está fresca, pero al gringo Richards, tiesamente empaquetado como está  en su terno oscuro,  le parece más bien húmeda y calurosa. La camisa es nueva, una de las tantas que Bequita ha guardado por años en el último cajón de la cómoda, todavía en la bolsa que llegaron para  algún cumpleaños, alfilerada y compuesta. Lo  peor es la corbata, que hiede a naftalina; gracias a Dios, las grandes ocasiones vienen  bastante a lo lejos.

            En estos momentos es cuando mejor se destaca  la medalla en recuerdo a sus años como campeón de tenis del Norte Grande. Obviamente, el oro es de chafalonia, pero aún así se ve bien; la cinta tricolor,  impecablemente planchada,  destaca con elegancia contra la popelina blanca de la pechera y no desmerece para nada con la corbata de Quilmes. Richards se siente bien; perfumado, tranquilo, sin hambre ni ganas de orinar. Un alivio; esa maldita bolsa que ha reemplazado a su  vejiga por los últimos cuatro años se le estaba haciendo insoportable.

           

La iglesia de San Francisco ha sido siempre su favorita. La clientela es escasa, los monjes, silenciosos,  la nave, fresca. Y lo que es mejor,   justo enfrente  están ubicados el bar de un pampino, don Modesto Checura, y el taller de un aviático retirado que le arregla las pannes eléctricas a la Guinevere. Da gusto esperar así, porque Richards siempre  vigila las evoluciones de los mecánicos  cuidadosamente.  ¿Cómo, si no, le habrían durado tanto los vehículos?

            Tomemos el caso del Carmelito, por ejemplo. Con su carrocería de madera desteñida y las pesadas llantas  de hierro que a duras penas se  movían. ¡El Carmelito nunca pasó un  día botado en el garage sin que él lo hubiera ido a ver!   Jamás dejó en  manos mercenarias el dinero necesario para los repuestos. No, él siempre compró personalmente los repuestos legítimos…al menos, mientras pudieron conseguirse.

Tanto que le costó deshacerse del Carmelito… si no hubiera sido por el Caymán, nunca lo habría traicionado con Lorenzo Barreda,   el Lolo. Al pobre Carmelito se le debe haber caído la cara de vergüenza el día que pasó de las manos del amo a las del  arrenquín, pero qué se le iba a hacer. Los tiempos no estaban para otra cosa.

Es cierto que el Caymán era precioso…y totalmente nuevo,  su primer camión  Ford y el último, para ser más preciso. Pero el Carmelito le proporcionó tan buenos momentos, viajes tan gratos. Dos veces  no más  se quedó enterrado: la primera vez en  Huara, cuando se salió del camino por hacerle  el quite a un vagabundo borracho; la última,   pasadito La Tirana, ese día negro que Inglaterra le declaró la guerra a los alemanes una vez más.

           

Le pica, como suele ocurrir de cuando en vez, el pie izquierdo. Bequita no ha querido creerle nunca, pero qué va a hacer uno si las  piernas cortadas le siguen picando. Nada, ni rascarse se puede. En esos momentos, lo mejor es un buen vaso de whisky. Two fingers, pero a la escocesa: el índice y  el meñique estirados y los dos del medio encogidos. ¡Qué ganas de echarse al coleto los dos dedos de whisky  ahora mismo! Todavía debe quedar un poco en la botella, eso es seguro;  ayer no se la   alcanzó a terminar.

La iglesia está casi vacía a esta hora. Una que otra beata que viene y que va sin un suspiro, el sacristán  jorobado  con su chaqueta lustrosa  de tanto que le han sobado la espalda, un cura en el confesionario, un par de viejas dormitando el rosario  y su hijo mayor, Colin,  sentado en la primera banca. Huele a flores añejas y  velas mal apagadas, a polvo, a madera apolillada  tal vez.

 

El pobre Colin se ve  un poco fuera de lugar, tampoco él se siente muy cómodo  con la ropa de los domingos. La corbata de su hijo mayor, de seda negra, parece nueva. Colin siempre ha sido un poco pretencioso. Le gusta lo bueno. ¿A quién no? Si no hubiera sido por la crisis del salitre los Richards nunca habrían tenido que conocer el otro lado de la medalla.

La camisa que lleva puesta hoy, por ejemplo, esa se la compró Colin. Dále con que tiene que arreglarse, dále con traerle  botellas de Casillero del Diablo. No entiende, Colin. ¿Quién va a mirarlo a uno cuando está viejo, sordo, medio ciego y clavado en una silla de ruedas?  A lo más, se fijan en las piernas vacías de los pantalones,  pescadas con un alfiler de gancho por  Bequita antes de salir.   Y  lo del  Casillero…esa sí que es una tontera, una damajuana dura bastante más,  aturde momentos más largos de ese incómodo proceso de hacerse viejo. Pobre Colin,  es un buen muchacho, aunque no se pueda vivir sin discutir con él. Hasta medio comunista le fue a salir, a quién se le ocurre.

Colin ni  siquiera debe haber alcanzado a desayunar y  ya lleva más de una hora sentado ahí, esperando. Sólo. Es un hecho que  no se  revolvería tan incómodo en el banco  de no estar esa extraña mujer llorando en la primera fila del lado derecho. Una loca, y vaya uno a saber de dónde salió.

 

Al    Gringo, la mujer lo tiene intrigado. ¿Irá a seguir llorando cuando lleguen los demás?  ¿Quién será?  Jamás la había visto, aunque es cierto que desde hace unos años poca es la gente que se puede conocer en la ciudad de tanto que ha cambiado. Lo  que menos se encuentra aquí es gente conocida, de los viejos tiempos. Los más  se mudaron, otros murieron, los de epidermis delicada arrancaron a esconder sus frustraciones donde nadie los conociese. Empezando por los Richards, que podrán ser  cuatro pelagatos, pero están todos peleados,  y a muerte. Richards no ignora que todos los parientes lo descueran:   por conformista, por  tomar más de la cuenta, por no hacerse una situación. A él no le molesta. Le duele eso sí; un poco. Especialmente  si se considera que no tuvieron tantos miramientos a la hora de quedarse con su dineroo. Le complace saber que no ha estafado a  ninguno de sus hermanos ni se ha quedado con nada que no le correspondiese. Muy por el contrario, a él  se lo quitaron todo, la tierra, la casa, la herencia y hasta la educación en Inglaterra, porque  el marido de Eileen consideró  innecesario gastar todo el seguro que dejó el abuelo en mandar a Richards  a Inglaterra, así que lo  envió a Quilmes, ahí al ladito, cerca de los primos Poblete y a un cuarto del costo requerido para estudiar en Europa. ¿Para qué? Richards tiene la certeza de que nada  acarrea uno en el cajón.

 

¿Qué habrán hecho sus hermanos  con el dinero restante? Fundírselo, como todo lo demás. Como la caja con la platería que  dejó a guardar a la viuda de su hermano Teddie y de la cual nunca volvió a saberse; como el lote de casas heredadas  del padre que los hermanos mayores remataron a puertas cerradas  y compraron ellos mismos a precio de huevo para luego repartir   el dinero en  cuatro partes iguales, tres para el bolsillo propio y la restante para el menor. Así fue como se quedaron con la plata y las casas sin mover un dedo.   Es que ellos, poor boys,  no estaban hechos para esa vida,  jamás  supieron lo que era trabajarle un día a nadie;  si no hubiera sido por la herencia de Grandpapa se habrían muerto de hambre. Richards, en cambio, ha trabajado siempre, recorriendo la pampa de un extremo a otro  en el camión, tomándose sus tragos, leyendo a Chesterton o Ridder Haggaard.  

Se suponía que el gringo  debía estar contento con lo poco que quedó y hasta cierto punto, ellos tuvieron  razón:  Richards nunca  guardó  rencor a sus hermanos; estaba demasiado ocupado viviendo.  Siempre tuvo que arreglárselas solito y  le ha costado;  empezar la vida  en cuna de oro y terminarla con una jubilación de profesor  es demasiado para cualquiera. Hasta para un hombre con las agallas del Gringo Richards.

 

El momento es bochornoso;  ya han llegado algunos conocidos y la mujer  insiste en seguir llorando como si tuviera alguna vela en este entierro. Al gringo Richards casi está por parecerle conocida, pero por más que  se empeña, no logra ponerle la vista encima. Su  posición es lo que se podría llamar confortable, aunque limitada. No tiene control total de la situación. En momentos como éste, uno daría cualquier cosa por una botella de whisky, cualquier cosa.

 

Richards pasea su mirada por la nave de la iglesia y descubre con agrado la presencia de varios amigos. El Pulpito Pollastri,  Charlie Jessop, el Turco Cerisola, el guatoncito Papic y el doctor  Reyna, muy simpático, pero el peor matasanos de todos los que ha tenido que soportar. Richards recuerda claramente esa ingrata ocasión en que el doctor Reyna le prohibió el vino y lo tuvo bebiendo leche y atiborrando la casa de botellas vacías por eternos seis meses. Vaya cretino.

Muchos de los asistentes pertenecen a ese grupo de personas que uno difícilmente miraría dos veces, pero a los cuales se ve obligado a saludar. A otros no los ha visto en su perra  vida y vaya a saber uno qué están haciendo acá. Aparte de mirar a la loca y hacer todo tipo de comentarios desagradables, por supuesto. Qué irá a decir la pobre  Bequita cuando llegue con los otros niños. Capaz que  piense que él tiene la culpa, que la conoce. Colin debió haberle preguntado a la fulana por qué está aquí, insinuarle que no es correcta su conducta; pero claro, Colin sería el último en preguntarle nada a nadie. Hasta cierto punto, medio comunista y todo, Colin es el más inglés de los chiquillos, aunque insista en no aprender el idioma. Salió inglés de adentro, de vísceras. Come cualquier cosa, le gusta el cordero, habla poco, lee mucho y mira a todo el mundo por la cola. Desde chiquito fue así, lástima que cuando los hijos crecen se ponen tan desagradables y uno se pasa la vida peleando con ellos. Si Colin no fuera su hijo, es casi seguro que se habrían llevado bastante bien, pero la paternidad derriba muchas barreras y  las de los buenos modales son las primeras en caer.  En todo caso, no se puede negar que tuvieron sus buenos  momentos los dos.

 

Por un instante, Richards siente pudor al recordar las numerosas ocasiones en que echó  a su hijo de la casa. Demasiado orgulloso, el muchacho. Dos años le tomó regresar esa vez que él insistió en llamar a los milicos para que inscribieran las armas que todavía quedaban en la casa. Viejo huevón, le gritó, y a él todavía le escuecen  esas palabras. Seguramente, Colin  no lo decía en serio,  debe haber estado asustado, el pobre. Bien pudieron haber venido los milicos a ver los rifles y  habrían armado la de San Quintín  al no encontrarlos. ¿Dónde diablos los habrá escondido Colin durante ese tiempo?  Cuando a uno los hijos le salen medio comunistas viven causándole problemas. Eso sin considerar lo absurdo que resultaba el hecho de esconder armas de la guerra del  Pacífico para pelear contra el ejército del milnovecientosetentaitrés.

 

Dos  años. Después de lo ocurrido, los dos tuvieron mucho cuidado de no volver a mencionar la palabra política.  En realidad, prácticamente no volvieron a conversar de  otra cosa que no fuera fútbol.

Si Grandpapa no se hubiera muerto ¿habría terminado Richards discutiendo con él? Nadie rebatía a Grandpapa. Tan sólo una vez  el pobre Charlie le dijo que cometía un error dejando todo en manos de Teddy. Grandpapa lo fulminó con la mirada y Charlie no volvió a mencionar el asunto del testamento, pero claro, Charlie tenía razón. Fue un tremendo error de Grandpapa. Tremendo. Si algo del dinero de Grandpapa hubiera caído en sus manos, probablemente Colin nunca se habría atrevido a decir las cosas que le dijo esa última vez que discutieron. Cuando hay dinero, la convivencia al interior de las familias es bastante menos complicada.

 

La  mujer que llora se le hace  definitivamente insoportable. Desde hace unos diez minutos tiene la cara sumergida en un gran pañuelo de seda floreada y solloza de tal manera que los hombros se le estremecen. Se la puede escuchar desde cualquier punto de la iglesia y es un hecho que todos están pendientes de ella, hasta el cura, que ya ha comenzado la misa. Ahora que finalmente han llegado Bequita y  los dos hijos menores,  Richards siente en carne propia la incomodidad que experimentan. Tratando de  no molestar a la mujer,  la espía de reojo. Medio pelo, vulgar, unos cuarenta años. ¿Algún desliz? No es que vaya a tratarse de una fulana, imposible, hace veinte años que  Richards está inválido y no sale ni a la puerta sin ayuda…pero…y la terrible pregunta le quema la garganta. ¿Y si se tratara de una hija?

 

No sería nada raro, porque el Gringo Richards no era de las chacras, precisamente. Aunque algo se habría sabido, eso es seguro. Aquí, en este pueblo infeliz,  todo se sabe. Quizás Colin debió haberle ido a preguntar por qué  ha venido. Encararla. Evitarle esta desagradable escena a  Bequita.  Él sabe muy bien lo que ella estará pensando, que toda la culpa es de él, que siempre se las arregló para estar en el ojo del huracán. Quizás, porque el mundo en que creció  Richards era totalmente  seguro. Una perfecta burbuja  estanca a la realidad.  Seguramente ellos esperaban que  tantos años de  caída libre podrían haberle enseñado algo, haber metido un mínimo de sentido común y tolerancia en esa cabeza dura, pero claro, ellos no entienden, no se imaginan el abismo que hay entre  sus maneras de pensar.

 

Estupefacto, el gringo Richards constata como la mujer se levanta de su asiento  y se dirige hacia él  en medio de la misa. La madre y los hermanos menores están ahora  acercándose al sacerdote para recibir la comunión.  Mi cansancio, que a otros descanse, desafina lánguido el coro. La mujer camina con torpeza, golpeando los bancos con las caderas  y empujando a los que esperan en la larga fila de comulgantes.

La mujer se ha sentado ahora  detrás de  Richards  y deja caer la cabeza entre las manos. Los sollozos la sacuden. Toda la iglesia la espía por el rabillo del ojo. El Gringo está tan desesperado por la picazón de la pierna que  a duras penas resiste la necesidad de levantarse el pantalón y rascarse  con todas sus ganas. ¡Qué sed más desagradable; daría cualquier cosa por un vaso de vino, cualquier cosa!

 

La comunión termina. Todos aguardan un minuto en silencio mientras el monaguillo recoge los implementos de la misa. Finalmente, el cura se pone de pie y camina hacia el altar, donde imparte la bendición  e invita a retirarse en la alegría y la paz del Señor. Su gesto desata una serie de acciones que Richards no puede evitar  le sorprendan. Casi no puede ver a  la pobre Bequita ahora, perdida como está entre los abrazos y los apretones de mano. El sacristán jorobado va de un lado para otro acarreando ramos de flores. Colin, como siempre, se ha quedado al margen, seguro que todo esto le disgusta. No, allá viene.

 Richards espera con ansiedad que su hijo llegue junto a él antes que la mujer del llanterío. Si Colin no se da prisa, es casi seguro que llegará tarde, porque la fulana ya se ha puesto de pie y se aproxima lentamente, siempre gimoteando.

Richards  se queda paralizado. Quisiera arrancar de esa situación  grotesca e inmerecida. La corbata, definitivamente, lo ahoga. Un frío profundo se instala en sus huesos  impidiéndole moverse. Ahora puede ver claramente a la mujer y se da cuenta  de que no tiene idea de quién podrá tratarse. Una loca, tal como pensaba. ¿Por qué nadie hace nada para llevársela? Colin tendría que hacer algo, es lo menos que se le pide, que haga algo.

El Gringo Richards, aterrado, ve  como la mujer se yergue a su lado, se agarra de los  bordes y se inclina sobre él chorreando lágrimas y mocos sobre el acolchado de raso blanco. Richards quisiera gritar con desesperación,  desaparecer, dormirse hasta que todo hubiera terminado. Casi de refilón, sorprende un diente  desagradablemente cariado en la boca abierta  de la plañidera. Y en ese momento, cuando ya da todo por perdido,  la mano de Colin se interpone entre Richards y la mujer,  haciéndola firmemente a un lado.

El Gringo Chico tiene los ojos brillantes, la mano temblorosa, la garganta apretada.  Murmurando  una disculpa, aparta a la mujer  con delicadeza y cierra sobre  su padre  la tapa del ataúd.    

3064316539_bf9f4b0061 Mi suegro llevaba cinco años condenado a su silla de ruedas cuando el Polo Merello anunció visita. Durante esos cinco años, yo había escuchado a diario la elegía sobre las virtudes innatas de  Polo Merello: galán de galanes, empleado eximio del Banco Interamericano, en el cual había comenzado como junior hasta llegar a ser agente de la sucursal de Nuñoa  para jubilar posteriormente en gloria y majestad. En su soltería, el Polo Merello había sido, indudablemente, el soltero más apetecido del grupo, ya casado, se había convertido en fiel y leal esposo de  la bella señora Rita, a quien sus años no habían podido restarle el encanto propio de la juventud. Padre de excepción, Polo había educado un ingeniero,  un médico y una gentil encargada de créditos del Banco Interamericano, sucursal Merced.

Las venturas de Polo Merello y familia me las endilgaba mi suegro cada día domingo, cuando nos veíamos obligados a compartir la mesa y el puchero. Los restantes días de la semana yo me afanaba en una bomba bencinera para cubrir las ciento diez lucas de la universidad, por culpa de las cuales me mantenía estudiando hasta pasadas las doce de la noche, cosas que tiene que hacer uno cuando se le ocurre casarse mientras estudia.

Mi suegro era hombre de ideas fijas  y la más fija de todas era convencerme de mi gran fortuna por tener un suegro como él, que me recibía generosamente en su casa a pesar de su evidente disgusto por el prematuro arribo de su primer nieto.

Así, el día fijado para la visita de Polo Merello se convirtió en el acontecimiento del mes. Ingeniero, saboreaba mi suegro, médico. Yo sorbía la sopa casi sin respirar tratando de esquivar lo que inexorablemente llegaría: la  acerba crítica de aquellos mediocres que no son capaces de quedar en una carrera respetable.

Una quincena  completa le tomó a mi suegra decidir el menú. Siendo su especialidad las pastas, habría sido de esperar un buen plato de gnocchi, pero como  Polo Merello había compartido con ellos la navidad del año ochenta y dos y  dadas sus floridas alabanzas al pavo despachado en  dicha ocasión, mi suegro argumentó   la insoslayable necesidad de decorar la mesa con un plumífero guarnecido de frutas   glaseadas. Y la voz de mi suegro era ley en esa casa.

Una semana antes de la gran ocasión, mi suegro me concedió el gran honor de conducir  su adorado  Peugeot  85;  único de su especie en ser fabricado con las características de un transbordador espacial  y al que mi suegro guardaba en el garaje cuidadosamente arropado con frazadas raídas y chalecos viejos para evitarle el riesgo de un enfriamiento mortal. Sería ésa la primera vez que mi suegro condescendería a prestarme el volante de su adorado carricoche; el día que su amada hija y mi esposa partió para el hospital en busca de su nieta no nos quedó más remedio que salir a tomar micro.

Como toda proposición que se respete, el préstamo del Peugeot prototipo tenía incluido una pequeña condición: la de llevar a mi suegro al supermercado para escoger los vinos apropiados para el condumio.

Cambié mi horario en el servicentro para que mi querido suegro no tomase los hielos de la tarde, tan nocivos para su salud. Después de ayudarle a subir,  guardé respetuosamente la silla de ruedas en el maletero y subí corriendo en busca del chalón con que se cubre las rodillas;  logramos despegar a las once con treinta y el Peugeot  se deslizó lánguidamente hacia la calle entre toda clase de avisos, amenazas y admoniciones:

-          ¡Cuidado, qué viene un auto!

-           Házle el quite a las micros, que esos son todos unos locos.

-           Ni se te ocurra rasparle los cromados o…

-           No pases de treinta, que es peligroso.

-          ¡Frena, frena, que hay un semáforo!

Haciendo caso a la voz de la experiencia,  me detuve en la luz verde a esperar que llegara la roja y cuando recuperé mi derecho a vía retomé   mi andar escoltado por los insistentes bocinazos de quiénes me seguían. Mi suegro llevaba la ventanilla abierta de par en par, pero el viento que me congelaba parecía no hacerle mella; se asomaba todo lo posible  fuera de ella y hacía señas a los demás conductores para que me hicieran paso hacia la pista de la movilización colectiva, para él, la más cómoda y segura a seguir.

 Nos estacionamos en el supermercado, en el sitio menos apropiado,  después de circular un cuarto de hora tratando de dar con un cupo para inválidos. Todos estaban ocupados por ciudadanos sin limitaciones. Empujé su silla de ruedas por el pasillo pretendiendo que los ácidos comentarios de mi  pasajero no iban dirigidos hacia mi persona y en pocos minutos estábamos en el reino que la invalidez le había prohibido al pobre caballero por largos años.

A veces casi podía comprender al viejo; cinco años sin salir de casa y de pronto se le presenta la oportunidad de  visitar  el centro mismo de la babilonia  consumista. No hubo anaquel que se le resistiera: pilas, linternas, medidor de presión para los neumáticos del prototipo,  protector de cuero sintético para el volante, codornices en escabeche, calamares en su tinta, caviar de Noruega, jamón serrano de cerdo alimentado con bellotas. Podía ver a mi suegra sudando frío de sólo pensar en la cuenta que la esperaba. 

Cuando alcanzamos el pasillo de vinos y licores  mi estimado padre político  había echádose  al bolsillo todas las aprensiones respecto al dispendio de la vida moderna con que suele predicarme  cada vez que me pilla descuidado. Escogió  con esmero una botella de whisky de  quince años para su deleite personal y otra corriente para atender a su amigo del alma; desechó las modernidades etílicas y agregó un par de botellas de sauvignon blanc y  media docena de buen cabernet. De acuerdo a la filosofía de mi suegro,  sólo el vino tinto es fecundo, el blanco es alterado químicamente.

Tuvo incluso un gesto de hidalguía  y se devolvió  a último momento para incorporar en el carro  un paquete de cervezas para mi inculta garganta de estudiante. 

La mañana esperada llegó al fin. A las ocho con treinta del domingo la música de la aspiradora nos hizo saltar en la cama;   la pobre Maca se largó  a llorar de inmediato y no había como cerrarle la boca, ni el chupete quería. Finalmente, mi señora  apareció con la mamadera  metida en un cazo con agua helada, para que la leche se enfriara pronto, y la paseó de un lado a otro luchando para que bajara el volumen de su desesperación.

Aún desde el baño  yo podía escucharla chillar con la misma potencia que su madre,  para colmo  de males, la María estaba dále que dále con la aspiradora y mi suegro desayunaba en el comedor con la Banda del Ejército asesinando a todo pulmón los viejos estandartes, un genuino pandemonio.

Qué casa de locos; finalmente la Maca dio la última chupada al biberón, ensució los pañales recién puestos y  amenazó con un nuevo lloriqueo; la pobre Polli -mi  señora- la alivió de sus molestias y la puso delicadamente en su cuna mientras yo me vestía lo más silenciosamente posible.  No había manera de hacerse el desentendido; ya eran casi las nueve, la Polli partió a ayudar en la cocina y yo fui conminado a poner el jardín en condiciones aceptables antes de  mediodía.  Armado de podadora y rastrillo  me enfrenté a él como un galeote a su cadena.

-                     El día que tenga mi casa, – prometí – ni el mismo Cristo me sacará de la cama antes de mediodía.-

La odiosa mañana previa a la aparición del Polo Merello transcurrió  en medio de la meteórica realización del sinnúmero de innobles tareas que una visita importante plantea como cruciales: desempolvar muros y amoblado, restituir el brillo de cristales y cuadros, recoger la extraordinaria colección de souvenirs que el pastor alemán distribuye por donde se le antoja, preparar un platillo tras otro, poner la mesa con lujo de detalles, exponerla a la consideración de mi suegra, volverla a poner, arrancar cuando baje el bizcochuelo y la pobre señora tenga ataque de furia, preparar la mayonesa, desesperarse cuando se corta, botar todo a la basura ante las escandalizada desaprobación de la  cocinera, volverla a preparar, aparición de la suegra a poner el grito en el cielo porque no se le ha ocurrido a la Polli que la mayonesa en cuestión siempre tiene arreglo, y de esta manera  toda la larga mañana.

            Considerando la prisa suicida que se nos forzó a mantener, no tiene nada de raro que todo estuviese listo antes de mediodía y  el pavo comenzase un lato período de resecamiento con serias intenciones de aparentar correosidad total a la una con treinta.

A mediodía desapareció mi suegra  a preparar su toilette, no había pasado un segundo cuando llegó mi suegro de punta en blanco al comedor,    exigiendo un paño limpio con el cual desempolvó cuidadosamente copas, vasos y servicios por tercera vez;  aprovechó, con cada uno de sus movimientos, de despeinar los búcaros de fresias y jazmines. Ya satisfecho, se trasladó al bar y fue sacando una a una las botellas para efectuar la misma operación.

Fue ese  el momento  en que   desatiné lo suficiente como para terminar con el jardín y partir a darme una ducha, en lo posible en compañía de mi mujer,  profitando del absoluto desorden que imperaba en la casa.

Bastó que asomase mi nariz en la sala para que el caballero exigiese mi ayuda;  sudado hasta decir basta y ataviado con mis peores galas me arrodillé a su lado para ir pasándole una a una las botellas, esperar que las limpiase y volverlas a guardar en el estricto orden diseñado por el barman en persona.

            Y en eso estábamos todavía cuando el timbre anunció la llegada de Polo Merello y Señora; todavía no terminaba de sonar cuando la María,  cuya gran virtud es adquirir repentina sordera cada vez que repica dicho aparato,   ya lo había hecho pasar exponiéndome a los visitantes en mi tenida de jardinero aficionado.

En rápido vistazo sorprendí la mirada de disgusto de la señora Rita, creo que su molestia no hubiera sido tanta de haberme encontrado desnudo, pero así, sucio y cubierto de sudor, encarnaba todos los horrores que mis suegros les habrían trasmitido respecto al bueno para nada que se había casado con la pobre Paulinita. Y qué decir del Polo Merello, qué disfrutaba a concho la oportunidad de restregarle a mi suegro su superioridad como padre y suegro a la vez, por lo que  atacó de inmediato con el reciente ascenso de su yerno gerente.

Mi suegra bajó la escalera deslumbrante en su vestido azul pavo real y me dio una gélida mirada antes de ordenarme que me adecentara, qué me habían dicho a mí, volé a la ducha no sin antes casi estrellarme  con la Polli, que también lucía galas que no le había visto desde aquellos tiempos en que trataba de atraparme. Deploro confesar que mis intentos por llevármela conmigo para aprovechar la ocasión resultaron infructuosos.

 La jornada se deslizaba sin altibajos. Mi suegro y el Polo se dedicaron a darle el bajo a la botella de whisky y las señoras sorbían delicadamente sus copitas de amaretto; pronto fue obvio que la botella no alcanzaría para el aperitivo, de manera que mi estimado padre político se vio forzado, entre bombos y rimbombos, a solicitar que le pasara el scotch de quince años. Sorprendí un atisbo de preocupación en los ojos de mi suegra; la señora Rita, por otra parte, tosió delicadamente antes de recordarle a su marido.

-          Acuérdese, Leopoldo, que el médico se lo prohibió.

Al parecer, el incomparable Polo  tenía pocas ganas de satisfacer los requerimientos de su médico. Colaboraba con entusiasmo a la desaparición del Ballantine´s  adolescente, por lo que, motivada por  la evidente desesperación de mi suegro, a mi querida madre política no le quedó más remedio que llamar a la mesa. Una gran fuente rebosante de  camarones del Limarí apareció en medio de la aprobación general y desapareció  con similar premura después de ser regada con una botella de sauvignon blanc que le permitió a mi suegro lograr  la silenciosa partida del whisky.

 Al Polo le costaba ahora acertarle a su copa y la señora Rita, con gran sagacidad, quitaba de su alcance  botellas, vasos y copas ajenas para que no las voltease sobre el mantel bordado de rosas que mi suegra reservaba para las visitas ilustres. Adormecidos sus escrúpulos a costa de tinto y blanco nos brindó sus mejores chistes y el relato de sus conquistas amorosas  salpicado de  detalles  que no puedo repetir. Sus carcajadas estruendosas hacían temblar las paredes del comedor y dejaban tras sí el tintineo de las copas inglesas en la vitrina. Algo incómodo por la situación, mi suegro trató de arrastrarle hacia otros temas, pero el Polo, qué va, arremetía con su vida de soltero o  adjudicaba sus éxitos a un viejo amigo del alma  que había ya pasado a mejor vida por culpa de una arritmia cardíaca.

En medio del zafarrancho hizo su aparición la fámula, trayendo en una gran bandeja los siete kilos de pavo dorado guarnecidos de fruta glaseada, almendras, nueces y pasas previamente remojadas en cognac. Los dueños de casa no cabían en sí de orgullo y hasta el suscrito se permitió una sonrisa al entrever los placeres de la gula que nos estaban destinados. No por nada había perdido mi pobre suegra la mitad del día anterior inyectándole licores tibios a la  blanca carne del plumífero para que el sabor estuviese a la altura de quiénes hincarían el diente en ella.

-          ¡Ay, comadre, no me diga que no hizo gnocchis!

Las palabras del invitado de honor cayeron como una bomba en la algarabía del comedor,  las mejillas de mi pobre suegra se pintaron de rojo y la sombra de la desilusión le nubló la mirada. No, claro, el gnocchi es una comida de diario, ella había elegido algo especial,  apropiado para este reencuentro tan largamente dilatado y, como bien  recordaba ella,  a su querido Polo le encantaba el pavo  relleno de fruta.

-Muy cierto, Luchita,  no se lo voy a negar, pero es que he comido tanto pavo que ya no quiero ni verlo pintado.- Se disculpó el susodicho sin grandes dotes de diplomacia.

La señora Rita  terció en la conversa argumentando  que comprendía muy bien los apuros de su amiga, pero ella estaba segura de convencerla de que Polo era inocente de cualquier cargo de ingratitud; la culpa la tenía un pérfido  matasanos que,   por considerar en demasía la presión arterial de su esposo,  le había condenado a perpetuidad a una dieta de pollo, pescado y pavo hervido y bien sabían mis suegros que Polo, su Polo, jamás iba a caer tan bajo como para comer pescado, así que  los rigores dietéticos lo tenían prácticamente muriéndose de hambre.

A mí,  los sufrimientos del amigo del alma me tenían sin cuidado;  ataqué la pechuga con entusiasmo puesto  que  pocas veces suele verse tal derroche y munificencia en la mesa de mis suegros, atados como están ambos por estrictas dietas pergeñadas por otros sádicos de igual profesión y calibre que aquellos que se ensañan con la familia Merello.  Reclamada urgentemente con la campanilla de mi suegra, la criada  vino y se fue como un rayo a prepararle al mañoso visitante un beafsteak  que satisficiera su apetito y proporcionara a su cabeza algo del aguante demandado por el whisky, el sauvignon y el cabernet.

            Así, en tanto los demás comensales dábamosle  el bajo al avechucho, el Polo Merello, modelo y ejemplo de multitudes, empapaba filetes con sucesivas copas de vino tinto, pinchando de vez en cuando  algunos granos de arroz graneado para completar el menú;  pronto vi la cuarta botella pasando a mejor vida a parejas con el segundo plato.

            La etiqueta y el Manual de Carreño, lamentablemente,  seguían el mismo camino;  congestionado y sudoroso el  que fuera respetable agente del Banco Interamericano, sucursal Ñuñoa,  se repantigaba en el asiento sacando amenazadora panza fuera de los límites de su chaqueta. Asediado por  la temperatura y la setentena   Leopoldo Merello se vio forzado a relajar el nudo de su corbata, que quedó colgando algo torcida a la altura del segundo botón de la camisa  albiceleste, que ostentaba indiscreta mancha de salsa  del tamaño de una moneda de cien pesos.

            -Lo que es yo, del arroz, apenas lo suficiente.- Argumentaba Polo Merello  entre trago y trago.- Mire que yo desde chiquitito que le tengo un asco terrible al ajo cocido y no hay vieja que no le ponga un par de dientes adentro con la aviesa intención de pillarlo a uno descuidado.

            Y a mi pobre suegra, líder reconocida de esas peligrosas hordas seniles,  se le subían otra vez los colores a las mejillas, yo la veía cerrar la boca hasta convertirla en un hilo escarlata e hincharse levemente como si estuviera a punto de estallar. Seguramente la señora Rita la veía tan bien como yo, de modo que terciaba conciliadora:

-                     Es que es tan bromista, mi Leopoldo, como si no supiera que todo el mundo saca los ajos antes de servir los platos. Yo lo entiendo, eso sí, cuando era chiquitito mi suegro, que en paz descanse, era un hombre muy exigente y lo obligaba a comerse los ajos.

- Con la terrible consecuencia de que ahora no los puedo ni oler porque me da asco al tiro, -  detalló el invitado de honor- usted no me va a creer, Luchita, pero hasta en los mejores restaurantes he devuelto platos porque sentí el olor del ajo, a mí no me engañan. Usted, por ejemplo, lo echó frito, ¿cierto? Por eso que lo puedo comer, cuando está así perfuma lo justo y en el peor de los casos uno lo puede sacar, porque el color se destaca.

Su apabullante presencia y sus gratos  temas de conversación  lo habían erigido ya como el gran monologador  de la jornada; extrañamente silencioso,  mi padre político se ocupaba mas bien de quitar de su alcance la quinta botella de cabernet,  lanzando de vez en cuando un resplandor de dientes con apariencia de  sonrisa hacia el indiscreto orador.

Polo Merello, como si nada,  relataba hora con lujo de detalles las peripecias sufridas en casa de su consuegro, respetable caballero en cuyo acogedor hogar, lamentablemente,  no se respetaban para nada las reglas de la sana convivencia en lo  que al ajo se refería. Poco dejaba a la imaginación,  tanto así que podíamos verlo claramente llevando hacia su paladar impoluto el traidor bulbo camuflado entre inocentes granos de arroz primavera. Él, consciente de nuestra atención cautiva, remató con la misma soberbia que el diestro se lanza sobre el toro:

- Y, señores, -  relató con la voz quebrada – vomité en la mesa… y mi consuegra me echó de la casa con toda razón. – Hipó con un brillo de lágrimas en los ojos.- No me han  vuelto a dirigir la palabra desde tan triste ocasión. Claro que mi yerno tiene mucha culpa de eso, nunca me quiso, yo no lo quería reconocer, pero la Rita me lo había pronosticado: éste nos va a robar a la niña, Leopoldo.

Lloraba a moco tendido secándose la cara con la servilleta manchada de vino y grasa; un silencio de mausoleo  cubría ahora la mesa antes festiva. Casi atragantado con un trozo de pavo, mi suegro tosió quebrando el incómodo momento y la señora Rita, compungida, se levantó de su sitio para ir a abrazar a su cónyuge  y consolarlo como a un niño.

-Es que mi pobre Leopoldo no se ha querido conformar, ¡ si por lo menos la niña no se hubiera enojado tanto! Yo la comprendo, cómo no voy a entenderla, es que pasó una vergüenza terrible y con lo estirada que es la familia de Rodrigo, imagínese,  Luisa….pero se trata de su padre, y si la señora no le hubiera puesto ajo en el arroz nada habría pasado. Por supuesto que ese  tipo se aprovechó de la situación, no ve que desde el principio la fue alejando de nosotros, no iban nunca a vernos y si de milagro aparecían era por cinco minutos. Siempre con mala cara, yo lo noté desde un principio.

Los viejos lloraban ahora a dúo, mi suegra, conmovida, se levantó de la mesa y partió por unos pañuelos, la Polli se había abrazado de la señora Rita y le acariciaba la cabeza con un nudo en la garganta, mi suegro, todavía en silencio, se estiró en la silla de ruedas para palmearle a su viejo amigo la espalda y escanciarle una nueva copa de tinto.

 Yo, que no sabía qué hacer, agarré la campanilla de mi suegra y la batí estruendosamente. La María, que por supuesto escuchaba todo pegada a la puerta, apareció al instante haciendo como que se secaba las manos en el delantal.

- María, – dije- llévese por favor los platos y traiga la torta y el café.

            Cuando los Merello se marcharon entre besos y abrazos nos quedamos exhaustos, aplanados por la agotadora jornada. Mi suegra partió a su siesta sin una palabra y la Polli a cambiar a la Maca y darle la mamadera. La María tenía  su propio escándalo fregando platos y cacerolas en la cocina. Yo me instalé con el diario y ni siquiera me había fijado en mi suegro, que iba y venía en su silla de ruedas,  hasta que llegó a mi lado y me dijo, alargándome un vaso:

- Tenga, Enrique, compartamos un whiskicito.

2679571980_6773510e65Las cosas han cambiado tanto en estos últimos tiempos que a Richards le cuesta un mundo reconocer la ciudad que le rodea. Pronto se cumplirán dos años desde que Bequita decretara el regreso a la casa vieja  y  vaya uno a saber para qué. Las arrendataria del chalet paga tarde mal y nunca;  las pensiones, cada día más escuálidas, el último matasanos que lo tijereteó  ha dejado a su mujer en la inopia y a él cargando una bolsa repleta de orines y  cada vez cuesta más conseguir una empleada que  se tome la molestia de desempolvar la casa. La  última llegó en calidad de au pair gracias a una tía profesora y a duras penas es soportable porque sabe cocinar. La anterior, retrasada mental, desapareció un día cualquiera llevándose de recuerdo algunos efectos caseros y los aros de perla de su mujer. No hay caso con Bequita, jamás supo tratarlas como se debe, con autoridad.

Lo único bueno de esta mañana de viernes es la fecha: quince de junio, día de pago. Esta misma mañana, después de hacer  su pedido en el supermercado, Bequita hará su recorrido mensual por el comercio  y regresará de allí con una botella de Queen Anne que -Richards lo  ha prometido expresamente- deberá durarle hasta fin de mes.

Reconfortado por esta grata perspectiva, Richards se levanta algo más temprano que de costumbre, tiende su cama cuidadosamente,  maniobrando entre los muebles con su silla de ruedas,  y disfruta la media hora de rigor de sus abluciones frías salpicando agua a diestra y siniestra, lavando su pañuelo, jabonándose la pelada y desinfectando las perillas del baño con la colaboración de la botella de alcohol y el trozo de franela amarilla que acarrea en la pernera doblada del pantalón.

Sale del baño cual ángel vengador casi dos horas después. Hay que ver el tiempo que toma pasarse de la silla de ruedas al silencioso cuando no se cuenta más que con los brazos.  Más animado que de costumbre, recorre el hall y la sala de estar  comprobando con un trozo de papel higiénico el hecho de que, tal como lo suponía, hoy tampoco pasó la empleada el paño por los muebles.

Alrededor de la una el gringo está casi iracundo. Chequea  minuciosamente el estado de las veinticinco copas de plata y  bronce ganadas en el tenis y retoca algunas manchas  que estropean su prístina superficie con un poco de Brasso. Casi imposible conseguir Silvo hoy por hoy. ¿Habrá recordado Bequita   la botella de Lea&Perrin y el frasquito de Bovril?  Está tan desmemoriada la pobre Bequita, tan venida a menos con esas manos que todo lo salpican de tanto temblar.  Esta mañana no más ha debido obligarla a dejar la taza de té conque regaba el piso entre la cocina y el dormitorio. ¿Para qué mierda están las empleadas sino para traer el desayuno a la cama o la comida a la mesa? Sobre todo ésta, que ni siquiera pasa la escoba,  que  la última vez que tuvo la mala ocurrencia de llover se negó a secar el piso a las dos de la madrugada  y se fue a acostar dejando a la pobre Bequita con el trapo y el balde de agua sucia.

            Es cierto que quizás habría sido mejor quedarse en el chalet en vez de arrendarlo. Poco y nada es lo que se le saca, a fin de cuentas.  Quién  iba a decir que en apenas diez años se iba a despoblar completamente  la calle Baquedano, que las oficinas fiscales y los clubes militares reemplazarían del todo a los viejos residentes.

Ya nada es lo mismo. Y sin embargo, pese a todo, pese a que ya no le queden  más que los muñones en ambas piernas del pantalón, a Richards le agrada haber vuelto,  no se lo dice a nadie, pero volver a la deteriorada casa georgiana  le hace sentirse mejor que antes, más cerca de algo indefinible que siempre le estuvo faltando. Si hay que morirse, él lo siente en los huesos, tiene que ser aquí. Entre las polillas y el linoleum agujereado. Debajo del retrato de Grandpapa que nunca pudo llevarse al chalet  a causa de sus desmesuradas dimensiones.

 

            Para cuando Bequita regresa  a Richards se le olvidan instantáneamente sus dolores y sus problemas. Cazuela para el almuerzo,  beafsteak con arroz graneado y  two fingers para abrir el apetito. El aroma amaderado del Queen Anne borra instantáneamente   los efluvios del polvo y la humedad y acelera su gastado corazón. Terminado el almuerzo,  Richards se concede el placer de un bajativo inmediatamente después de su vaso de natri para la diabetes.

            Bequita se retira para la siesta y cada cierto rato le recuerda a voces desde el dormitorio que la botella deberá durarle hasta fines de mes. Richards finge no escucharla y acaricia el vaso con sus dedos afilados y pecosos. De vez en cuando comprueba a contraluz la belleza traslúcida del  whisky, sorprendiéndose cada vez como si fuera la primera de la repentina perfección  que aquel color dorado puede conceder a la realidad.

            A eso de las cuatro descabeza una siesta arrullado por  el chicharreo de la BBC y el cacareo de la ponedora jactándose en el gallinero. Al fin se durmió, piensa Bequita, a ver si más ratito le escondo la botella. La  segunda teleserie ya está por terminar, qué mala suerte la de esta pobre Marielena, mire que tocarle estos parientes tan malvados.

 

            Pero el sueño de Richards nunca es tan profundo ni tan desesperado como su sed. Dormita a saltos.   Entre las cinco y las diez el gringo alterna el Queen Anne con la magra once-comida  y el Daonil para la diabetes. Acicateado por  las copas,  rueda ágilmente por la sala canturreando a los ruiseñores de Berkeley Square y las piernas de Lili Marlene. Se siente tan pletórico de fuerzas que podría volar y alcanza la medianoche entonando Samoa a grito pelado, incapaz de advertir que la bolsa que lleva colgando en la cintura casi rebalsa de una orina espesa y oscurecida. Bequita ya no se molesta  en  fingir que duerme: ha cerrado la puerta del dormitorio y sube el volumen del televisor tratando de apagar  los ecos del vozarrón de su marido. Lástima que Vamos a ver  termine tan temprano, se conduele. Y a Lucho que le gusta tanto Raúl Matas, mañana seguro que se va a arrepentir de habérselo perdido.

 

            A las tres de la mañana el televisor chicharrea al vacío. Bequita tiene la cabeza hundida en el pecho, ronca pausadamente  y los lentes se le equilibran apenas en la punta de la nariz. De vez en cuando, algún trasnochador sacude la calzada perdiéndose en dirección a la plaza. La calle Baquedano duerme silenciosa bajo la sombra de las palmeras.

 

            Richards todavía vela. Ha dejado de buscar el vaso que extravió en algún punto de su travesía nocturna y bebe ahora directamente de la botella, sumergiendo a veces la nariz en el gollete para respirar ese delicado  perfume de la tierra amada, de Grandpapa trinchando el roastbeaf dominical y  Charlie, sumergidos sus rizos en tres capas de gomina, saludando orgullosamente en su uniforme  del Regimiento de Zapadores de la Reina. A Richards, que ya ha superado las etapas de júbilo y belicosidad,  las lágrimas le ruedan por las mejillas rugosas, le empapan la barba y le salpican el suéter azul marino. Heroicamente, ha decidido dejar los últimos two fingers para mañana y vigila cuidadosamente el nivel del líquido en la botella.  ¡Cuando  resaca va a ser tan agradable mirar a través del  líquido dorado y respirar  una vez más el aroma del ayer! 

3423655125_277e1d43a9El día que se terminó de construir el camino nuevo, cuando la Cuesta del Toro quedó definitivamente en el pasado, el gringo Richards sentenció  tristemente desde la silla de ruedas:

-Era fatal, la cuesta del Toro. Tantos buenos iquiqueños que he visto yo despeñarse por esa cuesta.

-Todavía no cante victoria, Mr. Richards, mire que  el camino nuevo no se abre hasta fin de mes – le rebatió el practicante que le curaba las úlceras de la diabetes.

Richards le miró desdeñoso…qué sabían éstos de lo que es manejar en la pampa. ¿Se acordaba alguien, por ejemplo, de  que la primera vez que llegaron los buses interprovinciales los choferes sureños no se atrevieron a bajar por la cuesta de acceso y tuvieron que subir   conductores iquiqueños  a hacerse cargo de los vehículos? O de esa vez que un rally mundial pasara por allí de pura casualidad  permitiéndole a los sapos de carretera la oportunidad de ver circular a los automóviles de carrera más lentos del mundo? 

La Cuesta del Toro, unos pocos kilómetros más allá, justo debajito de la mina de plata Santa Rosa, era uno de los puntos altos de la ruta, comparable sólo con la Cuesta de Chaca o la de Chiza, en el camino a Arica,  donde no pasaba mes sin que se  desbarrancase un camión.

Manejar  es lo que el Gringo más echa de menos, más incluso que el mostrador del almacén de  Hernancito Smith a mediodía, vedado para Richards el día mismo que la diabetes le arrebatara la pierna  izquierda. En todo caso, ya ni el almacén solía ser el mismo que en los tiempos del chino José. ¡Tremendo grupo que se reunía en ese tiempo, qué buenas conversas! Muy simpático, Hernancito Smith, pero la señora le ha corrido la clientela con la expresión  avinagrada de la cara. Con el tiempo, Hernancito ni siquiera pasa por ahí, siempre tan ocupado con su  Beaumont  de luxe, qué según dicen le proporciona excelentes ingresos.

 

A esa misma hora, a dos kilómetros escasos de la Aduana, Hernancito Smith experimenta por primera vez el cansancio de la jornada. El sol le pega en los ojos y le repta  bigote abajo hasta rematar en la boca con  indisimulado bostezo. El motor del Beaumont azul ronronea como un gatito cuando Hernancito Smith acelera hasta alcanzar los ochenta kilómetros por hora, ochenta y cinco, noventa. La silueta de la Aduana se recorta repentinamente en la siguiente curva, Hernancito Smith suaviza la presión del pie sobre el acelerador  y el  Beaumont se desliza sobre el macadám caliente con la misma suavidad que lo haría sobre una pastilla de jabón. Hernancito Smith  constata que tiene hambre y está aburrido. Justo ahora  que se había acostado tan tarde la noche anterior, tenía que  tocarle una vieja con un cabro chico llorón, que más encima se ha vomitado apenas saliendo de Arica encima de los asientos forrados en cuero blanco. Hernancito Smith ha tenido que  abrir la ventanilla hasta abajo para que se  vaya el olor y la vieja, con la cara más larga que funeral de bombero,  no  ha parado de reclamar porque el cabro chico se le va a resfriar y  no le despintará nadie el dolor de oídos, al pobre angelito.

 

El practicante descubre las heridas con ayuda de una pinza metálica. Sobre un riñoncito enlozado, Pupa, como le ha bautizado secreta y vengativamente el gringo Richards, acomoda  apósitos de algodón remojados en suero fisiológico y polvos antibióticos.

-¿Ha visto como le anda la orina, míster Richards? 

Al gringo,  qué le han dicho. ¿Acaso no sabe el practicante que  la glucocinta  conque  mide  su glicemia diariamente  ha vuelto a subir de precio? Los remedios, todos, que se han ido a las nubes. La otra semana, por suerte, pagan la pensión. Si a los milicos no les hubiera dado por terminar con las perseguidoras él todavía tendría una pensión decente, pero así no se puede vivir. Claro que tan malas no serían las perseguidoras, porque lo más bien que los milicos las conservaron para ellos. El recuerdo de la pensión empobrecida amarga un poco la tierna relación espiritual de Richards con el gobierno de las fuerzas armadas.

 Pupa hurguetea cuidadosamente en los dedos ulcerados, descarta el material muerto y desinfecta cuidadosamente la carne viva para luego aplicar antibióticos, polvos de madecassol y unas laminitas gelatinosas que teóricamente ayudan a reproducir tejido. El gringo mira filosóficamente su martirizado  pie restante. Si los malditos matasanos no le hubieran cortado la pierna derecha, a esta hora estaría tomándose una caña en el almacén de Hernancito en vez de soportar a este cretino con ínfulas  de cirujano.

 

Contra todo lo que hubiera podido esperarse, el cabro chico sigue despierto y llora con más brío que nunca. Hernancito Smith sube un poco el volumen del aparato de radio. Sabes, de qué tengo ganas, barrita  Olga Guillot,  y Hernancito salta rápidamente por el dial tratando de agarrar una  canción decente en la onda corta. La una de la tarde, el réporter esso, el réporter esso, la voz del locutor chicharrea desagradablemente los avatares climáticos de la capital. La vieja, tan aburrida del cabro chico como el que más,  aprovecha de pasar su aviso. Qué lindo que canta la Olga Guillot.. .

El sol está que se las pela, como para que se caigan los jotes asados, piensa Hernancito.  Los ojos ya se le cierran, no para de llorar el cabro de mierda y va a terminar durmiéndose él primero. Preocupado, Hernancito Smith se endereza en el asiento, abre bien los ojos y carraspea.  Viajecito que le fue a tocar, justo ahora, que anda tan cansado.  Esta vez, descansará hasta el lunes próximo. De dónde le ha venido a la   Carmencita esa tonta idea de comprarse una casa de dos pisos, sólida, de esas de la caja de empleados particulares, un defeledós. Total,  la casa que dejó el chino estará vieja, pero más bien ubicada que cualquiera.  Un desagradable olorcillo le entera de que el guatón que viaja sentado a su derecha se ha relajado más de la cuenta. Molesto, Hernancito le espeta con rudeza.

-Abra la ventanilla, compadre, mire que hace un calor terrible acá dentro.

 

Mientras Pupa ordena sus implementos y  se lava prolijamente las manos, Richards rellena la cartilla de la polla gol que el practicante  hace el favor de  llevarse a la agencia todas las semanas. Seis puntos la última vez, así, no va a llegar a ninguna parte. Puros empates, qué manera de jugar mal estos chilenos; como se la pasan tomando, apenas corren. Parece que le pidieran permiso a una pata para mover la otra. Magallanes-Palestino. Richards  medita un poco más y luego traza una pequeña equis en el cuadrado correspondiente. Empate.

Si Richards se saca un premiecito lo primero que va a hacer es mandar a afinar la Guinevere, tanto tiempo que lleva parada en el patio, la pobre. También podría aprovechar de hacerlo  para el quince, cuando le paguen, y después tratar de que el mecánico lo saque a dar unas vueltitas por el centro, pasar a la botica, comprarse una garrafita de tinto  donde el turco Cerisola  y unas lengüitas de cordero. Con puré, por supuesto, the best smashed potatoes  and  half a dozen lamb tongues. You’re the top,  you’re the Colyseum, you’re the top, you’re the Louvre museum. Qué bien le vendría una botellita de whisky  esta semana, Ballantine’s, su favorito. Quién sabe, a lo mejor podría convencer a la Bequita de que le compre una botella, casi seguro que se le ha olvidado lo de la última vez, después de todo, ya está por cumplirse un mes.

 

Esas cosas no pasaban cuando Hernancito estaba en la civil. Trabajo tranquilo, sin presiones, de vez en cuando, alguien caía con un contrabando  o un burrero se olvidaba de pagar la coima y se iba precioso. En todo ese tiempo que él estuvo en la policía, un sólo crimen. Ese idiota que pilló a la mujer con el sobrino y  tuvo la mala idea de meterles un balazo. Un muerto, una nulidad matrimonial. Se podía almorzar en la casa, salir a comer en el Tung Fong los viernes por la noche, una pichanguita los domingos; no como ahora que la panza se le ha desbordado en dirección al piso de tanto pasar sentado.

Pero es tan lindo su Beaumont, le hubiera dado su buen táte quieto al chiquillo’e mierda si hubiera podido; mire que echarle güitriao vinagre en el tapiz blanco y la vieja tan foronga  pidiendo que le pusiera la Olga Guillot, se hubiera tratado de Javier Solís siquiera, pero la negra ésa parece gata en celo .. . a dónde van a ir a parar las cosas. Un sólo crimen en seis años; claro, lo del chino José también. Tremendo lío que habían tenido que armar paseando al Chacho curado por todo el barrio. Más maricón el heladero, por algo tocaba tan llorado el cuerno para llamar a la clientela, se las había llorado todas, el huevón, por más que le decía que se callara.

 Hernancito sabía bien lo que pasaba con el pelado Nariño cuando le tocaba un llorón…el pelado no podía soportar ni a los maricones ni  a los curados llorones. Mal negocio lloriquearle.

  El Chino José, por otra parte, no era ninguna perla de oriente. Se  las había buscado solito, el chino,  nadie puede guardar plata por tanto tiempo en la caja de fondos sin tentar al diablo. Y  ni tanta plata, bien decía el viejo Fardella que el chino era jugador, y de los malos. Bien quemado el chino’e mierda .

 

Pupa cobra su trabajo,  guarda la cartilla de la polla gol y el dinero para validarla en la agencia,  luego se despide y  se  marcha rápidamente por el estrecho pasadizo, Car’e perno, masculla Richards para callado. Tener que soportar al practicante le crispa los nervios, tan colijunto, tan jabonoso, parece coliguacho, el negro, viene pasado a colonia barata y no lo deja respirar en esa  habitación  tan chica, la única disponible en el primer piso.

Si no le hubieran cortado la pierna  él todavía seguiría en la casa vieja, tan amplia, tan cómoda, tan silenciosa. Eran otros tiempo, una vida con más clase, tanta gente interesante circulando por ahí, en vez de los patipelados que se quedaron cuando todo acabó y llegó esta tropa de  sureños  ladrones que ha forzado a la gente a cerrar las puertas con llave. No hay nada peor que la vejez, piensa Richards, nada, excepto la vejez en Chile y una pensión del Estado. Casi seguro que no va a poder recorrer el zigzag de nuevo, bien difícil que pueda ir a la pampa antes de que  cierren el camino viejo. A él le habría encantado pasar por la Cuesta del Toro una última vez, por Santa Laura, por Canchones. Mala pata, muy mala pata, una sola mala pata, lo que era lo peor de todo. Una taza de te, eso necesitaba. ¿Dónde se habría metido la china ésa? Siempre corriendo el zorro o encamotándose con el paquito de la esquina.

 Richards  registra en el velador y después de una cuidadosa inspección saca triunfante un billete arrugado: ¡Justo para un litrito! Llama a grito pelado a la sirvienta, que se ha hecho humo junto con el practicante. Todavía hay tiempo de que vaya al almacén de Hernancito antes de que cierren para almorzar. 

 

Sudado y hambriento, Hernancito Smith baja raudamente en dirección al puerto. Deja atrás Humberstone, la chimenea corroída de Santa Laura, las tortas de escoria reverberando al sol, el cruce del tren que hace tanto tiempo dejó de pasar y la larga recta de la pampa. El cabro chico se ha dormido finalmente y el guatón, para variar, atiborrándose de  pan con  chancho. En el asiento trasero, la vieja cabecea encima de la muchacha morena y silenciosa que no ha dejado de ponerle mala cara desde que el cabro chico vomitó;  lamentablemente, no puede pegarse al tipo del otro lado, tiene toda la cara de ser manilargo y ocupa más asiento de lo que corresponde. Pobre cabra, parece palo de escoba instalada allí en el medio, estirada y comprimida  hasta lo imposible.

A Hernancito Smith se le cierran los ojos, suerte que falta tan poquito para llegar, de repente, en cualquier momento, va a aparecer la cuesta del Toro y lo demás es pan comido: el control de Alto Hospicio, el zigzag y a flojear. Hasta el próximo lunes. Cuatro días largos  guata arriba en la cama.

 

Hernancito Smith dormita  silenciosamente cuando el Beaumont aparece frente a la Cuesta del Toro.  La  muchacha morena, forzada por la incomodidad de su postura, es la única que  advierte el hecho de que la velocidad  ha aumentado ligeramente. Está cansada, pero resiste. Bosteza tapándose la boca con el dorso de la mano derecha y por centésima vez estira la basta de su falda hasta cubrir la mayor parte de los muslos. Al imbécil de su derecha, que simula dormir, el brazo se le cae justo en el hueco de tres centímetros que ella ha conservado con tanto esfuerzo y la ayuda de su cartera de cuero. Tratando de apartar el brazo del cretino con el bolso, la muchacha se distrae  el tiempo suficiente como para que el Beaumont azul tapizado de cuero blanco se deslice  velozmente hacia la primera curva de la cuesta. Logrado su objetivo, ella levanta la cabeza justo a tiempo para ver como el vacío se les viene encima.

 

Hernancito Smith despierta sobresaltado por el alarido de la muchacha. Instantáneamente, todo el pasaje se ha despabilado y chilla al unísono. Hernancito Smith siente  el Beaumont tan liviano que parece que volara. Le toma una centésima de segundo comprender que eso es lo que efectivamente ocurre.

Ahora caen en picada y todo vuela por sobre sus cabezas: el cabro chico, la mamadera que gotea leche vinagre, las carteras de las mujeres y su contenido, un sandwich de mortadela  a medio comer,  los restos del diario,  los pasajeros y él mismo, todos envueltos en un sólo chillido desesperado y común. Y a pesar de todo,  a  través del parabrisas cubierto de polvo,  Hernancito  Smith alcanza a ver sin problemas, como  un luminoso espejismo, las cruces de Tiliviche brillando al sol y  la cara  manchada de lunares del  chino José, muerto de la risa, con una papa en la mano.   

 

 

 

 

 

 

2512788770_a01e30615dDesde que las fuerzas armadas emitieron su patriótico pronunciamiento, Richards anda más animado que  nunca. Se levanta temprano, enciende la radio, devora ansiosamente los huevos pasados y los bandos noticiosos y  tranquiliza a Bequita, tan nerviosa ella. Por supuesto que a Harold no le ocurrirá nada,  la situación está bajo control, el general Bonilla  acaba de asegurárselo al país.

Terminado el desayuno,  Richards sale a revisar el jardín, conversa con el paquito que cuida la casa del fiscal militar, respetable vecino, y con ayuda de una camiseta vieja saca lustre a los cromados de su camioneta, lamentablemente estacionada en el patio descubierto de esta casa moderna,  incómoda y estrecha a la que le ha condenado la invalidez.

 

En la  vieja casa  de Richards, la nuera del gringo  está en pie desde la salida del sol. Tiene casi cuatro meses de embarazo y el cuerpo se lo hace notar con una sensación de lasitud, con un deseo íntimo de sentirse mimada y regaloneada, que ella sabe muy bien que no podrá satisfacer. Casi  no ha podido pegar un ojo en toda la noche; a pesar del toque de queda o por esa misma razón los tiros rompen a menudo el silencio nocturno,  los gatos han armado un berrinche de miedo sobre el techo, el niño se ha desvelado y  lloriqueado cada vez que ella cerraba los ojos y, como si todo eso fuera poco, la tía de su marido, Dorothy, que vive en el primer piso, se ha levantado a las tantas de la madrugada para llamar a grito pelado hacia arriba. ¡Qué pasa allá arriba!,  ¡Qué están haciendo! Muerta de miedo, la nuera del gringo ha debido levantarse en la oscuridad para llegar hasta la ventana del salón y tratar de convencer a la vieja de que los gatos andan de ronda para que regrese a la cama y la deje dormir. Por suerte, Colin llega al día siguiente. Seguramente este domingo almorzarán en casa de los suegros.

Al menos, cuando está Colin en casa no hay  que temer a la soledad. Hace  más de un mes que Colin no viene a casa, ocupado como está con sus estudios en Antofagasta y ella lo  echa de menos algo más de la cuenta. Exactamente una semana después del golpe  su marido regresó, sorprendiéndola con su rostro recién afeitado,  y tomó la decisión de esconder las armas  de su padre para el eventual caso de  que haya respuesta al golpe. Tratando de hacer el menor ruido posible, la pareja envolvió los fusiles Comblain, souvenir de la guerra del Pacífico, en prendas viejas, levantó las tablas sueltas del pasillo y escarbó en la capa de  cincuenta centímetros de polvo que satura el entretecho para depositar allí los  fusiles cuidadosamente camuflados. Nunca se sabe, cuando se arme la resistencia pudieran necesitarlos.  

 

Ese domingo  despiertan temprano. La muchacha prepara té con tostadas y  le sirve a su marido, en una copa,  el único huevo de la despensa. Cosa rara en él, el niño ha dormido de un tirón y ahora anda correteando por la casa  poniéndolo todo de cabeza. La pareja se acaricia en la cama de  plaza y media y  termina adormilándose  satisfecha entre las sábanas gastadas.  Poco después el niño deja caer  una pelota por la escalera y lloriquea para que su madre vaya por ella, despertándoles. Colin  se mete en el baño y  ella parte a la cocina a lavar los platos  en el hilo de agua que la falta de presión  del desierto empuja apenas hasta el segundo piso. Desde la cocina puede escuchar claramente los afanes de la criada en la casa de abajo, el cacareo de las gallinas y la enceradora eléctrica  aullando por el salón de la tía Dorothy  Richards.

 

La ausencia de campanilla le impide escuchar los golpes sobre la puerta hasta que la invisible mano que los proporciona incrementa su fuerza. Secándose las manos en el delantal, la muchacha  corretea por el hall y baja la escalera echando pericos contra el neurótico visitante que no deja de golpear. Suelta la cadena, abre la puerta y enfrenta a los tres hombres vestidos de civil.

-Buenos días – saluda. Otra vez  unos idiotas que se equivocaron y golpearon en la puerta equivocada haciéndola bajar en vano.

-Buscamos a Colin Richards – la sorprende  uno de los hombres, delgado, de bigotes.

-Aquí es, pero está en el baño – responde ella  con  la mala espina atravesada en el  cuello.

 -Pues entonces dígale que se apure  -replica el hombre del bigote-,  tenemos una orden de allanamiento.

Ahora que los presagios se confirman, a la muchacha le tiemblan las manos. ¿Por qué? Es cierto que andan pescando a medio mundo, pero por qué ellos, si ni siquiera son militantes de un partido. La asalta, implacable, un recuerdo aterrador: quizás supieron  que su suegro tenía las armas y han venido a buscarlas. Sacando fuerzas de su flaqueza, se repone y exige que se le muestre la orden de allanamiento, pero cuando se la pasan  para que la lea  no puede ver nada, el miedo la ciega. Tratando  de ganar tiempo, finge que todo está bien y les deja esperando a la entrada del hall, corre al baño y  le da a su marido el susto de su vida.

-Vienen a allanarnos, Colin  - susurra

Mientras  ella regresa a entretener a los hombres de civil, él se viste a la carrera, va hacia el escritorio por la puerta trasera y arroja por un agujero del piso  un ejemplar del Libro Rojo de Mao y algunos boletines del Frente de Estudiantes Revolucionarios, souvenirs usuales del estudiante. Cuando llega al hall, ya los hombres están dando vueltas  los libros, leyendo las cartas viejas y levantando la gastada  alfombra de la sala en busca de una portezuela secreta. Por largas dos horas, los hombres de civil revisan la casa de cabo a rabo. Hurgan en la ropa sucia, la caja de herramientas del viejo camión de su padre, el sumidero  lleno de cucarachas, la pieza de los trastos, los cajones del escritorio, las maletas viejas y los colchones. En un gesto de suspicacia, uno de los hombres  chequea un par de  piezas de un colchón que la muchacha ha puesto  sobre el piso de  una habitación vacía para que juegue el niño.

-Así duermen los terroristas, para arrancar  al tiro – acusa.

Ella piensa que los terroristas deberían ser lo bastante pequeños  para caber en las tres cuartas partes de un colchón y lo bastante estúpidos como para despreciar la cama  vacía  sita apenas a dos pasos de éste, pero se lo calla. Durante una hora la pareja  trata infructuosamente de convencer a los  hombres de que  las evoluciones noctámbulas de los gatos en celo han sido  las culpables  de  las preocupaciones de la tía Dorothy y de que  una carta de amor escrita el año  setenta  difícilmente podrá serles útil para  detectar movimientos subversivos. En tantas idas y vueltas los hombres pasan a menudo por arriba de las viejas  tablas del pasadizo y la muchacha  tiembla de sólo pensar en que el gordiflón moreno, de cara marcada  como de viruelas, se pare sobre una de ellas y la quiebre, yendo a dar de plano sobre los rifles oxidados  y la vieja bata de levantar de su suegra. En medio del desbarajuste producido por los allanadores, el pequeñín corre frenético por la casa ayudando a las simpáticas visitas a sacar todo de su lugar antes de que su madre se enoje y los castigue.

 

Cuando todo termina, la casa queda en silencio. Colin Richards  decide que no quiere ver el desastre por el momento y  se van dejando todo patas arriba. Caminan hacia la casa de los Richards  tratando de explicarse el por qué de lo ocurrido y dando gracias a Dios porque los tipos no dieron con los fusiles, no los golpearon ni se llevaron a Colin a Pisagua. Anduvieron con suerte. Tiene  que haber sido una denuncia de los primos, piensa ella, o nos habrían tratado mucho peor. Él empuja el cochecillo del niño y ella  camina  lentamente, tratando de  no sentir los fuertes dolores de su vientre, que se ha revolucionado totalmente desde la aparición de los hombres en la puerta de calle.

 

Al gringo Richards el mero relato de lo ocurrido le crispa los nervios. Se guarda bien de decirlo, pero no deja de pensar en ello  ¿Qué será lo que habrán hechos estos dos? ¡Qué vergüenza, con un hijo en el ejército le viene a salir el otro comunista! Lo mejor, decide, será inscribir las armas para que no se las vayan a llevar; después de todo, son recuerdos de su padr., Colin debió haber ido el primer día a registrarlas.  En el tocadiscos, a todo volumen, los  coros de la Armada,  que apenas hace dos semanas le regalara  Harold,  dejan oír sus cajas y  voces marciales.

El gringo  va de un lado para otro en la silla de ruedas hasta que da con la guía telefónica. Busca el número de la Comandancia y  lo marca con dedo tembloroso. Al otro lado de la línea, una voz  saluda:  Sexta División, Buenos días,  y justo cuando él comienza a explicarles lo ocurrido, su hijo se le echa encima hecho un energúmeno y corta la llamada con decisión.

-¡Viejo huevón! – La voz de Colin tiembla de rabia y de miedo.- ¿Querís que me maten? ¿Qué no te hai dado cuenta de lo que está pasando? ¡Yo escondí las armas, si me pillan, me cagan!

A Richards le arden las mejillas, la rabia se le escapa por las orejas enrojecidas y la boca que vomita denuestos y saliva. ¡ Ándate a la mierda  -grita-,  fuera de mi casa! ¡Comunista, no te quiero volver a ver! Y en el tocadiscos, como si nada, los coros continúan asegurándole que lejos lo esperan mil brisas que no podrá olvidar.  El gringo sólo se queda tranquilo cuando  su hijo, su nuera y su nieto salen de la casa sin mirar atrás.

 

La noche del sábado, la nuera del gringo Richards  está más cansada que de costumbre. Toda una semana ha transcurrido desde el allanamiento. Colin se marchó el lunes a la universidad sin que ella le dijese que ha comenzado a perder pequeñas gotas de sangre. ¿Para qué preocuparlo? Ya ha tenido bastante.

A ella,  la semana se le ha hecho eterna. El martes fue al consultorio y la matrona la ha dejado de una pieza al decirle que no ve ningún bebé  allí, que en todo caso, el útero lo tiene en retroversión, que hay que esperar.  Tan sólo el jueves, después de comprobar que sigue sangrando, acceden a que la vea el médico. Cuando éste solicita el examen de embarazo ella se queda tranquila: el  lunes,  en cuanto tengan el resultado,  podrán hacer algo para impedir el sangramiento. ¿Cómo estará el bebé? Ni siquiera molesta, en realidad, después de los dolores del domingo no ha sentido nada más.

 

Siente una puntada en los riñones y la vaga inquietud que la ha acompañado toda esta larga semana   estrujándole  la garganta. Arrodillada junto a la cama, desnuda al pequeño, limpia su trasero con aceite y le cambia los pañales. No quiere hacer esfuerzos, es más, toda esta larga semana ha estado teniendo el máximo cuidado para  que el niño que lleva en su vientre no sufra. Porque está allí, de eso está segura. A lo mejor el útero está hacia atrás desde las contracciones del domingo, pero antes de eso ella tenía casi cuatro meses de embarazo, aunque nadie se lo hubiera certificado. Después de todo, Colin y ella  calcularon todo muy bien para que el próximo bebé llegara justo después de que él haya terminado la universidad, cuando su padre ya esté trabajando. Este niño no debiera sufrir, no como el primero, que tuvo que soportar  la pobreza, los abuelos enojados por la llegada extemporánea, el  desabastecimiento y   el servicio de salud  para  indigentes.

 

El niño ríe y patalea sobre la cama. Desde la calle, un silencio de muerte sube hacia el segundo piso, interrumpido a veces por el aullido lejano de un perro o un tiro perdido en las tinieblas  del toque de queda. La muchacha, jadeante, se afirma en la cama para ponerse de pie.

Es entonces cuando siente que algo se desgarra y cae en su interior. El  corazón se le crispa y  al mismo tiempo,  como un río desbordado, un torrente de sangre baja por  la cara interior de sus muslos. La muchacha se quiebra, se agarra el vientre con las manos  y un sollozo  se le escapa de la garganta. Se mueve rápido, va hacia la cómoda y saca una toalla limpia que pone entre sus piernas.

-Mi hijito – llora roncamente.

La sangre empapa la toalla, ella la cambia por otra y aún una más y las va arrojando al suelo, empapadas, tintas  en la sangre de esa vida que se le escapa por entre las piernas. La muchacha solloza a voz en cuello exigiendo un  por qué a ese Dios que la mira indiferente, demandando fuerzas a ese niño que ya no escuchará. Sobre la cama, el pequeño ha dejado de reír y la mira atemorizado. Ella sigue llorando y  reemplazando las toallas hasta que el cajón de la cómoda queda vacío. Bajo sus pies, sobre las tablas gastadas del  piso, un círculo negruzco y pegajoso va creciendo lentamente.

 

 

 

 

2510601703_727b25d1c9Richards sabe muy bien que la diabetes se le ha salido de madre. Cada  mañana, después de  la ducha helada de rigor y con sus propias manos  rigurosamente desinfectadas con alcohol, el gringo lava cuidadosamente las úlceras de su pie izquierdo con agua oxigenada, las espolvorea  con abundante polvo de penicilina y  las cubre  con un par de  parches curita. Sólo cuando la pequeña operación ha finalizado termina de vestirse y parte a desayunar.

Hace apenas seis meses Richards hubiera abierto su apetito al desayuno  con la ayuda de dos cañas de tinto, pero desde que el doctor Reyna lo amenazó con las penas del infierno Richards se  ha visto obligado a reemplazarlas por botellas de medio litro de leche larga vida importadas directamente de Europa, la novedad del año. En estos terribles seis meses, la sed del gringo ha saturado todos los rincones de la maltratada casa familiar con botellas de leche vacías. El  proceso comenzó en el entretecho, siguió con la escalera de servicio y se ha desbordado finalmente por todos los rincones de la casa. No hay día que su mujer no desee secretamente que Richards hubiera tenido con las botellas de leche   la misma  pudorosa actitud que desplegaba con las damajuanas de tinto.

No  es el único problema. Será a causa de las botellas apiladas o porque  tres litros de leche diario no bastan para apagar su sed, pero estos seis meses han sido los más duros  de que la señora Rebeca tenga memoria. A su marido se lo llevan los demonios. Sube y baja la escalera que lleva a la vereda, remece la casa con sus portazos, olfatea con desagrado cada bocado de alimento y  cada vez que sorprende al boxer de la familia babeando el sofá lo agarra a patadas, algo totalmente inusual en un reconocido amante de los perros.  La dureza de los últimos días tiene un sólo consuelo para ella: en veinte días más, su hijo  Harold se casará en Santiago y por un par de semanas  Richards  no tendrá otra que  dominar su mal genio. La señora Rebeca  ha comprado dos pares de zapatos nuevos y se ha mandado coser un dos piezas de blin y blin color mostaza y un traje largo azul pavo real que la hace cinco años más joven. Está emocionada, viajarán en avión.

 

Richards   se levanta  diariamente con la mierda hirviendo. La sola perspectiva del viaje aéreo le crispa los nervios y le para los escasos cabellos. Si hubiera tenido tiempo, habría viajado en la Guinevere, su adorada camioneta, pero Bequita se ha negado rotundamente tan sólo a  considerar la idea. ¡Mil ochocientos kilómetros de carretera,  a su edad, ni hablar!

 La noche anterior al viaje, se cura las úlceras con más detalle que de costumbre, después de todo, pasará  unas  cuatro horas sin poder levantarse del asiento. Cuando termina su tarea, Richards  languidece por una botella de whisky, o en el peor de los casos, un litro de vino familiar. La añoranza es tan profunda que  se ve obligado a levantarse y partir a la cocina en busca de  dos botellas de leche a las que  da el bajo en un par de minutos. Pone el despertador a las cinco y media, pero después de tres horas de darse vueltas en la cama  opta por levantarse a oscuras, vestirse y  prepararse desayuno a las cuatro de la madrugada. El olor de los huevos revueltos despierta a su mujer cuando ya son casi las cinco; Richards le trae el desayuno a la cama y poco más de media hora después ambos corretean desesperados por la casa  comprobando que nada se les queda y que los pasajes están seguros en la cartera de Bequita. La criada no halla las horas de que se esfumen para volver a la cama y  el perro está neurótico por  el volumen que  Richards le ha impuesto al aparato de radio que trasmite las primeras noticias del día. Huele claramente que algo ocurre; cuando finalmente babea sobre  el pantalón nuevo de  su amo  es expulsado de la habitación con una patada en el trasero. Los Richards se marchan en un taxi hacia el aeropuerto; just in case,  el gringo lleva una botella de leche en el bolsillo de la chaqueta.

 

Entre los festejos del matrimonio y las compras de Bequita se le van a él los días como en un sueño. Antes de partir para su luna de miel,  Harold ha tenido la gentileza de  hacer los trámites necesarios para que  su padre sea atendido en el Hospital Militar, de manera que ni siquiera tiene Richards que preocuparse de las úlceras de su pie izquierdo. Cada mañana, un practicante bigotudo limpia y desinfecta sus heridas y  le deja listo para salir a caminar.

Una semana después, su mujer toma la decisión de permanecer en la capital hasta que sus heridas se curen. ¿Cómo desaprovechar la ocasión? A Richards le molesta un poco que  las heridas estén peor que nunca ahora que él ha hecho el  sacrificio de abandonar totalmente el alcohol;  el miliquito, piensa él, no debe tener idea de curaciones. Aburrida de discutir con él, su mujer acepta  viajar a la brevedad  con la condición de que se siga curando en el hospital hasta el último día.

  Es precisamente esa mañana cuando el miliquito descubre algo raro en la herida y no se queda tranquilo hasta que lo revisa el médico. No queda otra,  Richards se hospitaliza y Bequita parte a la línea aérea para cambiar la fecha de regreso. Cuando se enteran de que la primera falange del meñique se  ha gangrenado, Richards decide que lo mejor que pueden hacer es cortarlo por completo

Una semana después, Richards se prepara para salir de alta y tomar el vuelo de regreso cuando al médico, una vez más, se le ocurre darle una revisión final a su pie. Como el gringo lo temía, su pie izquierdo ha amanecido totalmente adormecido. La herida del meñique, por otra parte, se rehúsa a cerrar. La diabetes, aclara el doctor, es sumamente complicada. Se debate fríamente la posibilidad de cortar  la tercera parte del pie o el pie completo en caso de que la gangrena continúe.  Richards está indignado y exige que corten estrictamente lo necesario. Muerto el perro, se acabó la rabia, sentencia, y por lo bajo masculla para sí que bien merecidas se  tienen sus malas caras estos matasanos incapaces, acostumbrados como están a tratar con milicos jóvenes y fuertes, qué aguantan todo. Lo mejor es tratarlos duro, para que se den cuenta de que uno no les tiene confianza.

 

A Richards le encanta que los huevos pasados vengan servidos a baño maría para evitar que se enfríen. Este pequeño detalle casi contrapesa el hecho de que no traigan incluidas las yemas,  depositarias del maligno colesterol. Lo peor del hospital es que todo venga medido, piensa Richards, los huevos, el almuerzo y la capacidad cerebral de los matasanos. Hasta la leche, que echa tanto de menos. La noche previa a su partida a Richards  le sube repentinamente la temperatura y el médico se niega a darlo de alta. Su mujer posterga una vez más los pasajes de regreso.

 

Sumido en la fiebre, Richards  pasea  en su camión por los rincones más  aislados de la pampa, arrullado por el violín de  Fröebel y  el retumbar de las baterías de Dunkerque. Le duelen  los pies  y cuando  inclina su cabeza para mirarlos los ve  tan lejanos como si no le pertenecieran, avanzando por su propia cuenta y riesgo sobre  un callejón  tan embarrado como una pocilga. Algo en su interior le dice al gringo que no puede ser cierto, qué es imposible encontrar tanto barro en la pampa, que nadie desperdiciaría el agua en algo así.  De  manera  casual  también  aparece Bequita en sus sueños, toda preocupada y compuesta diciéndole  Lucho, m’hijito, tiene que mejorarse,y después desapareciendo como por arte de magia. Hasta  Grandpapa  está aquí; después de tanto tiempo casi se había olvidado de lo bajito que era el papá, de lo muy blanca que tenía la barba, casi igual a la suya de ahora. Y el sinvergüenza de su cuñado, con qué cara ha venido a meterse donde nadie lo llama, y Gladys Wood,  ¿qué acaso no se había ido a Inglaterra con su marido, el segundo, acaso no había enviudado, poor Graham, qué hace él aquí?  Richards  estaba seguro de que Graham se había muerto,  quien habrá inventado esa barbaridad. Capaz  que se vaya a dar cuenta. Cómo se le ocurrió a  Gladys venir a verlo al hospital en compañía de Graham.

 

Richards abre los ojos, que le pesan como dos lápidas de piedra. Pegajoso y desmadejado, su cuerpo va despertando lentamente a la realidad. Un tenue sol invernal se filtra por las persianas, todo huele a medicamentos. Richards  comprueba que está solo en la habitación. Desde el corredor llegan los ruidos  rutinarios del hospital que despierta y  el gringo siente el gusanillo del hambre rondándole las tripas. Le pica desagradablemente la pierna izquierda, quisiera rascarse, pero tiene los dedos entumecidos. Seguramente en poco rato más llegará Bequita. Ojalá traigan luego el desayuno, necesita recuperar sus fuerzas.  A pesar del agotamiento, producto de la fiebre,   se siente bien;  hoy mismo le exigirá a Bequita que  emprendan el viaje de regreso.  Qué ganas tiene de comerse un par de huevos a la copa  con sus yemas  incluidas y tomar un par de botellas de leche. Richards trata de  incorporarse en el lecho, pero su cuerpo pesa  mucho más que de costumbre, las piernas se niegan a responderle. Se empuja con sus manos y  queda semi sentado, casi sin aliento, respirando entrecortado. Lamentablemente, no puede alcanzar el timbre, deberá esperar. Se peina con las manos, acomoda el camisón de hospital. A duras penas aguanta los deseos de orinar.

 Pacientemente va reconociendo la  pequeña  habitación. El catre metálico pintado de blanco,  la ventana  que da a la calle, la botella de suero que cuelga  sobre su cabeza, las cobijas gastadas, el bulto de su pierna. La derecha, su pierna derecha. Siente pánico. ¿Dónde se ha ido el bulto de su pierna izquierda? Necesita desesperadamente rascársela.

Lentamente, Richards levanta las cobijas y  busca con los ojos lo que no quiere ni imaginar. Allí, unos sesenta centímetros más abajo, están su rodilla derecha, la  pantorrilla  flaca y pecosa y el pie. Y  junto a ella, envuelta en un lío de vendas amarillentas, descansa el muñón  ensangrentado de la  izquierda.

 

 

 

 

2487218700_ce20a17515Esa  mañana que el chino José fue encontrado por  su único empleado,  atado de pies y manos con  gruesa soga de cáñamo,  medio cuerpo dentro de un mugriento saco carbonero, todavía apretando entre sus dientes amarillentos la papa que le sirvió a la vez de mordaza y pasaporte al otro mundo, todo el barrio estaba parado en la esquina de las calles Capitán Araya y  Tacna, incluido el Gringo Richards, conocido habitué del almacén del Chino a mediodía, hora en que se echaba al coleto las primeras cañas de tinto destinadas a hacerle el día más soportable.

 

CRUEL ASESINATO DE CIUDADANO CHINO, tituló El Tarapacá. Y  los  lectores, con lujo de detalle, se enteraron de que al pobre chino José le habían metido a la fuerza una  papa en la boca desdentada,  para luego molerlo a golpes y terminar envolviéndole la cabeza  prolijamente, con la  clara intención de que  no existiese ninguna posibilidad de que  el occiso insuflara oxígeno en sus pulmones.  Los mostradores llenos de pastillas salón, calugas piropo y  chocolates rellenos de coco  quedaron  hechos añicos y las papas rodaron por todos lados, mezcladas con el carbón, las rodelas de leña,  la harina y el azúcar de los sacos que los asesinos rompieran a patada limpia en su  afán por darle el bajo cuanto antes al pobre chino. Antes de que los ladrones abandonaran el almacén, la caja de fondos inglesa estaba vacía,  el chino José ya  enfriándose y el gato romano que siempre dormitaba  junto al molinillo de café se  había  hecho humo  aterrorizado. A las ocho de la mañana, cuando  uno de los tantos borrachines que  frecuentaban el almacén   asomó  por allí, encontró la puerta de la bodega entreabierta, el candado todavía colgando de la aldaba y la tranca descansando tranquilamente en un rincón; al parecer, el chino José había abierto sin recelos la puerta a  la muerte. 

 

La noticia corrió como reguero de pólvora en la calma provinciana del puerto. Todos estaban allí:  el rondín de la bodega de Cáritas con la que colindaba el almacén, la colorina alcohólica de la esquina de enfrente, apreciada cliente del chino, el yugoeslavo rollizo de  la calle Baquedano y la maniática del aseo con que tuvo la mala idea de casarse, la empleada de los Márquez, requiriendo toda la información necesaria para mantener al día a su patrona, que espiaba por entre los visillos, Raúl Pacheco, subcomisario de policía civil, el  Pelado Nariño,   su ayudante, el  Gringo Richards, conocido catador de tintos en la bodega del chino, el viejo Fardella, siempre debatiéndose entre el chisme y la disnea, Hernancito Smith, detective primero, el Chacho,  heladero caído a la botella que lloraba lánguidamente en su cuerno la pena de haber sido desterrado de una familia pudiente, el   recadero peruano, zambo y peliblanco, eternamente acusado de ser  a la vez maricón y amante del chino, una caterva de vecinas y chiquillos ansiosos, profesores jubilados, empleados del puerto y chóferes de góndola y la Sorda, vieja y pintarrajeada dueña del restorán de la otra cuadra, de quien se decía que arrendaba las habitaciones del fondo  a los necesitados para  no olvidar del todo su viejo oficio de cabrona.

 

 Los más indignados eran los tiras, que tenían el cuartel al frente. ¡Cómo era posible que hubieran asesinado al chino a menos de veinte metros del cuartel policial, qué desprestigio! El pelado Nariño juraba y rejuraba que iban a dar vuelta la ciudad hasta dar con los culpables. Hernancito Smith, algo más callado que de costumbre. Eran vecinos, después de todo. El chino José en persona le había conseguido la casa en que se instalara con su familia.

 

El viejo Fardella,  espantado. Un crimen a dos cuadras de su casa, ya en ninguna parte se podía estar tranquilo. Por la fecha, seguramente, comentóle  Raúl Pacheco, subcomisario. Cierto, faltaban apenas dos semanas para la fiesta de La Tirana, cómo no lo habían pensado -Hernancito- si cada vez que se celebraba a la Virgen,   Iquique se llenaba de delincuentes. Al gringo Richards  la garganta reseca le hizo percatarse de la falta que haría el chino en esa esquina.  La   Sorda  hizo  rápido cálculo visual de los habitués del chino y avizoró un  incremento del diez por ciento en su ingreso semanal. A ella, por otra parte,  nunca le había caído bien el chino,  dónde se había visto que las botillerías trabajaran de bar con la afable tolerancia y complicidad de tiras y pacos.

 

El cadáver del chino fue levantado cerca de las once y treinta,  previa autorización  del juez. A esa hora, por el  viejo portón de madera,  circulaban  conversando animadamente todos los miembros del cuartel de la civil, sito a corta distancia del  escenario  del crimen.  El viejo Fardella, que tenía la sana costumbre de almorzar a mediodía,  consideraba seriamente la posibilidad de dejar enfriar un poco  el puchero a la espera de que surgieran más novedades y las vecinas del conventillo aventuraron la grata posibilidad de que el cuaderno donde el chino anotaba las compras al fiado  desapareciera en el tumulto. Lástima que la Rufina,  avara y desagradable propietaria del almacén de la otra cuadra,  jamás daba crédito.

 

El gringo Richards   reconoció mentalmente que a la sed acostumbrada comenzaban a sumarse   las molestias del estómago vacío. Quién iba a pensarlo, se dijo, tantos años leyendo novelas policiales para terminar con su casero favorito asesinado a  una cuadra escasa de su hogar.

-El asesino siempre vuelve al lugar del crimen – sentenció.

El obeso Kartulovic, cuya mujer se había marchado ya para continuar desempolvando la barandilla del balcón,  jadeó un poco para responderle.

-Tiene toda la razón, Richards, en la última novela que leí, la policía aseguraba que  el asesino suele encontrarse entre los que observan el levantamiento del cadáver.

¡Qué grata coincidencia, otro lector de Agatha Christie! Richards  se veía  obligado a inclinar levemente su metro noventa y cincp de estatura para no perderse jadeo alguno del yugoeslavo.  Ambos  recorrieron con mirada sombría el amplio semicírculo de la concurrencia. ¿Se encontraría allí, efectivamente, el asesino del chino José? Richards experimentó un soplo helado en la base del cuello. Tembló.

 

Esa misma tarde la civil arrestó al Chacho acusándole de haber matado al Chino. Atado de pies y manos y con los hematomas del interrogatorio todavía frescos sobre la piel, el Chacho paseó la desesperación de la falta de vino y el miedo por todas las casas del barrio, empujado por  los detectives que  apremiaban a los vecinos para que lo identificaran como el fulano que había golpeado la puerta del chino a eso de las nueve de la noche del día anterior al suceso.

 

La muerte del chino José, hito histórico en un puerto de suyo tan pacífico,  había revolucionado el vecindario, pero a fin de cuentas todas las cosas pasan y también pasó la provinciana conmoción. Marchóse la ambulancia del Hospital con su fúnebre contenido, se cerró la puerta del almacén con doble candado, la abuela  Rocchi se marchó a servir el almuerzo a sus pensionistas y  los huérfanos del chino se encaminaron al bar de la Sorda  para los tragos de rigor y los comentarios del estribo. Como broche de oro,  los tiras almorzaron, relajaron un poco sus cinturones y se dieron por vencidos esa misma tarde. Poco después, los civiles soltaron al Chacho,  que reapareció avisando sus helados a punta del ulular  de su cuerno como si allí no hubiera pasado nada.

 

El  chino José cayó en el olvido. El verano se venía caluroso y  los portuarios hicieron huelga por mejores remuneraciones. Terminaron las clases, se pintó  el Liceo de Hombres, el hijo del gringo Richards se sintió feliz  porque ahora sólo caminaba una veintena de metros hasta el restorán de la Sorda para decirle a su padre que el almuerzo se estaba enfriando y su madre anduvo con la cara más larga que  nunca de sólo pensar  lo que comentaría  la gente ahora que su marido se pasaba todas las mañanas a tomar unas copas a ese antro de tan mala reputación.  En el cementerio número tres,  los aporreados restos del chino José  mantenían agitada  relación con  la población de gusanos que le tocara en suerte.

 

Quién mató al Chino José fue lo que nunca se supo. Seis meses después,  la civil archivó el caso  rotulándolo como homicidio cometido por autor (es) desconocidos, el viejo Fardella sufrió un ataque de asma que casi lo manda al patio de los callados, el pelado Nariño se retiró del servicio policial antes de tener el tiempo requerido para jubilar,  se compró un camión cero kilómetros, envidia de Richards,    y  se  afilió al Sindicato de Transportistas. Kartulovic, lamentable pérdida, murió de un infarto y su mujer vendió la  casa para irse a vivir a Santiago con su única hija, las malas lenguas decían que había acarreado con la enceradora y los trapos de limpiar recién lavados. El subcomisario Pacheco abandonó a su mujer y se entregó  en los brazos de la concupiscencia con una  cholita quince años menor que él. No había noche que no anduviera de juerga.

   Hernancito Smith, que también se retiró de su trabajo,  se instaló en  el almacén del chino después de aplicarle tres manos de pintura al aceite color  celeste cielo y dos capas de creolina para acabar con las pulgas. Su mujer lo atendía. Al gringo le agradó mucho que Hernancito, tan buen muchacho, hijo de un inglés que él conociera en el ferrocarril, tuviera dinero suficiente como para comprarse un Beaumont azul flamante, tapizado en cuero blanco y ¡con radio! Casi  como para competir con lo del pelado Nariño.

Casi inmediatamente Hernancito consiguió  meterlo en una línea de taxis colectivos  entre Iquique y  Arica; Hernancito decía que con dos viajes a la semana bastaba y sobraba para vivir bien y pasaba la mayor parte de su tiempo atendiendo a los viejos clientes del chino, que habían regresado en masa al almacén para decepción de la Sorda.

 

El día que Raul Pacheco se acogió a jubilación y anuló el  matrimonio para casarse con su cholita, Hernancito abrió una garrafa de tinto  de primera e  invitó a todo el mundo a brindar por su futuro. Todo un acontecimiento, por la cabeza del  chino  jamás habría rondado semejante despilfarro. El gato romano del chino José observó silencioso  desde la puerta mientras se atusaba  los bigotes. Después de la muerte del oriental,  el felino nunca se había atrevido a regresar.